Año V
La Habana

10 al 16 de JUNIO
 de 2006

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En el comienzo de todos los principios
César López Anzoátegui


Para llegar a América los poetas que integraran la plata simbólica u otro siglo de oro de toda una promoción envían una voz inicial que quedará entre nosotros para siempre. No hay que buscarla. Está, porque es. En el marco de este jubileo contra la muerte. Quisiéramos traer a los poetas de la llamada generación del 27 y a Federico García Lorca en primer lugar para que nos mantengan abiertas las puertas de entrada. “Alzad  oh puertas vuestras cabezas y entrará el rey de gloria... ¿Quién es este rey de gloria?.” Así dicen las sagradas escrituras que tantas veces nos permitimos reconstruir y hasta parodiar, leer al revés.  Pues aquí el rey de gloria es el verso. Y Federico García Lorca vino a nuestra América en su verso y con su verso. Pero no vino solo. No está solo. Nunca permanecerá solo. Era coro adelantado para nosotros en la poesía del granadino. “Muchas eran, y muchas veces nueve / aladas musas.” Le había susurrado al oído Don Luis de Góngora. Porque en 1930 ya se habían agrupado alrededor de una celebración secular del autor de las Soledades y estaban hechos, bellos y diferentes, para variar la poesía de la península ibérica e instalarse a su vez en el nuevo mundo que los recibía. Avanzadilla que anunciaba el alba. Y se acercaban, nos dice Federico acotando al racionero de Córdoba (“Y que graciosa manera de decir que los había de muchas especies.”), “con metros inciertos sí, pero suaves,/ en idiomas cantan diferentes.”

Ya está en La Habana, ya conoce el “arpa de troncos vivos” y está seguro de su ámbito poético. Sus pariguales están preparados o en vías de alcanzar el dominio pleno del panteón del idioma y el verso. Rubén Darío lo hermanará con Pablo Neruda algo más tarde... 

Federico García Lorca y Pablo Neruda y su discurso al Alimón sobre Rubén Darío     

N.― Señoras...

 L.―  y Señores: Existe en la fiesta de los toros una suerte llamada “toreo al alimón” en que dos toreros hurtan su cuerpo al toro cogidos de la misma capa.

 N. ― Federico y yo, amarrados por un alambre eléctrico, vamos a parear y a responder esta recepción muy decisiva.

 L.― Es costumbre en estas reuniones que los poetas muestren su palabra viva, plata o madera, y saluden con su voz propia a sus compañeros y amigos.

 N.― Pero nosotros vamos a establecer entre vosotros un muerto, un comensal viudo, oscuro en las tinieblas de una muerte más grande que otras muertes, viudo de la vida, de quien fuera en su hora marido deslumbrante. Nos vamos a esconder bajo su sombra ardiendo, vamos a repetir su nombre hasta que su poder salte del olvido.

 L.― Nosotros vamos, después de enviar nuestro abrazo con ternura de pingüino al delicado poeta Amado Villar, vamos a lanzar un gran nombre sobre el mantel, en la seguridad de que se han de romper las copas, han de saltar los tenedores, buscando el ojo que ellos ansían, y un golpe de mar ha de manchar los manteles. Nosotros vamos a nombrar al poeta de América y de España: Rubén...

 N.― Darío. Porque, señoras...

 L.― y señores...

 N.― ¿Dónde está, en Buenos Aires, la plaza de Rubén Darío? 

L.― ¿Dónde está la estatua de Rubén Darío?

 N.― Él amaba los parques. ¿Dónde está el parque Rubén Darío?

 L.― ¿Dónde está la tienda de rosas de Rubén Darío?

 N.― ¿Dónde está el manzano y las manzanas de Rubén Darío?

 L.― ¿Dónde está la mano cortada de Rubén Darío?

 N.― ¿Dónde está el aceite, la resina, el cisne de Rubén  Darío?

 L.― Rubén Darío duerme en su “Nicaragua natal”  bajo su espantoso león de marmolina, como esos leones que los ricos ponen en los portales de sus casas.

