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Hace unos
pocos años y de ese modo gratuito en que se viven las
pesadillas, me vi entrando al monumental templo del
Valle de los Caídos, durante un otoño madrileño.
En realidad éramos
una pequeña excursión de latinoamericanos que deseábamos
visitar El Escorial y Toledo, pero la agencia turística
incluyó de manera obligatoria aquella escala previa.
Alguien me había deslizado ya al oído: «Lo hacen porque
ya nadie quiere venir y tratan de promoverlo como sea».
No hay que olvidar que vivíamos en los días fúnebres de
Aznar. Ciertamente aquello era la imagen de la soledad,
de una soledad ominosa y envenenada. Aquel templo
excavado en la roca, al precio de demasiadas vidas,
tenía, si acaso, la horrible majestuosidad de las
cámaras funerarias egipcias.
¿Cómo era posible que
en cada uno de los altares se honrara a los santos
patronos de las armas españolas, en franco olvido de
aquella frase del Maestro: «todos los que tomaren
espada, a espada perecerán»? ¿Cómo podían pedir perdón
al cielo en aquella capilla expiatoria, dando al olvido
los miles de fusilados, exiliados, silenciados, la razón
perseguida, los hogares deshechos? Para colmo, alguien
había querido aliviar el mortuorio color pardo de
aquellos muros, colocando a tramos unos tapices
flamencos de la época de Felipe II que representaban
nada menos que las plagas que vendrían sobre el mundo en
el Apocalipsis: la lluvia de sangre, la hambruna,
la degollación de los justos.
Justo eso había sido
la Guerra civil. Entonces descubrí una gota de agua que
caía con irritante continuidad desde el techo al centro
de la nave. Habían procurado reducir su efecto con un
tosco balde que ya iba siendo devorado por el óxido. Los
que intentaban perpetuar aquel monumento al rencor y a
la muerte, nada podían hacer para contener una gota de
agua, rebelde, desafiante, que todo lo horadaba. Nunca
me pareció una gota de agua más elocuente: la España
honda, natural y entrañable, con su secreto manar desde
las raíces de la roca, iba ganando la partida a la
«España que pasó y no ha sido»2 de que nos
hablara Antonio Machado.
Siempre me ha
complacido pensar que, en contra de toda apariencia,
cuando triunfó la sublevación franquista, la República
no murió, simplemente se hizo transparente y se la
llevaron en brazos los intelectuales por el mundo, donde
mejor luz pudiera dar. Hay derrotas que son grandes
triunfos. Baste con pensar en la última agonía de
Unamuno, cercada su habitación por los bárbaros que él
desmintiera en el Aula Magna salmantina cuando dieron
vivas a la muerte. Aquel vasco, erudito, polémico y
tozudo, que había sido un fuerte crítico de la
República, sabía sin embargo el peligro de aquellos
esperpentos goyescos y quiso morir como había vivido, en
agonía, para que jamás faltaran la razón y la poesía de
su patria. Mientras tanto, Antonio Machado cruzaba la
frontera con Francia, helado dentro de su viejo
chaquetón, marcado ya por un morirse que era nostalgia
de su infantil Sevilla y su eterna Soria, mientras
murmuraba los versos terribles: «La guerra dio al amor
el tajo fuerte./ Y es la total angustia de la muerte,/
con la sombra infecunda de la llama»3.
El régimen del
Caudillo que privilegió en sus ejecuciones a los
maestros, quiso para su Patria fingida una cultura de la
vacuidad: se fabricó una España de glorias coloniales,
con el fanatismo de los Reyes Católicos y un Quijote
leído en clave reaccionaria —¿cómo lo pudieron lograr,
desheredado Cervantes? Se multiplicaron los pintores de
manzanilla, panderetas y chulapas, los filmes cortados a
la medida de las cupletistas —¿quién no recuerda
Nobleza baturra o Violetas imperiales? El
rancio clasicismo de José María Pemán hizo academia. Mas
la herencia de la España viva estaba a salvo. Ser un
defensor de la República, a partir de 1937, era una
actitud de vanguardia, que se resistía a cualquier
clasificación estrecha —comunista, anarquista, liberal,
católico. Era ser antifascista, humanista, universal. La
defensa de la España nueva preparó los Frentes unidos de
la Guerra mundial que se avecinaba, sustrajo a lo mejor
de la intelectualidad de ciertas capillas dogmáticas y
alentó mucha de la mejor creación artística de esos
años, a la vez que hizo más lúcida la reflexión
política.
Lo más valioso de
este movimiento fue su pluralidad. En París, Picasso
encuentra su verdad entre los caballos desventrados de
Guernica, como el otro Pablo, el excepcional
cellista Casals, que se niega a tocar en su patria
mientras viva el tirano, invita a sus amigos del mundo a
la localidad francesa de Prades para hacer música de
cámara, y en aquellos festivales había una gran verdad:
tocar una sonata de Beethoven o un cuarteto de Schubert
con dignidad puede hacer caer las estrellas del cielo.
