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La experiencia de la II Republica española y la
diaspora latinoamericana
Egunon, buenos días. En los próximos minutos querría
compartir con ustedes un breve acercamiento a una
historia oculta y lejana según los supuestos códigos
cronológicos al uso, es decir, setenta años setenta, una
dos tres vidas, una dos tres generaciones como
cuantificación temporal o, lo que es lo mismo, decenas
cientos miles de silencios después, aunque, curiosidades
del devenir, para nosotros y nosotras se trate
simplemente de uno dos tres segundos de ternura y ya.
Querría hablarles, en fin, de un particular viaje a
Itaka de ida y vuelta sin límites ni fronteras,
precisamente hoy, precisamente ahora cuando, como nos
susurra el poeta, los cuatro puntos cardinales han
devenido en realidad en tres, a saber, Norte y Sur. Y
cuando en esa Europa de la que acabamos de llegar crecen
las murallas de la impotencia y el miedo al otro, se
vallan mares, esperanzas y quién sabe. Hablarles,
hablaros en definitiva (y entramos ya en el ámbito de
las complicidades) del compromiso a tiempo completo que
en aquellos años sí de blanco y negro según nuestro
imaginario colectivo pero también de una completa gama
de colores brillantes digan lo que digan, llevó a miles
de hombres y mujeres a caminar y caminar y también,
claro, a caminar siguiendo los preceptos universales de
la búsqueda de la utopía como referencia, qué os voy a
decir a vosotros y vosotras...
Y todo ello, permitidme una última digresión en
apertura, visto desde mi particular perspectiva de
ciudadano vasco, léase histórico desafecto político y
por extensión estético con esa otra España kitch, soez,
rancia, inquisitorial y absolutamente lejana para muchos
de nosotros y nosotras empeñados en hacer visible un
país que no existe. Pero precisamente por eso,
identificado sin fisuras con ese otro Estado español,
crítico, plural en su heterogeneidad progresista y
democrático en la completa acepción del término
representado como nadie por esos hombres y mujeres
protagonistas hoy de esta reflexión y a los que siempre
hemos sentido absolutamente cerca, absolutamente dentro
Así pues, dejadme que os proponga un vuelo sin motor, es
decir, supongamos que en ala delta hasta 1936, aquel año
en el que por ejemplo la ciudad de Santo Domingo pasó a
llamarse Ciudad Trujillo por decreto ley y punto, aquel
año en el que Chian Kai-Shek tomó Pekín y sonrió
(temporalmente) y Charles Chaplin tomaba por su parte té
tras té mientras rodaba “Tiempos Modernos”, aquel año en
el que nacieron orgullosamente Federico Luppi o Antonio
Gades, aquel año y llegamos al presente continuo, en el
que en el Estado español hay veinticuatro millones de
habitantes y un adulto de cada tres es analfabeto, en el
que dos millones de trabajadores del campo carecen de
tierra y cincuenta mil propietarios poseen la mitad del
suelo cultivable, aquel año en el que provincias enteras
de la Península Ibérica pertenecen a una sola familia o
aquel año, fin de las cifras, en el que los braceros de
Andalucía, por ejemplo, trabajan una media de doscientos
días cada doce meses ganando dos o tres pesetas por
catorce horas de trabajo. Aquel 1936, y cerramos, en el
que el kilo de pan cuesta una peseta...
¿Cómo no imaginar, entonces, el compromiso de miles de
intelectuales, hombres y mujeres, con el sueño del
cambio social, con una República convertida en Frente
Popular para contribuir a la libertad del ser humano, a
la igualdad ante la ley, a la propiedad colectiva de los
medios de producción, a los derechos de la mujer, a la
enseñanza laica y socializada hasta la última aldea o a
las reivindicaciones de las minorías nacionales? Todo un
sueño, os decía, que en 1936 alcanzó en el estado
español la virtualidad de lo real, la verdadera y
tangible expansión del campo de lo posible. Lo sabéis.
No hay sorpresas. Bajemos por un momento a la tierra,
aterricemos en el desierto, cuestión de segundos-cambio
de trama, porque conocéis perfectamente el fin de la
historia. Perdieron. Perdimos. La victoria del Ejército
de Franco y sus generales y su Iglesia y su canesú y su
Guardia Civil y sus fascistas y sus señoritos y sus
paseos y sus aliados y sus miserias y sus tantas cosas,
significarían tres años después en 1939, no sólo la
pérdida de la guerra sino la derrota colectiva de una de
las generaciones más lúcidas, creativas e interesantes
que ha tenido Europa a lo largo del siglo XX, un
fenómeno por lo demás tristemente similar al que se
viviría décadas después en el Cono Sur de este
continente sin que hasta el día de hoy, en uno u otro
caso, se haya realizado el necesario y sincero ejercicio
completo de la depuración histórica de las
responsabilidades de la tragedia...
Volvamos sin embargo a elevarnos con la mariposa ala
delta de vuelo popular para coger aire y preguntarnos
qué pasó con ellos y ellas, dónde están, dónde fueron...
Muchos, lo sabemos, serían asesinados en cunetas o
cárceles o morirían en el exilio interno o el
geográficamente cercano, entre episodios periódicos (lo
cuentan sus amigos de cabecera) de pena y nostalgia.
