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Para
llegar a América los poetas que integraran la plata
simbólica u otro siglo de oro de toda una promoción
envían una voz inicial que quedará entre nosotros para
siempre. No hay que buscarla. Está, porque es. En el
marco de este jubileo contra la muerte. Quisiéramos
traer a los poetas de la llamada generación del 27 y a
Federico García Lorca en primer lugar para que nos
mantengan abiertas las puertas de entrada. “Alzad oh
puertas vuestras cabezas y entrará el rey de gloria...
¿Quién es este rey de gloria?.”
Así
dicen las sagradas escrituras que tantas veces nos
permitimos reconstruir y hasta parodiar, leer al revés.
Pues aquí el rey de gloria es el verso. Y Federico
García Lorca vino a nuestra América en su verso y con su
verso. Pero no vino solo. No está solo. Nunca
permanecerá solo. Era coro adelantado para nosotros en
la poesía del granadino. “Muchas eran, y muchas veces
nueve / aladas musas.” Le había susurrado al oído Don
Luis de Góngora. Porque en 1930 ya se habían agrupado
alrededor de una celebración secular del autor de las
Soledades y estaban hechos, bellos y diferentes, para
variar la poesía de la península ibérica e instalarse a
su vez en el nuevo mundo que los recibía. Avanzadilla
que anunciaba el alba. Y se acercaban, nos dice Federico
acotando al racionero de Córdoba (“Y que graciosa manera
de decir que los había de muchas especies.”), “con
metros inciertos sí, pero suaves,/ en idiomas cantan
diferentes.”
Ya
está en La Habana, ya conoce el “arpa de troncos vivos”
y está seguro de su ámbito poético. Sus pariguales están
preparados o en vías de alcanzar el dominio pleno del
panteón del idioma y el verso. Rubén Darío lo hermanará
con Pablo Neruda algo más tarde...
Federico García Lorca y Pablo Neruda y su discurso al
Alimón sobre
Rubén
Darío
N.―
Señoras...
L.―
y Señores: Existe en la fiesta de los toros una suerte
llamada “toreo al alimón” en que dos toreros hurtan su
cuerpo al toro cogidos de la misma capa.
N. ―
Federico y yo, amarrados por un alambre eléctrico, vamos
a parear y a responder esta recepción muy decisiva.
L.―
Es costumbre en estas reuniones que los poetas muestren
su palabra viva, plata o madera, y saluden con su voz
propia a sus compañeros y amigos.
N.―
Pero nosotros vamos a establecer entre vosotros un
muerto, un comensal viudo, oscuro en las tinieblas de
una muerte más grande que otras muertes, viudo de la
vida, de quien fuera en su hora marido deslumbrante. Nos
vamos a esconder bajo su sombra ardiendo, vamos a
repetir su nombre hasta que su poder salte del olvido.
L.―
Nosotros vamos, después de enviar nuestro abrazo con
ternura de pingüino al delicado poeta Amado Villar,
vamos a lanzar un gran nombre sobre el mantel, en la
seguridad de que se han de romper las copas, han de
saltar los tenedores, buscando el ojo que ellos ansían,
y un golpe de mar ha de manchar los manteles. Nosotros
vamos a nombrar al poeta de América y de España:
Rubén...
N.―
Darío. Porque, señoras...
L.― y
señores...
N.―
¿Dónde está, en Buenos Aires, la plaza de Rubén Darío?
L.―
¿Dónde está la estatua de Rubén Darío?
N.―
Él amaba los parques. ¿Dónde está el parque Rubén Darío?
L.―
¿Dónde está la tienda de rosas de Rubén Darío?
N.―
¿Dónde está el manzano y las manzanas de Rubén Darío?
L.―
¿Dónde está la mano cortada de Rubén Darío?
N.―
¿Dónde está el aceite, la resina, el cisne de Rubén
Darío?
L.―
Rubén Darío duerme en su “Nicaragua natal” bajo su
espantoso león de marmolina, como esos leones que los
ricos ponen en los portales de sus casas.
