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Adónde irán a llegar mis pies, mis pobres pies
desconchados, llagosos, malolientes. Mis pobres pies y
sus uñas levantadas. Esta tarea imposible por suspender
el deterioro de mi cuerpo, por detenerlo un instante; a
veces logro, tras una larga labor, que queden
limpios, limadas las uñas, disimuladas las
imperfecciones, encubierta su presencia, su aliento
horrendo, pero allí, pésele a quien le pese, están los
hongos de mis pies.
Ya no
me pregunto cómo vencerlos, apenas logro combatirlos,
defender los territorios sanos de mis pobres pies
invadidos por esta plaga perpetua e inextinguible. Lo
intenté, lo juro. Seguí paso a paso, las instrucciones
del médico, compré antimicóticos, sequé y enjuagué muy
bien mis pies a diario, también compré una piedra pómez
y trato de usar medias. Hice todo lo posible, pero cada
vez que dejaba de untarme la crema, a los dos o tres
días, volvían, regresaban allí, con más reciedumbre, los
hongos de mis pies, su huella, las espantosas
consecuencias de padecerlos.
Soy
una mujer joven y según mis allegados muy atractiva.
Todo mi cuerpo es inmaculado, mi piel tersa con su
cremita de costumbre, mis codos limpios y cepillados,
mis manos correctas. Todo el cuerpo, mis axilas bien
afeitadas, suaves y con su desodorante extra. No hay
lagañas en mis ojos y, a pesar de ser alérgica, mi nariz
jamás ha mostrado sus verdades en público, nunca un moco
de mi nariz, fuera de aquellos que en la oscuridad pego
bajo mi mesita de noche. Pero de eso nadie se entera.
Yo
moriré con los zapatos puestos, por más que me lo
suplique, al final, ya atosigada de tanto tanto
arrebato, le diré que muy bien, hagamos el amor y lo que
tú quieras, pero yo con mis zapatos: mostrar lo otro,
esa posesión satánica de mis pobres pies, sería perderlo
para siempre. Entiéndeme amor, lo hago por nosotros, por
la palabra felicidad. |