Año V
La Habana

10 al 16 de JUNIO
de 2006

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Jayne McKelvie expone en La Habana
La espiritualidad del color

Rolando Toledo Rosabal La Habana


“Verba mea áuribus pércipe.”

I.  MORFOLOGÍA  DE UN CAMINO AXIS MUNDI 

Si el poeta Arthur Rimbaud y el pintor Basilio Kandinsky aluden en sus respectivas obras monumentales a la esencia primigenia coexistente y a la previsión espiritualista de la creatividad, con un sentido gnóstico que dejan marcadas sus huellas, en lo que Lezama llamaba, aquí entre nosotros, “el reino... de las imágenes posibles...”; la artista neozelandesa Jayne McKelvie ha hecho válido este planteamiento a partir de su praxis ontológica y comprensión intuitiva de la realidad.  

La pintora avala su teoría demostrando que las antípodas se unen a través del arte, ya que su vida artística se conjuga con  prolongados ajetreos traslaticios, que forman parte de su quehacer y trayectoria alrededor del mundo; siendo notorio que es la quinta ocasión en que visita la Isla. Esta vez se nos acerca para ofrecer una disertación filosófica, sensible e imparcial, así como altruista, sobre la armazón autóctona y la afabilidad civilista que componen la idiosincrasia y las raíces en torno del piélago mayor, con sus desesperanzas, dilletismos y oquedades, imbricando alrededor de ello sus concepciones picto-poéticas que reflejan la amplitud de una gama policroma y sustanciosa del color local.  

Jayne McKelvie, nacida en 1942 (Nueva Zelanda), disfruta de una confluencia sinalagmática que le da a su labor un toque distintivo de plenitud, por la hermosa convergencia y circularidad de aquellas islas de Oceanía con estos parajes antillanos; a lo cual se une, eficazmente, su larga y fructuosa residencia en España. Después de equipar su nave en la  península ibérica con nuevos bríos y leiv motiv, vuelve a emprender sus andaduras quijotescas en pro del embellecimiento de comarcas, distritos y reinos tangibles, condimentando su retroalimentación con un discurso expresivo, aleccionador y dialógico. Utilizando un estilo de sincronía impresionista, plasma en cada creación un metatexto simbiótico, simplificado por la elocuencia de una mirada sobrecogedora del entorno visual. Pintoresquismo afable que dosifica la densidad sobre el tapiz con un verbo perennis apuntalado en la imagen congratulante, que va registrando los valores históricos y las costumbres de cada país. Con idéntica manera lleva sus reflexiones positivistas a otras zonas del  hemisferio, a donde va  tres veces al año, como mínimo, para realizar exposiciones individuales y colectivas, relatando sus visiones con premisas universales y arquetipos que salen espontáneos de sus manos, en un torrente de trasluz por mejorar el sentido humanitario del planeta  y del género humano. Aliada junto a destacados y talentosos hacedores de la plástica contemporánea internacional, se ha dado a conocer  en Galerías de Arte de Tokio, Hong Kong, Inglaterra, Alemania, Francia, Holanda, Argentina y Australia, entre otras muchas plazas de Asia, Europa y América, lugares donde se atesoran cuadros suyos en colecciones y fondos museables. 

II.  CUATRICOMÍA DEL FLUJO Y REFLUJO UNIVERSAL 

 Con este fundamento como espinazo pletórico, la destreza de Jayne McKelvie se  vuelca en un mundo de colores sintéticos, vibratorios y cuánticos, similar a la manifestación del espectro cromático que proviene del prisma de la luz tropical, incorporándole la energía de atracciones, símbolos, lavatorios y coberturas de significativos asideros tradicionales. En este aspecto, cada figura, pincelada, rasgo, trazo, línea, curva y diagonal, en unión de las manchas y los claroscuros, describen un universo de estampas que poseen un significado místico-estético de correspondencias naturales: el rojo es imperativo, audaz, excitante, cálido y se proyecta con una seducción preventiva sobre la atención del espectador, otorgándole un simbolismo primario y germinativo. El naranja es triádico, candoroso, consolador, sedante, hipnótico y franco, aunque menos dinámico y vivificante que el bermellón, el púrpura o el carmesí; figurando una polaridad viril y femenina. La refracción del amarillo es irradiante, pensativo, inspirador y risueño, inscrito en las corrientes magnéticas de los rayos primaverales. Las características del verde están conformadas con pigmentos fríos y básicos, en toda la escala del entorno de la naturaleza y el hábitat poblacional. Sus significaciones son el equilibrio, la vitalidad, la integración, la frondosidad, el microcosmos y la maternidad. La incursión del azul es predominante en el conjunto de sus obras, a modo de inspiración, armonía, renovación, nostalgia, con un marcado énfasis en la voluntad hospitalaria, el carácter interior y la diversidad biocultural, ofreciendo el mayor tributo a la espiritualidad ardorosa del Caribe. 

