Año V
La Habana

6 al 12 de MAYO
de 2006

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Visión y diversidad en las décimas
de José Lezama Lima

Carlos Chacón Zaldívar* Matanzas


«¿Hay en ello la marca de nuestro modo pronto y rotundo, de una retórica verbal (que se oye al afluir, queremos decir); la huella de esa inclinación al remate inmediato, al golpe final y contundente?» 1, así reflexiona Marinello queriéndose explicar el acercamiento de nuestros grandes poetas a la décima, y por esos caminos descubrimos el ahondar preciso y señorial con que José Lezama Lima (1910-1976) frente a las estrofas de «La ronda», escritas por Manuel de Zequeira en los inicios fundadores de la lírica cubana, expresa que encontramos al hombre que casi «milagrosamente penetra en la noche» para dar «poesía tan alucinada» en «donde la imagen tiene un centro de gravitación tan trágico y tan profundo». Luego será la referencia en torno a la gracia improvisadora que toca los textos de Plácido y su posterior diálogo poético con Francisco Poveda en la fiesta prodigiosa de la sitiería.

Mas su búsqueda no termina, incluso cuando disfruta las mañanas laboriosas en que El Cucalambé instaura la estrofa dentro del murmullo que ilumina nuestro paisaje, porque su potens, ángel de la jiribilla, ya le ha concedido modelar entre sus búsquedas el molde estrófico que nos identifica, pues por las páginas de Dador (1960) están aún recientes sus primeras huellas.

Entrar al cosmos poético que muestra dicho libro, como parte de la producción del autor, supone un arriesgado, pero motivador ejercicio intelectual, si queremos recorrer realmente su decimar. Pero inicialmente nos detendremos en curiosos textos en los que el autor dialoga con dos líricos españoles: Quevedo y Baltasar Gracián. En «Aparece Quevedo» ya está el «Lezámico modo» para acariciar la estrofa pues el sujeto lírico entrega desde sus coordenadas el sentir quevedeano frente a la herencia italiana: 

Su clavija ya rechina

si la sentencia adivina

un nadante cuerpo espeso

mordido por cada frase.2 

Después incorpora elementos intertextuales con la referencia a Briseida en pareados, que intercambia estructuralmente con un «padre nuestro» que ironiza dos versos claves: «así es el cielo, así es la tierra/ el pan es nuestro también» (p.280). Finalmente dos estrofas con el acostumbrado disponer la inicial redondilla cuyo cierre repite el verso «y vuelve al llamarse amor», imagen que eterniza la dualidad casa-amor, como parte de una realidad que se conforma ante la mirada acechante del sujeto lírico:         

  Se entrega el tejado frío

           al gato escarbando y no

           tiene ironía el río

           que de la flecha burló.

           Nieva el tejado la casa

           que las dos nubes enlaza.

           Abre sombra a la manera

           del aire del picaflor,

           la casa vuelve ligera

           y vuelve al llamarse amor.3 

Pero en «Visita de Baltazar Gracián» disfrutamos en cinco décimas ese paladeo de la imagen con que Lezama alumbra y deslumbra la mencionada forma estrófica, pero con motivos que perfilan sus propias lecturas de Gracián: 

            Es el que quiere salir

            y el que siempre muy vigilado;

            la anguila quiere venir

            silbada por el candado.

            Si no rompe, se encoge,

            si nadie la vio y recoge

            la ajorca, plectro de arena.

            ¿Qué mucho que su silencio

            sea el pelo de la hiena,

            sea la hiena del desprecio?4 

Así «hiena», «abran, me escapo», «imprentero» y otros se conjugan en el tejido textual con versos caracterizadores como «Gracián escurre su coche/ la gracia no, el acento”, hasta arribar a los cinco primeros versos de la estrofa final, cuyo sabor marca el tiempo biográfico del mencionado:         

  Si quería salir de órdenes

           y en la amistad se enredaba,

           con Lastanosa sudaba

           su sobrino y sus desórdenes

           en epigrama y soneto.5 

Adviértase el tratamiento que da Lezama a la estrofa, pues aquí la décima y su estructura poco tienen que ver con la clásica espinela sino mas bien con una época precedente.