 N.―  Un león de botica, a él, fundador de leones, un león sin estrellas a quien dedicaba estrellas.

 L.― Dió el rumor de la selva con un adjetivo, y como Fray Luis de Granada, jefe de idioma, hizo signos estelares con el limón, y la pata de ciervo, y los moluscos llenos de terror e infinito; nos puso al mar con fragatas y sombras en las niñas de nuestros ojos y construyó un enorme paseo de Gin sobre la tarde más gris que ha tenido el cielo, y saludó de tú a tú el ábrego oscuro, todo pecho, como un poeta romántico, y puso de la mano el capitel corintio con una duda irónica y triste, de todas las épocas.

 N.― Merece su nombre rojo recordarlo en sus direcciones esenciales con sus terribles dolores del corazón, su incertidumbre incandescente, su descenso a los hospitales del infierno, su subida a los castillos de la fama, sus atributos de poeta grande, desde entonces y para siempre e imprescindible.

 L.― Como poeta español, enseñó en España a los viejos maestros y a los niños, con un sentido de universalidad y de generosidad que hace falta en los poetas actuales. Enseñó a Valle-Inclán y a Juan Ramón Jiménez, y a los hermanos Machado, y su voz fue agua y salitre, en el surco del venerable idioma. Desde Rodrigo Caro a los Argensolas o don Juan Arguijo no había tenido el español fiesta de palabras, choques de consonantes, luces y forma como en Rubén Darío. Desde el paisaje de Velázquez y la hoguera de Goya y desde la melancolía de Quevedo al culto color manzana de las payesas mallorquinas, Darío paseó la tierra de España como su propia tierra.

 N.― Lo trajo a Chile una marea, el mar caliente del Norte, y lo dejó allí el mar, abandonado en costa dura y dentada, y el océano lo goleaba con espumas y campanas, y el viento negro de Valparaíso lo llenaba de sal sonora. Hagamos esta noche su estatua con el aire, atravesada por el humo y la voz y las circunstancias, y por la vida, como esta su poética magnífica, atravesada por sueños y sonidos.

 L.― Pero sobre esta estatua de aire yo quiero poner su sangre como un ramo de coral, agitado por la marea, sus nervios idénticos a la fotografía de un grupo de rayos, su cabeza de minotauro, donde la nieve gongorina es pintada por un vuelo de colibrís, sus ojos vagos y ausentes de millonario de lágrimas, y también sus defectos. Las estanterías comidas ya por los jaramagos, donde suenan vacíos de flauta, las botellas de coñac de su dramática embriaguez, y su mal gusto encantador, y sus ripios descarados que llenan de humanidad la muchedumbre de sus versos. Fuera de normas, formas y escuelas queda en pie la fecunda sustancia de su gran poesía.

 N.― Federico García Lorca, español, y yo, chileno, declinamos la responsabilidad de esta noche de camaradas, hacia esa gran sombra que cantó más altamente que nosotros, y saludó con voz inusitada a la tierra argentina que pisamos.

 L.― Pablo Neruda, chileno, y yo, español, coincidimos en el idioma y en el gran poeta nicaragüense, argentino, chileno y español, Rubén Darío. 

 N. y L.― Por cuyo homenaje y gloria levantamos nuestro vaso.―

El Sol, 1934.       

... y Alfonso Reyes, César Vallejo, Vicente Huidobro, Raúl González Tuñón, José Gorostiza, Nicolás Guillén, Carlos Pellicer,  Jaime Torre Bodet, Octavio Paz, Jorge Zalamea, Andrés Eloy Blanco, Miguel Otero Silva, Dulce María Loynaz y tantos otros; todos lo esperan.       

“¿Quién oyó? / ¿Quién oyó? / ¿Quién ha visto lo que yo?”

