Año V
La Habana

10 al 16 de JUNIO
 de 2006

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La II República
Días De Llamas
Constantino Bértolo Anzoátegui


Lo peor que le ha pasado a Dantón no ha sido morir guillotinado
sino morir ignorando por qué ha sido guillotinado.
St- Just.

Si la guerra es la continuación de la política con otras armas, armas cruentas en este caso, cabe entender la Guerra Civil como un retrato en rojo sangre del ser y existir de aquella II Republica que vino a desembocar en guerra. Y así como se dice que el que va a morir repasa en un instante la película de su vida, de su biografía, bien se puede acercarse a la realidad de la República acudiendo a su momento de agonía: la guerra civil.

De forma narrativa y con extremo talento entiendo que eso es lo vino a hacer el escritor José Mª Pérez Prat con su novela Días de Llamas publicada por primera vez bajo el pseudónimo de Juan Iturralde en 1978 y que ha seguido reeditándose sino con continuidad al menos de modo intermitente, correspondiendo la última edición a la efectuada por la Edit Debate en Madrid año 1999. En la mayoría, por no decir la totalidad, de los estudios o ensayos que han venido publicándose acerca de la Novela Española de los últimos años Días de llamas o no aparece citada o aparece como obra aislada, anómala y periférica.

De su autor, Juan Iturralde sabemos que nació en Salamanca el 15 de junio de 1917. Estudió en los jesuitas de Chamartín de la Rosa en Madrid, y más tarde, con escaso entusiasmo, Derecho, primero en la Universidad Central y después en la de Salamanca. El alzamiento llamado nacional le sorprendió en Ciudad Real - donde su madre había fijado su residencia, con sus siete hijos, desde que enviudó - y la revolución y la guerra subsiguientes le pusieron en trance de perder la vida. El azar, escribe él mismo, puso en su camino, durante la contienda, una multitud de ángeles custodios con mono miliciano o uniforme del Ejército Regular Popular Revolucionario que le ayudaron a sobrevivir. Terminada aquella, terminó también sus estudios de Derecho, y en 1942 obtuvo plaza en las oposiciones que se celebraron, en dicho año, para ingresar en el Cuerpo de Abogados del Estado. 

          Con anterioridad había publicado una novela corta, El viaje a Atenas, historia de un revolucionario griego que regresa clandestinamente a su patria años después de la guerra civil que tuvo lugar en Grecia al finalizar la II Guerra Mundial y que ocultaba por razones de censura una historia desarrollada en España, con personajes españoles en la que se abordaba la lucha de la resistencia antifranquista.

    Veo esta novela como obra significativa y relevante dentro del sentido general de estas jornadas sobre la II República como momento histórico en el que la lucha de clases adquiere un relieve singular. Días de llamas además de por su alta calidad literaria se caracteriza por lo singular de su enfoque narrativo que viene determinado por la elección de un protagonista que pertenece claramente a la llamada “clase media” y aporta por tanto una visión desde dentro de ese grupo social, algo muy poco usual dentro de la llamada narrativa sobre la guerra civil. 

  Días de llamas extrae su título de la cita con que la novela se abre:

     "Las revoluciones, como los volcanes, tienen sus días de llamas y sus años de humo."

     Esta cita funciona a modo de declaración de intenciones porque aclara  la actitud narrativa frente al conflicto: revolución y no contienda fraticida o guerra civil, actitud que anuncia el hecho de que la novela a pesar del grupo social en que se encuadra su “antihéroe” no se va a limitar a narrar el conflicto como un mero enfrentamiento cainita. Revolución, guerra revolucionaria.

     Cuando esta novela se publicó por primera vez, 1978, el hilo de humo, la memoria de la II República y de la guerra civil, era todavía bastante visible - recuerden que es el año en que se pacta la Constitución - si bien eran también claros los síntomas de que había interés evidente en que ese aviso de humo dejara de estar presente en la atmósfera política de aquel momento. Hoy, casi 30 años más tarde, de aquel humo, se está recuperando – a través de lo que se viene llamando en España la recuperación de la memoria historia- el matiz más blanco mientras que del humo más rojo apenas se habla nada. Porque no nos olvidemos de que en aquella república había dos fogatas superpuestos que la guerra civil alimentó con enorme fuerza.