N.―
Un león de botica, a él, fundador de leones, un león sin
estrellas a quien dedicaba estrellas.
L.―
Dió el rumor de la selva con un adjetivo, y como Fray
Luis de Granada, jefe de idioma, hizo signos estelares
con el limón, y la pata de ciervo, y los moluscos llenos
de terror e infinito; nos puso al mar con fragatas y
sombras en las niñas de nuestros ojos y construyó un
enorme paseo de Gin sobre la tarde más gris que ha
tenido el cielo, y saludó de tú a tú el ábrego oscuro,
todo pecho, como un poeta romántico, y puso de la mano
el capitel corintio con una duda irónica y triste, de
todas las épocas.
N.―
Merece su nombre rojo recordarlo en sus direcciones
esenciales con sus terribles dolores del corazón, su
incertidumbre incandescente, su descenso a los
hospitales del infierno, su subida a los castillos de la
fama, sus atributos de poeta grande, desde entonces y
para siempre e imprescindible.
L.―
Como poeta español, enseñó en España a los viejos
maestros y a los niños, con un sentido de universalidad
y de generosidad que hace falta en los poetas actuales.
Enseñó a Valle-Inclán y a Juan Ramón Jiménez, y a los
hermanos Machado, y su voz fue agua y salitre, en el
surco del venerable idioma. Desde Rodrigo Caro a los
Argensolas o don Juan Arguijo no había tenido el español
fiesta de palabras, choques de consonantes, luces y
forma como en Rubén Darío. Desde el paisaje de Velázquez
y la hoguera de Goya y desde la melancolía de Quevedo al
culto color manzana de las payesas mallorquinas, Darío
paseó la tierra de España como su propia tierra.
N.―
Lo trajo a Chile una marea, el mar caliente del Norte, y
lo dejó allí el mar, abandonado en costa dura y dentada,
y el océano lo goleaba con espumas y campanas, y el
viento negro de Valparaíso lo llenaba de sal sonora.
Hagamos esta noche su estatua con el aire, atravesada
por el humo y la voz y las circunstancias, y por la
vida, como esta su poética magnífica, atravesada por
sueños y sonidos.
L.―
Pero sobre esta estatua de aire yo quiero poner su
sangre como un ramo de coral, agitado por la marea, sus
nervios idénticos a la fotografía de un grupo de rayos,
su cabeza de minotauro, donde la nieve gongorina es
pintada por un vuelo de colibrís, sus ojos vagos y
ausentes de millonario de lágrimas, y también sus
defectos. Las estanterías comidas ya por los jaramagos,
donde suenan vacíos de flauta, las botellas de coñac de
su dramática embriaguez, y su mal gusto encantador, y
sus ripios descarados que llenan de humanidad la
muchedumbre de sus versos. Fuera de normas, formas y
escuelas queda en pie la fecunda sustancia de su gran
poesía.
N.―
Federico García Lorca, español, y yo, chileno,
declinamos la responsabilidad de esta noche de
camaradas, hacia esa gran sombra que cantó más altamente
que nosotros, y saludó con voz inusitada a la tierra
argentina que pisamos.
L.―
Pablo Neruda, chileno, y yo, español, coincidimos en el
idioma y en el gran poeta nicaragüense, argentino,
chileno y español, Rubén Darío.
N. y
L.― Por cuyo homenaje y gloria levantamos nuestro vaso.―
El
Sol, 1934.
... y
Alfonso Reyes, César Vallejo, Vicente Huidobro, Raúl
González Tuñón, José Gorostiza, Nicolás Guillén, Carlos
Pellicer, Jaime Torre Bodet, Octavio Paz, Jorge
Zalamea, Andrés Eloy Blanco, Miguel Otero Silva, Dulce
María Loynaz y tantos otros; todos lo esperan.
“¿Quién oyó? / ¿Quién oyó? / ¿Quién ha
visto lo que yo?”
