Año V
La Habana
2006

Página principal

Enlaces Añadir a Favoritos Enviar correo

Suscripción

EL GRAN ZOO
NOTAS AL FASCISMO

PUEBLO MOCHO

CARTELERA

GALERÍA

LA OPINIÓN
MEMORIAS
LA CRÓNICA
APRENDE
POESÍA
EL CUENTO
POR EMAIL
LA MIRADA
EN PROSCENIO
LA BUTACA
PALABRA VIVA

LIBROS DIGITALES

LA CARICATURA
NÚMEROS ANTERIORES
LA JIRIBILLA DE PAPEL



RECIBIR LAS
ACTUALIZACIONES
POR CORREO
ELECTRÓNICO
Click AQUÍ

Cisnes en el humo
Francisco García González


Para Nelson, por las paralelas.

El Chevrolet frena junto a la fuente, muy cerca del nuevo hotel que semeja un inmenso cubo luminoso. Un cubo frente al mar, ajeno, inaccesible entre palmeras. Las puertas se abren y la música se escucha a toda potencia como prefiere Sandokan. Esta noche la banda completa: Yankiel, Ruberquis, Yassiel. Hasta Fernández. Volumen-llamado-de-la-selva. La banda sentada en el borde de la fuente y Sandokan acodado en la puerta del Chevrolet. Las cervezas pasan de mano en mano. Esta noche es, y ha sido, de venga Bucanero y venga Bucanero y venga Bucanero, sabor excepcional, disponible bien fría, cebada de primera calidad, compromiso de frescura, lata negra, amarga, sabrosa, agua y orine de la isla en reverbero.

De Yankiel hasta Fernández. La banda de Sandokan.

El viejo bucanero campeando en su lata, el galeón detrás con el velamen henchido, argolla en la oreja, sombrero de tres picos, Fernández lo mira, bueno sería el tipo con el sable, presto a destazar lo mismo una res que el cuello de una señorita después del goce de las ancas. Refrescante. Bucanero. Increíble que un hombre pueda meterse tanto veneno dentro. Lanza el Fernández la lata, lejos, y comienzan a llegar las niñas, lindas damas de la noche, como moscas, atraídas por la música que despide el Chevrolet. Los cánticos en los oídos de las mujeres. Las hay sirenas que vienen y olisquean y siguen de largo a otras aguas. Las menos se quedan y bailan solas o acompañadas por los muchachos de Sandokan.

Ambiente alrededor del carro.

*   *   *

Fue así que apareció la sordomuda. Poco a poco las damas desaparecen y de pronto estaba allí y si no abría la boca jamás pensarse que tenía problemas ni que fuera unos de esos seres a los que el silencio les pasó la cuenta… para siempre.

La sordomuda llama la atención de Sandokan. Linda niña, cara de princesita gitana, naricita respingona, rostro de luna. Sandokan la ciñe… (Todavía no es el momento de trincarla). Algo le cuchichea al oído. Algo chispeante le pregunta el Sando. Y la muda como si nada se deja llevar por los giros, intuyendo el ritmo. Entrenada en la expresión del cuerpo que mueve sinuoso entre las manos del Sando. De nuevo el cuchicheo y el descubrimiento inaplazable: la muchacha ni canta ni come frutas. El negror que significa callar y callar. La palabra vedada, en ausencia infinita.

Círculo, la sordomuda en el centro tiende las manos con vocación de náufraga. En su turno Fernández la saluda a distancia, sentado, Bucanero en mano.

La sordomuda obsequiosa baila con todos y cada uno. Una princesa gitana. Vueltas desde el silencio.

La música vertiginosa.

Venga Bucanero y venga Bucanero. Lata negra. Amarga.

Fernández sentado al borde de la fuente. Brindis a distancia.

La sordomuda de brazo en brazo y el segundo hallazgo ni toca a nadie del grupo en solitario ni tiene nada de especial: la sordomuda es una puta.

Una puta más.

Una puta más que no habla.

La sordomuda bebe de lata en lata y ya empiezan a trincarla. Pero la princesa, sin dejar de beber, se escurre de los apretones de los danzantes. Es la mano invasora de Yankiel debajo de la saya lo que hace que la sordomuda se eche en brazos de Fernández y lo arrastre a bailar. Los demás tratan de quitársela entre risas y burlas y la sordomuda se aprieta a él todavía más. En medio de la borrachera Fernández asume su papel, casi con orgullo, y la relación queda establecida: Fernández es el protector de la princesa gitana. A cambio, la muda lo premia con pequeños besos en los labios.