En Dador Lezama inaugura una costumbre, muy cubana por cierto, de querer «dilatar y profundizar el diálogo que toda amistad conlleva y sus cuidos y mimos» a través de «Primera glorieta de la amistad». Variados son los matices, los esquemas estróficos respecto a la rima y la cariñosa presencia de todos aquellos que compartieron su conversación. Difícil sería escoger entre las dedicadas a Mariano Rodríguez, Alfredo Lozano y Fina García Marruz. Tal sentimiento volcado en décimas se amplía y diversifica con un conjunto que nombra «Décimas de la amistad», que aparece publicado en Poesía completa (1970). Aquí la galería incorpora otros destinatarios como Armando Álvarez Bravo, Jorge Camacho y Pablo Armando Fernández.

Mas quiero apuntar que tras el abrazo verbal y la delicadeza que muestran estos versos corre el sentir ensayístico del sujeto lírico. Véanse en tal medida las estrofas «Para Mariano» en «Primera glorieta...» en cuyo trasfondo hay una imagen que sintetiza un primer contacto con la obra del pintor: 

La esponja del plenilunio

escoge ciego; chorrea en su telar

la línea de la gaviota.6  

«Telar» y «línea» son paralelos que abrochan la imagen poética para ahondar en valoraciones anteriores donde Lezama afirma que Mariano Rodríguez está «muy cerca del ascético rigor en el dibujo», pero tal juicio se complementa si entramos a una estrofa recogida en «Décimas de la amistad»:          

   Un gallo color ladrillo,

           en su centro y su compás,

           pitagórico tomillo

           dijo: yo no espero más.

           Una cinta enredarás

           y otra en el aire acuesta,

           esa es la mejor digesta,

           casi al borde de la mar,

           y como el diamante remar

           lo que no tiene respuesta.7                             

El texto muestra por sus versos no solamente el elemento plástico cuyo centro genera y caracteriza la creación pictórica, sino que se torna acechanza y dinamismo, ahora que la décima señala el salto del gallo, pues se transforma en puerta y clave para entender su quehacer en la pintura.

Aunque este cantar del poeta continúa enriqueciéndose con las «Décimas de la querencia» que aparecen ordenadas en Fragmentos a su imán (1977), como para enfatizar que más allá de iniciales circunstancias dichos textos se integran por derecho propio a su obra poética y exhiben en su devenir múltiples atisbos respecto a las personas que las motivaron.

Nótese el interés con que Lezama enfatiza que son décimas de la amistad y décimas de la querencia como puertas que se abren al abrazo de sus contertulios.

Sobresalen las estrofas escritas para Fina García Marruz, en las que inicialmente el sujeto lírico se sorprende ante su destinataria al ver logradas dos décimas. Un sabor juglaresco las recorre mientras se anuncia la posesión amistosa con caridad y corazón: 

           Mariposa en entredós

           vino la décima, Fina,

           fingí astucia divina

           como un griego, quería dos

           plieguillos en la encina

           fijos, me fingí airado

           porque me fuera otorgado

           el doblete del bailón,

           y siento en buen alegrón

           dos décimas he sumado.8 

Estructura la posición de las rimas de la siguiente manera (abbabccddc) y (ababbccddc), ambas estructuras son características en el uso Lezamiano de la estrofa así como «sus alteraciones no solo de rima y medida, cambios bruscos o retorcimientos y giros inauditos».

Si a la obra pictórica de Luis Martínez Pedro dedicó un sustancioso ensayo, aquí coloca una décima que recoge tales precedentes y convoca en el espacio de los diez versos octosílabos el impetuoso movimiento de las aguas territoriales: 

          En el mar y en la llanura

          y en la llanura del mar,

          el tornasol aguamar

          su nacimiento inaugura.

          La brisa en la mina apura

          la medusa traslaticia,

          todo germen allí inicia

          a la espiral que se ajusta

          a la lengua que pregunta

          cuando el pez rayando oficia.9  

El espacio marino que recrea las telas del pintor encuentran doble en una rápida sucesión de motivos: mar, aguamar, brisa, espiral y pez crean una imagen dinámica que recuerda las valoraciones del ensayista en “Martínez Pedro y el nacimiento de las aguas”.

Devenir del tiempo y conversación colocan al sujeto hablante en el sitio en que tan bien se esta, pues ahora Lezama pone al lector ante una escena afectiva propia del círculo amistoso: 

          Mezclan proverbios, manzanas,

          una pelea de sombras

          entre libros y mañanas,

          el café y las campanas,

          las tardes que tú nombras

          en el libro de los Muertos.