En
esta fecha de atroz aniversario he querido abrir una
conversación-recordatorio, memoria y sorpresa preparada
al lezámico modo, con la alegría de la poesía de Lorca y
sus amigos para asegurarnos de su presencia entre
nosotros. Si ya en esta alborada de la estación florida
del año, que enunciara el propio Góngora, Federico llega
a Cuba, desde antes sus versos iban de un lado a otro
confín de la lengua y se repetían con deslumbrante
encantamiento. Y el propio José Lezama Lima, quien muy
joven lo escuchara en La Habana lo evoca así: “La
seguridad de su voz en el recitado, le prestaba un
gracioso énfasis, un leve subrayado. La voz entonces se
agrandaba, abría los ojos con una desmesura muy
mesurada, y su mano derecha esbozaba el gesto de quien
reteniendo una gorgona, la soltase de pronto. El
recuerdo de los cantaores estaba no sólo en el grave
entorno de su voz, sino en la convergencia del gesto y
del aliento en todo su cuerpo, que parecía entonces dar
un incontrastable paso al frente. Recuerdo aún desde mi
adolescencia, los acentos con los que evocó la muerte de
Góngora, y al final de los versos de Cervantes al
cordobés, como iba dejando caer, en una mezcla de cobre
y arena, que eran tan de su gusto, “aquel agradable,
aquel bienquisto, aquel sonoro y grave”, rayando las
palabras, convirtiéndolas en una llave para reavivar las
cenizas del gran racionero.”
Como
sabemos que así terminó Federico aquella charla o
conferencia u oración lírica titulada “La imagen poética
de Don Luis de Góngora”, en La Habana, en el Teatro
Principal de la Comedia, el día 19 de marzo de 1930;
quiero repetir, a sabiendas de lo imposible del empeño,
las líneas finales del poeta, rememorar la voz del
poeta, asirme al recuerdo del poeta. Góngora, Cervantes,
Lorca, Lezama. Perdonen mi osadía. Pero la palabra
manda.
“En aquel
agradable, aquel bienquisto,
aquel agudo,
aquel sonoro y grave
sobre cuantos
poetas Febo ha visto.”
Por
eso habíamos amañado la primera cita gongorina, también
rememorada por Lezama, que ahora reitero. “¿Quién oyó?
/ ¿Quién oyó? / ¿Quién ha visto lo que yo?”.
Vio
desde entonces y con la compañía de Nicolás Guillén “la
vida color de ron” a través del silencio de un vaso
mediado del preciado y antillano líquido, en una casa
humilde de un barrio popular habanero. Tal vez arropado
en la mirada del poeta Emilio Ballagas y del pintor
Carlos Enríquez.
El
camino está abierto. Rafael Alberti, Gerardo Diego,
Pedro Salinas, Jorge Guillén, Dámaso Alonso, Vicente
Aleixandre, Luis Cernuda, Emilio Prados, Manuel
Altolaguirre. Significantes poetas de esa generación,
quienes de una forma u otra se instalan en América.
Algunos en presencia final mexicana.
Luego vendría la muerte, el crimen, el asesinato. “Que
fue en Granada el crimen, sabed pobre Granada, en su
Granada.”
Cien
años, la primera secularidad de su muerte, el inicio de
la guerra incivil. Millón de muertos. Contienda que casi
se inaugura en la infamia contra Federico García Lorca,
contra la poesía, contra la vida.
Pero
todo ello llega ahora de lejos, vencedor de la muerte,
como aquel príncipe retórico de Rubén Darío, para
permitirnos estas frases, pobres tal vez, pero
impulsadas por el ejemplo de dignidad que la palabra
poética impuso a estos fieles servidores de la cultura.
Diego Hurtado de Mendoza nos da una posible solución del
enigma que intentamos adivinar en Lorca y su generación.
Tanto para nosotros en nuestra América martiana y
poética y para España que nos brindó el idioma, como
para la patria mayor de la poesía.
“Aquel árbol que mueve sus hojas /
algo se le antoja.”