En esta fecha de atroz aniversario he querido abrir una conversación-recordatorio, memoria y sorpresa preparada al lezámico modo, con la alegría de la poesía de Lorca y sus amigos para asegurarnos de su presencia entre nosotros. Si ya en esta alborada de la estación florida del año, que enunciara el propio Góngora, Federico llega a Cuba, desde antes sus versos iban de un lado a otro confín de la lengua y se repetían con deslumbrante encantamiento. Y el propio José Lezama Lima, quien muy joven lo escuchara en La Habana lo evoca así: “La seguridad de su voz en el recitado, le prestaba un gracioso énfasis, un leve subrayado. La voz entonces se agrandaba, abría los ojos con una desmesura muy mesurada, y su mano derecha esbozaba el gesto de quien reteniendo una gorgona, la soltase de pronto. El recuerdo de los  cantaores estaba no sólo en el grave entorno de su voz, sino en la convergencia del gesto y del aliento en todo su cuerpo, que parecía entonces dar un incontrastable paso al frente. Recuerdo aún desde mi adolescencia, los acentos con los que evocó la muerte de Góngora, y al final de los versos de Cervantes al cordobés, como iba dejando caer, en una mezcla de cobre y arena, que eran tan de su gusto, “aquel agradable, aquel bienquisto, aquel sonoro y grave”, rayando las palabras, convirtiéndolas en una llave para reavivar las cenizas del gran racionero.”

  Como sabemos que así terminó Federico aquella charla o conferencia u oración lírica titulada “La imagen poética de Don Luis de Góngora”, en La Habana,  en el Teatro Principal de la Comedia, el día 19 de marzo de 1930; quiero repetir, a sabiendas de lo imposible del empeño, las líneas finales del poeta, rememorar la voz del poeta, asirme al recuerdo del poeta. Góngora, Cervantes, Lorca, Lezama. Perdonen mi osadía. Pero la palabra manda.                       

                        “En aquel agradable, aquel bienquisto,

                           aquel agudo, aquel sonoro y grave

                           sobre cuantos poetas Febo ha visto.” 

Por eso habíamos amañado la primera cita gongorina, también rememorada por Lezama,  que ahora reitero. “¿Quién oyó? / ¿Quién oyó? / ¿Quién ha visto lo que yo?”.

  Vio desde entonces y con la compañía de Nicolás Guillén “la vida color de ron” a través del silencio de un vaso mediado del preciado y antillano líquido, en una casa humilde de un barrio popular habanero. Tal vez arropado en la mirada del poeta Emilio Ballagas y del pintor Carlos Enríquez.

 El camino está abierto. Rafael Alberti, Gerardo Diego, Pedro Salinas, Jorge Guillén, Dámaso Alonso, Vicente Aleixandre, Luis Cernuda, Emilio Prados, Manuel Altolaguirre. Significantes poetas de esa generación, quienes de una forma u otra se instalan en América. Algunos en presencia final mexicana.

  Luego vendría la muerte, el crimen, el asesinato. “Que fue en Granada el crimen, sabed pobre Granada, en su Granada.”

  Cien años, la primera secularidad de su muerte, el inicio de la guerra incivil. Millón de muertos. Contienda que casi se inaugura en la infamia contra Federico García Lorca, contra la poesía, contra la vida.

  Pero todo ello llega ahora de lejos, vencedor de la muerte, como aquel príncipe retórico de Rubén Darío, para permitirnos estas frases, pobres tal vez, pero impulsadas por el ejemplo de dignidad que la palabra poética impuso a estos fieles servidores de la cultura.

  Diego Hurtado de Mendoza nos da una posible solución del enigma que intentamos adivinar en Lorca y su generación. Tanto para nosotros en nuestra América martiana y poética y para España que nos brindó el idioma, como para la patria mayor de la poesía. 

      “Aquel árbol que mueve sus hojas / algo se le antoja.” 

Era obligado llegar a la muerte, porque en Federico siempre estuvo presente y, como dijéramos antes, fue el primero de su generación en ser arrebatado por las furias malvadas de sus enemigos. La guerra que no perdona y va a terminar por medio de la enfermedad, la ignorancia, la negación y el hambre con el tal vez más joven de los poetas que pudieran integrar esta deslumbrante generación. Miguel Hernández. Quien entre Pablo Neruda y Vicente Aleixandre tomara sitio en la tierra, según nos había dejado dicho.