Mas fue en los poetas
en quienes encarnó con más fuerza el símbolo de la
resistencia. Es lógico que en primer término pensemos en
Federico García Lorca, ese que, vivo, fue el
plenipotenciario por excelencia de la cultura de su
tierra, el que dio voz a los más grandes silenciados: al
gitano, a la mujer, al niño y cuando quisieron
silenciario a él mismo en una fosa común, se convirtió
en el mayor símbolo de la resistencia ibérica, como lo
vio mi coterráneo Nicolás Guillén en ese tributo
desesperado que es España: un poema en cuatro
angustias y una esperanza, el poeta asesinado se
alza de su tumba anónima para marchar con los suyos:
Alzóse Federico,
en luz bañado.
Federico, Granada
y Primavera.
Y con luna y
clavel y nardo y cera,
Los siguió por el
monte perfumado.4
La voz del cantor del
Romancero iba a multiplicarse en muchos poetas,
en muchas poéticas, de talante diverso, de cuna
distinta, pero siempre con esa clarísima resistencia del
arte que saca a la luz de las plazas las maquinaciones
de los poderes torcidos y cura con el cauterio de la luz
las llagas que pone la sombra: voces de Luis Cernuda y
de Manuel Altolaguirre, de Emilio Prados, de Rafael
Alberti y de León Felipe. Mas no era, siquiera, un
asunto de españoles, los grandes de la palabra eran
delegados de la República en el mundo. Especialmente las
voces de América, aquellas que sustraídas de la
hispanidad colonizada, descubrían lo español eterno,
¿cómo explicar si no que el más grande de los libros
sobre la Guerra Civil no lo firmara alguien nacido en
Aragón, ni en las Vascongadas, sino en el Perú de los
indígenas, que fuera el cholo César Vallejo, quien
concibiera España, aparta de mí este cáliz y
dejara a favor de los republicanos estas páginas, más
poderosas que dos escuadrones de voluntarios?
Los mendigos pelean
por España,
Mendigando en París,
en Roma, en Praga
y refrendando así,
con mano gótica, rogante,
los pies de los
Apóstoles, en Londres, en New York, en Méjico.
Los pordioseros
luchan suplicando infernalmente
a Dios por Santander,
la lid en que ya
nadie es derrotado.
Al sufrimiento
antiguo
danse, encarnízanse
en llorar plomo social
al pie del individuo,
y atacan a gemidos,
los mendigos,
matando con tan solo
ser mendigos.5
Cuba, como México o
la propia Venezuela, estuvo entre las tierras americanas
que acogieron a los intelectuales del éxodo. Acá, a la
isla del Caribe, llegó Juan Ramón Jiménez en noviembre
de 1936. Con todas sus fuerzas había procurado cumplir
en Estados Unidos la misión que le diera el presidente
Azaña: en vano pidió al gobierno de Washington que
mediara para impedir la agresión a la República,
inútilmente alertó a los reporteros y a los políticos de
la proximidad de una guerra mundial. Simplemente los
medios de comunicación lo ignoraron. Y aquel hombre al
que muchos colegas acusaban de áspero y egoísta, el
hipersensible que necesitaba escribir en el mayor
aislamiento, volcó sus energías en pro de la verdad y la
cultura. En La Habana replicó al director del Diario
de la Marina con motivo de la publicación de un
artículo de Manuel Aznar, en que se le cuenta entre los
«fugitivos de la España roja» para descalificarlo. Allí
declara con ese modo tajante tan suyo: «Me interesa
añadir que mi amor por el auténtico pueblo español, por
la auténtica democracia española, sigue en el mismo
punto en que siempre estuvo. Yo he sido siempre
libremente leal a la democracia y a mí mismo, y respeto,
hoy como siempre también, toda verdadera lealtad»6.
Entrevistado por Eduardo Chibás en mayo de 1937 para la
revista Bohemia declaró con equilibrio y energía
parejos:
«Yo lamento
profundamente muchas cosas que han ocurrido en la España
republicana, cosas que en ninguna gran catástrofe
natural o social es posible evitar, pero estoy siempre
en mi mismo sitio y no porque hayan ocurrido tales cosas
de una parte, voy a pasarme a la otra, donde han
ocurrido las mismas o peores cosas.
«Siempre estaré
conmigo y con la democracia, con los demócratas dignos,
con el pueblo español y con mi trabajo material y
espiritual.
La guerra de España
ha dejado de ser una guerra civil para convertirse una
guerra de independencia.
