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EEUU y Reino Unido transitan por su cuarto año de
ocupación militar de Iraq en una coyuntura
extremadamente delicada, pese a la reciente designación
del nuevo Gobierno iraquí de Nuri al-Maliki. El modelo
de ocupación de este país inicialmente imaginado en
Washington y en Londres —una cómoda dominación— no se ha
cumplido en absoluto y las perspectivas de una
normalización de la situación interna en Iraq no se
concretan. En el interior de EEUU y Reino Unido crece la
percepción de fracaso. Muy especialmente para la
Administración Bush, en año electoral, el dilema de su
continuidad en Iraq parece sintetizarse en la frase
siguiente: ni poder irse, ni poder quedarse. El fracaso
de los ocupantes es doble: en lo militar, por cuanto no
han podido erradicar a una resistencia que se nutre de
los mayúsculos errores cometidos y del deterioro de las
condiciones básicas de vida de la población; en lo
político, por cuanto se han visto atrapados en la propia
lógica confesional y sectaria que imprimieron al proceso
de institucionalización interna diseñado por Paul
Bremer, máximo responsable civil de la Autoridad
Provisional de la Coalición.
EEUU en
‘Fantasilandia’
No es, sin embargo,
nueva la consideración de que la ocupación ha fracasado,
una constatación en la actualidad ya generalizada en
ámbitos mediáticos, políticos y de análisis
estadounidenses. En diciembre de 2004 dos instancias
internacionales avanzaron ya la consideración de la
grave crisis por la que atravesaba la ocupación.
Anthony Cordesman, profesor de la universidad de
Georgetown, reputado analista estadounidense,
especializado en cuestiones estratégicas de Oriente
Medio, que ha trabajado para el Pentágono en anteriores
Administraciones, en un informe elaborado para el Centro
de Estudios Estratégicos e Internacionales (CEEI),
resumía a finales de 2004 las percepciones, actuaciones
y previsiones de la Administración Bush respecto a la
situación en Iraq como si aquélla viviera —literalmente
decía Cordesman— “en Fantasilandia".
Cordesman desgranaba
entonces el sinfín de errores cometidos por EEUU durante
la primera fase de la ocupación, "[...] como si [la
primera Administración Bush] hubiera dispuesto de años
para reconstruir Iraq según sus propios planes, en vez
de disponer tan solo de unos meses para establecer el
clima adecuado en el cual los iraquíes pudieran
hacerlo". Washington, señalaba el informe del CEEI,
"[...] fracasó [en esos primeros meses] en afrontar la
insurgencia iraquí [...] en literalmente todas las
dimensiones importantes" al considerar que "[...] estaba
frente a un limitado número de insurgentes que las
fuerzas de la coalición podrían derrotar perfectamente
antes de la elección" de un nuevo Gobierno iraquí. "En
resumen, [Washington] fracasó a la hora de establecer
honestamente los hechos sobre el terreno, de una manera
que recuerda a Vietnam".
Más demoledor si cabe
fue el informe elaborado por las mismas fechas por otra
institución internacional el Grupo Internacional de
Crisis (GIC).
El informe del GIC llevaba por título ¿Qué puede hace
EEUU en Iraq,
y la respuesta a tal pregunta era igualmente
contundente, y por partida doble: "[...] un desenganche
político y militar gradual de EEUU de Iraq, y, no menos
importante, un claro desenganche político de [las
instancias oficiales de] Iraq de EEUU". El GIC,
remitiéndose a los mismos "hechos sobre el terreno" del
informe de Cordesman, señalaba entonces que EEUU debía
renunciar a los objetivos inicialmente previstos, una
vez asumida la paulatina y creciente hostilidad de la
población iraquí frente a los ocupantes. Implicada en
una guerra abierta quizás ya perdida, en la que "[…] la
insurgencia no está restringida a un número de fanáticos
aislados de la población y opuestos a la democracia en
Iraq, sino que está alimentada por sentimientos
nacionalistas, expandidos por la amplia desconfianza en
las intenciones de EEUU y por el resentimiento hacia sus
acciones", a la Administración Bush le resta solo una
reevaluación radical de su estrategia global en Iraq,
incluida la militar, concluía el informe.