Otros y otras, sin embargo, decidieron simplemente
aplazar el sueño dirigiendo sus vida a otros ámbitos,
otros mares, otros lugares. Buscarían aquí, en esta
América latina de los olores cercanos, las palabras
hermanas y la solidaridad a flor de piel (lo repito por
necesario: la solidaridad a flor de piel), la
reconstrucción de sus vidas. No es un fenómeno extraño:
esta América que hoy compartimos siempre formó parte de
sus esencias. Y además, completando el corolario, desde
esta América del compromiso llegaron miles y miles de
hombres y mujeres a combatir junto a ellos contra el
fascismo. Con papeles falsos o auténticos. Con ideas o
la fiebre eterna de la juventud. Cubanos, mexicanos,
chilenos, argentinos, venezolanos... No toros
regresaron, también lo sabemos. Miles de ellos dejaron
su vida para siempre en la tierra que habían acudido a
defender. En Albacete, en Teruel, en la Ciudad
Universitaria de Madrid, en El Escorial, en Majadahonda,
en Sierra Nevada, en Guadalajara, en Segovia, en el
Jarama... Nombres convertidos en leyenda que hermanarían
ad aeternum geografías y voluntades. Nombres compañeros
que se quedarían para siempre en España, como nos
contara con la sangre de sus versos Miguel Hernández,
nombres con gesto enamorado que dejaron allí las
alegrías y los besos... Había escritores y poetas, sí. Y
también torneros, pugilistas, fresadores, editores,
fotógrafos, albañiles, campesinos, maestros y marineros
en tierra. Nombres como Pablo de la Torriente Brau,
Policarpo Cardón, Alberto Sánchez, Julio Valdés, Enrique
Montalbán, Lino García, Jorge Martínez... Miles de
nombres regando de vida el suelo. Y aquí, mientras
tanto, a este lado del mundo, millones de retinas
siguiendo diariamente la crónica de la resistencia y la
dignidad con el orgullo de las sensaciones compartidas.
¿Cómo no detener el vuelo y pensar en todo aquello tan
lejos, tan cerca? ¿Y cómo no entender entonces que una
vez que el sueño se detiene, temporalmente, este lógico
proceso de retroalimentación de ternuras y compromisos,
acerque hasta estas costas a decenas de miles de
ciudadanos y ciudadanas del Estado español y, entre
ellos, a la verdadera vanguardia del pensamiento del
cambio y la trasgresión? Y además Neruda fletando barcos
y Cárdenas abriendo puertos y vallejo y Guillén curando
las marejadas... ¿No lo veis desde aquí arriba? ¿No se
os eriza la piel al observar que no son más de tres
centímetros los que separan realmente dos corazones
solidarios? Ellos y ellas lo comprobaron empíricamente
década a década mientras soñaban con el regreso a un
país liberado. No pudo ser en la mayoría de los casos,
también lo sabemos, aunque siempre hubo una maleta de
urgencia preparada con libros y jerseys, ahora
pullóveres, por si quién sabe. Y en el mientras tanto,
un vendaval de abrazos en acción a este otro lado del
río. Preguntémosles si no, no sé, a José Bergamín, a
Luis Cernuda, a María Teresa León, a Jorge Guillén, a
Margarita Xirgu, a Rafael Alberti, a María Zambrano, a
Pedro Salinas, a Manuel Altolaguirre, a Ramón J.
Sénder... O mejor, observemos detenidamente a Juan Ramón
Jiménez paseando ahora por las calles de La Habana o San
Juán viendo la caída de la tarde onubense bajo el crisol
de este nuevo mestizaje que le inspira; o a Luis Buñuel
bebiendo su insustituible dry martiny en el Zócalo
mientras escucha en esa esquina el compás de los
tambores de Calanda para agitar a sus nuevos-viejos
olvidados; o a Pau Casals, quién sabe, llevando en su
violoncello un pentagrama de gaviotas mediterráneas para
intercambio ahora con los pájaros locales... Es cierto
que algunos, los menos, no van a soportar la pena y el
dolor y se nos van. Que otros, los menos también, van a
regresar a sus heridas para comprobar de primera mano
que, como empieza a escribir Dámaso, Madrid (es un
ejemplo) se ha convertido ya en una ciudad de un millón
de muertos.
Pero la mayoría se quedan, se arraigan, se mezclan, se
cruzan, se contaminan de vida y nuevos sueños porque, lo
han comprobado en carne propia, no se detienen los
procesos sociales. Década a década, los hijos y los
nietos de aquellos hombres y mujeres que llegaron un día
huyendo del miedo y buscando-encontrando razones para
seguir caminando, comenzarán a descubrir experiencias
nuevas, ensayos de cambio expandiéndose como el viento y
muchos de ellos, además, elaborados con las
contribuciones de aquellos ya abuelitos y abuelitas que,
como León Felipe, nunca ganaron una guerra pero sí miles
y miles de batallas antes, durante y después de sus
vidas. “Gracias, América, por acogernos”; “Gracias a
vosotros y vosotras por venir”. Ya lo decíamos: simple
trascripción semántica de la retroalimentación de la
ternura, algo sin duda no al alcance de todo el mundo.
Y ahora que se acaba ya nuestro viaje, que los cirros,
cúmulos y estratos despiden esta suerte de sincretismos
y alas delta-mariposas mientras sobrevuelan la Venezuela
de la dignidad buscando tierra firme, es cuando nos
llegan como un rumor en expansión claras, nítidas,
cercanas, aquellas siempre nuevas profecías de Federico,
es decir, “... sentir la brisa de ese viento Sur que
lleva colmillos, girasoles, alfabetos y una pila de
Volta con avispas ahogadas”. Ellos y ellas lo hicieron.
Y nosotros, simplemente, volvemos al lugar de donde
nunca nos fuimos. Cuestión de caminar, caminar y seguir
caminando. Juntos. Y revueltos, claro. Muchas gracias
por su atención.
Texto leído en el marco del Encuentro
“Red de Redes
en Defensa de la Humanidad”,
5 junio de 2006. |