Sus pinturas reivindican la importancia sociodidáctica de la urbanización, sostén y guía de un llamado de alerta para el cuidado arquitectónico, la preservación del medio ambiente ecológico, no solo de la floresta pulmonar que salvaguarda el equilibrio del ecosistema, sino que incluye también en este resorte, la propedéutica –ojo avizor– de una perceptible defensa a la vulnerabilidad del enclave demográfico, los inmuebles que forman el tesoro cultural de los pueblos, monumentos históricos, museos, escuelas, cines, parques, edificaciones coloniales, hasta las calles y avenidas por donde circulan autos y transeúntes, ávidos de inquietudes y expectativas, nexos que constituyen la savia nacional de un país.  

III.  EL ENCANTO DE LA IDENTIDAD MATÉRICA 

Con su admirable experiencia y maestría, Jayne McKelvie ha sabido reunir en estas impresiones una acabada iconografía con un atinado enfoque de ternura realista, situando cada objeto en su justo escenario dentro de una composición uniforme y coherente, sin dejar de incluir manchas y veladuras astrales encubiertas con fabulaciones, junto a una unidad de conjunto donde sobresalen los planos de un muestrario diseñado con pluralidad escénica, que incluye, además, la representación de instituciones dedicadas a la ciencia, el arte, la educación, la economía y la religiosidad, fusionándolas asimismo, con aquella colección patrimonial que implementa y promulga la recreación y el esparcimiento, provistas de múltiples aristas etnosociológicas, de sutil transparencia psicohistoriográfica, en el marco de un croquis cuyo objetivo es preservar los valores legítimos y la conservación de los elementos culturales. 

Bajo esta connotación conceptual se acaba de exhibir una muestra representativa de su obra en el Salón Artístico del hotel Ambos Mundos, con 28 piezas de pequeño formato, trabajadas preferentemente en acuarela, óleo y acrílico sobre soportes  específicos como el  lienzo y la cartulina, donde se ilustra la refulgencia de una ciudad con la impronta del sugerente título Impresiones Habaneras, invitando a repensar el carácter incógnito, hierático y confidencial de una metrópoli en plena otredad, es decir, como aquel ente poemático sujeto a las efervescencias de la luz y la sombra; vislumbrando el perfil del nacimiento, el resplandor y el crepúsculo que germinan de la misma sustancia telúrica, que la  llevan a desplegar un interés especial por Cuba, cuya geografía ha visitado y recorrido en varias ocasiones. Como paradigma de la admiración por nuestra urbe están sus creaciones: “Músicos en el malecón”, el “Parque Central”, la “Plaza de Armas”, el “Palacio de los Capitanes Generales”, la Bodeguita del Medio”, la “Calle Habana”  y el propio hotel “Ambos Mundos, entre otras bellas producciones que descuellan por su elegancia, sobriedad y agrado. 

IV.  SUSTANCIALIDAD DE LAS ISLAS 

Es precisamente su empatía insular, lo que hace posible, en cada oportunidad, su retorno con nuevas incursiones por las entrañas de esta tierra que se ha hecho parte de su sensibilidad, la cual va  boceteando con el cosmopolitismo inherente que se refleja en su obra. Todas estas conmociones se avizoran en un panorama artístico-alquímico, que invita a concebir la temporalidad y la impermanencia de la vida, por el eje vital de un embrujo exquisito, visto con la perspectiva del que domina las exploraciones que realiza el pincel sobre el místico paisaje, que se vuelve imantación de la forma dentro de la paleta acoplada que ha usado la artífice acuarelista, ideal presente en la filosofía de sus trabajos formales, unificando los remansos de la entelequia oriunda del sur –al otro lado del planisferio–  con los meandros ardientes del Ecuador –sinuosidades tórridas– de esta parte caribeña de fervientes esencias trascendentales. 

Fue el gurú-pintor Nicolás Roerich, quien en su libro Shambhala, La Resplandeciente, afirmó: “Los pueblos pueden valorar mucho los resultados de la labor de los creadores de la cultura. Pueden desear tener entre ellas el mejor ejemplar del genio creativo de épocas pasadas. Debemos dar la bienvenida a cada intento de pensamiento en esta dirección.” Es así que intentar definir el discurso pictórico de Jayne McKelvie, desde una visualidad otra, tornasolada en los alambiques del enramaje y la circunvisión, es acercarse en suma, al compendio enjundioso de un ensayo contemplativo, iluminador y  analítico sobre la cubanía y su inefable colorido de espiritualidad.

 

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