  Este grupo de poetas, rodeados y en contacto con pintores, músicos, narradores, científicos y toreros, deja para todos nosotros la plenitud de su obra que todavía se discute con apasionado interés en el espacio y el tiempo de la cultura.

  Luego de cerrar con la muerte que los une en la guerra y los proyecta a la paz anhelada, detengámonos algo en cada uno de ellos, conscientes de que estamos limitándonos a un círculo reducido que consideramos la generación del 27, lo cual no borra a otros creadores más o menos coetáneos que acompañaron temporalmente a nuestros escogidos.

  Jorge Guillén, tan comedido, no puede traicionar su inteligente y lúcida admiración cuando exclama: “Lo sabe todo el mundo, es decir, en esta ocasión el mundo entero: Federico García Lorca fue una criatura extraordinaria.  “Criatura” significa esta vez más que “hombre”. Porque Federico nos ponía en contacto con la Creación, con ese conjunto de fondo en que se mantienen las fuerzas fecundas, y aquel hombre era ante todo manantial, arranque fresquísimo de manantial, una transparencia de origen entre los orígenes del universo, tan recién creado y tan antiguo. Junto al poeta - y no sólo en su poesía-  se respiraba un aura que él iluminaba con su propia luz. Entonces no hacía frío de invierno ni calor de verano: “Hacía Federico.”

  Una vez, y tan temprano como en el año 1926, el mismo Jorge Guillén al presentarlo en el Ateneo de Valladolid señala:  “Yo debo decir, yo no he venido aquí sino a decir con la más tranquila y sencilla seguridad: Federico García Lorca, este gran amigo –que enseguida será el amigo de ustedes todos- es un gran poeta; enseguida lo será para todos ustedes. Porque, cuidado, que todos serán, que todos seremos suyos, en cuanto rompa a cantar. Yo empiezo por prevenirles. Oír a Lorca y rendirse a su poesía es todo uno. Lorca se impone necesariamente con esa fuerza inmediata y simplísima de la evidencia. Por eso, una predicción de este calibre, que en situaciones normales implicaría un gran riesgo y una gran arrogancia, esta vez no implica arrogancia ni riesgo algunos. La situación, ahora y aquí, no es normal, quiero decir, a nivel de la tensión media de nuestra vida. Pero, en sentido estricto, nada más normal, nada más ejemplar y más sano que esta manera de ser un gran poeta. Porque de eso se trata: de ver y oír nada menos que a todo un poeta. No, no se asusten ustedes. Es una especie de fiera, de fenómeno sí, pero un fenómeno de seducción irresistible.”

  Cuando Vicente Aleixandre le escucha leer los Sonetos del amor oscuro exclama “Federico, ¡qué corazón! ¡Cuánto ha tenido que amar, cuánto que sufrir!...” Y Federico lo miró y se sonríe como un niño. Poco después partiría hacia Granada, hacia la muerte, donde “tigres del tamaño del odio “ lo asesinarían. Esos tigres del tamaño del odio que tan bien conocía el poeta Aleixandre.

  Fue la hora mala de Federico o mejor la hora malvada de sus matadores.

  Pero el propio Federico había suplicado u ordenado(Entre las seguiriyas gitanas)             

“Cuando yo me muera

                          mira que te encargo...”  

                          Si muero,

                          Dejad el balcón abierto.” 

Pero el mismo Aleixandre en Sombras del paraíso incluiría el poema “El poeta”, donde leemos “Sí, poeta: el amor y el dolor son tu reino. / Carne mortal la tuya, que, arrebatada por el espíritu, / arde en la noche o se eleva en el mediodía poderoso, / inmensa lengua profética que lamiendo los cielos / ilumina palabras que dan muerte a los hombres.”