Era
obligado llegar a la muerte, porque en Federico siempre
estuvo presente y, como dijéramos antes, fue el primero
de su generación en ser arrebatado por las furias
malvadas de sus enemigos. La guerra que no perdona y va
a terminar por medio de la enfermedad, la ignorancia, la
negación y el hambre con el tal vez más joven de los
poetas que pudieran integrar esta deslumbrante
generación. Miguel Hernández. Quien entre Pablo Neruda y
Vicente Aleixandre tomara sitio en la tierra, según nos
había dejado dicho.
Este
grupo de poetas, rodeados y en contacto con pintores,
músicos, narradores, científicos y toreros, deja para
todos nosotros la plenitud de su obra que todavía se
discute con apasionado interés en el espacio y el tiempo
de la cultura.
Luego de cerrar con la muerte que los une en la guerra y
los proyecta a la paz anhelada, detengámonos algo en
cada uno de ellos, conscientes de que estamos
limitándonos a un círculo reducido que consideramos la
generación del 27, lo cual no borra a otros creadores
más o menos coetáneos que acompañaron temporalmente a
nuestros escogidos.
Jorge Guillén, tan comedido, no puede traicionar su
inteligente y lúcida admiración cuando exclama: “Lo sabe
todo el mundo, es decir, en esta ocasión el mundo
entero: Federico García Lorca fue una criatura
extraordinaria. “Criatura” significa esta vez más que
“hombre”. Porque Federico nos ponía en contacto con la
Creación, con ese conjunto de fondo en que se mantienen
las fuerzas fecundas, y aquel hombre era ante todo
manantial, arranque fresquísimo de manantial, una
transparencia de origen entre los orígenes del universo,
tan recién creado y tan antiguo. Junto al poeta - y no
sólo en su poesía- se respiraba un aura que él
iluminaba con su propia luz. Entonces no hacía frío de
invierno ni calor de verano: “Hacía Federico.”
Una
vez, y tan temprano como en el año 1926, el mismo Jorge
Guillén al presentarlo en el Ateneo de Valladolid
señala: “Yo debo decir, yo no he venido aquí sino a
decir con la más tranquila y sencilla seguridad:
Federico García Lorca, este gran amigo –que enseguida
será el amigo de ustedes todos- es un gran poeta;
enseguida lo será para todos ustedes. Porque, cuidado,
que todos serán, que todos seremos suyos, en cuanto
rompa a cantar. Yo empiezo por prevenirles. Oír a Lorca
y rendirse a su poesía es todo uno. Lorca se impone
necesariamente con esa fuerza inmediata y simplísima de
la evidencia. Por eso, una predicción de este calibre,
que en situaciones normales implicaría un gran riesgo y
una gran arrogancia, esta vez no implica arrogancia ni
riesgo algunos. La situación, ahora y aquí, no es
normal, quiero decir, a nivel de la tensión media de
nuestra vida. Pero, en sentido estricto, nada más
normal, nada más ejemplar y más sano que esta manera de
ser un gran poeta. Porque de eso se trata: de ver y oír
nada menos que a todo un poeta. No, no se asusten
ustedes. Es una especie de fiera, de fenómeno sí, pero
un fenómeno de seducción irresistible.”
Cuando Vicente Aleixandre le escucha leer los Sonetos
del amor oscuro exclama “Federico, ¡qué corazón!
¡Cuánto ha tenido que amar, cuánto que sufrir!...” Y
Federico lo miró y se sonríe como un niño. Poco después
partiría hacia Granada, hacia la muerte, donde “tigres
del tamaño del odio “ lo asesinarían. Esos tigres del
tamaño del odio que tan bien conocía el poeta
Aleixandre.
Fue
la hora mala de Federico o mejor la hora malvada de sus
matadores.
Pero
el propio Federico había suplicado u ordenado(Entre las
seguiriyas gitanas)
“Cuando yo me muera
mira que te
encargo...”
Si muero,
Dejad el balcón
abierto.”
