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Medio siglo de labor
artística, sobre los escenarios y desde sus márgenes, ha
marcado una etapa más de la notable carrera de una de
las principales figuras de la danza cubana, Aurora Bosch.
El Ballet Nacional de Cuba rinde
homenaje a una de sus más grandes bailarinas, una de sus
cuatro joyas, con un programa variado en este 50
aniversario de su debut escénico. Inaugurado por un
encuentro con la prensa el pasado 8 de junio, este
continuará el día 30 de ese mes con una exposición de
imágenes en la galería La Acacia y concluirá con la gala
de homenaje el 5 de julio, en la sala García Lorca del
Gran Teatro de La Habana.
Maître del Ballet Nacional de Cuba
en la actualidad, Aurora Bosch ha seguido una
trayectoria colmada excelencia artística y brillantes
triunfos, entre los primeros las medallas de oro y plata
en el Festival Internacional de Ballet de Varna, donde
junto a sus compañeras Loipa Araújo, Josefina Méndez y
Mirta Plá deslumbró al mundo y obtuvo para el ballet
cubano reconocimiento internacional; o, más
recientemente, el Premio Nacional de la Danza y la Orden
Félix Varela del Consejo de Estado, otorgados ambos en
2003. Su carrera no se ha limitado al escenario, sino
que también ha sobresalido como educadora y formadora
de nuevas generaciones de bailarines. Fue profesora
fundadora de la Escuela Nacional de Arte (ENA),
directora de la Escuela Provincial de Ballet de La
Habana y desde 1987 es profesora titular adjunta del
Instituto Superior de Arte (ISA). Ha sido maître
invitada de grandes compañías de todo el mundo.
En palabras de Miguel Cabrera,
historiador del Ballet Nacional, que la presentó en el
encuentro con los periodistas, Aurora “es uno de los
frutos más acabados de un experimento que comenzaron los
Alonso. Fue una bailarina de un extraordinario poderío
técnico, uno de los más sólidos que ha tenido el ballet
de Cuba”.
La que fuera Primera Bailarina
cautivó a su auditorio de la prensa con la gracia y la
soltura de una larga experiencia en la interpretación.
Entre varias anécdotas recordó cómo comenzó su relación
con el ballet:
“La música siempre estaba presente
en mi casa, porque a mi abuela, que tenía alma de
artista, le gustaba muchísimo también. Ella me enseñó a
bailar danzón. Mi abuela tenía una idea fija, y era
hacer artista a alguien de su familia. Por eso cuando
apareció la convocatoria de las 30 becas para niñas de
escuela pública, ella lo intentó conmigo, y lo logró”.
Fueron muchos los grandes
personajes que interpretó con maestría excepcional,
desde Coppélia —su primer protagónico—, hasta
Odette-Odile y Gisell, pero uno de los que recuerda con
más cariño es un papel secundario, la reina de las
Willies, por la que obtuvo un premio especial en París
creado solo para ella por la calidad única de su
representación. Aunque, como respondió a los
periodistas, no tiene favoritos: “Cuando uno ama su
profesión cada rol que asume lo hace con toda
responsabilidad. Yo diría que casi son hijos nuestros.
Por eso uno los llega querer tanto, cuesta trabajo
desprenderse de ellos”.
Actualmente el magisterio y montaje
de obras ha ocupado el lugar de la escena, pero aún
sigue activa la llama que en su día la hizo brillar bajo
los focos:
“Hoy día estoy conociendo muchos
personajes que no había hecho, y pienso: qué pena que no
llegué a tiempo. Pero aun desde el plano de observadora
creo que le saco partido a los que no bailé. No los
registré en mi mente y en mi físico, pero los disfruto.
Me he visto en la situación de ayudar a bailarines a
hacer roles que nunca bailé, eso me ha demostrado que la
preparación nuestra es tan integral que somos capaces,
ampliamente, de hacerlo”.
Aurora ocupó un lugar fundamental
en el florecimiento del Ballet Nacional de Cuba, en el
desarrollo del estilo técnico y artístico que ha
consolidado el prestigio de la escuela cubana de ballet,
y esta labor de toda una vida, que aún no culmina, la
considera uno de sus mayores logros:
“He tendido la experiencia de tener
contacto, aunque no como bailarina, con los grandes
coreógrafos de hoy en día. Ellos han depositado
confianza en mí, no solo como Aurora Bosch, sino como
una representante de la escuela cubana de ballet, porque
cuando he tenido asesoramientos en el extranjero he
estado muy orgullosa de poder demostrar que Cuba tiene
un alto nivel en la danza clásica. Hoy existe mucha
admiración, mucha curiosidad por (el ballet cubano). Me
preguntan: ¿Cuál es el secreto de la escuela cubana de
ballet que saca tan buenos bailarines? Y el secreto,
claro, no lo voy a dar. Pero sí los animo a que vengan y
conozcan nuestro país y que vean como se trabaja aquí,
desde los alumnos a los profesionales.
“Uno siente el peso de la
responsabilidad, pero no es un problema si uno está
seguro de la honestidad con que está cumpliendo con lo
que le gusta hacer, porque bailar no es un trabajo,
educar no es un trabajo, y tener logros en ese aspecto,
poder decir: soy profesora cubana, pertenezco a la
escuela cubana de ballet, en los momentos más difíciles
y ahora, que estamos cosechando laureles, siempre ha
sido un gran orgullo.
“Nuestro deseo es que siga
adelante, hemos puesto nuestra vida en ello. No puede
morir nunca. Otros tendrán que coger el batón de
relevo”. |