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“Verba mea áuribus pércipe.”
I. MORFOLOGÍA
DE UN CAMINO AXIS MUNDI
Si el poeta Arthur
Rimbaud y el pintor Basilio Kandinsky aluden en sus
respectivas obras monumentales a la esencia primigenia
coexistente y a la previsión espiritualista de la
creatividad, con un sentido gnóstico que dejan marcadas
sus huellas, en lo que Lezama llamaba, aquí entre
nosotros, “el reino... de las imágenes
posibles...”; la artista neozelandesa Jayne
McKelvie ha hecho válido este planteamiento a partir de
su praxis ontológica y comprensión intuitiva de la
realidad.
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La pintora avala su
teoría demostrando que las antípodas se unen a través
del arte, ya que su vida artística se conjuga con
prolongados ajetreos traslaticios, que forman parte de
su quehacer y trayectoria alrededor del mundo; siendo
notorio que es la quinta ocasión en que visita la Isla.
Esta vez se nos acerca para ofrecer una disertación
filosófica, sensible e imparcial, así como altruista,
sobre la armazón autóctona y la afabilidad civilista que
componen la idiosincrasia y las raíces en torno del
piélago mayor, con sus desesperanzas, dilletismos
y oquedades, imbricando alrededor de ello sus
concepciones picto-poéticas que reflejan la amplitud de
una gama policroma y sustanciosa del color local.
Jayne McKelvie,
nacida en 1942 (Nueva Zelanda), disfruta de una
confluencia sinalagmática que le da a su labor un toque
distintivo de plenitud, por la hermosa convergencia y
circularidad de aquellas islas de Oceanía con estos
parajes antillanos; a lo cual se une, eficazmente, su
larga y fructuosa residencia en España. Después de
equipar su nave en la península ibérica con nuevos
bríos y leiv motiv, vuelve a emprender sus
andaduras quijotescas en pro del embellecimiento de
comarcas, distritos y reinos tangibles, condimentando su
retroalimentación con un discurso expresivo,
aleccionador y dialógico. Utilizando un estilo de
sincronía impresionista, plasma en cada creación un
metatexto simbiótico, simplificado por la elocuencia de
una mirada sobrecogedora del entorno visual.
Pintoresquismo afable que dosifica la densidad sobre el
tapiz con un verbo perennis apuntalado en la imagen
congratulante, que va registrando los valores históricos
y las costumbres de cada país. Con idéntica manera lleva
sus reflexiones positivistas a otras zonas del
hemisferio, a donde va tres veces al año, como mínimo,
para realizar exposiciones individuales y colectivas,
relatando sus visiones con premisas universales y
arquetipos que salen espontáneos de sus manos, en un
torrente de trasluz por mejorar el sentido humanitario
del planeta y del género humano. Aliada junto a
destacados y talentosos hacedores de la plástica
contemporánea internacional, se ha dado a conocer en
Galerías de Arte de Tokio, Hong Kong, Inglaterra,
Alemania, Francia, Holanda, Argentina y Australia, entre
otras muchas plazas de Asia, Europa y América, lugares
donde se atesoran cuadros suyos en colecciones y fondos
museables.
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II. CUATRICOMÍA DEL
FLUJO Y REFLUJO UNIVERSAL
Con este fundamento
como espinazo pletórico, la destreza de Jayne McKelvie
se vuelca en un mundo de colores sintéticos,
vibratorios y cuánticos, similar a la manifestación del
espectro cromático que proviene del prisma de la luz
tropical, incorporándole la energía de atracciones,
símbolos, lavatorios y coberturas de significativos
asideros tradicionales. En este aspecto, cada figura,
pincelada, rasgo, trazo, línea, curva y diagonal, en
unión de las manchas y los claroscuros, describen un
universo de estampas que poseen un significado
místico-estético de correspondencias naturales: el rojo
es imperativo, audaz, excitante, cálido y se proyecta
con una seducción preventiva sobre la atención del
espectador, otorgándole un simbolismo primario y
germinativo. El naranja es triádico, candoroso,
consolador, sedante, hipnótico y franco, aunque menos
dinámico y vivificante que el bermellón, el púrpura o el
carmesí; figurando una polaridad viril y femenina. La
refracción del amarillo es irradiante, pensativo,
inspirador y risueño, inscrito en las corrientes
magnéticas de los rayos primaverales. Las
características del verde están conformadas con
pigmentos fríos y básicos, en toda la escala del entorno
de la naturaleza y el hábitat poblacional. Sus
significaciones son el equilibrio, la vitalidad, la
integración, la frondosidad, el microcosmos y la
maternidad. La incursión del azul es predominante en el
conjunto de sus obras, a modo de inspiración, armonía,
renovación, nostalgia, con un marcado énfasis en la
voluntad hospitalaria, el carácter interior y la
diversidad biocultural, ofreciendo el mayor tributo a la
espiritualidad ardorosa del Caribe.