Desde la redacción de
ambos informes, la situación no ha mejorado. El más
reciente documento sobre Iraq disponible ha sido
elaborado por una instancia oficial estadounidense, la
agencia gubernamental United States Government
Accountability Office (GAO),
y presenta un panorama desolador de la situación interna
en el país a punto de cumplirse el tercer aniversario
del inicio de su invasión. El documento constata el
drenaje del dinero destinado a la reconstrucción hacia
la seguridad, el empobrecimiento generalizado de la
población y el crecimiento en “complejidad, intensidad y
letalidad” de la resistencia armada. Hasta casi una
cuarta parte de los fondos inicialmente destinados por
EEUU para la reconstrucción (poco más de 18.000 millones
de dólares) se han perdido en gastos de seguridad, y una
buena parte del resto simplemente no han podio ser
empleados o se han esfumado en los vericuetos de la
corrupción o la intermediación.
Con la reducción drástica en estos tres años del
abastecimiento de luz y agua potable, con las
prestaciones sanitarias y educativas desmanteladas, el
informe considera a todas luces insuficientes los 56.000
millones de dólares establecidos por los organismos
internacionales para la reconstrucción de Iraq hasta
2007, una cifra miserable cuando se recuerda que EEUU se
gasta en la lucha contra la resistencia al mes casi
6.000 millones de dólares. El informe de GAO es además
extremadamente pesimista a la hora de aportar algún
atisbo de esperanza para la Administración Bush o el
Gobierno Blair en relación a la estabilización de Iraq,
ya sea tanto en el campo de la seguridad como en el de
mejora económica o de las condiciones básicas de la
población iraquí.
Ciertamente, las
condiciones de vida del iraquí medio siguen empeorado
desde el inicio de la ocupación, más en los últimos
meses, tras la imposición por parte de los organismos
financieros internacionales de la eliminación de los
subsidios a los carburantes, lo que ha determinado un
incremento inmediato de la tasa oficial de inflación en
enero de 2006 del 5,8% al 22%, y del precio medio de los
alimentos del 24%. Una tercera parte de las familias
iraquíes vive ya por debajo del umbral de la pobreza; la
malnutrición aguda y la mortalidad infantiles se han
duplicado, según datos oficiales iraquíes, y según un
nuevo informe de mayo de 2006 la malnutrición aguda se
ha duplicado desde el inicio de la ocupación hasta
alcanzar el 9% de los menores iraquíes.
La abierta
adscripción de los miembros del nuevo Gobierno de
al-Maliki al dogma neoliberal
no permite más que vaticinar un mayor empeoramiento de
la situación interna de la población.
La quiebra de la
ocupación: Caracterización de la resistencia
Precisados de
triunfos, EEUU y el nuevo Gobierno iraquí han
presentando la muerte de al-Zarqaui, el evanescente
líder de al-Qaeda en Iraq, como un “punto de inflexión”
en la situación interna iraquí. Como ha ocurrido en
anteriores ocasiones –por ejemplo, tras la captura de
Sadam Husein- los hechos demostrarán inmediatamente que
no es así. Las dimensiones de la actividad armada contra
los ocupantes no pueden atribuirse al grupo de Zarqaui,
que, según documentos recientes de la propia
organización, apenas cuenta con unas pocas decenas de
militantes.
Medios árabes y
occidentales confirman abiertos enfrentamientos armados
desde noviembre de 2005 en la provincia occidental de
al-Anbar (y en su propia capital, Ramadi) entre
organizaciones de la resistencia iraquí y la red de
al-Qaeda en Iraq de al-Zarqaui,
que se estarían extendiendo a otras provincias del país
(por lo pronto a Diyala y Saladino, al norte de la de
Bagdad), enfrentamientos de los que daba cuente el
propio portavoz del Pentágono en Iraq, el general Rick
Lynch, a comienzos de año.
En noviembre de 2005
se da a conocer la creación del Frente Patriótico
Nacionalista e Islámico (FPNI), quedando "[…] agrupados
en este Frente político tanto las formaciones de la
resistencia como los partidos políticos que las apoyan,
junto a personalidades iraquíes [independientes]. [Este
Frente] será a partir de ahora el representante político
de la resistencia armada, convirtiéndose en interlocutor
de las organizaciones y del movimiento contra la guerra
internacionales con el objetivo de obtener el
reconocimiento de la resistencia iraquí y de su
legitimidad como represente del pueblo iraquí”. Como su nombre indica, el FPNI
agrupa sin hegemonías ideológicas a formaciones
islamistas no taqfiristas (anatemizadoras, de la
línea de al-Qaeda) junto a las corrientes disidentes de
izquierda y nacionalista del régimen de Sadam Husein no
vinculadas a EEUU y Reino Unido, al Partido Baaz del
interior y a grupos comunistas disidentes de la línea
colaboracionista de la dirección del Partido Comunista
Iraquí, además de a algún partido creado en el interior
tras el inicio de la ocupación.
