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El caso Clearstream

Lucha por la sucesión en Francia
Lisandro Otero


Mientras se acercan las elecciones del año 2007 en Francia se agudiza la lucha por el poder. El final del gobierno de Chirac ha estado marcado por motines, levantamientos y revueltas. Tras los tumultos provocados por el maltrato a los inmigrantes vinieron los disturbios por la ley del primer empleo y los desajustes causados por el exiguo mercado laboral ante las demandas de una juventud en expansión. 

Ahora ha surgido el caso Clearstream que marca un episodio importante en la lucha por el poder entre el delfín designado por Chirac, Dominique de Villepin,  y el aspirante Nicolás Sarkozy. Todo comenzó por la venta de unas fragatas a Taiwán, operación en la que hubo un cuantioso soborno de funcionarios. Salieron a la luz acusaciones, falsas y anónimas, en torno a Sarkozy y otros políticos quienes tendrían cuentas en una entidad financiera, con sede en Luxemburgo, llamada Clearstream.

Según parece, Villepin pidió al general Philippe Rondot, jefe de los servicios secretos, que iniciase una investigación sobre las cuentas secretas y el nombre de Sarkozy debía hallarse involucrado entre los deshonestos funcionarios. Este contraatacó denunciando a Villepin como encubridor de una pesquisa que le liberaría de toda sospecha. 

La cosa se puso más grave cuando el general Rondot declaró a los jueces que había recibido de Villepin la encomienda de implicar falsamente  a varios políticos ―entre ellos a Sarkozy― en su investigación sobre las   posibles comisiones ilegales de la venta de las fragatas. Según Rondot, Villepin le había expresado que se trataba de instrucciones expresas del Presidente de la República, Jacques Chirac, todo lo cual fue desmentido por Rondot ulteriormente.

Es evidente que se trata de una inescrupulosa lucha por el poder entre los dos aspirantes más fuertes a la sucesión de Chirac. Pero Sarkozy es, de los dos, el más temible. Reaccionario hijo de un refugiado húngaro anticomunista, admirador de Bush, es en parte responsable por su intolerancia, su rigidez, su coerción sistemática, de este agotamiento de la paciencia de los inmigrantes a quienes califica de “chusma”. Sarkozy se define por los medios expeditivos de la represión y la tolerancia cero, en tanto que Villepin es partidario de la negociación, la mesura y el entendimiento.

Algunos analistas consideran a Sarkozy como un animal político sin moral alguna. En 1983, cuando solo contaba 28 años de edad fue electo alcalde de Neuilly, siendo el más joven regidor de Francia fue recibido por Colin Powell y Condoleezza Rice, con alfombras rojas y grandes honores, en abril de 2004 cuando visitó EE.UU.

El actual presidente Jacques Chirac surgió de un rechazo del pueblo francés contra el cavernario Jean Marie Le Pen, quien representaba a la ultraderecha profascista. El pueblo francés escogió entre dos males, el menor. Le Pen, que ha sido calificado de “siniestro demagogo” por el diario Le Monde, es el continuador de una larga tradición derechista en Francia. Le Pen ha declarado públicamente que los hornos crematorios de Hitler en los campos de concentración no constituyen más que “un pequeño incidente” en la historia. El Frente Nacional de Le Pen, fundado en 1972, con un programa racista, antisemita, xenofóbico y de economía de mercado ultraderechista, casi emparejó en votación con  los socialistas de Lionel Jospin. 

La izquierda francesa ya no logra movilizar las conciencias, no cuenta con un programa atractivo, no despliega un repertorio de iniciativas que suscite la atención de los ciudadanos. No hay respuestas adecuadas a los problemas de hoy, no hay afirmaciones positivas que susciten un llamamiento al activismo político. En los últimos comicios presidenciales  los comunistas obtuvieron  un  escaso 3% que señaló un enorme declive de una organización que a mediados del siglo pasado llegó a ser una de las más poderosas fuerzas políticas europeas. Era tanto su ascendiente sobre las masas que el Partido Comunista francés no tomó el poder en 1945 debido a que Stalin frenó esas posibilidades, lo cual habría alterado los Acuerdos de Yalta. Ahora es una organización acabada y no constituye una alternativa política viable.

La ultraderecha francesa, siempre latente ―los herederos de Rivarol, Maurras, Maistre, Brasillach, Drieu la Rochelle y Pierre Laval―, está ahí, agazapada, esperando su oportunidad para subirse al poder y parece haber encontrado un excelente vehículo en Nicolás Sarkozy. El escándalo Clearstream puede facilitar un viraje decisivo a favor de la Francia retrógrada y profascista.

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