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Una entrevista, lo que se dice una
entrevista, nunca podrá disfrutada en su ejecución, sino
cuando el periodista y la persona convocada están ahí,
mirándose las caras. A veces diciendo más con la mirada
o el tono de la voz, que con las mismas palabras. Mucho
más cuando quien va a responder las preguntas es Lázara
Herrera, la esposa de Santiago Alvarez. Tengo la suerte
de gozar de su cercanía filial y nos hubiera gustado
mucho estar en su terraza, bajo el amparo de los colores
de la tarde habanera haciendo una natural conversación
de familia. Pero anda por allá, por los buenos aires
queridos de Gardel, y hemos tenido que echar manos a los
dones del ciber espacio. A golpe de correos electrónicos
logré estas respuestas de Lázara , y lo que más me
alegra es que de ellas trasciende el sentimiento de que
mientras hablaba, nos estábamos viendo.
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Mi
primer encuentro con Santiago, como toda buena hija de
cubano, fue a través del Noticiero ICAIC. Iba al cine y
me fascinaba la forma en que se ofrecían las
informaciones. Especialmente aquel noticiero de febrero
de 1963, donde se registra la muerte y entierro de
Benny Moré, me marcó mucho. Imagínate que él muere el 19
de ese mes, que es precisamente el día de mi cumpleaños
y en casda cuando nos enteramos del fallecimiento la
fiestecita que me habían preparado. Tenía muy fresca la
imagen de Benny en el Festival Papel y Tinta, bailando
con Odalys Fuentes y luego al ver el noticiero de la
siguiente semana, quedé muy impresionada con la devoción
con la que el pueblo lo despedía.
Te
podrás imaginar que entonces Santiago Álvarez era solo
un nombre que veía en la pantalla de los cines y no
podría suponer que con los años no sólo lo podría
conocer, sino que llegáramos a ser esposos. Pero ya ves,
fue así.
Ya
estando casados no te puedo decir cómo llego a ser parte
de su equipo. Creo que eso fue poco a poco y de manera
inconsciente. A mi me gustaba ir a la mezcla de los
noticieros o los documentales que estuviera haciendo. Es
decir, cuando se le coloca sonido a la imagen. Por
aquellos años esto se hacía en los estudios de Prado.
También alguna que otra vez me iba con él a las
filmaciones en otras provincias.
Cuando
su enfermedad comenzó a ganar terreno, no dejé de
acompañarle a sus viajes al exterior y me hice el
propósito de estar más metida en su trabajo. A Santiago
le gustaba conversar mucho en las madrugadas y compartía
conmigo sus ideas y proyectos, por lo tanto estaba
familiarizada con todo lo que hacía. No me fue difícil
aprender de él muchas cosas. Era un verdadero talento y
un gran educador.
Era un
todo, no se comportaba diferente por estar filmando en
la calle o sentado en la casa disfrutando una taza de
buen café. Manifestaba su coherencia fuera donde fuera.
Era comunista, fidelista, padre excepcional y amante
esposo las veinticuatro horas del día, en el malecón
habanero, en Santiago de Cuba, o en Río de Janeiro.
Cubano de pura cepa al fin, era machista leninista.
Claro, yo sabía cómo lidiar con eso. Había una gran
compenetración entre nosotros, que yo llamaría
complicidad. Sabía que era exigente en su trabajo y
creía que la disciplina era algo fundamental, pero a la
vez era el más amoroso, comprensivo de los hombres. Se
proyectaba así no solo en el entorno familiar. También
con sus compañeros, a quienes les exigía mucho al tiempo
que le prodigaba mucho respeto y era capaz de compartir
con ellos tanto las alegrías como las dificultades.
Imponía una disciplina razonada. Conquistaba a quienes
trabajaban con él para que le siguieran y hoy en día, te
digo, muchos de ellos siguen marcados por su presencia y
su estilo de trabajo.
Un día
cualquiera en la vida de Santiago era realmente muy
agitado. Leía mucho, escuchaba la radio hasta altas
horas de la noche. Dormía poco y le gustaba llegar
temprano a la oficina. Decía que dormir le hacía perder
el tiempo y tenía muchas cosas por hacer. Era un
terremoto. Creo que su cabeza, que para su época era una
computadora de última generación, no se apagaba nunca.
“Si me detengo pierdo el compás”, me decía.
Santiago
nunca pensó que el Noticiero ICAIC fuera su terreno
particular. Lo concebía como la escuela de todos, el
homenaje a la cotidianidad del pueblo cubano, su arma de
denuncia contra los desmanes de los imperialistas y tuvo
el talento requerido para hacerlo de forma tal que
perdurase en el tiempo, para que las futuras
generaciones pudieran conocer a través del noticiero un
poco de nuestra historia.
Sin
dudas lo que más le interesaba era el documental. Le
gustaba vivir la historia, no que se la contaran. Estaba
convencido de que no hay ficción capaz de superar la
realidad.
Se le
quedaron rondando en la cabeza muchos sueños que no pudo
realizar. Por ejemplo un documental dedicado al setenta
cumpleaños del Comandante. Llegó a pensar en el título y
todo: “Panel de prensa al revés”. El proyecto era
convocar a algunos de los periodistas más importantes
del mundo que alguna vez hubieran entrevistado a Fidel,
y en esta oportunidad Fidel fuera quien los
entrevistara. Las limitaciones económicas impidieron su
realización. Te podría hablar de muchos más. Santiago
paría ideas constantemente. A mi modo de ver era un
genio y lo más grande es que no se daba cuenta de ello.
Era la modestia personificada.
Ahora la
presencia de Santiago dependerá de nosotros. Nos
corresponde redimensionar su figura que tanto hizo por
la cultura de nuestro país, por nuestra Revolución, para
que las nuevas generaciones conozcan su trabajo. Eso es
lo que trato de hacer desde la oficina que lleva su
nombre y desde el Festival "Santiago Alvarez In
memorian", con muchas dificultades y carencias,
pero convencida de que es el mejor tributo de amor que
le puedo brindar.
Por mi
parte, no he dejado de conversar con él. Lo tengo
presente a toda hora y a veces, cuando las cosas se
ponen feas, me peleo con él, pero enseguida hacemos las
paces. Soy y seré eternamente su esposa, amiga,
compañera, defensora a ultranza de su obra política y
cultural. Esa es mi batalla, la de él.
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