Como protector Fernández no es, por qué iba a serlo, un príncipe tacaño. A cada rato cede a su protegida. La magnanimidad encaja con el alcohol y la calidad de lo que se posee. La sordomuda pasa por otros brazos y manos ansiosas. Las caricias suben de tono. Sandokan y la muchacha forcejean y la queja a Fernández es perentoria. Entre mugidos, gestos y una insospechada gama de ruidos el protector entiende. El dedo del medio de la muda es de una elocuencia abrumadora. Sandokan le ha metido el dedo en el culo. En lugar de largarse la sordomuda se abraza a Fernández. El príncipe pide cordura a los bebedores. Los labios de la sordomuda se posan sobre los suyos y Fernández la defiende con más encono.

A cada cual según su trabajo. Además la banda entiende a pesar de la niebla: la sordomuda, que es una puta más, desea pescar a Fernández.

*   *   *

Raro era que la policía no hubiese aparecido. El agente habla con Yassiel y el asunto queda en familia. La juventud de hoy merece divertirse. Al policía mismo le gusta la música que vomitan las bocinas del Chevrolet. Sí, compañeros, pero en este estacionamiento no se puede estar. Ahí tenemos un hotel y vaya… no se ve bien, de pronto empiezan llegar ciertos elementos… la cosa está mala…

Claro que todos, hasta la sordomuda, entienden.

—Esta tenemos que seguirla… —dice Sandokan y no hace falta que lo diga.

Fernández monta por la puerta derecha y Yassiel y Ruberquis meten a la sordomuda dentro del carro luego de vencer su escasa resistencia. El agente asiente. El Chevrolet abandona la plaza de la fuente con su música, y la velada, a otra parte.

*   *   *

Dentro del carro Yassiel y Ruberquis tratan de sentarse a la sordomuda encima. La muchacha lucha por impedirlo y mira a su salvador. Fernández la defiende. Las manos se pierden bajo la saya de la princesa y esta pasa de las piernas de Yassiel a las de Ruberquis y de las de sus agresores huye hacia las de Fernández. Ha sido el precio de montar por la puerta equivocada. Al fin se acomoda sobre el sexo de Fernández y queda donde tenía que estar. Sandokan elogia al novio. La mano de Ruberquis se atreve, inquieto ariete, y es rechazada por decididos movimientos de Fernández y la sordomuda.

El carro comienza un largo peregrinar por varios sitios nocturnos que en su mayoría están cerrados o repletos. Tan repletos que el dinero de Sandokan estalla contra las puertas a cal y canto

Venga Bucanero y venga Bucanero…

*   *   *

El primero en abandonar el grupo es Yankiel.

El carro sigue dando vueltas por las afueras de la ciudad.

—Tenemos que templarnos a esta muda —dice Sandokan y la muchacha jamás enterarse.

Señala mugiendo, o Dios sabe qué ruido, hacia unos edificios y Fernández, que se ha convertido en su traductor, explica que vive por esa zona. El rostro de la sordomuda completa el mensaje: no desea seguir montada en el carro.

Sandokan acelera y avanzan un buen trecho por la avenida apenas concurrida. El Chevrolet frena en lo oscuro y Sandokan y Fernández se bajan a orinar. Fin del ciclo de la cerveza. Fernández se sacude y escucha el llamado de su protegida.

—Dale, que te bailan la muñeca —apremia Sandokan.

Fernández escucha los pujos y los quejidos de animal indescifrable de la sordomuda, llega al carro, casi sin abotonarse la portañuela, y alcanza ver el cuerpo de la muchacha debajo de Yassiel. Ambos luchan por lograr su objetivo. La sordomuda se incorpora y ve a su protector delante de ella. Aumenta su resistencia hasta que el hombre desiste.

—Es contigo con quien quiere —le dice a Fernández presa sin control del despepite bronco—, acaba de templártela pa’ que no joda más.

—Dale, machete —le dice Sandokan—, si tú te la metes es como si lo hiciéramos todos nosotros.

La solidaridad, aparte del calentón que ha cogido, hace que Fernández ocupe el lugar de Yassiel. Pero la sordomuda mantiene su resolución. Dentro del carro y delante de tanta gente, nada, entiende Fernández. En cambio su protegida no deja de besarlo. Besos y besitos, tiernos y húmedos que descolocan al protector. Afuera esperan Sandokan y los demás. Todo está cuadrado, aquí nadie se va a ir en blanco. Si Fernández posee a la princesa detrás van ellos. La putería es cuestión de números.

Fernández sale.

