Año V
La Habana
2006

Página principal

Enlaces Añadir a Favoritos Enviar correo

Suscripción

EL GRAN ZOO
NOTAS AL FASCISMO

PUEBLO MOCHO

CARTELERA

GALERÍA

LA OPINIÓN
MEMORIAS
LA CRÓNICA
APRENDE
POESÍA
EL CUENTO
POR E-MAIL
LA MIRADA
EN PROSCENIO
LA BUTACA
PALABRA VIVA

LIBROS DIGITALES

LA CARICATURA
NÚMEROS ANTERIORES
LA JIRIBILLA DE PAPEL



RECIBIR LAS
ACTUALIZACIONES
POR CORREO
ELECTRÓNICO
Click AQUÍ

Almacén de la voz
Amado del Pino
La Habana


En mi casa nunca hubo tocadiscos. La familia de Tania sí cuidó su viejo equipo soviético y por ahí anda la colección de LD negros. Nosotros durante un buen tiempo no tuvimos ni energía eléctrica, así que ni soñar con repetir canciones o tener enlatados el ritmo y la poesía. Oíamos la música desde la radio o en alguna serenata o canturría en vivo. A mi padre le satisfacían sobre todo las controversias de los poetas y las tonadas de la música rural, también conocida como Punto Cubano. Las rancheras las sintonizaba raras veces, pero la música mexicana estaba en el ambiente, era la moda de aquellos campos. Mis vecinos entonaban la salutación a Juan Charrasqueado, galán machista que se convertiría en un discutible pero fuerte paradigma.

Ahora me regalaron un disco en MP3, ese prodigio de la tecnología, con una cantidad enorme de canciones. Se trata de las obras casi completas de Joan Manuel Serrat, uno de mis artistas preferidos. Cuando digo artista estoy incluyendo a pintores, novelistas, actores o dramaturgos. En la adolescencia, cuando soñaba con un tocadiscos —o al enterarme de que por la ciudad la gente oía un artefacto llamado grabadora— fantaseaba con la idea de oír una y otra vez las canciones de Joan Manuel y las de otro trovador que ahora me satisface mucho menos. Serrat sí sigue siendo un detonante inigualable de la melancolía, las certezas y un catalizador de sentimientos diversos.

Podría poner mi portentoso disquito en la sala. Pero ahí mi cuñada suele tener sonando a los Van Van, a los que, por cierto, también adoro. A mi cantor prefiero disfrutarlo en el cuarto. Algunas veces con la luz apagada y los ojos cerrados. En estos casos el arte funciona también como una biografía de nuestras propias penas, esperanzas y reflexiones.

Hace poco leía un límpido prólogo del escritor español Muñoz Molina en el que —prologando los cuentos del gran Onetti— aseguraba que los relatos del uruguayo son una de las pocas cosas que le siguen fascinando por igual desde los años de su primera juventud. A mí me pasa algo similar con las canciones del catalán. Ni siquiera las controversias rimadas me agradan tanto como en la infancia. Ahora les pido a los poetas populares ingenio y singularidad. Allá en Tamarindo adoraba casi todo lo que se entonara al ritmo del tres y el laúd.

Con todo, debo confesar —en esta tarde en que llovizna y suscribo mi agradecimiento por los que logran compactar el sonido y meterlo junto a mis teclas— que no soy un buen consumidor de música grabada. Me sucede como a los amigos que quisieran ir al teatro más a menudo, pero se enteran de la temporada mejor el domingo en que la obra baja de cartel. Me ocupo poco de buscar o —cuando alguna vez se puede—comprar música. Será porque en casa no tuvimos tocadiscos o porque me sigue fascinando el humilde bazar de las discotecas radiales. Allí —antes con montañas de cintas, ahora con coquetas computadoras— unos buenos y abnegados señores se convierten en los autores de variadas antologías, banquete para los que tienen prisa, extraviaron el disco o nunca lo han visto de frente.

SUBIR

 
 


Página principal

Enlaces Añadir a Favoritos Enviar correo

Suscripción

© La Jiribilla. La Habana. 2006
 IE-800X600