Los documentos constitutivos del FPNI incluyen
referencias explícitas a la reconstrucción democrática
de Iraq, constituyéndose así como el único referente
interno que combina al tiempo un proyecto de liberación
armada del país con el rechazo del sectarismo y el
confesionalismo.
La resistencia en
Iraq y su mantenimiento es, ciertamente, un fenómeno
genuinamente interno. El repaso a algunos datos
oficiales del Pentágono permite así confirmarlo.
A finales de mayo, el
secretario de Defensa de EEUU, Donald Runsfeld,
reconocía ante el Senado de su país que no cabe imaginar
una reducción significativa de tropas estadounidenses a
lo largo de 2006, en la actualidad, 133.000 efectivos.
Tan alto número de efectivos solo se puede mantener con
rápidas rotaciones de retorno a Iraq, la prolongación
más allá de un año de la permanencia en el escenario de
combate y el recurso abusivo a contingentes de la
Guardia Nacional y de la Reserva, mal preparados para el
combate. De nuevo un informe del Pentágono,
el redactado en esta ocasión por Andrew Krepinevich,
oficial retirado del Ejército y en la actualidad
director del Center for Strategic and Budgetary
Assessments, define el despliegue de las tropas
estadounidenses en Oriente Medio como “una delgada línea
verde" a punto de quebrarse en cualquier momento. Por
primera vez en años, en 2005 el reclutamiento descendió
por debajo de las previsiones, y hasta 50.000 soldados
han visto prorrogado contra su voluntad su servicio en
el Ejército.
Ann Scott Tyson, resumía hace poco más de un año en
The Washington Post de este modo la situación:
“Dos años después de
que EEUU iniciara una guerra contra Iraq con un
despliegue de poder aplastante, un conflicto de
guerrillas está reduciendo los recursos del Ejército de
EEUU y extendiendo un manto de inseguridad sobre la
capacidad de respuesta de todas las fuerzas voluntarias,
según dirigentes militares, legisladores y expertos en
Defensa estadounidenses. Las inesperadas y firmes
exigencias de mantener los combates en tierra están
forzando a desplegar reservas militares y a enviarlas [a
Iraq] más deprisa de lo que pueden ser reemplazadas.
Problemas en el reclutamiento y retrasos en los
equipamientos necesarios están pasando factura; un
número creciente de unidades han sido divididas o
puestas a prueba con reiterados redespliegues,
especialmente de la Guardia Nacional y en la Reserva del
Ejército.”
El coste humano de la
ocupación de Iraq comienza además a ser relevante para
EEUU. En los cinco primeros meses de 2006 se mantiene la
cifra oficial de 2005 de entre dos y tres soldados
estadounidenses muertos al día en combate como media,
mientras que el número total de heridos supera los
17.000, de los cuales 8.000 no han podido retornar al
combate por sus graves secuelas (son los clasificados
como WIA not RTD, Wounded in Action not
Returned to Duty, "Heridos en combate que no
retornan al servicio").
El Pentágono reconoce un incremento de este tipo de
heridos graves, esencialmente causados por la detonación
al paso de sus convoyes de las denominadas "bombas de
fabricación casera" (IED, de su nombre en inglés), el
arma más mortífera y habitual de la resistencia. Estos
datos confirmarían que, pese a las medidas de
autoprotección (reducción de movimiento de tropas) y
exploración de técnicas de detección y desactivación de
este tipo de bombas (para lo que EEUU ha recurrido a
Israel),
así como a la intensidad de las operaciones militares
lanzadas a lo largo de la segunda mitad de 2005, la
resistencia iraquí está siendo capaz de mantener un
nivel ascendente de actuación, incluido ya en el sur del
país. Siempre según datos del Pentágono, el número de
ataques armados en Iraq se incrementó en 2005 en un 30%
respecto a 2004, hasta más de 34.000, es decir, casi 100
diarios. De ellos, menos del 1% fueron ataques suicidas
o coches-bomba,
acciones atribuibles en buena medida a la red al-Qaeda,
cuando no a opacas tramas de servicios secretos. Los
datos muestran que el esfuerzo esencial de la actividad
armada recae en los ataques directamente dirigidos
contra las fuerzas de ocupación por parte de la
resistencia y que, pese a centrarse en ellos la atención
pública internacional, los atentados masivos y sectarios
son muy escasos comparativamente, aunque sus efectos
sean muy graves.