—Me quedo con ella —dice—, váyanse ustedes…

Sandokan y los otros no comprenden. ¿Qué más da una puta que no habla ni oye? Pero Fernández ha sacado sus cuentas. Su protegida vive cerca y se lo quiere llevar para su casa. Mejor a un acto incómodo y colectivo. Al final, si no triunfa el buen juicio, al menos se impone la amistad por encima de la tribu.

—Está bien socito —dice Sandokan—, quédate con ella y mañana nos cuentas.

—Cojones, ya la tenía casi empalmá —protesta Yassiel y termina su frase con una observación tan lógica como errónea: —Yo creo que le gustaba.

—Qué pinga —aclara Ruberquis sin noción de lo que dice—, si no fuera muda no fuera tan puta.

La codiciada princesa sale del carro alisándose la ropa.

Sobran las palabras. Fernández y la sordomuda ganan la partida.

—Mañana nos cuentas…

*   *   *

El Chevrolet desaparece y Fernández y la muchacha se abrazan. El barrio está cerca. Y como la noche ha sido de venga Bucanero y venga Bucanero la sordomuda le cruza el brazo a Fernández por debajo de los suyos y comienzan a caminar hacia el castillo de la princesa.

Un feo castillo de cuatro pisos, de prefabricado, sin murallas ni puente levadizo. Un castillo multiplicado, rodeado de otros castillos.

La sordomuda lo hace subir seis escaleras y logra meterlo en su cama y Fernández cae poco menos que muerto. A duras penas le retira los zapatos y las medias. Ella, vencedora de bucaneros, se desnuda y se tiende a su lado y al revés. Lindo: usted se tendió a tu lado. Fernández ronca y la princesa gitana siente el aliento tibio del hombre en sus pies. Ha sobrevivido una noche más y en su cama yace una presa. Ni más ni menos, hay momentos en que todo se equilibra y las cosas retornan a una simpleza primordial. Una simpleza en que no importan el silencio infinito ni las palabras que sean ni nada.

Fernández ha sido cazado.

*   *   *

Pasado el coma Fernández siente que está despierto y que no conoce ni el lugar ni la cama en que ha dormido. Encoje una mano y tropieza con un pie, lo acaricia, es un pie de mujer. Un pie muy suave. Los recuerdos acuden de una vez. El y la sordomuda echados sobre una cama tan dura como una tabla, de las que aseguran suelen ser las mejores para el cuerpo. La cama de la sordomuda: una cama, una vida de piedra, silencio, oscuridad.

Por gusto nadie duerme con una chica fácil y retoma el calentón en plena madrugada. Para empezar acaricia los pies de la sordomuda. Besa los dedos suaves y tibios. Recorre con sus manos los torneados tobillos rumbo a los muslos. Se detiene en el cerquillo que divide la parte superior de las piernas con el más allá. Su protegida es dueña de unas lindas piernas. Fernández, erotizado, aprieta la carne echa a imagen y semejanza de su hambre. La sordomuda duerme bendita. Fernández lleva sus manos hasta el ombligo, mide con sus dedos la hondura del pequeño agujero para luego explorar y sobar a gusto las nalgas firmes. Los dedos se aferran a la división, aprieta fuerte en busca del despertar de la sordomuda. La sordomuda duerme divina. No hay más remedio que lanzarse al paraíso último. Fernández pasa su palma por el pubis abundante. Presiona sobre el sexo de la durmiente. El sexo de ella en toda la extensión de su mano. La repuesta es un sonido gutural de inclasificable sentido. Exacto a como hiciera con el ombligo los dedos se lanzan en paseo sordomuda interior.

Sorpresa.

Los dedos se mueven libres en la profundidad de la vagina, chocan con las paredes extendidas. La vagina de la sordomuda es amplia, fría, seca. Una vagina así no puede ser sitio de destino de ningún defensor de damas en peligro. El sexo de las princesas, gitanas, sordomudas o no, debe ser cerrado en su cualidad de capullo a la hora del rocío, no una tronera de bestia paridora. Ese era el sentido de los pensamientos de Fernández. No obstante persistían sus caricias y el sueño de piedra de la sordomuda. La insignificante batalla dura hasta que amanece y la heroína despierta.

*   *   *

La mañana, lenta, se abre paso fuera del cuarto.

Ruidos en la cocina.

Viejo que tose.

Fragmentos inconexos de alguna discusión.

Pregones callejeros.

La sordomuda escapa de las obstinadas caricias de Fernández y se levanta como si recordara algo. Busca por la habitación sin ningún resultado. Encara a su protector y acude a su infalible sistema de señales.