«Por eso los
combatientes no deben ser clasificados, atendiendo a sus
ideologías, como ‘rojos’ o fascistas. Entiendo que,
ahora, sería más correcto clasificarlos atendiendo a su
patriotismo, a su reacción frente a la invasión
extranjera, como leales o desleales a España».7
Hablaba el mismo que
había organizado el Festival de la poesía cubana y la
antología La poesía cubana en 1936, aquel que en
su conferencia «El trabajo gustoso» abogara por el
«comunismo poético»:
«El comunismo ideal,
el ‘comunismo poético’, que es el que yo pienso y sueño,
sería aquel en que todos, iguales en principio,
trabajásemos en nuestra vida, con nuestra vida y por
nuestra vida, por deber conciente, cada uno en su
vocación, ‘en lo que le gustara’, y, entiéndase bien,
con el ritmo conveniente y necesario a este gusto. (...)
Trabajar a gusto es armonía física y moral, es poesía
libre, es paz ambiente. Fusión, armonía, unidad, poesía:
resumen de la paz. La vida debe ser común y lo común
altificado por el trabajo poético. El gusto por el
trabajo propio trae el respeto, gustoso también, por el
gustoso trabajo ajeno».8
Es esa grandeza
espiritual de Juan Ramón la que lo hace descubrir y
aquilatar a José Martí en una página memorable: «Quijote
cubano, compendia lo espiritual eterno, y lo ideal
español. (...) Héroe más que ninguno de la vida y la
muerte ya que defendía ‘esquisitamente’, con su vida
superior de poeta que se inmolaba, su tierra, su mujer y
su pueblo. La bala que lo mató era para él, quién lo
duda y ‘por eso’»9. Así mismo, hay una página
en su Diario poético para homenajear a Pablo de
la Torriente Brau «que deja una hirviente paz y su
patria viva para morir con el corazón en la mano, por el
mundo que sueña, en otra»10. Allí reconoce el
poeta su verdadero linaje y puede asegurar sin falsos
rubores: «Yo, como español del mundo que él soñaba, me
inclino ante el ejemplo jeneroso de su muerte»11.
Cuentan que asistía
siempre a las reuniones de los emigrados en defensa de
la República y que, aunque nunca levantaba su voz en
ellas, jamás faltaba ni les restaba su adhesión. A la
vez, con vocación de misionero, entregaba lo mejor de
las esencias españolas, en sus diarios, en sus
conferencias, en las revistas en que iba volcando la
exuberancia de su voluntad poética. Cuba le debe el
aliento que diera a Lezama y a Cintio Vitier para lo que
sería la era de Orígenes. Juan Ramón no era
hombre de tribunas, pero tenía un altísimo sentido de la
responsabilidad intelectual y en esa poesía que siempre
hay la tentación de llamar «pura» están la libertad y la
vida de quien no se contenta con menos que la verdad y
la belleza limpias, como nos dice en su «Paraíso»: «Y en
la frontera de las dos verdades,/ exaltando su última
verdad,/ el chopo de oro contra el pino verde,/ síntesis
del destino fiel, nos dice/ que más bello que ser es
haber sido»12.
Deploró en algún
momento el escritor el que la Guerra hubiera puesto de
moda, en la publicaciones de uno y otro bando «cierta
poesía geográfica, arcaizante, casticista, de tópico
nacional y por lo tanto falsamente nacionalista»13,
frente a esa superficialidad vino a recordamos «que no
somos hijos de la tierra sólo sino del universo, que
nuestra ansia de poetas es de nuestro verdadero centro,
de nuestra completa integración, de nuestra
metamorfoseada conciencia, de nuestra secreta vida
inmortal»14.
Por estas rutas llega
el poeta a su propia mística, a la audacia de descubrir
al fondo de su escritura a un Dios diferente, justo el
contrario de aquel que decían honrar en el Valle de los
Caídos, transparente como aquella agua revolucionaria
que reclamaba el lugar de la naturaleza en aquella
sierra herida:
Eres la gracia libre,
la gloria del gustar,
la eterna simpatía,
el gozo del temblor,
la luminaria
del clariver, el
fondo del amor,
el horizonte que no
quita nada;
la trasparencia,
dios, la trasparencia,
el uno al fin, dios
ahora sólito en lo uno mío,
en el mundo que yo
por ti y para ti he creado.15
Imposible hacer de
Juan Ramón un adalid guerrero o un santito. Sus
contemporáneos conocieron sus hosquedades, su lengua
afilada, lista para replicar con creces a cualquier
cominería, agudo y a veces un poco cruel, como un
personaje del Greco, pero dueño de una hombría a prueba
de todo: de pérdidas, de soledades, de olvidos. Aceptó
sin una queja la pérdida de los manuscritos y las obras
de arte que coleccionara en su apartamento de Madrid,
tanto como el que sus ojos no volvieran a contemplar el
cielo de Moguer, su ética terquedad lo libró de
cualquier capitulación: cuando le otorgaron el Nobel no
vio en ello una oportunidad para congraciarse con la
España oficialista, más aún, dejó despavoridos a los
diplomáticos cuando declaró que antes que él debía
haberlo recibido Federico y Miguel Hernández. Murió en
un hospital de Puerto Rico, contemplando una pared
blanca, él que era dueño de horizontes inmensos. No
hacía mucho había escrito:
La cruz del sur me
está velando
en mi inocencia
última,
en mi volver al
niñodios que yo fui un día
en mi Moguer de
España.
