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A propósito de
la entrega del XII Premio de cuento La Gaceta de Cuba,
a finales del año 2005 decidí entrevistar al escritor y
fotógrafo Orlando Luis Pardo Lazo (La Habana, 1971),
ganador de dicha edición.
Más que una entrevista me propuse entablar un diálogo
donde, a la par que pudiera servir de puente entre los
lectores y él, lo obligara —y me obligara— a reflexionar
en torno a algunas ideas relacionadas con la literatura.
En aquella entrevista
le pregunté si compartía la idea de que el escritor, más
que un ser solitario, es un lobo que necesita de la
manada para sobrevivir. Parte de la respuesta de Orlando
L. fue: “Sería
fantástico ser un lobo que hiciera lobotomías al por
mayor. (…) Más que un lobo gris o rojo, reclamaría para
mí el rol de un lobo de tierra o de algo que remita en
parte a la hiena, lo que automáticamente se me conecta
con su risa histérica al devorar la carroña, al
procesarla en tanto protagonista de nuestra obra”.
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¿Acaso sus palabras
fueron una suerte de malabar ante una pregunta
inesperada? ¿O la cuchareta de alguien que juega con
soltura con el lenguaje? ¿O acaso hay alguna carta
escondida? Un lobo de tierra que hace lobotomías al
por mayor. Nada tan parecido al paso fallido y a la
recuperación de la postura mientras se hacen piruetas en
la peligrosa cuerda floja que es la entrevista. Nada tan
parecido a la Ruleta Rusa. Paso fallido y peligroso
juego porque Orlando L. va dejando al descubierto sus
protocolos de lectura, la manera en que asocia, lee y
escribe, y porque nombra y ubica su espacio vital:
Generación Año Cero. Pero su respuesta es a la par un
ardid, un naipe aparentemente oculto. La frase me ha
servido para salir en busca de esa carta, esta vez en
las páginas del libro Ipatrías, VI Premio de
Cuentos Félix Pita Rodríguez 2004, publicado por la
Editorial Unicornio, del Centro Provincial del Libro y
la Literatura de La Habana.
Palabra.
Lobo. Escritor. El significado de cada uno
de estos sustantivos queda condensado en la respuesta de
Orlando L.: “Sería
fantástico ser un lobo que hiciera lobotomías al por
mayor”. Y es
que el lobo es un ser eminentemente social. Su
comportamiento está determinado por las relaciones que
establece con otros miembros de su especie con los que
forma manadas, para con ello obtener ventajas frente al
medio donde interactúa y de cara a la propia
supervivencia. Aunque a veces el lobo se alimenta de
carroña, también —y ayudado por la manada— es capaz de
matar animales que sobrepasan varias veces su tamaño.
Justo eso ha hecho Orlando L. en tanto escritor:
alimentarse de autores inventariados en el canon
literario y de aquellos que han sido excluidos. Ha
comido tanto de la buena como de la mala
escritura. Y es que el lobo —el escritor—
nada puede desechar, mucho menos si está en plena
interacción con el medio en donde habita o si en ello se
juega la supervivencia. El verdadero escritor es el que
sabe escuchar, asociar. La palabra es todo cuanto
tiene. En el caso de Orlando L. la palabra el
único medio con el que cuenta para ejecutar limpiamente
una lobotomía y así extraer —o sembrar— la piedra de la
locura en la cabeza del lector.
Ipatrías
es el resultado de
devenir lobo. Este cuaderno está formado por siete
piezas en donde el lenguaje se resiste al mero papel de
canal de comunicación para convertirse en protagonista
de cada una de las historias. La manera en que está
narrado es “a ratos neohabla y a ratos nohabla”
—tal como se le advierte al lector en la nota de
contracubierta—. En Ipatrías el lenguaje será
“siempre delirio, delito, deleite siempre” y este es el
alto precio que Orlando L. está dispuesto a pagar aunque
así comprometa la aprehensión de la historia narrada.
Cada uno de los siete cuentos —o piedras de la locura—
son una vuelta de barrena contra el hueso. También son
un giro en sentido contrario —disgregación, malabar—
para luego arremeter e intentar un agujero más profundo.
El absurdo, la ironía, un ritmo a ratos telúrico, otras
en franco retroceso retórico, movimientos hacia
situaciones escatológicas, la necesidad de revisitar
textos y autores que han sido olvidados u obligados al
olvido y lo grotesco se sucederán tras cada vuelta de
página. The never-ending story (en este texto se
evidencia el tedio dentro de los ciclos institucionales,
la miniaturización, la necesidad de dejar todo por
escrito —por una parte—, o la creencia en la pura verdad
de las palabras escritas), Sweet Habana (dulce y
terrible escenario de fin de década, siglo y milenio
donde cuatro personajes —Sagys, las siamesas Ian e
Ipatria y el narrador— se dan cuenta que todo ha seguido
siendo represión y representación: to seem or to seem,
tha’s the question), Sky with no diamons (en
este relato, un tal Ernie, varado en el alcohol, la
madrugada cubana y cuartillas en donde el lenguaje y la
historia se le resisten, muere de un balazo mientras
escribe una extraña frase: The biggest son of the
bitch called nobody by nobody; por otra parte, un
tal Ezra, en una suerte de fallido performance
cuya intención no es otra que representar el regreso a
su propia infancia, se saca el falo ante un auditorio,
comienza a llorar y termina siendo abucheado:
Córtensela y que se la coma, grandísimo hijo de puta,
biggest son of the bitch. ¿Acaso es Hemingway quien
muere por el disparo, acaso es Pound el que ejecuta el
badformance ante el auditorio?), o El ahogado
más horrible del mundo (un cadáver aparece en las
aguas pútridas de la bolsa de la bahía, un horrible
cadáver que supura arena, constantemente, “por los nueve
huecos de su biología” y al que hay que enterrarlo
antes que anochezca). Estas piezas o piedras
narrativas son las huellas del andar junto a otros
escritores que, más que una generación, forman una
manada —ma-nada (tal como Orlando L. calificó en
la entrevista al grupo de escritores con el que se
reúne) o Generación Año Cero (número cuyo valor o
sentido es similar al de la H)—, cada cuento es
también la marca de un lobo que ha decidido mezclar en
su dieta tanto la mala escritura, la
literatura menor como los textos y autores clásicos
para así agenciarse de un espacio singular, llamémosle
jerga —“a ratos neohabla y a ratos nohabla"—,
su propio tercer mundo, o su manera de narrar la (ir)realidad.
Ipatrías
no es un inocente
juego, desesperado malabar o el simple acto del “borrón
y cuento nuevo”. En Ipatrías no solo se intenta
narrar o “narrar en el mar”. No. Me gustaría llevarle la
contraria y traicionar al autor del texto que aparece en
la contracubierta en favor del lector. Esa nota es un
ardid, un señuelo, una estrategia típica de un canis
lupus. Estaría bien dejar una señal de alarma,
advertirle al lector que de veras hay una carta
escondida: puede que al terminar la lectura de
Ipatrías tengamos en nuestro cuerpo la marca del
inverosímil tarro del unicornio, el agujero que deja la
barrena de tungsteno, o la dolorosa dentellada del lobo.
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