Pero
el mismo Aleixandre en Sombras del paraíso
incluiría el poema “El poeta”, donde leemos “Sí, poeta:
el amor y el dolor son tu reino. / Carne mortal la tuya,
que, arrebatada por el espíritu, / arde en la noche o se
eleva en el mediodía poderoso, / inmensa lengua
profética que lamiendo los cielos / ilumina palabras que
dan muerte a los hombres.”
Pedro Salinas afirma que “a Federico se le sentía venir
mucho antes que llegara; le anunciaban impalpables
correos, avisos, como de diligencias en su tierra,
cascabeles por el aire. Cuando ya había marchado, aun
tardaba mucho en irse, seguía allí, rodeándonos aún de
sus ecos, hasta que de pronto decía uno: “Pero ¿se ha
ido Federico?
Salinas, el mismo de aquella petición de alegría vital
“Para vivir no quiero / islas, palacios, torres. / ¡Qué
alegría más alta vivir en los pronombres!”
Después de Federico vino Rafael a nuestra América. En un
barco nombrado Siboney, hasta La Habana y con la
intención de visitar nuestras tierras. Era el año 1935.
El proyecto incluía no sólo Cuba, sino América Central,
México, América del Sur. Lo acompañaba su esposa, la
escritora María Teresa León. Ya sabía el poeta marinero
que la tierra era grande y le pertenecía, al menos estos
pueblos que esperaban. La república en España ya
peligraba. Los poetas del 27 buscaban apoyo y brindaban
solidaridad. Encontraban y ofrecían albergue y belleza
en las palabras.
En esa
época Rafael Alberti reconocía a Federico García Lorca,
desde el año 1924 tenía escrito sus tres sonetos A
FEDERICO GARCÏA LORCA, POETA DE GRANADA.
I
(Otoño)
En esta noche en
que el puñal del viento
acuchilla el cadáver del verano
yo he visto dibujarse en mi aposento
tu rostro
oscuro de perfil gitano.
II
(Primavera)
¡Vientos del mar,
salid, y, coronado
por
mis novias, mirad al dulce amigo
sobre las altas dunas reclinado!
III
(Verano)
Disuelto
ya en tu nieve el nombre mío,
vuélvete a tus
montañas trepadoras,
ciervo de espuma,
rey del monterío.
Pero
también anunciaba un viaje modernísimo en el Madrigal
al billete de tranvía del libro Cal y Canto.
ADONDE
el viento, impávido, subleva
torres de luz
contra la sangre mía...
Rafael al convocar y hacer presente a los ángeles intuía
el horror que pronto se instalaría en España y en el
mundo.
LOS ÁNGELES BÉLICOS
(Norte, Sur)
Viento contra
viento.
Yo, torre sin mando, en
medio.
Remolinos
de ciudades
Bajan los
defiladeros.
Ciudades del viento sur,
Que me vieron.
Por las neveras,
rodando,
Pueblos.
Pueblos
que yo desconozco,
Ciudades del
viento norte,
Que no me vieron.
Gentío de mar y
tierra,
Nombres,
preguntas, recuerdos,
Frente a frente.
Balumbas de frío
encono,
Cuerpo a cuerpo.
Yo, torre sin mando, en
medio,
Lívida, torre colgada
De almas muertas que me
vieron,
Que no me vieron.
Viento contra
viento.
Siempre entre nosotros, fue el
último en visitar la isla, poca antes de morir, casi
centenario, en 1999.
(Por el mar
Caribe me bajaba el cielo
la voz firme y
pura de Juan Marinello,
la
desconocida de Pedroso y el
recuerdo
mojado de José Manuel.
Diez era
de mayo cuando el “Siboney
Zarpó de
la palma cubana al magüey
Que el mar
mexicano citó a recibirme,
Las dagas
abierta, gentil, para herirme.)
