Año V
La Habana

10 al 16 de JUNIO
de 2006

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Cine francés en Cuba:
Un viejo y nuevo amor

Paquita Armas Fonseca La Habana


Parece que lo del séptimo arte con Cuba siempre va en serio. Los organizadores del Festival de Cine Francés consideran este que se desarrolla hasta julio como el mayor realizado más allá de sus fronteras. Y es grande no solo por la cantidad de filmes exhibidos sino por el número de cinéfilos que repletan las salas.

No por gusto el gran público cubano tuvo acceso de forma masiva a todo tipo de cinematografías durante las décadas de los 60, 70 y parte de los 80. Fue en los años primigenios del proceso revolucionario cuando la imagen en movimiento, concebida en las más diversas formas, inundó para todas y todos los habitantes del archipiélago las salas cinematográficas. Porque aunque el cine de culto existe en todas las latitudes, por lo menos para ser visto, no es promocionado ni expuesto para toda la población como sucede en la mayor de las Antillas desde hace casi cinco décadas.

Esa cantidad de estilos, géneros, nacionalidades y en general diversas aproximaciones estéticas al hecho cinematográfico, al alcance de la mayoría de la población, fue determinante en el nacimiento de generaciones no vinculadas a una sola forma de ver y hacer el cine, sino a mundos de celuloides marcados por características singulares.

Cubanas y cubanos pudieron acceder al neorrealismo italiano, la nueva ola francesa, el realismo socialista soviético o los samuráis japoneses, por citar algunos ejemplos. Esa posibilidad de paladear filmes diversos en todos los sentidos, posibilitó la transmisión de ese gusto por el séptimo de arte, a las generaciones que luego llegaron a abarrotar las salas.

Un estudio realizado durante la edición 27 del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, indica que “los mayores por cientos en la edad (de los espectadores) oscilan entre los 15 y 24 años (44.5 %) y los 25 y 34 años (24.3 %). Esto denota un público joven como mayoría...”

Agrega: “La mayoría de los encuestados son estudiantes y profesionales, expresado por el 34.8 % y el 33 %, respectivamente. Otro grupo lo representan los técnicos, expresado por el 12.6 %. Estos datos son coherentes con los niveles de escolaridad que prevalecen: el 38.7 % es universitario, el 35.4 % es preuniversitario y el 17.7 % es técnico”.

La importancia que los habitantes de Cuba le conceden al cine se advierte cuando, según el estudio de referencia, “se habla de un público que tiene una vivencia y un criterio acerca de este evento internacional, de hecho, un 13.3 % asiste hace más de 20 años, un 19.1 % entre 20 y 10 años, y un 40.9 % entre 9 y 4 años (hay que tener en cuenta que dentro de este último grupo más de la mitad, 55.9 %, tiene entre 15 y 24 años). Personas que dejan de hacer otras labores para asistir al festival (56.1 %), o que piden vacaciones (22.2 %) e incluso, aunque en mucha menor medida, se trasladan de otras provincias (6.5%)”.

Si bien estos datos son el resultado de una investigación realizada en la última cita de cine latinoamericano, son indicativos de algunos puntos importantes: los festivales de cine en Cuba tienen un público fiel y los que más inundan las salas son jóvenes, hijos de aquellos descubridores en décadas pasadas de la cinematografía otra.

Porque, indudablemente, hoy ese tipo de promoción es el que más permite ver cine que no sea made in USA. Ya Cuba no se puede dar el lujo de programar, como lo hizo en décadas anteriores, cintas de las más diversas latitudes, la situación financiera no lo permite. Comprar una película para su proyección, por ejemplo, a veces puede entrar en competencia con financiar ropa para niños y niñas. ¿Qué se puede hacer en ese caso? Esperar los festivales o semanas de cine, en los que no hay que pagar cifras astronómicas por la exhibición de los filmes. De tal suerte se pueden ver cintas alemanas, chinas, indias o de ciclos de autores que son promovidas por embajadas o direcciones ministeriales de los países interesados en proyectar su cine en otras naciones. Si Cuba no puede pagar los derechos de exhibición ¡del lobo un pelo!, como diría mi abuela.

Y por supuesto, con la real avidez de ver cine distinto al de Hollywood —el que más se exhibe en Cuba, como en el resto del mundo— los amantes de la sala oscura andan de plácemes por estos días: diecinueve filmes, con la inclusión del documental La marcha del emperador, de Luc Jacquet, realizado en 2005, ganador de un Oscar al mejor documental de largometraje y nominado a cuatro premios César.

Se espera que en este año se sobrepasen los 110 000 asistentes, cifra a la que se arribó en la pasada cita fílmica con el festival de cine galo. Otros filmes que por taquilleros, de autores o temas atraen a los amantes del séptimo arte son Feliz Navidad, La esquiva y Huyendo del mundo.

Este amplio acceso a la cinematografía gala, con la que ya existe una suerte de empatía por parte del cinéfilo cubano, permite navegar en quehaceres cinematográficos que hoy pueden estar marcando tendencias. El futuro dirá si los filmes y directores que hoy aplaudimos mañana quedarán como mitos del más completo arte, el séptimo.

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