De esos dos fuegos, si me permiten, de esas dos repúblicas, habla esta novela. Días de llamas es una novela contada en primera persona por su protagonista, Tomás Labayen, juez de instrucción, condenado a muerte que aguarda en el interior de una checa madrileña a que esa condena tenga lugar. Noche tras noche y en compañía de otros condenados espera la llegada de los milicianos que nombran en voz alta a los que van a ser víctimas del "paseo". Mientras espera escribe tanto su presente - sus relaciones con los otros presos- como sus recuerdos más recientes. Sabemos así que Tomás Labayen pertenece a una familia de clase  media,  que estudió en un colegio un poco por encima de sus posibilidades, que su padre es coronel de artillería, de los retirados por la ley Azaña, que su hermano Miguel es capitán de artillería que tuvo una actitud de lealtad republicana durante el levantamiento de Sanjurjo pero que el 18 de Julio, llevado por su compañerismo y honor militar se ha sublevado en el cuartel de Campamento por lo que permanece detenido en la Cárcel Modelo. Sabemos también que Tomás tiene una hermana, casada con un ex-capitán de infantería, expulsado del ejército por un caso de corrupción económica y que vive en plan un tanto chulesco como vendedor de coches sin querer tomar partido  ni esconderse cuando el levantamiento militar se frustra. Personajes  que  están construidos con el rigor necesario para situar sus actos en un contexto coherente y necesario para entender sus deseos, miedos, pasiones, acciones y omisiones, es decir, para entender las claves de la II REPUBLICA. La novela transcurre desde el 18 de Julio hasta la primavera del 37, en ese largo período intermedio del Noviembre del 36 en que Madrid se convirtió en ciudad asediada.

    La novela otorga un papel relevante al entorno familiar. La familia como célula social, como ente propio, con sus propios fines, valores e intereses. La narración se constituye alrededor de ese núcleo familiar que va a verse agitado por su entorno: por la guerra. En una guerra civil y revolucionaria en la que convivían dos tensiones ya presentes en la sociedad de la República. Por un lado la tensión civil: el enfrentamiento en el interior del grupo social que se beneficia de las plusvalías y que luchan entre si por no coincidir sobre el uso  y gestión de esas plusvalías. Una fracción de la burguesía tradicional que se resiste a abandonar sus privilegios frente a otra fracción de la burguesía que ve como necesario incorporarse a los modelos económicos modernos – keynesianos diríamos- y por tanto reclama reformas radicales en la educación, plantea una reforma agraria mínima, la separación de la Iglesia y el Estado, una solución vía Estatutos de Autonomía de los problemas de los nacionalismos, una limitación del poder militar. Por otro, la tensión revolucionaria: el enfrentamiento ya no sobre el uso o gestión sino sobre la propiedad de las plusvalías, la lucha entre explotadores y beneficiados de esa explotación y los explotados. Esta doble tensión que atraviesa  todo el tiempo de la II REPÚBLICA está captado narrativamente a través de la construcción de los diversos espacios sobre los que la doble tensión actúa: la familia, la profesión, la vida privada, la vida colectiva en el Madrid asediado.

    El protagonista pertenece por tanto a una familia de clase media en cuanto unidad inserta e inmersa en las expectativas de captación y usufructo privilegiado de las plusvalías que ayuda, activa o pasivamente objetivamente a extraer y legitimar. La invasión que en esos dos espacios produce la aparición del poder obrero  es la piedra clave sobre la que está construida la novela poniendo en cuestión el pacto de familia y el pacto profesional. La clase media  como un elemento que todo proceso revolucionario, en el camino a la revolución, debe considerar con atención pues si bien puede devenir aliado conveniente también puede convertirse en obstáculo y peligro. Lo sorprendente en esta novela reside en que su protagonista acaba por descubrir y aceptar el papel, la función y el destino histórico de ese grupo social en que se encuadra y así  el protagonista escribe con lucidez: " soy de la clase que tendrán que extirpar, de los que hacen de cualquier nimiedad una tragedia y se permiten el lujo de una sensibilidad desvergonzada, precisamente porque se cree sensibilidad".

El arte de la novela, de la narrativa, consiste en enunciar aquello que sólo desde la narrativa se puede expresar al modo en que en el lenguaje cotidiano recurrimos al ejemplo – los “eixemplos del Conde Lucanor- cuando el simple decir se nos vuelve insuficiente. Iturralde acude a la novela para contar esa contradicción íntima de una clase o fracción de clase – la pequeña burguesía- que asiste desgarrada a su propia extinción cuando el motor de la lucha de clases erosiona ese cómodo espacio entre el estar o no estar en uno de los dos bandos que las democracias parlamentarias le permiten. Si tomamos en consideración el hecho sociológico de que la mayoría de los intelectuales y artistas de los países llamados democráticos pertenecen objetivamente a esa clase media se entenderá la relevancia que concedo a esta novela dentro de este encuentro internacional de intelectuales y artistas. En ese sentido “el argumento” de la novela vendría determinado por su afán de argumentar narrativamente la imposibilidad de los intelectuales de permanecer “entre dos aguas” cuando el río de la historia cobra bríos revolucionarios. 