Gerardo Diego con
EL CIPRÉS DE SILOS
(Enhiesto
surtidor de sombra y sueño
que acongojas el
cielo con tu lanza.)
prepara su antología que los incluye a todos y mantiene
sus publicaciones Carmen y Lola y su
constante renacer poético, Fábula de Equis y Zeda;
fervoroso y caprichoso, tierno (lo recuerda Jorge
Guillén), pero sus posiciones políticas cercanas al
franquismo lo alejan del proyecto que tratamos de
orientar en este enfoque generacional. Sus colegas han
sido sumamente discretos a este respecto, no así Pablo
Neruda quien lo ataca violentamente en el poema dedicado
a Miguel Hernández.
En
dicho poema de Neruda también aparece el mismo ataque a
Dámaso Alonso. Neruda llama a ambos “hijos de perra”;
pero aunque es cierto que Dámaso Alonso permaneció en
España con cátedra en la entonces Universidad central de
Madrid (Hoy de nuevo Complutense) con la aparición en
1944 de su libro Hijos de la ira quedan disipadas
muchas dudas referentes a su postura y, desde luego, a
su poesía. Sin embargo hay que señalar los diversos
enfrentamientos que sostiene Luis Cernuda con él.
Inclusive a propósito de Federico a quien Dámaso Alonso
llama “mi príncipe” y el agresivo autor de La
realidad y el deseo llega a preguntarse “Príncipe tú
de un sapo”. También discute Cernuda respecto a la
calidad crítica de Alonso y le reprocha sus juicios
sobre su propia poesía, la de Cernuda, desde luego. Al
mismo tiempo que vacila en incluirlo en su generación.
Pero eso mismo hace también con Salinas y Jorge Guillén,
a veces.
Mas
cómo olvidar al Dámaso Alonso de
INSOMNIO
Madrid es una ciudad de más de un millón
de cadáveres (según las últimas estadísticas).
A veces en la noche yo me revuelvo y me
incorporo en este lecho en que hace 45 años que me
pudro,
Y paso largas horas oyendo gemir al
huracán, o ladrar los perros, o fluir blandamente la
luz de la luna.
Y paso largas horas gimiendo como el
huracán, ladrando como un perro enfurecido, fluyendo
como la leche de la ubre caliente de gran vaca
amarilla.
Y paso largas horas preguntándole a Dios,
preguntándole por qué se pudre lentamente mi alma,
por qué se pudren más de un millón de
cadáveres en esta ciudad de Madrid.
por qué mil millones de cadáveres se
pudren lentamente en el mundo.
Dime, ¿qué huerto quieres abonar con
nuestra podredumbre?
¿Temes que se te sequen los grandes
rosales del día,
las tristes azucenas letales de tus
noches?
Por
otra parte y a pesar de estas rencillas, consecuencias
del carácter difícil de Cernuda, Jorge Guillén en su
prólogo a la obras completas de Lorca apunta “Dámaso,
formidable esdrújulo, ¡DAMASO!, no hijo de la ira, que
en la hora alegre es el más alegre. ¡Cómo se divertían
juntos Dámaso y Federico!”
Hay
necesidad ahora de volver a Luis Cernuda en su actitud
magnífica de poeta y quizá con la intención de aquietar
el remolino de supuestas aguas turbias vuelvo a recurrir
a Jorge Guillén, quien cuando introduce al sevillano en
su prólogo citado lo hace de esta manera: “No sería
posible dejar fuera del cuadro a tres ausentes de
algunas de aquellas reuniones de Madrid: Luis Cernuda,
Emilio Prados, Manuel Altolaguirre. ¡Exquisitos
andaluces!(era durante la hegemonía del sur). Luis
Cernuda, con voz tan personal desde su primera obra;
Emilio Prados, en carne viva a flor de piel, centro de
su soledad no falsificada. Y este fantástico Manolito
que parece soñar cuanto más vive y se desvive: y ninguno
con más biografía que él. ¡Cuántos poetas! Los unen más
afinidades no del todo electivas. Pero ¡que diferentes!”
Los
tres coinciden en México. Cernuda y Prados mueren allí.
