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Sorprende, cuando se leen los datos biográficos del
dramaturgo Abel González Melo (La Habana, 1980), sus
todavía cortos años y la bastedad de un currículo que no
solo refiere su principal formación como teatrólogo;
sino también, la producción de cuentos, crónicas y
poesía.
Su más
reciente pieza teatral en escena, dirigida por Carlos
Celdrán, desgarra las emociones a partir de una punzante
historia que apela al conflicto social desde lo profundo
de la intimidad familiar donde pueden cohabitar
frustraciones, hipocresía, soledades y marginalidad.
La
agudeza del tema seleccionado desanda los filos de la
geografía escabrosa. Siempre será arriesgado para
cualquier escritor sentar al espectador frente a su
realidad circundante. Pero el joven dramaturgo sabe
sortear los riesgos calzando la honestidad descriptiva,
la imparcialidad crítica y una limpieza argumental que
desmonta, mediante escenas retrospectivas, las subtramas
de los cuatro días navideños narrados; y entrecruzando
personajes y situaciones, cual tela de araña de
concéntricos círculos que obligan a sus víctimas hacia
un mismo punto coincidentemente fatal.
Valga
resaltar que el empleo de escenas retrospectivas para
cada uno de los espacios temporales que cronológicamente
preceden al drama principal, condiciona, con acierto de
valor agregado la recontextualización de los
acontecimientos que previamente han sido revelados.
Este recurso, muy empleado en el cine de suspenso y no
tan frecuente en el teatro, exige habilidad narrativa y
obliga al espectador a mantener un expectante interés de
principio a fin.
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“Chamaco”,
título que da nombre a la primera pieza de la trilogía
Fugas de invierno, concebida por González Melo,
no solo alcanza la veracidad de sus personajes por la
transparencia de un lenguaje que sin evadir lo
esencialmente popular, rehuye de la vulgaridad que
muchas veces subyace en la palabra y la gestualidad de
algunas representaciones teatrales. También resulta
convincente, gracias al diseño psicológico de cada uno
de sus sujetos, quienes escapan a moldes rígidos o
maniqueístas, y se proyectan, sencillamente, humanos. Ni
malos a ultranza, ni idílicamente buenos. Personas del
mundo terrenal que habitamos, sumidos en el diario
enfrentamiento con la sociedad donde les tocó sobrevivir
y con los fantasmas que liberan en la escena donde les
es permitido ser ellos mismos.
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Al
respecto y acerca de la decisión para liderar “Chamaco”
con su Argos Teatro, Carlos Celdrán ha declarado que
“fue un proceso natural e inevitable en el camino de
representar la vida cubana desde una visión
problematizadora y reflexiva, mediante un texto
escrito con una sensibilidad, un ritmo, una velocidad y
una síntesis completamente contemporáneos”. Texto
teatral, pudiera agregarse además, que el director ha
respetado íntegra y cuidadosamente.
Una vez
más, Celdrán demuestra que es uno de los directores que
repiensa el contenido, la estética y la forma de
trasmitir su mensaje al público como razón esencial del
teatro.
La
sobriedad escenográfica compartida entre él, Alain Ortiz
y Maikel recurre a veces a elementos tan sencillos como
un mantel de hule para la representación semiótica del
reverso de la moneda. Eficaces las luces de Manolo
Garriga, también concebidas en el texto original para
remarcar pasajes, estados anímicos y transiciones.
El
elenco muestra paridad en los desempeños a pesar de que
el director, como de costumbre, reúne experimentados
actores y nuevos talentos. Pancho García (Felipe Alejo)
vuelve a dar lecciones magistrales de histrionismo.
Fernando Hechavarría (Alejandro Depás), igualmente;
aunque debe evitar repetir entonaciones que traen a la
mente sus populares personajes de la televisión.
Yailín
Coppola (Silvia Depás) pulsa las excelencias de una
hermana frustrada y abatida. Mientras José Luis Hidalgo
(Saúll Alter) y Caleb Casas (Miguel Depás) muestran
absoluta credibilidad, sin falseamientos de palabra ni
de acciones.
Daisy
Sánchez (guardaparque) y Ulises Peña (florista),
empastan, y complementan el conjunto de ilusionistas
imágenes visuales y psicológicas en el espectador. A
pesar de que ambos hacen un buen openning, las
acciones y el diálogo de los inicios se tornan lentas;
aunque esto no disminuye el brillo del debut escénico de
Ulises.
Fidel
Betancourt, asume un especial protagónico en el que
vuelve a hacer galas de frescor escénico, magnetismo y
organicidad. Debe cuidarse de no atropellar el texto en
determinadas ocasiones.
“Chamaco” dará mucho que decir a lo largo de su
temporada en su sede del Teatro Nacional. Argos Teatro
ha validado nuevamente lo trascendente de la
representación de conflictos que a diario nos acompañan
y pasan inadvertidos, opacados en la rutina y
subsumidos en los sedimentos de la ciudad que no saltan
a la vista del transeúnte medio. Queda demostrado
fehacientemente que el talento, el buen gusto y el
respeto por el arte que se entrega a quienes se ubican,
justamente, frente a la escena, constituyen elementos
teatrales suficientes para relegar limitaciones a
segundos planos, y para defender y lograr el mejor de
los Jaque Mate.
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