Año V
La Habana

6 al 12 de MAYO
de 2006

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El chino, el ángel y el cronopio
con La Habana de fondo

Pedro de la Hoz La Habana


Hacía rato que Guillermo Fernando López Junqué había dejado atrás esos apellidos buenos para figurar en una tarja de bronce como médico o notario público. Era simplemente Chinolope, la más viva encarnación del delirio en las calles empedradas de La Habana Vieja de los 70, con una pesada cámara fotográfica cruzada sobre el pecho y unas sandalias andariegas que le permitían el don de la ubicuidad en una ciudad apenas sin turistas, de mojitos asequibles en la barra de La Bodeguita, el taller de Grabado del Callejón del Chorro en plena efervescencia, y unos cuantos alucinados en la Plaza de la Catedral atribulada por la intensa luz del cercano mediodía.

Chinolope quería impresionar a dos muchachas estudiantes de Letras que acababan de descubrir a José Lezama Lima. El poeta vivía sus últimos días en la casa de la calle Trocadero, muy próximo a la eternidad, si no ya instalado en ella, pero Chinolope lo sacaba a pasear con sus palabras, le palmeaba los hombros en medio de sus chispeantes descripciones, lo traía de vuelta con sus ocurrencias. Porque para Chinolope, Lezama era el ángel tutelar de La Habana diurna, el que había quedado al cuidado de la ciudad de las columnas de Carpentier.

Chinolope mostraba sin mostrar un texto que Lezama había escrito para su libro de fotografías Temporada en el ingenio, el cual, por esos vericuetos surrealistas de la vida editorial insular, solo se publicó 16 años después de la muerte del autor de Paradiso. En aquellas cuartillas, tocadas por la genialidad del poeta, estaba el altísimo testimonio del aprecio del maestro por Chinolope, a quien fijó en una frase estelar: "Ahí viene Chinolope, con su cámara en ristre y su ojo de buey".   

Las muchachas confesaron haber hecho un esfuerzo extraordinario para desentrañar Paradiso. Les parecía más accesible el Lezama de Muerte de Narciso y el de Enemigo rumor. El Chino hubiera querido explicarles que Paradiso era un estado del alma, una revelación inexplicable, un acertijo para quien se decidiera a zambullirse en la profundidad del ser cubano.

Mas el Chino no tenía esas palabras a la mano. Solo las cuartillas del maestro y una foto, un tronco de foto como se diría en la lengua de la calle y, eso sí, la intuición de ser tremendo lezamiano, la sabiduría de comprender lo que el maestro escribió sobre sus fotos: "Chinolope tiene como la temperatura de la permanencia de las situaciones, es también un amuleto para el azar concurrente y un ojo que penetra como una gota y devuelve como un espejo universal".

¿Y el argentino? ¿Dónde ubicarlo en esta crónica? ¿Acaso en esa foto junto con el poeta que el Chino tiró en una mesa del restaurante El Patio? ¿En el cuento que dice que le contó a Cortázar para que este se lo contara alguna vez a Eduardo Galeano, y Galeano a su vez lo contara con muchas menos palabras que las que el Chino empleó para contar que había visto a la muerte en el rostro del barbero de Nueva York que estaba afeitando a Joe Anastasia justo cuando le dispararon?

“Decapita el tiempo para hacerlo surgir con otra cabeza y nos quita nuestra mirada para darnos la nueva visión”. Juicio lezamiano sobre Cortázar. Chinolope lo resume a su modo: "Compadre, la cosa está en meter en una misma foto al Cronopio Mayor y al Ángel de la jiribilla". Con un Chino delante, que es mucho mejor que tener un Chino atrás.

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