Según la Institución
Brookings de Washington, las fuerzas estadounidenses dan
muerte cada mes a una media aproximada de al menos 3.000
combatientes iraquíes.
Por otra parte, el pasado 21 de abril el Alto
Comisionado de Derechos Humanos de Naciones Unidas para
Iraq, Gianni Magazzeni, indicaba en Bagdad que casi
30.000 personas están detenidas en Iraq (más de 14.000
bajo control de las fuerzas de ocupación), una cifra que
no deja de aumentar pese a las recurrentes
excarcelaciones. Si se recuerda la estimación oficial
del Pentágono de que la resistencia iraquí podría estar
integrada por unos 20.000 combatientes, las cifras no
cuadran: o bien el número de iraquíes involucrados en la
resistencia es muy superior al reconocido, o bien su
capacidad de renovación -su apoyo popular, en suma- es
admirable. "El número de ataques de la resistencia sigue
en aumento y no hay previsión de una reducción debido a
que [los grupos de la resistencia] son parte intrínseca
de la población iraquí", sintetizaba un alto oficial
estadounidense destinado en Iraq en el documento antes
citado de GAO del pasado 6 de febrero.
Mientras apenas se
avanza en el proceso de creación del nuevo ejército
iraquí, tras un otoño de intensísimos operativos en la
provincia de al-Anbar a lo largo del río Éufrates, EEUU
está procediendo a un repliegue efectivo sobre el
terreno, sin duda a fin de limitar el número de bajas.
El Pentágono ha cuadruplicado en los últimos meses de
2005 los bombardeos aéreos y con misiles,
mientras acuartela el máximo tiempo posible a sus tropas
en bases distribuidas por todo el país
y cerca con muros las ciudades rebeldes.
El resultado de todo
ello es imaginable: el incremento de destrucción y de
víctimas civiles, además de la pérdida efectiva del
control territorial, ya precario incluso en la capital.
Las proyecciones del estudio de la Universidad John
Hoskins de Baltimore, publicado en octubre de 2004 en la
revista Lancet, sitúan en la actualidad en
una orquilla de entre 125.000 y 250.000 el número de
iraquíes muertos desde el inicio de la ocupación
esencialmente debido al uso masivo de la fuerza militar
por parte de los ocupantes contar núcleos habitados.
El proceso
político, malogrado: el peligro de guerra civil
El único alivio que
le restaría a EEUU y Reino Unido tampoco se materializa:
la consolidación del proceso político interno, que ha
abierto, más mal que bien, su última fase tras las
elecciones de diciembre de 2005.
En estos comicios, llevados a cabo en un clima de guerra
abierta y sin supervisión internacional alguna, la lista
confesional chií Alianza Unida Iraquí (AUI), cuyos dos
principales integrantes son las formaciones Dawa y el
Consejo Supremo de la Revolución Islámica en Iraq
(CSRII), si bien no ha obtenido la
mayoría absoluta, sigue siendo la fuerza hegemónica en
las nuevas instituciones, tan solo contrapesada por el
bloque kurdo de la Alianza Patriótica del Kurdistán y el
Partido Democrático del Kurdistán, respectivamente
liderados por los hermanos enemigos Talabani —el
presidente del país— y Barzani —el presidente del región
autónoma kurda—. Ambas listas coinciden en su voluntad
federalista, consagrada en el borrador de Constitución
de agosto de 2005, que incluye de facto la
disolución del marco jurídico estatal e igualmente, por
imposición de la AUI, graves restricciones en libertades
y derechos civiles –muy particularmente en los relativo
a la mujer iraquí- al establecer la preeminencia legal
de la ley islámica.
De las 37 carteras
–incluida la de Interior- del nuevo Gobierno de
al-Maliki, 19 han ido a miembros de formaciones
confesionales chiíes muy vinculadas a Irán.
