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Los estudiosos de la historia del arte digital en Cuba
(que por cierto no son muchos) coinciden en afirmar que
uno de los pioneros de la manifestación en la Isla es
Luis Miguel Valdés, un creador que se ha mantenido
participando con sistematicidad en las distintas
ediciones de los Salones y Coloquios Internacionales de
la especialidad que desde hace ocho años auspicia y
convoca el Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau.
Luis Miguel comparte
su vida entre México y La Habana y, según ha dado a
conocer el comité organizador del VIII Salón a comenzar
el 19 de junio venidero, el inquieto artista participará
con una suerte de ponencia y también con un producto
instalativo (por llamarlo de alguna manera).
Establecimos contacto
vía correo electrónico con Luis Miguel y desde el DF
tuvo la deferencia de responder algunas inquietudes.
¿Cómo surge la idea
del proyecto CTRL-ALT-DEL (Homenaje a
David J. Bradley)?
Es una mezcla de
muchas cosas. Hace un mes inauguré en mi galería aquí,
en México, una exposición personal que titulé
Decantando. En ella mostraba obras de hace 30 años
como referencia del camino que recorre un artista y cómo
va puliendo su lenguaje hasta ir decantando los
elementos expresivos y todos los aspectos que definen su
obra a través del tiempo. Se van afinando los objetivos
y quitando la cáscara para llegar a la síntesis de lo
que uno realmente quiere.
¿Qué tiene de
novedoso este proyecto?
Eso no lo sé y no me
preocupa, por aquello de las coincidencias entre
artistas. A lo mejor alguien en otra parte se está
planteando cosas similares y uno se entera después. A mí
lo que me interesa es remarcar un concepto que tuvo un
inicio muy concreto y que hoy se aplica a muchos
aspectos que no tienen que ver directamente con su
origen.
Tiene también la
intención de eliminar las fronteras establecidas entre
“el arte” y “el arte digital”. Cuando participé en el
Salón Digital de 2003 dije en el coloquio de aquel año
que lo que más me interesaba era que llegara el momento
en que se le pudiera quitar el apellido al evento y
fuera un evento de arte y que el medio no lo definiera.
¿Bajo qué criterios
aparece la ciudad de La Habana en CTRL-ALT-DEL?
Cualquiera que
conozca mi obra y me conozca a mi, entenderá por qué
aparece La Habana en cada paso que doy (a pesar de haber
nacido en Pinar del Río). Desde el año 1975, cuando hice
el grabado en linóleo de La Catedral de La Habana
—multipremiado en ese año y expuesto en numerosas
exposiciones nacionales e internacionales, colección del
Museo Nacional—, la arquitectura colonial cubana es una
constante en mi obra.
En 1977 me solicitó
la Dra. Martha Arjona una carpeta de grabados para la
Oficina Regional de la UNESCO que titulé La siempre
Habana. Dicha carpeta contenía 5 grabados y tenía un
sello que hice especialmente para esa carpeta y que hoy
es el logotipo de mi taller de grabado en México, que se
llama La siempre Habana. Es parte de mi vida cada
rincón de mi ciudad.
De varias maneras
usted ha participado en ediciones anteriores de los
Salones y Coloquios Internacionales de Arte Digital. Lo
recuerdo reflexionando en los coloquios y también su
exposición personal
Del azafrán al lirio
en el ICAIC ¿Qué importancia le concede a este tipo de
evento?
Creo que el trabajo
que realiza el Centro Cultural Pablo de la Torriente
Brau y en especial su director Víctor Casaus, es uno de
los sucesos más importantes de la plástica cubana de los
últimos años. Es normal, y siempre lo ha sido, hacer
salones de Artes Plásticas, concursos, encuentros de
todo tipo, salones por especialidades, hasta la Bienal
de La Habana. Sin embargo el Centro y Víctor se la
jugaron hace ocho años cuando todavía los prejuicios
sobre el arte digital eran la orden del día.
Cuando yo comencé a
trabajar en la computadora en el ISA en 1986, era un
bicho raro y los que se decían artistas de vanguardia en
ese entonces —léase Rubén Torres Llorca, Arturo Cuenca,
etcétera— cuestionaban los resultados que estábamos
obteniendo en el Laboratorio de Gráfica por Computadora
(que así se llamaba) en el ISA.
Incluso críticos de
arte como Gerardo Mosquera y Alejandro G. Alonso
ignoraban lo que se hacía en ese medio entonces,
seguramente porque mi casi pertenencia a la generación
del 70 y además el estigma de ser grabador, les hacía
pensar que era imposible que alguien de esa generación
estuviera trabajando en un nuevo medio que vendría a
revolucionar las artes plásticas.
Cuando el arte
digital pierda su apellido, cosa que espero suceda
pronto, al Centro Pablo y a Víctor Casaus habrá que
reconocerles el valor de haber enfrentado una tarea
titánica al desbrozar el camino para las nuevas formas
expresivas. Solo hay que pensar cómo se habrían recibido
en Cuba todas las obras que se presentaron en la Novena
Bienal de La Habana con las nuevas tecnologías, si no
existiera el antecedente de 7 salones de arte digital.
Todo el mundo
reconoce y coincide en que usted es uno de los pioneros
del arte digital en Cuba. ¿Tiene referencia de cómo
marcha la manifestación en la Isla?
Yo creo que a pesar
de las carencias que todavía sienten los artistas en
cuanto a los recursos de que disponen, el trabajo que
están realizando es de un alto nivel y haría falta más
apoyo institucional para que esta especialidad alcance
mejores resultados.
El Ministerio de
Cultura y las instituciones que se deben encargar del
apoyo a los artistas plásticos podrían considerar en sus
planes y proyectos la posibilidad de crear talleres
colectivos donde pongan a disposición de los artistas
que trabajan estos medios todos los recursos necesarios
para el desarrollo de su obra. |