La muchacha necesita dinero, todo el que su presa pueda darle. Fernández bucea en su billetera, los mismos dedos exploradores de la caverna de la sordomuda, y le da treinta pesos. Se marcha la princesa y se estira sobre la cama. Cuando regrese se la tira. Seguro. El acto en que acaba de involucrarse jamás falla. Afuera la presencia de la sordomuda levanta una ola de protestas. No hay que ser muy aventajado para adivinar la causa.

Una voz de mujer se trenza con los pujos de la sordomuda.

Nuevos accesos de tos.

Pasan unos quince minutos y la sordomuda regresa. Un olor a humo de leña recorre la casa. Fernández odia ese olor, sabe de sobra lo que significa. Entra al cuarto y Fernández se abalanza sobre ella, pero no en balde la asediada conoce su trabajo. Saca el cuerpo con gracia y de nuevo se para frente a su protector.

Más dinero.

Fernández saca varios billetes y se los entrega. La salida de la sordomuda aviva nuevas discusiones. El olor a humo —leña verde que no enciende— arrecia. Qué poco estimulante resulta la miseria, sobre todo la ajena. Fernández se echa en la cama. Con el techo encima de sus ojos recuerda la vagina de la sordomuda. Amplia y fría, una gruta de carne hoyada y vuelta a hoyar por miembros, e instrumentos, hasta en sus pliegues más recónditos. Y la pregunta que insita semejante idea le golpea entera, cruda: ¿qué cojones hago aquí?

La sobriedad no es precisamente un estado de gracia.

La tos afuera lucha por mover algunos esputos de lugar.

El viejo lo consigue…

Fernández se pone los zapatos. Lo único que desea es estar a mil kilómetros de la sordomuda y su horda. 

La sordomuda entra a la casa de nuevo. Los suyos continúan inconformes. Sus chillidos al parecer son en defensa propia. Nunca se sabe.

Esta vez Fernández no trata de echársele encima y la sordomuda responde propinándole muchos besitos. Así se hace con los buenos chicos. Una gruta fría y seca.

Pero aún queda un reto para Fernández: atravesar la casa y llegar hasta la puerta. Restos de humo llegan al cuarto. Fernández mira a la muchacha. Una puta como otra cualquiera. Eso sí, ha sabido proteger el acceso a sus partes pudendas con una decisión y valentía envidiables. Nuevos besitos. Como en los cuentos de hadas el hechizo ha escapado con la mañana. La princesa gitana, silenciosa, ha vuelto a ser lo que era. ¿Si esta mujer hablara, qué me dijera en este instante? Usadas palabras, viejas oraciones, el tigre a punto de saltar bajo la lengua. Fernández deja caer los hombros, en realidad no hay nada que pueda imaginar. La disipación de la euforia a veces va acompañada de un retroceso moral.

La sordomuda comprende, lo anima con sus ojos, le da una nalgada y Fernández aparta la sucia cortina y se lanza fuera.

Lo primero es el golpe de la humareda y cuando esta desaparece, Fernández ve el paisaje.

—Buenos días… —dice y el mundo se congela frente a él.

La familia desayuna sentada a una destartalada mesa de las que se usan en las escuelas. El techo, blanco en otro tiempo, está cubierto de tizne. Encima de la mesa hay migajas de pan y restos de leche. En uno de los costados están sentados dos niños. ¿Hijos de la sordomuda? La gruta amplia de animal paridor. El viejo que tosía lo mira, barbudo, desaliñado, desde un extremo. La mujer se lleva el jarro a la boca. La escena es de una mugrienta humanidad.

Otra ola de humo invade la sala. Fernández da unos pasos. El humo se retira empujado por el aire y repara en el cuadro que cuelga en una de las paredes. Dos cisnes, todo lo refulgente que el papel metálico permite, nadan sobre un lago de cristal negro. ¿En qué momento serían hechizados y convertidos en otra cosa? ¿Para ellos el negro del cristal sería el día o la noche?

La sordomuda nada graciosa hacia la puerta. Eso, un cisne, una puta, o una heroína más en espera de la hora de los hechizos.

*   *   *

Fernández llegó a la parada del ómnibus y en vano buscó algo de dinero con que regresar a su casa. Había hecho una buena acción como premio de no haber descendido aquella vagina. Con cinco centavos que encontró llamó a Sandokan.

—Te recojo si me cuentas —le dijo Sandokan.

Y Fernández se vio en la parada esperando por su amigo, expuesto al humo de los vehículos, la ciudad aprestándose para la nueva noche que se acercaba por detrás como felino y la escena, su escena, también era de una mugrienta humanidad.       

SUBIR


Página principal

Enlaces Añadir a Favoritos Enviar correo

Suscripción

© La Jiribilla. La Habana. 2006
 IE-800X600