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Parece que lo del séptimo arte con Cuba siempre va en
serio. Los organizadores del Festival de Cine Francés
consideran este que se desarrolla hasta julio como el
mayor realizado más allá de sus fronteras. Y es grande
no solo por la cantidad de filmes exhibidos sino por el
número de cinéfilos que repletan las salas.
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No por gusto el gran
público cubano tuvo acceso de forma masiva a todo tipo
de cinematografías durante las décadas de los 60, 70 y
parte de los 80. Fue en los años primigenios del proceso
revolucionario cuando la imagen en movimiento, concebida
en las más diversas formas, inundó para todas y todos
los habitantes del archipiélago las salas
cinematográficas. Porque aunque el cine de culto existe
en todas las latitudes, por lo menos para ser visto, no
es promocionado ni expuesto para toda la población como
sucede en la mayor de las Antillas desde hace casi cinco
décadas.
Esa cantidad de
estilos, géneros, nacionalidades y en general diversas
aproximaciones estéticas al hecho cinematográfico, al
alcance de la mayoría de la población, fue determinante
en el nacimiento de generaciones no vinculadas a una
sola forma de ver y hacer el cine, sino a mundos de
celuloides marcados por características singulares.
Cubanas y cubanos
pudieron acceder al neorrealismo italiano, la nueva ola
francesa, el realismo socialista soviético o los
samuráis japoneses, por citar algunos ejemplos. Esa
posibilidad de paladear filmes diversos en todos los
sentidos, posibilitó la transmisión de ese gusto por el
séptimo de arte, a las generaciones que luego llegaron a
abarrotar las salas.
Un estudio realizado
durante la edición 27 del Festival Internacional del
Nuevo Cine Latinoamericano, indica que “los mayores por
cientos en la edad (de los espectadores) oscilan entre
los 15 y 24 años (44.5 %) y los 25 y 34 años (24.3 %).
Esto denota un público joven como mayoría...”
Agrega: “La mayoría
de los encuestados son estudiantes y profesionales,
expresado por el 34.8 % y el 33 %, respectivamente. Otro
grupo lo representan los técnicos, expresado por el 12.6
%. Estos datos son coherentes con los niveles de
escolaridad que prevalecen: el 38.7 % es universitario,
el 35.4 % es preuniversitario y el 17.7 % es técnico”.
La importancia que
los habitantes de Cuba le conceden al cine se advierte
cuando, según el estudio de referencia, “se habla de un
público que tiene una vivencia y un criterio acerca de
este evento internacional, de hecho, un 13.3 % asiste
hace más de 20 años, un 19.1 % entre 20 y 10 años, y un
40.9 % entre 9 y 4 años (hay que tener en cuenta que
dentro de este último grupo más de la mitad, 55.9 %,
tiene entre 15 y 24 años). Personas que dejan de hacer
otras labores para asistir al festival (56.1 %), o que
piden vacaciones (22.2 %) e incluso, aunque en mucha
menor medida, se trasladan de otras provincias (6.5%)”.
Si bien estos datos
son el resultado de una investigación realizada en la
última cita de cine latinoamericano, son indicativos de
algunos puntos importantes: los festivales de cine en
Cuba tienen un público fiel y los que más inundan las
salas son jóvenes, hijos de aquellos descubridores en
décadas pasadas de la cinematografía otra.
Porque,
indudablemente, hoy ese tipo de promoción es el que más
permite ver cine que no sea made in USA. Ya Cuba
no se puede dar el lujo de programar, como lo hizo en
décadas anteriores, cintas de las más diversas
latitudes, la situación financiera no lo permite.
Comprar una película para su proyección, por ejemplo, a
veces puede entrar en competencia con financiar ropa
para niños y niñas. ¿Qué se puede hacer en ese caso?
Esperar los festivales o semanas de cine, en los que no
hay que pagar cifras astronómicas por la exhibición de
los filmes. De tal suerte se pueden ver cintas alemanas,
chinas, indias o de ciclos de autores que son promovidas
por embajadas o direcciones ministeriales de los países
interesados en proyectar su cine en otras naciones. Si
Cuba no puede pagar los derechos de exhibición ¡del lobo
un pelo!, como diría mi abuela.
Y por supuesto, con
la real avidez de ver cine distinto al de Hollywood —el
que más se exhibe en Cuba, como en el resto del mundo—
los amantes de la sala oscura andan de plácemes por
estos días: diecinueve filmes, con la inclusión del
documental La marcha del emperador, de Luc
Jacquet, realizado en 2005, ganador de un Oscar al mejor
documental de largometraje y nominado a cuatro premios
César.
Se
espera que en este año se sobrepasen los 110 000
asistentes, cifra a la que se arribó en la pasada cita
fílmica con el festival de cine galo. Otros filmes que
por taquilleros, de autores o temas atraen a los amantes
del séptimo arte son Feliz
Navidad, La
esquiva y Huyendo del mundo.
Este amplio acceso a la cinematografía gala, con la que
ya existe una suerte de empatía por parte del cinéfilo
cubano, permite navegar en quehaceres cinematográficos
que hoy pueden estar marcando tendencias. El futuro dirá
si los filmes y directores que hoy aplaudimos mañana
quedarán como mitos del más completo arte, el séptimo.
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