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2006

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Firmas alegres
Amado del Pino
La Habana


Coincidieron los dos acontecimientos. Ayer asistí, como invitado de fila, a una boda. Al mediodía de hoy, en el noticiero de la tele, hablaron sobre la disminución en Cuba de los contratos legales para quererse y del crecimiento de las uniones sin papeles. En la ceremonia la pasé bien porque Marilyn y Alberto —los amigos de la familia que dieron el paso— se las arreglaron para que fuera sencilla, fluida y agradable. Ella no portó el inmenso velo que dificulta el caminar y él se mantuvo sonriente y dinámico, como buen anfitrión. En cuanto al reportaje televisivo dejaba claro que la convivencia extramatrimonial en Cuba ha perdido, en la mayoría de los casos, el sentido de algo clandestino, subterráneo o hasta sucio. La gente no se casa pero convive, tiene hijos, procura levantar el techo complicado y maravilloso que seguimos llamando una familia. 

A decir verdad no creo demasiado en que sea imprescindible el papeleo o esa forma de diálogo entre la sociedad y la pareja. Cuando los cuarentones de ahora éramos adolescentes empezaron los primeros disparos a la institución matrimonio, tal vez como subproducto de lo anacrónico que se tornó —de la noche a la mañana por estas costas— el mito de la virginidad. Sacha —el buen narrador y mejor profe de los días del Instituto de Arte— nos adelantaba con su tono enfático: “No importa casarse o no casarse: de todas formas te arrepentirás”. En los setenta la cosa era dar la firma pero de forma atípica, irreverente, inusual. Hubo novios ciclistas y mucha gente que eligió a los testigos entre los dos primeros parroquianos que pasaron frente a la notaría. Ahora los que van terminando la veintena llegan al papelito como un acto de madurez de la relación, como un buen tema para el jolgorio y el encuentro entre viejos amigos a punto de dispersarse.  

Los que venimos del campo tenemos una larga tradición en cuanto a legítimas y hondas relaciones consensuales. Por mi zona casi nadie podía hacer boda y lo tradicional fue siempre “llevarse a la muchacha”. Claro, que a partir del regreso de la fuga —y tras la reconciliación entre el tembloroso raptor y el furioso suegro— comenzaba a levantarse una nueva casita rústica y a labrar la tierra, tener un montón de hijos y estar cuarenta o cincuenta años juntos con la mayor belleza y naturalidad. Recuerdo que por los sesenta hubo una iniciativa masiva de casar a los campesinos y asistí a algunos de aquellos himeneos —teatrales y tardíos— en los que los que más se divertían eran los hijos menores y los nietos de los novios.  

Los fotógrafos la pasaban muy bien en las bodas. Eran los años de la cámara no digital y de las medianas o grandes instantáneas en blanco y negro. El amigo Expósito me decía: “En esas fiestas el más importante, después de los novios, es el que tira las fotos”. La experiencia les permitía a los dueños del lente desarrollar una especial eficacia para detectar el mejor momento del brindis, esquivar al pariente borracho o situarse a medio metro de la recién divorciada a la que la firma pone entre sarcástica y melancólica o la casadera de estos tiempos, displicente y fogueada. Además, la boda es lugar en que se dan cita personas que nunca más se encontrarán, pues acuden al sitio de los hechos por parentescos y conexiones diversas.   

Por lo demás, Tania y yo nos acordamos de nuestro día de amor legal y nos enorgullecemos de que la foto principal sea un cuadro de Aisar Jalil en el que un gordito —con algo de sátiro noble— no deja de abrazar a su negrita dentro de un primoroso y retozón ambiente de flores amarillas. Que sigan las bodas, con o sin arroz tirado al viento, con sus chistes desgastados. Lo malo es que cuando la cosa se pone fea, al inconveniente del desamor habrá que sumar el papeleo. Pero nosotros —como hicieron mis padres y mis suegros— estamos al centro de la apuesta y pedimos algo simple como esto: “oye, que dure y que sea con sabrosura, naturalidad, trabajo, ternura, confianza, paciencia y afán”. Nada, que si sigo dos líneas más, levanto la cuchara en busca del dulce y me inscribo entre los defensores de las bodas, los de bolígrafos o plumas ágiles y fáciles.

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