Año V
La Habana

6 al 12 de MAYO
de 2006

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Lezama imán
Sigfredo Ariel La Habana


Quien comienza a leer o escribir en español se aproxima peligrosamente a la obra de José Lezama Lima. «Peligrosamente» porque tarde o temprano podrá ser atraído a su imán, alcanzado por una de sus ondas, sus círculos «imantados». Quiero decir: quien lee y escribe ahora comienza a avanzar en dirección de un formidable encontronazo.

Los jóvenes llegan a Lezama con un encogimiento de hombros, leyendo líneas salteadas, hojeando sin cuidado. Todo joven poeta piensa de sí mismo que es un gran poeta, por tanto sospecha que transformará el estado de muchas cosas, entre ellas la Poesía pasada, presente y futura. Procura administrar y mantener a raya sus devociones, por eso no es raro que contemple con desdén a los maestros. Mientras tanto Lezama acecha, espera, seguro, como dijo acerca del paisaje, que ha de ser descubierto, comenzante. Para un poeta en su estado naciente descubrir a Lezama significa franquear una puerta que conduce a un sitio sin límite. De varias formas se ha dicho que José Lezama Lima es un escritor infinito. Y es verdad. Uno de los muy contados.

En una página fechada en 1991 Gastón Baquero dijo que el autor de Muerte de Narciso había sido «el menos acomodaticio y el menos maleable entre los escritores de cualquier tiempo y país». Tentaciones, ofrecimientos a cambio de «aclararse» se estrellaron en su fidelidad de ser, igual que todo soborno o petición de concesiones. Su mayor enseñanza fue esa, la de permanecer leal a sí mismo, a un Sistema Poético que no sólo le sirvió para escribir una obra de dimensión y apetito considerables, sino para comprender y establecerse en medio de un país que a sus ojos emergía deslumbrante y deslumbrado. Creó la Casa del alibi, donde la imaginación puede engendrar el sucedido y cada hecho se transfigura en el espejo de los enigmas, muy ajeno, sordo para los desdenes que le prodigaban muchos de sus contemporáneos y algunos comenzantes que llegaron después, enfrentando ataques de varias armas, burlas incluso, en la estrechez económica que le acompañó durante toda su vida.

2.

El joven que da pasos, primero tímidos, luego más confiados, sobre Enemigo rumor cruza un puente, un enorme puente que no se le ve, / pero que anda en su propia obra manuscrita. En ese tránsito no habrá regreso. Comenzará a desdeñar, primero, el bobo término de «oscuro» y el dudoso de «claro». Al abolirlos por fin aprenderá de Lezama una de las primordiales razones de la escritura, la razón libertaria. Es un servicio y a la vez una ganzúa que el Poeta le regala al iniciante para que siga abriendo puertas y puertas que a su vez conducen a nuevas estaciones de un espacio sin término.

3.

Llamo a Pedro Llanes a Santa Clara, le pido una página sobre Lezama. Sé que no es tu modelo, Pedro, le digo. Me responde enseguida, remontándose a las palabras de un antiguo sabio chino: "quien no reconoce a sus admiraciones, vale menos que un perro".

Nihil admirari, «No admirar», aseguró Lezama en un párrafo editorial de Orígenes, es el escudo de las más viejas decadencias. Y fue la admiración precisamente que lo hizo rodearse de poetas siempre; lo impulsó a juntar la poesía cubana desde el Espejo de Paciencia deteniéndose en hallazgos, a menudo de mínima felicidad, de una lírica que su admiración consideró excepcional, fundamental de la existencia cubana. Con él desaprendimos la dicotomía artificial entre cultura y vida.

Cuando conversa con Julián del Casal en su tremenda oda, el verde de tus ojos verdes se convierte en nuestra luciérnaga verde que Casal lleva como ofrenda cubana al valle de Proserpina. Su tos alegre sigue ordenando el ritmo / de nuestra crecida vegetal, / al extenderse dormido. Cuando en un poema contempla a José Martí penetrar con su alegría a la casa del alibi

No le arredra ver la suntuosa pesadumbre

del primer signo cadmeo, que

significa buey

ni los exquisitos movimientos egipcios del rostro del gato.

4.

Lezama admiró y entendió el hombre criollo a la luz del espíritu de la jiribilla, ángel que encarna un modo de ser, que no es por cierto el choteo tantas veces deplorado, reverso de la ausencia de telos. Figuración del juego, el gesto gracioso, la asociación insólita, gravedad aligerada, agrado y gozos puros. Casi al azar recogemos esta conversación al oído de René Portocarrero:

El ángel que salta asustado, como si saliese de un cascarón

vigila la ciudad donde pasas el invierno,

donde planchas tus corbatas con la receta del Doctor Fausto.

El joven poeta se siente finalmente separado de las trampas de la pesantez, la pedantería, la tiranuela cita, sino la creativa, plena de potens. Es poderoso, fascinante el ámbito jovial que así se anuncia, la libertad en la poesía, nada menos: Jiribilla del paroxismo, de la hondura del frenesí frente a la muerte, dice Lezama:

Jiribilla, hocico simpático. Simpatía de raíz estoica. Fabulosa resistencia de la familia cubana. Arca de nuestra resistencia en el tiempo, cinta de la luz en el colibrí, que asciende y desciende, a la medida del hombre, como un templo, como la luz instrumentada por Anfión, del linaje de Orfeo.