Y Altolaguirre en Madrid, en visita a España cuando en
1959 viaja a presentar su película El cantar de los
cantares en el festival de San Sebastián; casi
ignorado, soslayada, su exhibición.
Nos ha
dejado Emilio Prados, entre otros textos, este
testimonio poético.
III
CIUDAD SITIADA
Entre cañones me miro,
entre cañones me
muevo:
castillos de mi
razón
Y fronteras de mi
sueño
¿dónde comienza mi
entraña
y dónde termina
el viento?...
No tengo pulso en
mis venas,
sino zumbidos de
trueno;
torbellinos que
me arrastran
por las selvas de
mis nervios;
multitudes que me
empujan,
ojos que queman
mi fuego,
bocanadas de
victoria,
himnos de sangre
y acero,
pájaros que me
combaten,
alzan mi frente a
su cielo
y ardiendo dejan
las nubes
y
tembloroso mi suelo.
¡Allá van!...
Pesadas moles
cruzan mis venas
de hierro.
Toda mi firmeza
aguarda
parapetada
en mis huesos.
Compañeros
del presente,
fantasmas de mis
recuerdos,
esperanzas de mis
manos
y nostalgias de
mis juegos:
¡todos en pie a
defenderme
que está mi vida
en asedio;
que está la
verdad sitiada
y amenazada en mi
pecho!
¡Pronto, en
pie, las barricadas,
que el corazón
está ardiendo!
No han de llegar a apagarlo
Negros disparos
de hielo.
¡Pronto, de
prisa, mi sangre,
arremolíname
entero!
¡Levanta todas
mis armas,
mira que aguarda
en su centro,
temblando, un
turbión de llamas
que ya no cabe en
mi cerco!
¡Pronto, a las
armas, mi sangre,
que ya me rebosa
el fuego!
Quien se atreva a
amenazarlo,
Tizón se le hará
su sueño...
¡Ay ciudad,
ciudad sitiada,
ciudad de mi
propio pecho:
si te pisa el
enemigo,
será para verme
muerto!
Castillos de mi
razón
y fronteras de mi
sueño:
mi ciudad está
sitiada,
¡entre cañones
me muevo!...
¿En dónde
empiezas, ciudad,
que, no sé, si
eres mi cuerpo?
Y
Manuel Altolaguirre
ELEGÍA A FEDERICO GARCIA LORCA
Me olvido de vivir si te
recuerdo,
me reconozco
polvo de la tierra
y te incorporo a
mí, como lo hace
la parte más
cercana de tu tumba,
esa tierra
insensible que suplanta
el amoroso afán
de tus amigos.
Acabada tu vida,
permanece
con su total
contorno dibujado:
no hay puerta que
te lleve a lo futuro.
El árbol de tu
nombre ha florecido
en una
incalculable primavera.
La muerte es
perfección, acabamiento.
Sólo los muertos pueden ser nombrados.
Los que vivimos
no tenemos nombre.
Los míticos
honderos de la fama
tiran los cantos
de tu nombre al mundo
y el lago de la
vida abre sus ojos
con párpados de
vidrio interminables:
No hay montaña,
no hay cielo, no hay llanura,
que en círculos
concéntricos no agrande
el eco de tu
nombre esclarecido.
No es dolor
fraternal, no es pena humana,
es parte, mi
pesar, del sentimiento
que hace de las
estrellas pensativas
flores sobre la
noche que cubre.
Te escribo estas
palabras separado
del cotidiano
sueño de mi vida,
desde un astro
lejano en donde sufro
tu irreparable
pérdida llorando.
La voz
de Luis Cernuda dice Federico en el homenaje que él
organiza en Madrid en 1936, el 2 de abril, “erguida
suena original, sin alambradas ni foros para defender su
turbadora belleza.”
Luis
Cernuda es distinto, solitario y dolido, agresivo y
tierno, capaz de expresar abiertamente todas sus
pasiones y contradicciones. Un talante distinto, pero
insoslayable dentro de la generación y de la poesía
toda.