          Atravesamos desiertos

          buscando el agua y verso

          en el enigma diverso,

          no en parlanchines disertos.10 

Podría ser su casa en Trocadero 162 el espacio en que la mirada reconstruye para los octosílabos tal vivencia, pero el poeta quiere precisar que la relación mañanas-tardes en la búsqueda del conocimiento ocurre en la Sociedad Económica de Amigos del País, allí están como claves dos palabras que recuerdan la frase martiana «café, padre del verso ¡Esencia viva!».

Fina García Marruz, Reynaldo González y Miguel Barnet han recordado en diversos lugares y referencias esta cercanía de Lezama a la décima a través de la amistad, aunque parece que en su rica papelería hay aún textos que esperan la caricia del imprentero. Esto lo demuestra Iván González Cruz con las décimas que publicó en Fascinación de la memoria (1994).

Encontramos unas décimas dedicadas a Eliseo Diego, enlazadas ambas por una dedicatoria que enfatiza el don poético del «henchido trazo de Diego», pero veamos la segunda décima:        

    Esferas de tres colores,

            que el juglar va escarmentando,

            como si fueran nombrando

            ricas telas de amadores,

            en cambiantes surtidores.

            Casandra y su profecía

            mueren con la luz del día,

            trasparentándose el vino.

            Llega Elí, secular en su refino,

            quema vino al mediodía.11 

A través de un rejuego de motivos entre los que sobresalen: colores, nombrando, telas, profecía, luz, vino y mediodía, se arma una imagen que desde adentro entrega el transcurrir del tiempo por el universo poético de Eliseo Diego.

Es cierto que hemos citado los esquemas más usados por Lezama para distribuir la rima en «sus décimas», esta que nos ocupa es una cuasi-espinela, y tal vez podríamos hasta anotar una irregularidad si vamos al penúltimo verso.

Si con «Décimas a la querencia» se rompen las posibles circunstancias que les dieron origen a cada texto, para lograr verdadera coherencia al ser publicados como conjunto en los Fragmentos... algo muy distinto ocurre cuando leemos atentamente «Agua oscura», verdadera suite escrita en décimas.

«La oscuridad que se invoca/ roza mis labios con fuego/ su escritura salta y luego» —así proclama el sujeto lírico la entrada en el lenguaje de lo nocturno— para lograr a nivel simbólico la presencia inicial del agua en un texto descriptivo:       

    Agua tersa va muriendo

            en los juncales del río,

            el techo del caserío

            se inclina y va lamiendo

            los entorchados del frío.

            Un fulgor y dos a dos,

            tejidos como entredós,

            sin estorbo y sin sonrisa,

            cuando la toronja avisa

            una mañana con Dios. 12 

Estructura la rima (abbab.ccddc). De nuevo la nota campestre en que río, caserío y toronja establecen un límite entre lo oscuro «muerto» y la claridad de «una mañana», contrapunto que recorre el corpus íntegro del conjunto: 

             En el hotel se inmiscuye

             el patio con algarrobo,

             la noche que restituye

             un caracol y un lobo,

             después la noche concluye

             sin obertura, lo que queda

             en la mañana de seda

             brinca como un tornasol.

             Guardarropía del sol

             con el plumaje de Leda.13 

Mantiene como estructura (ababaccd.dc) y alguna irregularidad en los versos. Presenciamos la dualidad apuntada, pero esta vez en un espacio real diferente, cuyos motivos —hotel, algarrobo, obertura—, convocan dos metáforas características del sistema poético creado por Lezama: «mañana de seda» y «plumaje de leda».

En uno de sus apuntes en prosa escribe «que la noche, en tinieblas, mordida por las tenazas de los dos crepúsculos, se enemistaba más furiosamente aún con la luz», sirva la frase como preámbulo a la siguiente parte: 

             Miro al través de una reja

             una luz que se bifurca,

             por encima de la teja

             salta, como una trifulca

             un bulto que no nos deja.

             Les disparamos venablos

             a los diversos retablos

             con figurillas de cera,

             un buen olor nos espera,

             ya se fueron los mil diablos.14 

Bulto, figurillas de cera, mil diablos, son exponentes también de la dualidad que estudiamos: sombra-luz. Más adelante incorpora nuevos elementos como tijeras y canguro junto al cierre de la estrofa XI en que se advierte «como un atlas de lo informe,/ la noche entera deforme/ y el rezo de los Dioscuros». Nótese como Lezama contextualiza personajes míticos en el espacio semiótico de la décima. Ante los peligros de esa fauna nocturna el sujeto lírico solicita el amparo de Cástor y Pólux, en particular la leyenda en que la vida del segundo transcurre un día en el infierno y otro en el Olimpo.