La visión que el protagonista aporta de la guerra y por tanto de la Republica corresponde a la de un profesional liberal, ilustrado, defensor de una República democrática  y reformista. Frente a la ruptura de la legalidad republicana que el golpe franquista supone, él defiende el mantenimiento de la legalidad republicana, es decir, de un Estado de Derecho que fundamenta y orienta su poder en el mantenimiento del sistema económico basado en la propiedad privada de los medios de producción. Desde ahí asiste a los acontecimientos: la sublevación de los cuarteles profranquistas, el reparto de armas a las fuerzas populares, la victoria de las milicias populares armadas sobre los militares golpistas y la toma del poder por parte de esas fuerzas populares, ahora armadas, mientras que el gobierno y las instituciones republicanas se ven, al menos en un largo primer momento, desbordadas e incapaces de  mantener ese monopolio de la violencia con que se ha venido definiendo el estado.  Desde ahí, vive, entiende y comprende que la posesión de las armas es el hecho político decisivo que marca la diferencia entre el estado de cosas durante la República y la guerra civil y revolucionaria. Armas para defenderse de la agresión fascista pero armas también como garantía de que las transformaciones sociales necesarias pueden ser defendidas de manera real. Tomás Labayen vive esa experiencia aún siendo consciente de la amenaza que eso supone para la visión legalista de esa Republica con la que se siente comprometido. Entiende que las mismas armas que defienden su república amenazan su posición de clase y a su propia clase si aplicamos aquí tal término para hablar de la clase media. Creo que quienes haya visto un film como Memorias del subdesarrollo de Tomás Gutierrez Alea comprenderán  ese filo entre el miedo y el compromiso que la novela narra y propone. 

Decirse hoy heredero de aquella república, así, sin más decir, apenas quiere decir nada. Porque en aquella II Republica en realidad estaban conviviendo dos batallas o por mejor decir, dos luchas. Por un lado una lucha en el interior de la clase burguesa y por otro, la lucha de clases del proletariado contra la burguesía. El “héroe” de nuestra novela era testigo y sujeto de un doble desgarro. Primer desgarro: la burguesía ultraconservadora de base latifundista y oligopolísta que se entrega a las pulsiones  del fascismo emergente en toda Europa contra una burguesía reformista que intentaba la tarea de modernizar el aparato productivo del país. Segundo desgarro: el proletariado contra el conjunto de ambas burguesías: la reaccionaria y la reformista por cuanto como enemigos de clase pretendían seguir detentando los beneficios de la explotación capitalista.  A lo largo de la breve historia de la República y de la guerra civil se van a producir movimientos estratégicos dentro de ese doblete de enfrentamientos que a su vez provocarán en el interior de esas fuerzas nuevas convulsiones. Y así  mientras que el enfrentamiento intraburguesía se mantiene estable, dentro del proletariado se produce un desplazamiento en principio táctico: el proletariado encuadrado en las filas del socialismo, una vez fracasado la revolución de Octubre y ante el empuje de la burguesía ya fascista ya parafascista se acerca a las posiciones reformistas (ala Prieto del PSOE) aun manteniendo un programa máximo de transformación que va más allá del reformismo (ala Largo Caballero). Semejante proceso se va produciendo también en el interior del PCE, un partido combativo pero de escasa presencia hasta el 36: paso del Frente Único al Frente Popular. E incluso el movimiento anarquista en el 36 parece comprender tibiamente las necesidades de una tregua. La guerra civil no hará sino ahondar y acelerar esos enfrentamientos con los efectos ya conocidos dentro de las fuerzas revolucionarias: choque entre la estrategia del PCE y las fuerzas anarquistas, entre dos tácticas: ganar la guerra para luego plantear la revolución o hacer primero la revolución para luego ganar la guerra. Será precisamente este último enfrentamiento el que decida que el protagonista de la novela se convierta en víctima fatal. La novela nos hace ver que este abanico de tensiones y enfrentamientos estaban ya presentes en la II Republica y que son precisamente esa red de  tensiones lo que la caracterizan.

La recuperación de la memoria que en estos momentos preconiza el Gobierno Zapatero y en gran parte la izquierda parlamentaria es una memoria dezmiedada. Una parte se ensalza – la República liberal, socialdemócrata - y otra se arrincona: la república revolucionaria. Del doble desgarro que la novela de Iturralde narra se elige tan sólo aquel que enfrentaba a la burguesía más conservadora con la burguesía reformista y se intenta presentar ese tiempo histórico como un espacio en el que los trabajadores y sus necesidades de transformación del sistema económico ocupan un lugar marginal, de meros comparsas olvidándose en el camino de la celebración otras lecciones que de la historia de la II República se podrían concluir desde una perspectiva revolucionaria: sólo una legalidad defendida con las armas, con el apoyo organizado de los oprimidos, es capaz de resistir los embates de los beneficiados por el sistema de propiedad privada cuando esa propiedad privada se pone en tela de juicio. Una lección  que en el Chile de 1973 volvió a enseñarnos la historia.

Pero la novela también parece estar apuntando a la necesidad de que las tácticas revolucionarias no vayan por delante de la estrategia. En el contexto internacional de los años 30 malamente se podía avanzar hacia la revolución sin tomar en cuenta la necesidad de sumar – o al menos neutralizar- al proyecto a aquellas capas de la pequeña burguesía que objetivamente podrían estar interesadas en su avance pero que culturalmente, subjetivamente, podían sentirse amenazadas por la convulsión social. De ahí la necesidad de medir el ritmo y tempo de los avances. Algo sobre eso parece querer contarnos la novela. Y como “quién no conoce su pasado está condenado a repetirlo” cabe terminar proponiendo la lectura de esta novela en la que la II Republica se nos presenta no como paraíso perdido sino como lección  a repensar desde un horizonte que camine hacia transformaciones revolucionarias.

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