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2006

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Astillero individual
Amado del Pino
La Habana


En Casa de las Américas nos juntamos el doble de personas de las que habría supuesto y estuvimos hablando sobre Juan Carlos Onetti. Contreras —un fogueado periodista— contó sobre la estela de admiración y respeto que rodeaba al autor en su Montevideo en la arrancada de los 70. Arango narró un encuentro con el espigado y enigmático personaje en los días en que Arturo —ahora reciente cincuentón— gastaba el último año como estudiante universitario. En el intercambio evocado por el colega, una escritora la emprendió con el gran narrador por la forma en que presentaba en sus libros a las mujeres maduras. Onetti padeció esos reproches a lo largo de su vida y también fue mirado con desdén por los que apostaban —sin dejar mucho respiro a otra opción— por una literatura comprometida con la política y rigurosamente clasista.

Traté en la tarde de Casa de evocar la llegada a mi vida del autor de El astillero. En la adolescencia tuve entre mis manos la excelente Valoración múltiple editada aquí y una formidable antología del relato latinoamericano. Allí me asomé al pozo de Onetti y me dio algo de vértigo la sucesión de atmósferas aparentemente enrarecidas. Mucho después —en una temporada en que Tania y yo estuvimos atravesando una crisis especialmente aguda de vivienda— nos prestaron un apartamento en el lindo barrio del Vedado. Allí —amparados en la generosidad del escritor y amigo Angelito— había un sillón robusto y medio añoso, ideal para las lecturas de atardecer, con un incendiado framboyán como fondo y el rumor del mar casi perceptible desde aquel tercer piso. Entonces disfruté, como ningún otro libro, Juntadáveres, esa prodigiosa novela que va tejiendo una ambiente incambiable desde la displicencia hasta el dolor. Aquella lectura dejó un solo saldo negativo. Por esos días me entusiasmaba la idea de hacer un intenso programa de lecturas, como paso previo a poner los dedos en las teclas en busca de una novela. Una de las cosas que siempre me ha preocupado de ese posible intento es la forma práctica de encarar el nuevo género. Porque la primera versión de mis textos teatrales suelo “parirlos” en unos 45 días. Supuse que —siguiendo esa vocación por la intensidad— podría tener en unos cinco o seis meses la primera versión de una novela más bien corta. Ahora bien, si uno aspira a acercarse al nivel de Onetti, ¿qué tiempo se precisa? ¿En cuántos días el maestro sacaba de su horno una de esas páginas en que casi todo es pulcro, insólito, resplandeciente?

Ahora andará por La Habana un grupo uruguayo con la versión escénica de entrevistas que durante años concedió Onetti. Me mandaron el texto y me he estado riendo con el sentido del humor —que a veces es más bien del honor— que exhibe el narrador. El entrevistado protege su intimidad, defiende la soledad de la creación y puede parecer ríspido y pedante. Lo disculpo y venero porque la más insolente de sus respuestas constituye una recia verdad. Cuando le preguntan cómo escribe, responde, sin sombra de falsa modestia: “Estupendamente”.

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