  Pedro Salinas afirma que “a Federico se le sentía venir mucho antes que llegara; le anunciaban impalpables correos, avisos, como de diligencias en su tierra, cascabeles por el aire. Cuando ya había marchado, aun tardaba mucho en irse, seguía allí, rodeándonos aún de sus ecos, hasta que de pronto decía uno: “Pero ¿se ha ido Federico?

  Salinas, el mismo de aquella petición de alegría vital “Para vivir no quiero / islas, palacios, torres. / ¡Qué alegría más alta vivir en los pronombres!”

  Después de Federico vino Rafael a nuestra América. En un barco nombrado Siboney, hasta La Habana y con la intención de visitar nuestras tierras. Era el año 1935. El proyecto incluía no sólo Cuba, sino América Central, México, América del Sur. Lo acompañaba su esposa, la escritora María Teresa León. Ya sabía el poeta marinero que la tierra era grande y le pertenecía, al menos estos pueblos que esperaban. La república en España ya peligraba. Los poetas del 27 buscaban apoyo y brindaban solidaridad. Encontraban y ofrecían albergue y belleza en las palabras.

En esa época Rafael Alberti reconocía a Federico García Lorca, desde el año 1924 tenía escrito sus tres sonetos A FEDERICO GARCÏA LORCA, POETA DE GRANADA.

                                                       I

(Otoño)

 

                        En esta noche en que el puñal del viento

acuchilla el cadáver del verano

yo he visto dibujarse en mi aposento

                               tu rostro oscuro de perfil gitano.

 

        II 

                        (Primavera)

      

                        ¡Vientos del mar, salid, y, coronado

                                     por mis novias, mirad al dulce amigo

                                           sobre las altas dunas reclinado!     

     

        III 

                               (Verano)

 

                               Disuelto ya en tu nieve el nombre mío,

                        vuélvete a tus montañas trepadoras,

                        ciervo de espuma, rey del monterío. 

Pero también anunciaba un viaje modernísimo en el Madrigal al billete de tranvía del libro Cal y Canto

                               ADONDE el viento, impávido, subleva

                        torres de luz contra la sangre mía...  

  Rafael al convocar y hacer presente a los ángeles intuía el horror que pronto se instalaría en España y en el mundo. 

LOS ÁNGELES BÉLICOS               

        (Norte, Sur)

 

                        Viento contra viento.

                Yo, torre sin mando, en medio.

 

                               Remolinos de ciudades

                        Bajan los defiladeros.

                Ciudades del viento sur,

                Que me vieron.

 

                        Por las neveras, rodando,

                        Pueblos.

                               Pueblos que yo desconozco,

                        Ciudades del viento norte,

                        Que no me vieron.

 

                        Gentío de mar y tierra,

                        Nombres, preguntas, recuerdos,

                        Frente a frente.

                        Balumbas de frío encono,

                        Cuerpo a cuerpo.

 

                Yo, torre sin mando, en medio,

                Lívida, torre colgada

                De almas muertas que me vieron,

                Que no me vieron.

 

                        Viento contra viento. 

  Siempre entre nosotros, fue el último en visitar la isla, poca antes de morir, casi centenario, en 1999.                               

                        (Por el mar Caribe me bajaba el cielo

                        la voz firme y pura de Juan Marinello,

                               la desconocida de Pedroso y el

                                recuerdo mojado de José Manuel.

                                Diez era de mayo cuando el “Siboney

                                Zarpó de la palma cubana al magüey

                        Que el mar mexicano citó a recibirme,

                        Las dagas abierta, gentil, para herirme.)  

Gerardo Diego con  

                EL CIPRÉS DE SILOS 

                        (Enhiesto surtidor de sombra y sueño

                        que acongojas el cielo con tu lanza.)    

prepara su antología que los incluye a todos y mantiene sus publicaciones Carmen y Lola y su constante renacer poético, Fábula de Equis y Zeda; fervoroso y caprichoso, tierno (lo recuerda Jorge Guillén), pero sus posiciones políticas cercanas al franquismo lo alejan del proyecto que tratamos de orientar en este enfoque generacional. Sus colegas han sido sumamente discretos a este respecto, no así Pablo Neruda quien lo ataca violentamente en el poema dedicado a Miguel Hernández.