Sus pinturas
reivindican la importancia sociodidáctica de la
urbanización, sostén y guía de un llamado de alerta para
el cuidado arquitectónico, la preservación del medio
ambiente ecológico, no solo de la floresta pulmonar que
salvaguarda el equilibrio del ecosistema, sino que
incluye también en este resorte, la propedéutica –ojo
avizor– de una perceptible defensa a la vulnerabilidad
del enclave demográfico, los inmuebles que forman el
tesoro cultural de los pueblos, monumentos históricos,
museos, escuelas, cines, parques, edificaciones
coloniales, hasta las calles y avenidas por donde
circulan autos y transeúntes, ávidos de inquietudes y
expectativas, nexos que constituyen la savia nacional de
un país.
III. EL ENCANTO
DE LA IDENTIDAD MATÉRICA
Con su admirable
experiencia y maestría, Jayne McKelvie ha sabido reunir
en estas impresiones una acabada iconografía con un
atinado enfoque de ternura realista, situando cada
objeto en su justo escenario dentro de una composición
uniforme y coherente, sin dejar de incluir manchas y
veladuras astrales encubiertas con fabulaciones, junto a
una unidad de conjunto donde sobresalen los planos de un
muestrario diseñado con pluralidad escénica, que
incluye, además, la representación de instituciones
dedicadas a la ciencia, el arte, la educación, la
economía y la religiosidad, fusionándolas asimismo, con
aquella colección patrimonial que implementa y promulga
la recreación y el esparcimiento, provistas de múltiples
aristas etnosociológicas, de sutil transparencia
psicohistoriográfica, en el marco de un croquis cuyo
objetivo es preservar los valores legítimos y la
conservación de los elementos culturales.
Bajo esta connotación
conceptual se acaba de exhibir una muestra
representativa de su obra en el Salón Artístico del
hotel Ambos Mundos, con 28 piezas de pequeño
formato, trabajadas preferentemente en acuarela, óleo y
acrílico sobre soportes específicos como el lienzo y
la cartulina, donde se ilustra la refulgencia de una
ciudad con la impronta del sugerente título
Impresiones Habaneras, invitando a repensar el
carácter incógnito, hierático y confidencial de una
metrópoli en plena otredad, es decir, como aquel ente
poemático sujeto a las efervescencias de la luz y la
sombra; vislumbrando el perfil del nacimiento, el
resplandor y el crepúsculo que germinan de la misma
sustancia telúrica, que la llevan a desplegar un
interés especial por Cuba, cuya geografía ha visitado y
recorrido en varias ocasiones. Como paradigma de la
admiración por nuestra urbe están sus creaciones:
“Músicos en el malecón”, el “Parque Central”, la
“Plaza de Armas”, el “Palacio de los Capitanes
Generales”, la “Bodeguita del Medio”, la “Calle
Habana” y el propio hotel “Ambos Mundos”,
entre otras bellas producciones que descuellan por su
elegancia, sobriedad y agrado.
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IV. SUSTANCIALIDAD
DE LAS ISLAS
Es precisamente su
empatía insular, lo que hace posible, en cada
oportunidad, su retorno con nuevas incursiones por las
entrañas de esta tierra que se ha hecho parte de su
sensibilidad, la cual va boceteando con el
cosmopolitismo inherente que se refleja en su obra.
Todas estas conmociones se avizoran en un panorama
artístico-alquímico, que invita a concebir la
temporalidad y la impermanencia de la vida, por el eje
vital de un embrujo exquisito, visto con la perspectiva
del que domina las exploraciones que realiza el pincel
sobre el místico paisaje, que se vuelve imantación de la
forma dentro de la paleta acoplada que ha usado la
artífice acuarelista, ideal presente en la filosofía de
sus trabajos formales, unificando los remansos de la
entelequia oriunda del sur –al otro lado del
planisferio– con los meandros ardientes del Ecuador
–sinuosidades tórridas– de esta parte caribeña de
fervientes esencias trascendentales.
Fue el gurú-pintor
Nicolás Roerich, quien en su libro Shambhala, La
Resplandeciente, afirmó: “Los pueblos pueden
valorar mucho los resultados de la labor de los
creadores de la cultura. Pueden desear tener entre ellas
el mejor ejemplar del genio creativo de épocas pasadas.
Debemos dar la bienvenida a cada intento de pensamiento
en esta dirección.” Es así que intentar definir el
discurso pictórico de Jayne McKelvie, desde una
visualidad otra, tornasolada en los alambiques del
enramaje y la circunvisión, es acercarse en suma, al
compendio enjundioso de un ensayo contemplativo,
iluminador y analítico sobre la cubanía y su inefable
colorido de espiritualidad. |