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Crecí con los
Noticieros ICAIC Latinoamericanos y los documentales de
Santiago Álvarez, igual que crecí con los muñe de Walt
Disney y las matinés del domingo en los cientos de cines
de barrio que durante tantos años poblaron la pupila de
esta Isla. No recuerdo unos sin los otros: el cine y mi
infancia, mi infancia y el cine de Santiago.
Recuerdo que entonces
ir al cine era lo más normal del mundo y ocupaba un gran
espacio en la programación de nuestro tiempo libre. En
el cine se aprendía, se descubría todo, incluso de sexo,
porque eran muy pocos los padres que se aventuraban a
conversar de esos temas “tabúes” con sus hijos.
No existían videos,
computadoras y mucho menos PlayStation que nos privaran
del mágico rato en la sala oscura, acompañados por esos
primeros amigos que nunca se olvidan, aunque sus caminos
tomaran rumbos distintos.
En el cine también
conocimos del incendio de El Encanto, de la voladura de
La Coubre, de la Crisis de Octubre y de Girón, de la
Campaña de Alfabetización y de nuestros mártires,
jóvenes grandes que iban cayendo entre lágrimas y nuevos
noticieros.
Santiago Álvarez es
uno de los más importantes responsables de aquellas
clases, imágenes que entraban por nuestros ojos sin
percatarnos conscientemente de la aventura a la que
asistíamos, primero como espectadores, hijos de los
protagonistas —jóvenes que tampoco sabían que iban
modelando este experimento político, económico y
social—, para luego compartir papeles con ellos en las
secuencias relacionadas con los avances educativos de la
Revolución.
“Para ser un artista
revolucionario hay que llevar angustias muy definidas
por dentro… hay que llevar por dentro un escenario de
acumulada experiencia, de inquietudes, de angustiadas
vivencias”, explicaba Santiago. Se refería a la
importancia que tuvo en su obra la propia vida.
Nacido en 1919, su
adolescencia transcurrió en los años duros republicanos.
Con fuerza para buscarse el pan, Santiago emigró a
Estados Unidos, donde trabajó de lavaplatos en Brooklyn
y como minero del carbón en Pennsylvania. Regresó a Cuba
y se unió al Partido Comunista. Prisión, protestas, el
futuro cineasta asistió al nacimiento de una nueva
nación con el derrocamiento del régimen de Batista.
Creado el Instituto Cubano del Arte e Industria
Cinematográfico, es nombrado director del Noticiero
ICAIC Latinoamericano. El artista guardaba muchas
historias para su lente. Así salieron de su mente casi
700 obras. Comentaba que no le alcanzaba el tiempo, por
eso lo exprimió hasta el último milímetro de cinta y de
vida.
Hoy, no me canso de
recomendarle los Noticieros ICAIC Latinoamericanos a
adolescentes y jóvenes cuando se arman los habituales
debates sobre el verdadero periodismo crítico,
revolucionario.
Los invoco no solo
porque Santiago Álvarez y su equipo ofrecieron durante
años uno de los retratos más cercanos de Cuba, de las
agresiones imperialistas, de los progresos del país, de
la solidaridad de nuestro pueblo, sino porque también
puso en su colimador las miserias e injusticias de este
mundo, la realidad latinoamericana, el dolor ajeno, la
guerra genocida.
Tampoco olvidó
apuntar su cámara contra las ineficiencias, el
burocratismo, el despilfarro, el mal gusto, el robo,
males que también han acompañado a la Revolución. Lo
mejor es que siempre había una búsqueda artística,
novedosa, a la hora de mostrar el mensaje. Santiago
decía y educaba.
No tuve la
posibilidad de beber de sus conocimientos y experiencia.
Lo veía y sentía deseos de indagar, de preguntarle cómo
lograron mantener aquel noticiero semanal enfrentándose
a funcionarios que no asimilaban críticas —funcionarios
que todavía hoy no las digieren—, de saber cómo
funcionaba aquel equipo que escogía temas y se metía en
las más complejas polémicas de la dinámica nacional…,
eran muchas las interrogantes. Pero dudaba, aún no me
sentía preparado para entrevistarlo como Dios manda. Y
se me fue.
La última vez que
estuve cerca de él fue en un homenaje ofrecido por la
Unión de Periodistas de Cuba. Recibió el elogio con su
humildad de siempre. Y las pocas palabras que pronunció
fueron lanzadas contra el imperialismo norteamericano y
el bloqueo impuesto a esta isla durante tantos años. Era
su preocupación en aquel momento. Fue su preocupación de
siempre. Porque Santiago Álvarez fue siempre, hasta sus
últimos días, un artista de la Revolución. |