Luego encontramos la coincidencia surrealista de objetos y animales en el mundo presentado, aspecto que se acentúa a continuación: 

             Canoro y métrico coro

             en los puntales del día,

             una raya como un oro,

             tortuga del mediodía

             y un clarinete sonoro;

             al lastimarse la quilla,

             con la presión la rodilla

             cubre seda al calamar,

             trenzado al fondo del mar,

             peluquín sobre una silla.15 

Así «puntales del día», «tortuga del mediodía» son metáforas que enriquecen la imagen de Lezama, que ahora se sumerge en el fondo marino, pero enfatizando la dualidad planteada. Con estos aspectos se incorporan elementos claves en la estrofa pertenecientes a esa fauna nocturna y que juegan su propio rol: gnomo, mentira, espíritu del mal, triste bacanal, se mezclan para convocar a la muerte: 

             En la roca desespera,

             cortada por el helecho,

             allí solitario impera

             la espuma de un blanco lecho

             que sigue en eterna espera

             de dos espaldas lunares,

             llenas de anclas abisales

             y quitasol de cipango,

             con pasos lentos de tango

             el ciclón en los maizales.16 

La rima y su ordenamiento mantiene la estructura señalada anteriormente (ababccd.dc) aunque hay asonancia en los versos 6 y 7. Véase el contraste metafórico que aportan los motivos desespera-impera-espera con «espuma de un blanco lecho» para enfatizar la imagen nocturna, pero blanca de la muerte, junto a tres elementos de lo hondo americano: tango, ciclón y maizales.

Así la noche, la oscuridad, cual mensajeras del cuerpo temático en que transcurre la muerte exhibe sus últimas huellas por las estrofas finales: 

             Borrando la comprensión

             de una alegre juglaría,

             los instrumentos del día

             tiran, rompen su acordeón

             y su compás que medía

             media esfera y media espina.

             Ya se levanta y expira

             cerca del césped fruncido

             y va quedando dormido

             en la noche de la pira.17 

Nótese que Lezama repite la distribución de la rima según el modelo comentado (abbabc.cddc). Posición que permite al hablante textual enfatizar la lucha entre la luz (seis versos iniciales) y la muerte (redondilla final) a partir del giratorio y dinámico movimiento del compás, que retorna al punto inicial en un sentido griego y metafórico: «noche de la pira».

Se «reinaugura la mañana» junto a «blanca arena en tersa cola» —décima XXIII—, revitaliza los polos del universo temático apuntado en los desplazamientos de la suite, pues entramos en el triunfante espacio en que la luz retorna, y que paradójicamente proviene y concluye otra vez en la muerte: 

             La noche cae al confín

             como si fuese una larva

             más escarba y más escarba.

             Al penetrar con su lanza,

             como una esperanza parva

             al ciego de bienandanza.18 

Si en «El arco invisible de Viñales» Lezama ubica un punto esencial de su poética y una manera propia de trasmutar lo cubano en la imagen, proyectando en ésta como visión o escena narrativa la potencialidad más allá del aparente paisaje con un rejuego  hiperbólico, logra reflejar según Vitier la otra parte del arco. Volverá a abordar dicha zona justamente para alumbrar con «nuestro modo pronto y rotundo» las memorables décimas de «Amanecer en Viñales».

Por estas estrofas sopla un aire juglaresco pero el paisaje cubano se anuncia más allá del alegre murmullo que El Cucalambé le incorporó en su época. Ellas expresan la fuerza concentradora del potens lezámico y su capacidad para integrar los elementos más disímiles (literarios, filosóficos, míticos y culturales) en siete partes que conforman y expresan nuestras múltiples esencias. 

             Ya el tatuaje de un pescado

             o los castigos de un yes

             Fierabrás va encaramado

             en pitagórico tres.

             Fiesta, llegó el convidado.