  En dicho poema de Neruda también aparece el mismo ataque a Dámaso Alonso. Neruda llama a ambos “hijos de perra”; pero aunque es cierto que Dámaso Alonso permaneció en España con cátedra en la entonces Universidad central de Madrid (Hoy de nuevo Complutense) con la aparición en 1944 de su libro Hijos de la ira quedan disipadas muchas dudas referentes a su postura y, desde luego, a su poesía. Sin embargo hay que señalar los diversos enfrentamientos que sostiene Luis Cernuda con él. Inclusive a propósito de Federico a quien Dámaso Alonso llama “mi príncipe” y el agresivo autor de La realidad y el deseo llega a preguntarse “Príncipe tú de un sapo”. También discute Cernuda respecto a la calidad crítica de Alonso y le reprocha sus juicios sobre su propia poesía, la de Cernuda, desde luego. Al mismo tiempo que vacila en incluirlo en su generación. Pero eso mismo hace también con Salinas y Jorge Guillén, a veces. 

Mas cómo olvidar al Dámaso Alonso de 

INSOMNIO 

Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres (según las últimas estadísticas). 

A veces en la noche yo me revuelvo y me incorporo en este lecho en que hace 45 años que     me pudro,       

Y paso largas horas oyendo gemir al huracán, o ladrar los perros, o fluir blandamente la luz     de la luna. 

Y paso largas horas gimiendo como el huracán, ladrando como un perro enfurecido, fluyendo como la leche de la ubre caliente de gran vaca amarilla. 

Y paso largas horas preguntándole a Dios, preguntándole por qué se pudre lentamente mi alma, 

por qué se pudren más de un millón de cadáveres en esta ciudad de Madrid. 

por qué mil millones de cadáveres se pudren lentamente en el mundo. 

Dime, ¿qué huerto quieres abonar con nuestra podredumbre? 

¿Temes que se te sequen los grandes rosales del día, 

las tristes azucenas letales de tus noches?

Por otra parte  y a pesar de estas rencillas, consecuencias del carácter difícil de Cernuda, Jorge Guillén en su prólogo a la  obras completas de Lorca apunta “Dámaso, formidable esdrújulo, ¡DAMASO!, no hijo de la ira, que en la hora alegre es el más alegre. ¡Cómo se divertían juntos Dámaso y Federico!”

Hay necesidad ahora de volver a Luis Cernuda en su actitud magnífica de poeta y quizá con la intención de aquietar el remolino de supuestas aguas turbias vuelvo a recurrir a Jorge Guillén, quien  cuando introduce al sevillano en su prólogo citado lo hace de esta manera: “No sería posible dejar fuera del cuadro a tres ausentes de algunas de aquellas reuniones de Madrid: Luis Cernuda, Emilio Prados, Manuel Altolaguirre. ¡Exquisitos andaluces!(era durante la hegemonía del sur). Luis Cernuda, con voz tan personal desde  su primera obra; Emilio Prados, en carne viva a flor de piel, centro de su soledad no falsificada. Y este fantástico Manolito que parece soñar cuanto más vive y se desvive: y ninguno con más biografía que él. ¡Cuántos poetas! Los unen más afinidades no del todo electivas. Pero ¡que diferentes!”

Los tres coinciden en México. Cernuda y Prados mueren allí. Y Altolaguirre en Madrid, en visita a España cuando en 1959 viaja a presentar su película El cantar de los cantares en el festival de San Sebastián; casi ignorado, soslayada, su exhibición.

Nos ha dejado Emilio Prados, entre otros textos, este testimonio poético. 

                  III 

CIUDAD SITIADA

 

                Entre cañones me miro,

                        entre cañones me muevo:

                        castillos de mi razón

                        Y fronteras de mi sueño

                 ¿dónde comienza mi entraña

                        y dónde termina el viento?...

