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Coincidieron los dos acontecimientos. Ayer asistí, como
invitado de fila, a una boda. Al mediodía de hoy, en el
noticiero de la tele, hablaron sobre la disminución en
Cuba de los contratos legales para quererse y del
crecimiento de las uniones sin papeles. En la ceremonia
la pasé bien porque Marilyn y Alberto —los amigos de la
familia que dieron el paso— se las arreglaron
para que fuera sencilla, fluida y agradable. Ella no
portó el inmenso velo que dificulta el caminar y él se
mantuvo sonriente y dinámico, como buen anfitrión. En
cuanto al reportaje televisivo dejaba claro que la
convivencia extramatrimonial en Cuba ha perdido, en la
mayoría de los casos, el sentido de algo clandestino,
subterráneo o hasta sucio. La gente no se casa pero
convive, tiene hijos, procura levantar el techo
complicado y maravilloso que seguimos llamando una
familia.
A decir
verdad no creo demasiado en que sea imprescindible el
papeleo o esa forma de diálogo entre la sociedad y la
pareja. Cuando los cuarentones de ahora éramos
adolescentes empezaron los primeros disparos a la
institución matrimonio, tal vez como subproducto de lo
anacrónico que se tornó —de la noche a la mañana por
estas costas— el mito de la virginidad. Sacha —el buen
narrador y mejor profe de los días del Instituto de
Arte— nos adelantaba con su tono enfático: “No importa
casarse o no casarse: de todas formas te arrepentirás”.
En los setenta la cosa era dar la firma pero de forma
atípica, irreverente, inusual. Hubo novios ciclistas y
mucha gente que eligió a los testigos entre los dos
primeros parroquianos que pasaron frente a la notaría.
Ahora los que van terminando la veintena llegan al
papelito como un acto de madurez de la relación, como un
buen tema para el jolgorio y el encuentro entre viejos
amigos a punto de dispersarse.
Los que
venimos del campo tenemos una larga tradición en cuanto
a legítimas y hondas relaciones consensuales. Por mi
zona casi nadie podía hacer boda y lo tradicional fue
siempre “llevarse a la muchacha”. Claro, que a partir
del regreso de la fuga —y tras la reconciliación entre
el tembloroso raptor y el furioso suegro— comenzaba a
levantarse una nueva casita rústica y a labrar la
tierra, tener un montón de hijos y estar cuarenta o
cincuenta años juntos con la mayor belleza y
naturalidad. Recuerdo que por los sesenta hubo una
iniciativa masiva de casar a los campesinos y asistí a
algunos de aquellos himeneos —teatrales y tardíos— en
los que los que más se divertían eran los hijos menores
y los nietos de los novios.
Los
fotógrafos la pasaban muy bien en las bodas. Eran los
años de la cámara no digital y de las medianas o grandes
instantáneas en blanco y negro. El amigo Expósito me
decía: “En esas fiestas el más importante, después de
los novios, es el que tira las fotos”. La experiencia
les permitía a los dueños del lente desarrollar una
especial eficacia para detectar el mejor momento del
brindis, esquivar al pariente borracho o situarse a
medio metro de la recién divorciada a la que la firma
pone entre sarcástica y melancólica o la casadera de
estos tiempos, displicente y fogueada. Además, la boda
es lugar en que se dan cita personas que nunca más se
encontrarán, pues acuden al sitio de los hechos por
parentescos y conexiones diversas.
Por lo
demás, Tania y yo nos acordamos de nuestro día de amor
legal y nos enorgullecemos de que la foto principal sea
un cuadro de Aisar Jalil en el que un gordito —con algo
de sátiro noble— no deja de abrazar a su negrita dentro
de un primoroso y retozón ambiente de flores amarillas.
Que sigan las bodas, con o sin arroz tirado al viento,
con sus chistes desgastados. Lo malo es que cuando la
cosa se pone fea, al inconveniente del desamor habrá que
sumar el papeleo. Pero nosotros —como hicieron mis
padres y mis suegros— estamos al centro de la apuesta y
pedimos algo simple como esto: “oye, que dure y que sea
con sabrosura, naturalidad, trabajo, ternura, confianza,
paciencia y afán”. Nada, que si sigo dos líneas más,
levanto la cuchara en busca del dulce y me inscribo
entre los defensores de las bodas, los de bolígrafos o
plumas ágiles y fáciles. |