             Síncopas, viejo remero,

             es el ¡ay! del melonero,

             el matiz del amarillo,

             desde el escolar sencillo,

             ondas del río primero.19 

Hemos señalado que la diversidad de motivos adquiere en sus décimas múltiples connotaciones, cuyas claves nutricias tenemos que hallarlas en el lenguaje traslaticio que posibilita la actuación de la imagen; sirvan como ejemplos tatuaje, pitagórico y ondas del río primero, que luego se enriquecen con daimon, manitú, mediodía, junto a motivos propios del entorno campestre: melonero, jinetes, farol, noche, hormiga, girasol y otros. 

              En la reunión nocturna

              cae la palabra, señores,

              no hay lechuza ni embadurna,

              sí flautines, ruiseñores,

              collares de cundiamores,

              mosaicos de azul turquí.

              De San Antonio a Maisí

              Fierabrás traza su Eros,

              el chivo de los santeros

              con el sabor del anís.20 

Modifica ligeramente la disposición en las rimas según los modelos propuestos. Es coincidente el espacio en que transcurre la décima, sitio propicio a la conversación, que nos recuerda las tertulias de Trocadero, las mañanas en la Sociedad Económica, pero que ahora abarca la Isla toda, concepción que se verifica en su «Coloquio con Juan Ramón Jiménez». Tal síntesis aflora en los versos finales cuando Eros inaugura una época diferente que también sincretiza al chivo de los santeros. 

             Bisiestos del caracol,

             suda tierra y vuelve hilo.

             No peluca en coliflor,

             el arco iris en vilo

             sabe resumir la flor.

             Roba los melocotones,

             son las más sabias lecciones,

             sal de la longevidad

             y el filósofo Sang Fo.

             Un palmeral es su yo,

             y otra vez la eternidad.21 

Y cuando ya pensábamos que concluía su decimar en el amanecer de Viñales, vuelve el octosílabo a describir nuevamente su espiral para enfatizar esta vez en los melocotones de la longevidad. Allí también se proyecta con signos eternos, nuevos elementos que argumentan el juicio certero con que Cintio Vitier declara estas décimas como «precursoras de una integración futura», integración de las más profundas sabidurías en nuestro universo poético.

«Primera glorieta de la amistad», «Décimas de la amistad» y «Décimas de la querencia», junto a los textos aún inéditos, conforman la diversidad en matices, atisbos y propuestas que dicho tema genera en torno a aquellas personas que compartieron el magnetismo y celo de su trato. Mas valoradas en su conjunto rompen los cordeles que las atan a particulares circunstancias y las colocan en una coralidad que alumbra y deslumbra la estrofa cubana, ganancia para su verbo poético. Confirman ellas y las restantes el predominio de dos modelos en la distribución de la rima: (ababbccddc) y (abbaaccddc) y otras variantes, aunque solo hemos referido irregularidad cuando se ha acercado suficientemente al molde espineliano. Pero la verdadera ganancia en su decimar la encontramos en la suite «Agua oscura», cuyo universo temático se corresponde con poemas antológicos escritos anteriormente por Lezama Lima, en particular «Noche insular: Jardines invisibles». No se trata de irregularidades, ni rechazo al modelo espineliano. Estamos ante el Poeta dinamita desde las estructuras, que no se conforma con los cánones, sino que los transgrede para trabajar en el interior de la imagen códigos diferentes, surgidos de una rica sabiduría que lo incorpora todo a su potens lírico, capaz de mostrar con nuevas lecturas un «Amanecer en Viñales» que refleja con sonrisa juglaresca la zona más desconocida pero latente de nuestra identidad.


CITAS Y NOTAS

1. “Sugestiones” en Domingos: Juan Marinello. Editorial Letras Cubanas. La Habana, 1985, p.33.

2. Lezama Lima, José: Poesía Completa. Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1970, p.281.

3. Op. cit. p.281.

4. Op. cit. p.282.

5. Op. cit. p.283.

6. Op. cit. p.450.

7. Lezama Lima, José: Fragmentos a su imán. Editorial Arte y Literatura. La Habana, 1977, p.25.

8. Op. cit. p.25.

9. Op. cit. p.28.

10. Op. cit. p.28.

11. Lezama Lima, José: Fascinación de la memoria. Editorial Letras Cubanas. La Habana, 1994, p.23.

12. Op. cit. p.55.

13.Op. cit. p.56.

14. Op. cit. p.58.

15. Op. cit. p.59.

16. Op. cit. p.60.

17. Op. cit. p.61.

18. Op. cit. p.63.

19. Op. cit. p.63.


*Ensayista y narrador. Profesor de la Universidad de Matanzas

Texto cortesía de la Revista Matanzas.

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