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Como nací en
pleno campo, hecho que le agradezco infinitamente a Dios
–o a lo que exista-, y me crié entre lomas, maniguales y
bestias de todo tipo; tengo una manera muy rural de
asimilar y de explicarme las cosas. Por eso me disculpo
de antemano, si pudieran resultar torpes o ingenuos mis
comentarios acerca de las incursiones gastronómicas con
que Leonardo Padura suele aderezar y sofreír, desde
pequeñas oraciones, hasta párrafos completos, en cada
una de sus sabrosas y muy digestivas novelas.
Ya que no soy crítico
literario (esto no me tomará trabajo alguno dejarlo
demostrado), ni tengo conocimiento de metodología
investigativa alguna; para esta empresa me di a la tarea
de buscar en tres libros, leídos hace algún tiempo
atrás, ciertas recetas de cocina que vagamente
recordaba. Como no tenía referencias de donde pudieran
encontrarse ocultas dichas menciones culinarias, comencé
a leer vertiginosamente cada página, procurando ensartar
al vuelo, del revoltijo incoherente en que la velocidad
de mi lectura convertía a aquella prosa, alguna palabra
que resultara sospechosa, como por ejemplo: caliente,
frío, sabroso, frito, etcétera. Al toparme con ellas
frenaba bruscamente y pegaba a leer con más detenimiento
el asunto, para mi sorpresa, tales adjetivos describían
desde un roletazo por primera base, hasta un estado de
ánimo de Mario Conde. Arrancaba nuevamente a leer a
velocidad crucero, y así, al cabo de las primeras cien
páginas, producto de tanta desaceleración y tanta
arrancada en falso, tenía ya el güiro como un volador de
a peso. Fue entonces que me di cuenta de la clase de
“berracá” que estaba cometiendo y opté saludablemente
por leerme aquellos libros como Dios manda y merece un
escritor de tal calibre.
Empecé con La
Puerta de Alcalá, rebosante de pizzas, pulpo con
vino blanco, filetes y churrascos importados de
Argentina, arepas en almíbar y café. Le siguió Adiós
Heminway donde aparecen unos ancestrales helados de
mamey -de pastoso sabor-, receta del chino Casimiro
Chon, un viejo sorbetero de Cojímar. Páginas más tarde,
unas ruedas de emperador a la plancha cubiertas con
rodajas de cebolla y acompañadas por un plato de
verduras aliñadas únicamente con jugo de limas, todo
esto bajado por la garganta con un excelente vino
Valdepeñas leve y perfumado, luego el recurrente café y
tras un par de horas “una botella de vino Chianti, cuyo
gusto seco y viril ya le comenzaba a reclamar el experto
paladar”. Con el libro Fiebre de Caballos llegó
Manuela empeñada en un sólido potaje de chícharos, donde
un trozo de falda hubo de dejar sus bondades, un pescado
frito de dudosa procedencia, arroz blanco, una natilla
de chocolate polvoreada con canela y café, siempre café.
Descubrí entonces una fascinante escena; un sencillo
“jugo de mango como lo hacía Gabriel”: dos mangos machos
de buen tamaño, dos cucharaditas de azúcar por cada uno,
por cada cucharadita dos gotas de vainilla, una pizca de
sal y luego a revolver triturando la pulpa, que cruje en
el contacto arenoso con el azúcar mientras el personaje
se va chupando las semillas con una fruición erotizante,
hasta que le incorpora el agua fría. Este episodio del
jugo me parece soberanamente bueno. Padura unas líneas
antes te va sugiriendo tal grado de temperatura
ambiental, que uno prácticamente se sofoca en la
lectura, para luego regalarte ese juguito de la manera
más abusiva, porque no te lo sirve de sopetón, si no que
mientras lo prepara con una torturante parsimonia, se
deleita recordando el frescor de las arboledas olorosas,
cosa que hace con la socarrona intención de ir
espesándonos la saliva en la boca.
Resultará tonto que
yo lo diga, pero este hombre conoce muy bien su oficio
de escritor. De manera apenas perceptible nos va
insertando en una atmósfera donde se nos dificulta mucho
el no ser cogidos literalmente pa`las cosas. Lo mismo
juega con nuestras narices apoyándose en un café que
cuela eternamente, que nos hace segregar las papilas
gustativas con los efluvios de un sofrito, o ya cuando
con total desparpajo toca el sensible punto de las
bebidas alcohólicas, ahí entre wiskasos en las rocas,
aguardientes, y daiquirís “Papá Hemingway”, es capaz de
desequilibrar emocionalmente a aquellos que como yo, se
erigen como fieles y orgullosos cultivadores del
folclore etílico nacional.
En mi opinión, a
Leonardo Padura le llegan de muy cerca los encantos de
la cocina, por eso me atrevo a asegurar que es un
excelente gourmet, de otra manera no podría recrearse en
esos menesteres con tal propiedad y soltura. |