Cerrar
estas evocaciones con poemas suyos es una obligación. No
importa sus abundantes desplantes, agresiones, bravatas
a veces. Él refleja quizá la más necesaria actitud en su
erguida generación. No creo que venga al caso como hacen
muchos, ensalzarlo sobre manera para borrar a otros. Con
aquello de ¿contra quién van esos elogios? Cernuda es y
cuando opina lo hace con justicia, criterio profundos y
generosidad poética. Pero es él y él mismo. Siempre fiel
a su verdad. A la poesía.
IMPRESIÓN DE DESTIERRO
Fue la pasada
primavera,
Hace ahora casi un año,
En un
salón del viejo Temple, en Londres,
Con viejos
muebles. Las ventanas daban,
Tras edificios
viejos, a lo lejos,
Entre la hierba
el gris relámpago del río.
Todo era gris y
estaba fatigado
Igual que el iris
de una perla enferma.
Eran señores viejos, viejas damas,
En los sombreros
plumas polvorientas;
Un susurro de voces allá por los
rincones,
Junto a mesas con
tulipanes amarillos,
Retratos de
familias y teteras vacías.
La sombra que
caía
Con un olor a
gato,
Despertaba ruidos
en cocinas.
Un hombre
silencioso estaba
Cerca de mí. Veía
La sombra de su
largo perfil algunas veces
Asomarse
abstraído al borde de la taza,
Con la
misma fatiga
Del muerto que
volviera
Desde la tumba a
una fiesta mundana.
En los labios de
alguno,
Allá por los
rincones
Donde los viejos
juntos susuraban,
Densa como una
lágrima cayendo,
Brotó de pronto
una palabra: España,
Un cansancio sin
nombre
Rodaba en mi
cabeza.
Encendieron las
luces. Nos marchamos.
Tras largas
escaleras casi a oscuras
Me hallé luego en
la calle,
Y a mi lado, al
volverme,
Vi otra vez a
aquel hombre silencioso,
Que habló
indistinto algo
Con acento
extranjero,
Un acento de niño
en voz envejecida.
Andando me seguía
Como si fuera
solo bajo un peso invisible,
Arrastrando la
losa de su tumba;
Mas luego se
detuvo.
“¿España?”, dijo.
“Un nombre.
España ha
muerto.” Había
Una súbita
esquina en la calleja.
Le vi borrarse
entre la sombra húmeda.
1936
RECUÉRDALO tú y
recuérdalo a otros,
Cuando asqueados
de la bajeza humana,
Cuando iracundos
de la dureza humana:
Este hombre solo,
est acto solo, esta fe sola.
Recuérdalo tú y
recuérdalo a otros.
En 1961 y en
ciudad extraña,
Más de un cuarto
de siglo
Después. Trivial
la circunstancia,
Forzado tú a
pública lectura,
Por ella con
aquel hombre conversaste:
Un antiguo
soldado
En la Brigada
Lincoln.
Veinticinco años
hace, este hombre,
Sin conocer tu
tierra, para él lejana
Y extraña toda,
escogió ir a ella
Y en ella, si la
ocasión llegaba, decidió apostar su vida,
Juzgando que la
causa allá puesta al tablero
Entonces, digna
era
De luchar por la
fe que su vida llenaba.
Que aquella causa
aparezca perdida,
Nada importa;
Que tantos otros,
pretendiendo fe en ella
Sólo atendieran
ellos mismos,
Importa menos.
Lo que importa y
nos basta es la fe de uno.
Por eso otra vez
hoy la causa te aparece
Como en aquellos
días:
Noble y tan digna
de luchar por ella.
Y su fe, la fe
aquella, él la ha mantenido
A través de los
años, la derrota,
Cuando todo
parece traicionarla.
Mas esa fe, te
dices, es lo que sólo importa.
Gracias,
Compañero, gracias
Por el ejemplo.
Gracias porque me dices
Que el hombre es
noble.
Nada importa que
tan pocos lo sean:
Uno, uno tan sólo basta
Como testigo
irrefutable
De toda la
nobleza humana. |