                        No tengo pulso en mis venas,

                        sino zumbidos de trueno;

                        torbellinos que me arrastran

                        por las selvas de mis nervios;

                        multitudes que me empujan,

                        ojos que queman mi fuego,

                        bocanadas de victoria,

                        himnos de sangre y acero,

                        pájaros que me combaten,

                        alzan mi frente a su cielo

                        y ardiendo dejan las nubes

                                y tembloroso mi suelo.

                          ¡Allá van!...

                        Pesadas moles

                        cruzan mis venas de hierro.

                        Toda mi firmeza aguarda

                               parapetada en mis huesos.

                               Compañeros del presente,

                fantasmas de mis recuerdos,

                        esperanzas de mis manos

                        y nostalgias de mis juegos:

                          ¡todos en pie a defenderme

                        que está mi vida en asedio;

                        que está la verdad sitiada

                        y amenazada en mi pecho!

                          ¡Pronto, en pie, las barricadas,

                        que el corazón está ardiendo!

                       

No han de llegar a apagarlo

                        Negros disparos de hielo.

                          ¡Pronto, de prisa, mi sangre,

                        arremolíname entero!

                          ¡Levanta todas mis armas,

                        mira que aguarda en su centro,

                        temblando, un turbión de llamas

                        que ya no cabe en mi cerco!

                          ¡Pronto, a las armas, mi sangre,

                        que ya me rebosa el fuego!

                        Quien se atreva a amenazarlo,

                        Tizón se le hará su sueño...

 

                          ¡Ay ciudad, ciudad sitiada,

                        ciudad de mi propio pecho:

                        si te pisa el enemigo,

                        será para verme muerto!

 

                        Castillos de mi razón

                        y fronteras de mi sueño:

                        mi ciudad está sitiada,

                          ¡entre cañones me muevo!...

 

                           ¿En dónde empiezas, ciudad,

                        que, no sé, si eres mi cuerpo?  

Y Manuel Altolaguirre  

     ELEGÍA A FEDERICO GARCIA LORCA

 

                Me olvido de vivir si te recuerdo,

                        me reconozco polvo de la tierra

                        y te incorporo a mí, como lo hace

                        la parte más cercana de tu tumba,

                        esa tierra insensible que suplanta

                        el amoroso afán de tus amigos.

 

                        Acabada tu vida, permanece

                        con su total contorno dibujado:

                        no hay puerta que te lleve a lo futuro.

 

                        El árbol de tu nombre ha florecido

                        en una incalculable primavera.

                        La muerte es perfección, acabamiento.

       

Sólo los muertos pueden ser nombrados.

                        Los que vivimos no tenemos nombre.

 

                        Los míticos honderos de la fama

                        tiran los cantos de tu nombre al mundo

                        y el lago de la vida abre sus ojos

                        con párpados de vidrio interminables:

                        No hay montaña, no hay cielo, no hay llanura,

                        que en círculos concéntricos no agrande

                        el eco de tu nombre esclarecido.

 

                        No es dolor fraternal, no es pena humana,

                        es parte, mi pesar, del sentimiento

                        que hace de las estrellas pensativas

                        flores sobre la noche que cubre.

                        Te escribo estas palabras separado

                        del cotidiano sueño de mi vida,

                        desde un astro lejano en donde sufro

                        tu irreparable pérdida llorando. 

La voz de Luis Cernuda dice Federico en el homenaje que él organiza en Madrid en 1936, el 2 de abril, “erguida suena original, sin alambradas ni foros para defender su turbadora belleza.”

Luis Cernuda es distinto, solitario y dolido, agresivo y tierno, capaz de expresar abiertamente todas sus pasiones y contradicciones. Un talante distinto, pero insoslayable dentro de la generación y de la poesía toda.

Cerrar estas evocaciones con poemas suyos es una obligación. No importa sus abundantes desplantes, agresiones, bravatas a veces. Él refleja quizá la más necesaria actitud en su erguida generación. No creo que venga al caso como hacen muchos, ensalzarlo sobre manera para borrar a otros. Con aquello de ¿contra quién van esos elogios? Cernuda es y cuando opina lo hace con justicia, criterio profundos y generosidad poética. Pero es él y él mismo. Siempre fiel a su verdad. A la poesía.  
 