Sin embargo, incluso ya antes de iniciarse la invasión,
EEUU había otorgado a las formaciones del
confesionalismo político chií un papel en la gestión de
la ocupación de Iraq que inevitablemente abría —como así
ha sido— el país a la directa influencia iraní. Ocupado
Iraq, a fin de poder presentar en casa resultados
tangibles, el presidente Bush se empecinó en mantener el
calendario del proceso político, aún en contra de sus
tradicionales aliados opositores al régimen de Sadam
Husein.
El resultado inevitable ha sido convertir a las
formaciones confesionales proiraníes de la lista AUI en
fuerzas hegemónicas en las nuevas instituciones
iraquíes.
Esta situación es hoy
particularmente desasosegante para EEUU y Reino Unido:
sus principales interlocutores en Iraq mantienen
estrechos vínculos con Irán, quedando con ello cautivos
ambos Gobiernos del conjunto de la negociación de la
agenda iraní, concretamente de la resolución del
problema del desarrollo de su programa nuclear. Según
informaba un portavoz de la Casa Blanca el pasado 16 de
marzo, la Administración Bush había autorizado al
embajador estadounidense en Iraq, Zalmay Jalilzad, a
abrir un diálogo directo con Irán “sobre
cuestiones relacionadas con Iraq”. Sería así el primer
contacto oficial entre ambos países desde la crisis de
los rehenes de la embajada de EEUU en Teherán de 1979.
La idea parece haber surgido de Irán, pero quien la ha
formulado ha sido Abdul Aziz al-Hakim, máximo dirigente
del CSRII. La clave del proceso, si es que avanza en él,
se basaría en el complejo juego de intereses que afectan
a EEUU e Irán. Según narra el historiador y analista
Gareth Porter:
“El 4 de enero [de
2006], el periódico al-Hayat de Londres, citaba
fuentes iraníes e iraquíes que aseguraban que [el
embajador de EEUU en Bagdad] Jalilzad había enviado una
carta a Irán, a través de una delegación del ministerio
de Defensa iraquí, en la que proponía que los dos países
coordinaran su política sobre Iraq. Esto quiere decir
que la actual política diplomática estadounidense se
basa en que la Casa Blanca considera que todavía puede
coaccionar a los iraníes para cumplir sus órdenes en
Iraq. El Gobierno iraní, sin embargo, cree sin duda que,
debido a la gravedad de la situación en Iraq, dispone de
las mejores bazas en su negociación con EEUU a pesar de
las continuas amenazas militares estadounidenses.”
Como señalaba tras
este anuncio de negociaciones bilaterales un analista
iraní “[…] actualmente Irán está en una situación de
fuerza debido a que EEUU no logra un consenso en el
Consejo de Seguridad sobre el dossier nuclear iraní, lo
que podría dar pie a una negociación doble: sobre Iraq y
sobre la cuestión nuclear iraní”. Por el momento, es el
propio Irán quien se ha negado a iniciar el diálogo con
EEUU sobre Iraq, demostrando con ello su clara posición
de fuerza.
No ajeno a este
escenario, a la confrontación de estos tres años entre
la resistencia, de un lado, y los ocupantes y fuerzas
colaboracionistas, de otro, se ha superpuesto en los
últimos meses un nuevo fenómeno de violencia cuya lógica
y objetivos parecen atentar tanto contra la integridad y
convivencia comunitaria de Iraq, como contra la
pretensión de EEUU y Reino Unido de estabilizar la
situación interna a fin de poder disminuir su
implicación directa sobre el terreno. Nos referimos a la
emergencia de los escuadrones de la muerte, cuya
vinculación directa con el ministerio del Interior,
instancia dominada por el CSRII, es un secreto a voces.
Estos escuadrones de la muerte parapoliciales o de
milicias confesionales chiíes habrían sido responsables
del asesinato de más de 6.000 personas tan solo en el
área de Bagdad y en los primeros cinco meses de 2006.
Ciertamente, estos
primeros meses del año muestran claros indicios de que
los ocupantes están perdiendo igualmente el control
interno a favor de sus socios del campo
confesional chií, cuya fidelidad, por sus propios
orígenes e intereses, se orienta más hacia Teherán que
hacía Washington o Londres. Podría opinarse
legítimamente que la guerra sucia de los nuevos cuerpos
de seguridad iraquíes ha sido alentada por los ocupantes
(sería la denominada Opción El Salvador),
dado que cuando menos ayuda a éstos a aplastar a la
resistencia, habida cuenta que las víctimas selectivas
de los escuadrones de la muerte pertenecen a los
sectores secularizados
y anti-ocupación de la sociedad iraquí.