y abajo, muy debajo
de mí, en tierra subidísima,
que llega a mi
exactísimo ahondar,
una madre callada de
boca me sustenta,
como me sustentó en
su falda viva,
cuando yo remontaba
mis cometas blancas;
y siente ya conmigo
todas las estrellas
de la redonda, plena
eternidad nocturna.16
Guerreros así no
pueden ser derrotados. Ni siquiera por la mole
propagandística del Valle de los Caídos, que fue
fruto no sólo de una religión burdamente manipulada,
sino también de una política cultural forjada con la
obsesión de Felipe II: poner juntos el trono, el altar,
la biblioteca y el pudridero. Cuando hirieron la sierra
castellana fue para alzar otro Escorial, aún más
anacrónico, en cuyo frontis debieron escribir la
tremenda pregunta que hace Dios a Caín en el Génesis:
«¿Dónde está tu hermano?»17
Aquella mañana de
otoño, salí de aquel lugar lleno de angustia, el frío
castellano me punzaba sin miramientos, recordé entonces
las palabras de José Martí:
«Las instituciones
viejas acaparan las armaduras oxidadas de los museos
reales, las carrozas carcomidas de Juana la Loca y
Carlos II, las estatuas de piedra de los monarcas
góticos, los atriles gigantescos que sustentan en
bordado espaldar de bronce misales corpulentos, en cuyas
páginas de rugoso pergamino dibujaron letras negras y
rojas los monjes demacrados y sombríos de Zurbarán y
Ribera; y con todas esas históricas riquezas alzan
barricada a la cohorte batalladora de la época».18
Sí, diría yo, más de
un siglo después: los mendigos seguimos peleando por
España, la de Juan Ramón y Vallejo, en Madrid, en
Bagdad, aquí en Venezuela, con la misma furia de esa
gota que horadaba la piedra y hasta las últimas
consecuencias.
*
Poeta. Sociólogo. Doctor en Arte. Miembro
correspondiente de la Academia Cubana de la Lengua.
NOTAS
1 Mt
26,52
2
Antonio Machado: «Del pasado efímero». En: Poesías
completas, La Habana, Editorial Arte y Literatura,
1975, p.229.
3 AM: «Sonetos»(V). En: Poesías
completas,p.382.
4 Nicolás Guillén: «Momento en García Lorca», de
España: un poema en cuatro angustias y una esperanza.
En: Poesía mayor, La Habana, Ediciones
Huracán, Instituto del Libro, ] 969, p.89.
5 César Vallejo: «Los mendigos pelean por España» de
España, aparta de mí este cáliz. En: Obra poética
completa. La Habana, Colección Literatura
Latinoamericana, Casa de las Américas, 1975, p.285.
6 Juan Ramón Jiménez: «A Diario de la Marina».
En: Juan Ramón Jiménez en Cuba. Compilación de
Cintio Vitier. La Habana, Editorial Arte y Literatura,]
98], p.52.
7 «Una entrevista con Juan Ramón Jiménez». En: Juan
Ramón Jiménez en Cuba, p. ] 4].
8 JRJ: «El trabajo gustoso» citado en Prólogo a Juan
Ramón Jiménez en Cuba, p.] ].
9 JRJ: «José Martí». En: Juan Ramón Jiménez en Cuba,
p.33.
10 JRJ: «Con Pablo de la Torriente Brau». Juan Ramón
Jiménez en Cuba, p.101.
11 Ibidem.
12 JRJ: «Paraíso». En: Juan Ramón Jiménez en Cuba,
p. 33.
13 JRJ: «Poesía perenne». En: Juan Ramón Jiménez en
Cuba, p.]2 I.
14 Ibidem.
15 JRJ: «La trasparencia, Dios, la trasparencia» de
Animal deJondo. En: Pájinas
escogidas
(Verso
).Madrid, Editorial Gredos, ] 958, p.2] 1.
16 JRJ: «Con la Cruz del Sur» de Animal deJondo.
En: Pájinas escogidas (Verso), p. 213.
17 Gen 4 9
18 José Martí: Escenas europeas (33). En:
Obras completas, La Habana, Editorial de Ciencias
Sociales,
1975,
tomo 14, p.264. |