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En mi casa nunca hubo tocadiscos. La familia de Tania sí
cuidó su viejo equipo soviético y por ahí anda la
colección de LD negros. Nosotros durante un buen tiempo
no tuvimos ni energía eléctrica, así que ni soñar con
repetir canciones o tener enlatados el ritmo y la
poesía. Oíamos la música desde la radio o en alguna
serenata o canturría en vivo. A mi padre le satisfacían
sobre todo las controversias de los poetas y las tonadas
de la música rural, también conocida como Punto Cubano.
Las rancheras las sintonizaba raras veces, pero la
música mexicana estaba en el ambiente, era la moda de
aquellos campos. Mis vecinos entonaban la salutación a
Juan Charrasqueado, galán machista que se convertiría en
un discutible pero fuerte paradigma.
Ahora me
regalaron un disco en MP3, ese prodigio de la
tecnología, con una cantidad enorme de canciones. Se
trata de las obras casi completas de Joan Manuel Serrat,
uno de mis artistas preferidos. Cuando digo artista
estoy incluyendo a pintores, novelistas, actores o
dramaturgos. En la adolescencia, cuando soñaba con un
tocadiscos —o al enterarme de que por la ciudad la gente
oía un artefacto llamado grabadora— fantaseaba con la
idea de oír una y otra vez las canciones de Joan Manuel
y las de otro trovador que ahora me satisface mucho
menos. Serrat sí sigue siendo un detonante inigualable
de la melancolía, las certezas y un catalizador de
sentimientos diversos.
Podría
poner mi portentoso disquito en la sala. Pero ahí
mi cuñada suele tener sonando a los Van Van, a los que,
por cierto, también adoro. A mi cantor prefiero
disfrutarlo en el cuarto. Algunas veces con la luz
apagada y los ojos cerrados. En estos casos el arte
funciona también como una biografía de nuestras propias
penas, esperanzas y reflexiones.
Hace
poco leía un límpido prólogo del escritor español Muñoz
Molina en el que —prologando los cuentos del gran
Onetti— aseguraba que los relatos del uruguayo son una
de las pocas cosas que le siguen fascinando por igual
desde los años de su primera juventud. A mí me pasa algo
similar con las canciones del catalán. Ni siquiera las
controversias rimadas me agradan tanto como en la
infancia. Ahora les pido a los poetas populares ingenio
y singularidad. Allá en Tamarindo adoraba casi todo lo
que se entonara al ritmo del tres y el laúd.
Con
todo, debo confesar —en esta tarde en que llovizna y
suscribo mi agradecimiento por los que logran compactar
el sonido y meterlo junto a mis teclas— que no soy un
buen consumidor de música grabada. Me sucede como a los
amigos que quisieran ir al teatro más a menudo, pero se
enteran de la temporada mejor el domingo en que la obra
baja de cartel. Me ocupo poco de buscar o —cuando alguna
vez se puede—comprar música. Será porque en casa no
tuvimos tocadiscos o porque me sigue fascinando el
humilde bazar de las discotecas radiales. Allí —antes
con montañas de cintas, ahora con coquetas computadoras—
unos buenos y abnegados señores se convierten en los
autores de variadas antologías, banquete para los que
tienen prisa, extraviaron el disco o nunca lo han visto
de frente. |