Año V
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2006

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Problemas similares, soluciones diferentes (I)
Omar Valiño
 
La Habana
Fotos:
Pepe Murrieta


Las magníficas posibilidades actuales de Danza Contemporánea de Cuba pudieron verificarse nuevamente con sus estrenos El Dorado y Restaurante El Paso. La compañía, bajo la febril dirección de Miguel Iglesias, prosigue la combinatoria de desarrollo en el vital campo de la coreografía a partir de invitaciones a destacados creadores extranjeros y mediante el apoyo de los suyos propios.

La inglesa Cathy Marston propone con El Dorado una coreografía de estilo clásico dentro de los códigos de la danza contemporánea, digamos que un terreno ya conquistado y probado dentro de esta. Seguramente la motivó a esa resolución, más allá de su habitual quehacer, la asunción de un tema que guarda orgánica correspondencia con ese tratamiento. Una deconstrucción del paraíso o de una imagen santificada del mismo. El Dorado, ese sitio al cual ha de llegarse alguna vez, ente devorador de tantas expediciones reales desde los tiempos de la Conquista de América, se traslada al terreno mítico o abstracto, mas no deja de dibujar la esquizofrenia del mundo actual y, sobre todo, de sus habitantes humanos.

Peleas, enfrentamientos, contrapuntos, dispersiones, trazan en el espacio la textualidad corporal de la violencia incorporada a los comportamientos cotidianos, una suerte de tristes y nuevos tiempos modernos que pueden identificarse, en primera instancia, como urbanos, pero que en la obra de Marston apuntan a una condición genérica, ontológica del ser humano de hoy.

El vestuario, firmado por la propia coreógrafa, refuerza ese carácter coral que quiere imprimirle a la expresión de su tema: nada de destaques individuales, uniformes todos entre tonos mates y grises. Las luces, de Erick Grass, traducen siempre con pulcritud las precisas búsquedas de Cathy Marston. La música, de John Adams, con su insistencia en los agudos, llegará a una estridencia casi insoportable, molesta a propósito, para encarnar también como signo una parte esencial de la densidad conceptual del discurso, siempre centrado, perfectamente asumido por un colectivo de danzantes en plenitud de facultades. La precedencia de una tradición viva, de una misma escuela y su inserción en un sistema de trabajo tronco en la Compañía, les permite a los bailarines esa impactante imagen colectiva, tan necesaria a una puesta de estas características.

Una breve pausa, la suavidad de la música y la ralentización en la escena marcarán un segundo movimiento, cuyos cauces serían el intento de una respuesta individual para alcanzar una solución universal a esos problemas globales planteados. A la desintegración provocada por las fuerzas centrífugas se contrapone ahora la recomposición de las fuerzas centrípetas. Pero no resulta fácil conseguir nada en este terreno porque los antagonismos de esas fuerzas en oposición tienen similar espacio y peso.

La coreografía cruza soledades y ensimismamientos, entregas y aislamientos, indaga en el amor, se detiene en la pareja como ante una estación que es punto de llegada, mas, igualmente, no hallará expeditas soluciones.

Al final, Marston se decantará por una salida mística, valencias idénticas entre lo masculino y lo femenino, entre los números, entre los lugares, los pesos y las fuerzas. Una suerte de equivalencia que acaso sea síntoma —y causa— de paz, previo hallazgo de una identidad individualizada para la construcción de esa arquitectura global.

De principio a fin, los bailarines brillan. Aunque pudieran destacarse figuras en razón de sus roles, mejor es el placer de observarlos a todos en su poderoso despliegue corporal, en su síntesis, en su capacidad de dibujar en el espacio mediante cadenas precisas de concentrada expresión. Mujeres y hombres son arcos y flechas, hermosos vehículos que nos hablan con sus cuerpos, tal vez la propia respuesta a los legítimos desasosiegos y a las soluciones laberínticas de Cathy Marston.

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