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La foto del guerrillero del triunfante Ejército Rebelde,
que duerme el sueño viejo de meses y meses en la lucha,
volteando el rostro al cuadro en la pared, siempre me
pareció de esas fotografías que cambian las percepciones
que se tienen de las cosas cotidianas, a veces
invisibles.
Y el autor de la foto
debió saberlo.
Como siempre sucede
cuando los aforismos se hacen patentes de un modo
inequívoco, uno no puede sustraerse a ciertas evidencias
de lo misterioso. “La muerte no es verdad cuando se ha
cumplido bien la obra de la vida”, es un precepto que
adquiere esa rara dimensión cuando hace coincidir en el
tiempo y el espacio la vida y la obra.
Ha sucedido así con
la muerte reciente del conocido fotógrafo cubano Raúl
Corrales. Y la foto vuelve a darme la misma percepción.
Cierto es que Cuba tiene una larga lista de aguzados y
excelentes artistas de la lente, algunos de los cuales
viven y colean como Liborio; otros han muerto en la flor
de la obra, como Ahmed Velásquez. Y muchos están, bien
cierto es, en el tiempo y el espacio de la obra inmensa
que dejaron. De Constantino a Korda hay por medio unos
cuantos puestos cubiertos.
Y la excelencia de
todos estuvo —está— en saber lo que cada momento
necesita. Solo que en el arte de la fotografía eso se
reafirma muchos años después. Al parecer el maestro Raúl
Corrales lo aprendió desde que por primera vez cargó con
una enorme cámara marca Speed Graphic y, mientras se
paseaba por la calle Obispo con toda la parafernalia,
descubrió que había encontrado su lugar en este mundo
después de largos años haciendo de todo un poco.
Abriles después han
llovido interpretaciones sobre sus fotos más famosas.
Los críticos ensayan conceptos y “sistematizan” —para
hablar con términos vanguardistas— sobre ideas
estéticas, razones éticas o arquetipos sociopolíticos.
“Yo solamente fui el
cronista que sencillamente le hizo click a la cámara en
el momento en que tenía que hacerlo” dijo una vez. Sin
embargo, sigo pensado que el soldado rebelde sueña un
anhelo postergado con una mujer como la del cuadro, algo
que la vida, las armas —la lucha— han separado por
razones obvias.
La muerte de Raúl
Corrales ocurre en momentos de conmemoraciones de
sucesos que él ayudó a hacer perdurables. Bien es cierto
que la batalla de Girón le permitió elegir entre estar o
no, pero decidió estar y hacer algo útil con ella, y esa
fue quizá una de las etapas más importantes de su vida
profesional, pero no la única.
“Soy un fotógrafo que
ha tratado de retratar las cosas como he querido
enseñárselas a los demás. Todo lo que pueda encontrarse
en esas fotografías es una manera de ver la vida tal
como la he mirado desde que tuve conciencia de ello”.
Vida y obra son en
verdad intensas. Y es cuando las cosas adquieren esa
magia que no siempre vemos y que, a mi juicio, es lo más
valioso: hacer lo que corresponde sin pensar en el
premio futuro, sino en el placer de hacer lo útil.
Cuando esas cosas se
consiguen, haciendo una labor que, por demás, a uno le
gusta, se cumple casi siempre con la obra de la vida,
aunque tarden años en comprenderse. Los que hoy
disfrutamos las excelentes fotografías de Raúl Corrales,
además de la trascendencia del testimonio de una época,
de una épica, o de una circunstancia fugaz —pero llena
de mundo—, deberíamos apreciar también el sentido de
hacer posible obra del modo más terrenal y sencillo. |