Pero sin que lo
anterior deje de ser cierto, la brutal irrupción de la
guerra sucia en Iraq constituye sobre todo un torpedo a
la línea de flotación del ya precario proyecto
anglo-estadounidense de estabilización de la situación
interna, ya que parece abocar al país a su violenta
partición territorial sectaria: ciertamente la actuación
más brutal e indiscriminada de los escuadrones de la
muerte está teniendo como objetivo el desalojo de la
población sunní del perímetro meridional de Bagdad y de
las provincias de las zonas centro-sur y sur del país,
ya abierto proceso de limpieza étnica destinado a
crear un área pura confesional chií directamente
vinculada a Irán, a semejanza de la kurda en el norte,
estratégicamente asociada a Israel. Es innecesario
recordar que en una y otra se sitúan las zonas de
explotación petrolífera de Iraq.
Por todo ello, el
apoyo comprometido a la resistencia civil y militar
iraquí ya no es solo un deber internacionalista derivado
de que ésta expresa la legitimidad de la lucha del
pueblo iraquí contra la ocupación extranjera de su país,
sino por que aquélla representa la única alternativa
frente al afianzamiento y triunfo en Iraq -y ya en el
conjunto de Oriente Medio- de corrientes regresivas,
sectarias o confesionales, que por ende encuentran en el
Estado de Israel su modelo especular.
*
Carlos Varea es coordinador de la Campaña Estatal contra
la Ocupación y por la Soberanía de Iraq
(www.iraqsolidaridad.org). Este texto es su ponencia
presentada al IV Encuentro de Red de Redes “En Defensa
de la Humanidad”, celebrado en el Estado de Anzoátegui,
Venezuela, del 4 al 6 de junio de 2006.
En el Comité Ejecutivo de esta institución se
encuentran figuras de círculos de poder político
y económico tan notorias como George Soros y
Emma Bonino; sus dos copresidentes son Leslie H.
Gelb, ex presidente del Consejo de Relaciones
Exteriores de EEUU, y el británico Christophen
Patten, ex comisionado europeo de Relaciones
Exteriores.
The Washington Post, 19 de marzo de 2005.
Respecto a los ocupantes británicos, en una
reciente carta, el ministro británico de
Defensa, John Reed, reconocía que el número
oficial de bajas en Iraq, al menos en lo que a
heridos evacuados se refiere, ha sido rebajada,
al limitarse los datos aportados públicamente a
los militares heridos en combate evacuados del
Hospital de Campaña británico de Shaibah, en
Basora, 230 desde el inicio de ocupación. El
ministro reconoce que, teniendo en cuenta los
datos de evacuación desde otras unidades
militares británicas, entre febrero de 2003 y
diciembre de 2005 "[...] unos 4.000 militares y
personal civil" de Reino Unido habrían sido
evacuados de Iraq tras haberse sido heridos en
ataques de la resistencia.
Amir Oren en Ha'aretz, 12 de noviembre,
2005. Fuentes israelíes desvelaban el 27 de
febrero de 2006 que Israel viene suministrando
armamento sofisticado de láser a EEUU para sus
operaciones militares en Iraq desde "hace mucho
tiempo atrás". La filtración fue efectuada por
responsables de la empresa militar israelí
Rafael. Recogido de prensa israelí en
al-Quds al-Arabi, 28 de febrero, de 2006.
UPI, 1 de enero, 2006. El Pentágono
reconoce "centenares de misiones" en las que
está empleando el nuevo avión Predator y
los habituales F-16 y F-15 de la
Fuerza Aérea (principalmente con base en Balad,
al norte de Bagdad), y los F-16 de los
navíos de la Armada situados en el Golfo (además
de sus misiles) y de la base del Cuerpo de
Marines de al-Asad, en al-Anbar. En algunos de
estos ataques se habría ya usado, en apoyo a
operaciones de combate terrestre, la nueva bomba
de 500 toneladas guiada por láser GBU-38.
En la primera semana de marzo, la agencia AP ha
informado en la primera semana de marzo del
traslado secreto a bases en Iraq de los
mortíferos aviones de ataque aéreo AC-130
Spectre, que no operaban desde el asalto a
Faluya de noviembre de 2004.
En
“Bush Seeks His Enemies' Help in Iraq”,
IPS News, 16 de enero de 2006
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