Año IV
La Habana

22 al 28 de ABRIL
de
2006

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Santiago, el cine y yo
Mario Jorge Muñoz La Habana


Crecí con los Noticieros ICAIC Latinoamericanos y los documentales de Santiago Álvarez, igual que crecí con los muñe de Walt Disney y las matinés del domingo en los cientos de cines de barrio que durante tantos años poblaron la pupila de esta Isla. No recuerdo unos sin los otros: el cine y mi infancia, mi infancia y el cine de Santiago.

Recuerdo que entonces ir al cine era lo más normal del mundo y ocupaba un gran espacio en la programación de nuestro tiempo libre. En el cine se aprendía, se descubría todo, incluso de sexo, porque eran muy pocos los padres que se aventuraban a conversar de esos temas “tabúes” con sus hijos.

No existían videos, computadoras y mucho menos PlayStation que nos privaran del mágico rato en la sala oscura, acompañados por esos primeros amigos que nunca se olvidan, aunque sus caminos tomaran rumbos distintos.

En el cine también conocimos del incendio de El Encanto, de la voladura de La Coubre, de la Crisis de Octubre y de Girón, de la Campaña de Alfabetización y de nuestros mártires, jóvenes grandes que iban cayendo entre lágrimas y nuevos noticieros.

Santiago Álvarez es uno de los más importantes responsables de aquellas clases, imágenes que entraban por nuestros ojos sin percatarnos conscientemente de la aventura a la que asistíamos, primero como espectadores, hijos de los protagonistas —jóvenes que tampoco sabían que iban modelando este experimento político, económico y social—, para luego compartir papeles con ellos en las secuencias relacionadas con los avances educativos de la Revolución.

“Para ser un artista revolucionario hay que llevar angustias muy definidas por dentro… hay que llevar por dentro un escenario de acumulada experiencia, de inquietudes, de angustiadas vivencias”, explicaba Santiago. Se refería a la importancia que tuvo en su obra la propia vida.

Nacido en 1919, su adolescencia transcurrió en los años duros republicanos. Con fuerza para buscarse el pan, Santiago emigró a Estados Unidos, donde trabajó de lavaplatos en Brooklyn y como minero del carbón en Pennsylvania. Regresó a Cuba y se unió al Partido Comunista. Prisión, protestas, el futuro cineasta asistió al nacimiento de una nueva nación con el derrocamiento del régimen de Batista. Creado el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográfico, es nombrado director del Noticiero ICAIC Latinoamericano. El artista guardaba muchas historias para su lente. Así salieron de su mente casi 700 obras. Comentaba que no le alcanzaba el tiempo, por eso lo exprimió hasta el último milímetro de cinta y de vida.

Hoy, no me canso de recomendarle los Noticieros ICAIC Latinoamericanos a adolescentes y jóvenes cuando se arman los habituales debates sobre el verdadero periodismo crítico, revolucionario.

Los invoco no solo porque Santiago Álvarez y su equipo ofrecieron durante años uno de los retratos más cercanos de Cuba, de las agresiones imperialistas, de los progresos del país, de la solidaridad de nuestro pueblo, sino porque también puso en su colimador las miserias e injusticias de este mundo, la realidad latinoamericana, el dolor ajeno, la guerra genocida.

Tampoco olvidó apuntar su cámara contra las ineficiencias, el burocratismo, el despilfarro, el mal gusto, el robo, males que también han acompañado a la Revolución. Lo mejor es que siempre había una búsqueda artística, novedosa, a la hora de mostrar el mensaje. Santiago decía y educaba.

No tuve la posibilidad de beber de sus conocimientos y experiencia. Lo veía y sentía deseos de indagar, de preguntarle cómo lograron mantener aquel noticiero semanal enfrentándose a funcionarios que no asimilaban críticas —funcionarios que todavía hoy no las digieren—, de saber cómo funcionaba aquel equipo que escogía temas y se metía en las más complejas polémicas de la dinámica nacional…, eran muchas las interrogantes. Pero dudaba, aún no me sentía preparado para entrevistarlo como Dios manda. Y se me fue.

La última vez que estuve cerca de él fue en un homenaje ofrecido por la Unión de Periodistas de Cuba. Recibió el elogio con su humildad de siempre. Y las pocas palabras que pronunció fueron lanzadas contra el imperialismo norteamericano y el bloqueo impuesto a esta isla durante tantos años. Era su preocupación en aquel momento. Fue su preocupación de siempre. Porque Santiago Álvarez fue siempre, hasta sus últimos días, un artista de la Revolución.

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