La batalla secreta es contra un contrario constante que tiene variados rostros enemigos, más un cuerpo mismo, terrible: la ausencia, el vacío –del que evapora el otro que sigue caminando–, la falta de finalidad, la muerte… Ante ellos, opone el rasguño en la piedra del que habló varias veces, «la simpatía de raíz estoica», frente a quienes edifican con material deleznable, plomada para el simio y piedra de infiernillo. Para Lezama

Tener una casa es tener un estilo para combatir al tiempo. Combatir al tiempo sólo se logra si a un esencial sentido de la tradición se une la creación que todavía mantiene su espiral, que no ha dejado de transcurrir. El que tiene una casa tiene que ser bienquisto, pues la casa produce siempre la alegría de que es la casa de todos.

4.

No sé si existe, ni siquiera conozco si existió, un papel que prohibiera a José Lezama Lima. Lo cierto es que sus libros no estaban en bibliotecas ni librerías cuando el joven que fui leyó en un número atrasado de la revista Unión el poema Estoy, recogido más tarde en Fragmentos a su imán, su poemario póstumo. Estoy me dejó extrañado y hambriento de otras páginas suyas. Por eso robé de un almacén villaclareño Dador y Aventuras sigilosas. Conseguí también de forma reprobable un ejemplar de Enemigo rumor que su autor había dedicado a un amigo en los años 50. Mi padre tenía Paradiso en su biblioteca junto a El reposo del guerrero y Lolita en un lugar poco visible. Luego comprendí: libros eróticos.

A los poetas del taller literario de Santa Clara Samuel Feijóo nos regaló un buen día muchos números de Orígenes, Nadie parecía y Espuela de Plata. Hace un par de años Arístides Vega conservaba algunos. Lezama-día, Lezama-noche. ¿Dónde estaba aquel poeta al que Cintio Vitier dedicaba tanta admiración en 50 años de poesía cubana y Lo cubano en la poesía y que se nos aparecía colosal, inconcebible? Los jóvenes poetas de aquellos días no sabíamos gran cosa en verdad.

Lezama-día, Lezama-noche, Lezama en casi todas las conversaciones. En La cantidad hechizada: Confluencias y La biblioteca como dragón, deslumbrantes. En el año 81 llegó Imagen y posibilidad para enarbolarlo ante los opositores de los oscuros y herméticos (heréticos) que éramos o creían que éramos. Sirvió de escudo en numerosas contiendas. Nos apegamos a su imán, a la casa que combatía y triunfaba en la batalla contra el tiempo. José Lezama Lima completaba así un nuevo círculo, el más cercano que tuvimos muchos de los que en aquel momento comenzábamos a leer y escribir en Cuba. Círculo que nos alcanzó y siguió adelante. Que continúa su marcha y su destino.

CITAS DE JOSÉ LEZAMA LIMA:

·                    “Donde la imaginación puede engendrar el sucedido y cada hecho se transfigura en el espejo de los enigmas”. Secularidad de José Martí. Orígenes. La Habana, 1953, No. 33.

·                    “…nihil admirari, escudo de las más viejas decadencias.” Diez años en Orígenes. Orígenes. La Habana, 1954, No. 35.

·                    “…un puente, un enorme puente que no se le ve, / pero que anda en su propia obra manuscrita”.  Un puente, un gran puente. Poesía completa. Letras Cubanas, La Habana, 1994.

·                    “llevaste nuestra luciérnaga verde al valle de Proserpina”. Oda a Julián del Casal. Poesía completa. Letras Cubanas, La Habana, 1994.

·                    “Su tos alegre sigue ordenando el ritmo / de nuestra crecida vegetal, / al extenderse dormido”. Oda a Julián del Casal. Poesía completa. Letras Cubanas, La Habana, 1994.

·                    “No le arredra ver la suntuosa pesadumbre / del primer signo cadmeo, que / significa buey ni los exquisitos movimientos egipcios del rostro del gato”. La casa del alibi. Poesía completa. Letras Cubanas, La Habana, 1994.

·                    “El ángel que salta asustado, como si saliese de un cascarón / vigila la ciudad donde pasas el invierno, / donde planchas tus corbatas con la receta del Doctor Fausto”. Primera glorieta de la amistad. (Para René Portocarrero). Poesía completa. Letras Cubanas, La Habana, 1994.

·                    “Jiribilla del paroxismo, de la hondura del frenesí frente a la muerte (…) Jiribilla, hocico simpático. Simpatía de raíz estoica. Fabulosa resistencia de la familia cubana. Arca de nuestra resistencia en el tiempo, cinta de la luz en el colibrí, que asciende y desciende, a la medida del hombre, como un templo, como la luz instrumentada por Anfión, del linaje de Orfeo”. La posibilidad en el espacio gnóstico americano. Imagen y posibilidad. Selección y prólogo: Ciro Bianchi Ross. Letras Cubanas, La Habana, 1981.

·                    “evaporo el otro que sigue caminando”. El pabellón del vacío. Fragmentos a su imán. Ediciones Unión, La Habana, 1977.

·                    “… una casa con material deleznable, plomada para el simio y piedra de infiernillo” Diez años en Orígenes. Orígenes. La Habana, 1954, No. 35.

·                     “Tener una casa es tener un estilo para combatir al tiempo…” Una casa o un estilo. La Habana. JLL interpreta su ciudad. Editorial Verbum, Madrid, 1991.

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