Año V
La Habana

6 al 12 de MAYO
de 2006

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Mi viaje al Paradiso
Mario Jorge Muñoz La Habana


Al principio fue difícil y penoso. Siempre he creído tener los pies muy bien colocados sobre la Tierra. Así que con esa lógica casi aritmética, propia de un casi matemático, muy poco podía entender esa primera vez que fui invitado a leer poemas —los nuestros, muy pocos buenos, y los ajenos, entonces todo se hacía más fácil—  por un grupo de amigos de estudios universitarios, sentados sobre el piso frío de la sala de un moderno apartamento del Vedado, rodeados de cómodos butacones y de un sofá que invitaba a las más lúdicas poses.

No entendí por qué estábamos en el suelo, ni por qué leíamos bajo el influjo tenue de dos velas, cuando al alcance de la mano teníamos la radiante luz del mediodía —chocaba contra los ventanales en espera de un movimiento que la invitara a entrar, abierta, democrática— y toneladas de electricidad; no eran tiempos de apagones, gracias al chorro de petróleo marca URSS que anegaba la eternamente sedienta garganta del país.

Mucho menos comprendí la irrupción de un té humeante —aguado, con mucha azúcar y limón para mi gusto, más parecido a una limonada caliente—, supuestamente negro, según la etiqueta anunciadora de una excelente infusión proveniente de la India, donada al grupo por un colega soviético, estudiante de Periodismo en la acogedora Habana. La globalización. “Y por qué no un buen batido de mango, una champola, cerveza, ¡oh, una fría, un lagarto!; por qué no un refrescante Cuba Libre”, pensé. Pero no dije nada. O sea: compartíamos nuestra egoteca poética a la luz de velas, sentados en el piso, “deleitándonos” con un sabroso té hirviendo, al mediodía de un verano cubano. Creo que fue un fallido intento de navegación en las aguas del postmodernismo.

En medio de aquel soponcio literario conocí la poesía de José Lezama Lima (1910-1976). No creo que fuera el mejor espacio y momento. Sin embargo, la palabra retomó su merecido lugar cuando uno de los presentes comenzó a leer:

Dánae teje el tiempo dorado por el Nilo,

envolviendo los labios que pasaban

entre labios y vuelos desligados.

La mano o el labio o el pájaro nevaban.

Era el círculo en nieve que se abría.

Mano era sin sangre la seda que borraba

la perfección que muere de rodillas

y en su celo se esconde y se divierte.

(...)

Como a muchos, el poema La muerte de Narciso (1932) me deslumbró con sus metáforas, y la manera barroca con que Lezama juega, retoza, hace suyas historias de la más rancia mitología griega o latina. Qué bárbaro, el poeta lo escribió con apenas 22 años.

Fue lo mejor que me llevé de aquel “metatrancoso” encuentro, el descubrimiento de la escritura de Lezama, la incitación a la búsqueda de sus obras, textos desbordantes de cultura, de enigmas, de nuevas tretas de estilo y redacción que cualquier iniciado en las letras debe conocer, palabras unidas por el “carruaje” de la imaginación; imaginación “no a secas”.... “la mía tiene ojos de lince”, como diría el poeta que hiciera de su sillón y de su casa de Trocadero 162 —vivió en ella 47 años—, el centro de su creación.

Luego leí algunas de sus conferencias, ensayos, en los que disertaba con maestría sobre los temas más diversos; conocí más de su vida, de su prosa barroca, única, de su papel trascendental en las revistas Verbum, Orígenes, de la importancia de su obra para la literatura cubana...

Corría 1986 cuando me enfrenté por primera vez a Paradiso. Entonces la literatura cubana celebraba el aniversario veinte de la monumental obra y los diez de la muerte del escritor. Cayó en mis manos en medio de la “ensalada” de libros —con los más disímiles sabores: poesía, narrativa, ciencia ficción, policíacos...— que entonces devoraba sin mucha orientación, de manera nada selectiva.

Ya me consideraba apto para su lectura. Pero no fue así: José Cemí, el poeta asmático de Lezama (o Lezama), me “sacó de paso” con la historia otra de su vida y la de su familia, con su búsqueda de la sabiduría a través de la poesía. No fue la trama lo que me alejo en ese momento de la obra —sin duda maestra—, sino la manera distinta en que fue contada.

Fue un choque proteico: Paradiso es madurez filosófica, originalidad en el estilo, erudición... esa prosa poética con la que profundiza en sus criterios sobre el ser humano y su relación con el pasado, ese pasado también suyo que nos devuelve recreado a través de la memoria afectiva, del recuerdo.

Evidentemente, yo aún no estaba preparado para aquella lectura. Y aceptar esa verdad fue lo más difícil. No se lo dije a nadie. Con los años supe que no fui el único de la tropa que atravesó por aquel mal rato. Pero ninguno lo reconoció entonces.

Postergué mi viaje al Paradiso durante años en los que deambuló a mi lado por toda La Habana, conoció de mis amores, permutas, de otros amores y cambios de trabajo... hasta que crecí y viví lo suficiente como para volver a abrir sus páginas y poder disfrutarlo como Dios y Lezama mandan. Valió la pena la demora, valió la pena el viaje. El sabio Cintio Vitier, su amigo, tiene mucha razón: “Paradiso es una invitación a la sabiduría”.

Paradiso es también un tratado filosófico, es incitación, retrato de erotismo (escandaloso para la época); pero sobre todo es un desnudo de la familia cubana, sus costumbres, tradiciones, sentimientos; constituye, sin lugar a dudas, su más rico regalo al futuro, una de las obras más importantes de la literatura cubana de todos los tiempos.

Por estos días de celebraciones he recordado aquel caluroso —en toda la extensión de la palabra— té literario de hace más de veinte años, mi primer encuentro con Lezama. Y ya más conocedor de su letra, de la manera en que “vivió” la vida, he pensado que entonces debí exigir un suculento y colorido almuerzo, de esos que tanto disfrutaba, lo que hoy también podría ser una excelente manera de homenajear al fabuloso poeta y enorme paladín de la gula. Creo que le hubiera gustado.

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