Año V
La Habana

6 al 12 de MAYO
de 2006

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Los amigos de Lezama
Cintio Vitier
La Habana


EL 9 de julio de 1976, justo un mes antes de la sorpresiva muerte de Lezama, Fina y yo acompañamos a Gabriel García Márquez a conocerlo en su casa de Trocadero 162. Fue una tarde deliciosa, e incluso divertida, por los cuentos que el cubano pidió al colombiano, acerca de sus peleas con Mario Vargas Llosa. Cuando las carcajadas empezaban a alejarse en los rumores del atardecer habanero, Lezama pidió a su esposa María Luisa que trajera el Álbum para la firma del visitante.

El Álbum en cuestión, el mismo cuya reproducción el lector tiene ahora en sus manos, en realidad era el segundo que Joseíto, como le decía su familia, se había mandado a hacer después que una mañana del 65, en la Sala Cubana de la Biblioteca Nacional, lo vimos engolosinado hojeando el precioso Álbum de Rosita Aldama, con versos y prosas de los contertulios de su esposo Domingo del Monte. Esta ilustre evocación de lo más fino y fundador de la primera mitad de nuestro siglo XIX, nos lleva a precisar que en la penumbrosa salita de Lezama no hubo la costumbre de verdaderas tertulias. Cada visitante, con su pareja y/o un par de amigos como máximo, eran recibidos previa cita telefónica, lo que evitaba coincidencias no siempre deseables. La privacidad de aquellos encuentros hizo posible las extensas improvisaciones o copias o dibujos que con frecuencia ocupan las hojas gigantes del segundo Álbum. García Márquez, en cambio, como si supiera que lo estaba cerrando, se limitó a consignar que en la citada fecha, a las 5:10 de la tarde, vio (no dice "conoció"), "a Lezama, el grande, en esta casa". Laconismo que adquiere hoy la majestad de una lápida. Solo que inmediatamente después se reproducen dos óleos de René Portocarrero Catedral y Malecón que reabren la hipertelia lezamiana.

Durante sus once años de vida (digamos, activa), el Álbum se fue convirtiendo como en otra estancia de la casita mágica, estancia de escrituras y pictografías a la que a veces pedíamos acceder para encontrarnos de nuevo con nosotros mismos o con tantos amigos enmascarados en su propia letra. Aquella sí podía considerarse la estancia de las tertulias sucesivas, según hojeábamos al azar. Unos versos conversaban con otros, unos dibujos con otros, pero su tema era siempre el mismo: las razones, misterios y ofrendas de la amistad. El homenaje al amigo que con este artilugio no satisfacía su vanidad, sino su necesidad de cariño, el alivio de una soledad incurable que de pronto necesitaba responder a Fina con otras décimas flecheras o escribir una carta inolvidable a Cleva.

Testimonio del "estado de concurrencia poética" que logró Orígenes más allá de su existencia como revista o como Grupo, este Álbum esencialmente forma parte de la obra carismática de Lezama, como si ya en plena Revolución, hasta los llamados "años grises", continuara de otro modo superador, nutrido de Casal, de Martí... y de Lezama, el magisterio delmontino. Se entrecruzan aquí las generaciones, incluyendo las de un niño y un adolescente; algunos acíbares se dulcifican; cierto desenfadado mimetismo a veces hace de las suyas; hay textos antológicos. Por lo demás, cada página alude a la totalidad del Álbum, el cual se relaciona con el espacio respiratorio lezamiano, el mismo, ahora en miniatura, del que surgieron sus intuiciones de "la casa del alibi" y "el espacio gnóstico americano". El alibi de la gentileza, la gnosis de la amistad. Y así victorioso, inicialado por la caligrafía siglo de oro del padre Gaztelu y notarialmente sellado por el rapsoda de los "cien años de soledad" que todos, de un modo u otro, hemos vivido, seguirá con nosotros este Libro de los amigos, acta de sencilla, memorable, justicia poética.

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