    IMPRESIÓN DE DESTIERRO 

                        Fue la pasada primavera,

                Hace ahora casi un año,

                               En un salón del viejo Temple, en Londres,

                        Con viejos muebles. Las ventanas daban,

                        Tras edificios viejos, a lo lejos,

                        Entre la hierba el gris relámpago del río.

                        Todo era gris y estaba fatigado

                        Igual que el iris de una perla enferma.

               

Eran señores viejos, viejas damas,

                        En los sombreros plumas polvorientas;

                       

Un susurro de voces allá por los rincones,

                        Junto a mesas con tulipanes amarillos,

                        Retratos de familias y teteras vacías.

                        La sombra que caía

                        Con un olor a gato,

                        Despertaba ruidos en cocinas.

 

                        Un hombre silencioso estaba

                        Cerca de mí. Veía

                        La sombra de su largo perfil algunas veces

                        Asomarse abstraído al borde de la taza,

                                Con la misma fatiga

                        Del muerto que volviera

                        Desde la tumba a una fiesta mundana.

 

                        En los labios de alguno,

                        Allá por los rincones

                        Donde los viejos juntos susuraban,

                        Densa como una lágrima cayendo,

                        Brotó de pronto una palabra: España,

                        Un cansancio sin nombre

                        Rodaba en mi cabeza.

                        Encendieron las luces. Nos marchamos.

 

                        Tras largas escaleras casi a oscuras

                        Me hallé luego en la calle,

                        Y a mi lado, al volverme,

                        Vi otra vez a aquel hombre silencioso,

                        Que habló indistinto algo

                        Con acento extranjero,

                        Un acento de niño en voz envejecida.

 

                        Andando me seguía

                        Como si fuera solo bajo un peso invisible,

                        Arrastrando la losa de su tumba;

                        Mas luego se detuvo.

                        “¿España?”, dijo. “Un nombre.

                        España ha muerto.” Había

                        Una súbita esquina en la calleja.

                        Le vi borrarse entre la sombra húmeda. 

   

 

    1936

 

                        RECUÉRDALO tú y recuérdalo a otros,

                        Cuando asqueados de la bajeza humana,

                        Cuando iracundos de la dureza humana:

                        Este hombre solo, est acto solo, esta fe sola.

                        Recuérdalo tú y recuérdalo a otros.

 

                        En 1961 y en ciudad extraña,

                        Más de un cuarto de siglo

                        Después. Trivial la circunstancia,

                        Forzado tú a pública lectura,

                        Por ella con aquel hombre conversaste:

                        Un antiguo soldado

                        En la Brigada Lincoln.

 

                        Veinticinco años hace, este hombre,

                        Sin conocer tu tierra, para él lejana

                        Y extraña toda, escogió ir a ella

                        Y en ella, si la ocasión llegaba, decidió apostar su vida,

                        Juzgando que la causa allá puesta al tablero

                        Entonces, digna era

                        De luchar por la fe que su vida llenaba.

 

                        Que aquella causa aparezca perdida,

                        Nada importa;

                        Que tantos otros, pretendiendo fe en ella

                        Sólo atendieran ellos mismos,

                        Importa menos.

                        Lo que importa y nos basta es la fe de uno.

 

                        Por eso otra vez hoy la causa te aparece

                        Como en aquellos días:

                        Noble y tan digna de luchar por ella.

                        Y su fe, la fe aquella, él la ha mantenido

                        A través de los años, la derrota,

                        Cuando todo parece traicionarla.

                        Mas esa fe, te dices, es lo que sólo importa.

 

                        Gracias, Compañero, gracias

                        Por el ejemplo. Gracias porque me dices

                        Que el hombre es noble.

                        Nada importa que tan pocos lo sean:

                       

Uno, uno tan sólo basta

                        Como testigo irrefutable

                        De toda la nobleza humana.

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