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Recuerdo con
mucha alegría aquellas fiebres que me dieron cuando fui
de visita a casa de mi tío Melanio. Allá en Cienfuegos,
empezaron a eso de las 9:00 de la noche, casi a punto de
bajar del tren. Andaba yo a la sazón en los dinámicos
ochos años de edad y me pasé el viaje dando una sánzara
de película como todo vejigo que se respeta. No habían
trascurrido cinco minutos de ser requerido por mi madre
cuando ya me traía por las orejas algún atribulado
pasajero. Mi santa progenitora, que siempre fue
contraria al uso de la violencia para reprender a sus
hijos, se extendía en explicaciones, regaños y duras
metáforas, mientras me acariciaba el cabello ante la
mirada atónita de nuestros compañeros de viaje, la
mayoría víctima de mis travesuras y en cuyos ojos se
notaba el comprensible deseo de ver a mi madre
propinarme, si no un cocotazo, al menos una nalgada u
otro correctivo más entusiasta que sirviera de
escarmiento a mis delitos y satisficiera sus demandas de
justicia, hecho que no se hizo esperar y que llegó luego
de sacarle pa’ fuera una vara de lengua a una señora
mayor muy fina y encopetada, que a juzgar por sus ojos
centellantes de ira parecía una de las mas molestas por
mi conducta.
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Pues bien, fue
gracias a dicho sopapo, más simbólico que doloroso, que
mamá descubrió mi estado febril. Cuando llegamos a casa
de Melanio la vieja soltó la maleta y luego de cambiarse
de ropa y darme un bañito de agua tibia, se dispuso a
llevarme a la Casa de Socorro para saber el motivo de
tal calentura, pero mi tío, un pentecostal poco
ortodoxo, alegando sus dotes de curandero, me tomó por
los hombros, me sentó de sopetón en el sofá de la sala
y, con minucioso examen físico, concluyó que lo mío era
una amigdalitis eritematopuctasea, ¡qué tino!
—Mi hermana, esto se
quita con mucho liquido, un remedio secreto que yo tengo
que preparar para el desayuno y su correspondiente
penicilina intramuscular.
—¡Ay! ¿Tú crees,
Melanio? Mira que este vejigo se la pasó jodiendo en el
tren y con tanto jelengue no me he dado cuenta de que el
angelito no ha probado nada de comer. .
—Tate tranquila,
prepárale una naranjada y deja que se duerma que mañana
yo me ocupo, esto no le dura tres días.
Que así fue. Que a
base de naranjada, pudín y penicilina, Melanio hizo de
aquella enfermedad mía una fiesta de gastronomía, sin
olvidar las sopas y los consomés que fueron limpiando mi
garganta de gérmenes y otros bichos. Ah, y por supuesto
aquellos salmos que me leía con mística unción.
Luego de algunos años
volví a Cienfuegos y le pedí la receta para tenerla a
mano en caso de necesidad y él, con la cara llena de
risa, me la copió en un papel cartucho y así la conservo
todavía como un reacuerdo entre mis legajos culinarios;
aquí se las regalo ahora a ustedes, en memoria de quien
fuera el más famoso curandero de Cienfuegos.
Se coge medio litro
de leche, que sea pura, se hierve con un poquito de sal,
una rajita de canela fina y el azúcar necesaria; se le
echa luego medio pan de telera o tres de los chiquitos,
sin corteza, se deslían y se remojan bien en la leche,
se agrega pasas y trocitos de piña cortados bien
chiquiticos, cáscara de limón rayado, un clavo de olor,
medio vaso de vino moscatel o blanco, seis huevos, dos
cucharadas de mantequilla y media libra de jamón de
pierna deshebrado y glaseado, todo esto se mezcla bien y
se deja reposar cinco minutos. Mientras, se prepara un
caramelo y se barniza un jarro o una pudinera con él.
Cuando se endurezca se le echa el compuesto y se pone al
horno y baño de María por una hora más o menos. Para
probar si está hecho se mete un cuchillo de mesa en la
mezcla y si sale seco ya esta la cosa. Luego se saca y
se enfría y se sirve en el desayuno con naranjada.
Este plato no tiene contraindicaciones.
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