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Lo
que parecía normal, cosa hecha, en verdad era
extraordinario: semana tras semana, durante largos años,
los espectadores cubanos que acudían a las salas de
proyección, atraídos por el estreno de un largometraje
de ficción, esperaban y exigían ver la entrega del
Noticiero ICAIC.
Los noticieros, o como se les decía entonces,
noticiarios fílmicos, al igual que la producción
documental, tradicionalmente habían ocupado un lugar
subalterno en la programación de los cines en Cuba,
situación que no difería en otras partes del mundo.
Eran materiales complementarios, de relleno; la taquilla
se decidía en la parte sustantiva, la película con sus
estrellas, aunque, dicho sea con justeza, la idea de
presentar reportajes en un segmento de la función
cinematográfica tuvo más de un filón en tiempos
precedentes.
En
los mismos albores del llamado séptimo arte, cuando las
noticias tardaban en difundirse de uno a otro confín del
planeta, Pathé, el francés que introdujo el concepto
industrial de la cinematografía, creyó conveniente
dramatizar sucesos reales y presentarlos como reportajes
en sus circuitos de exhibición. La historia del cine
marca como un suceso la representación en un noticiario
de 1909 de la rebelión del acorazado Potemkin en el Mar
Negro, mucho antes de que tal acontecimiento quedara
consagrado en la ficción por el iluminado talento de
Serguei M. Eisenstein.
Con la irrupción del cine sonoro, los noticiarios
cobrarían entidad propia, sobre todo en Gran Bretaña,
Alemania y EE.UU., asociados a evidentes intereses
propagandísticos. Constituyen ineludibles puntos de
referencias series como la norteamericana March of
Time, o los noticiarios alemanes de los años 30 y
los 40 que permiten observar la exacerbación de la
ideología nazi.
Si
se quiere tomar el pulso al contrapunto ideológico de la
utilización del noticiario en la programación fílmica,
basta con mirar a España en los días de la República
agredida. Tanto desde el Estado, por parte de la empresa
CIFESA, radicada en Valencia, como desde la Cooperativa
Obrera Cinematográfica, de filiación marxista, se puso
énfasis en la realización sistemática de noticiarios que
informaran objetivamente sobre el carácter de la
sublevación de los “nacionales” de Franco, apoyados por
el eje nazifascista de Roma y Berlín. España al día,
que salió a lo largo de 1937, es un ejemplo elocuente.
El
franquismo, una vez en el poder, consagró el Noticiario
Cinematográfico Español, conocido por NO-DO,
como instrumento audiovisual del nuevo Estado, el cual
gozó durante décadas del privilegio de su exclusividad y
su proyección fue obligatoria en todos los cines de
España.
En
América Latina vale dirigir una mirada hacia el muy
serio intento llevado a cabo en 1953 por el notable
productor mexicano Manuel Barbachano Ponce, mediante el
noticiario Cine Verdad. Resulta interesante la reflexión
que legó sobre ese momento particular: “Todo mundo decía
que para hacer una película había que entrar al estudio
en Churubusco, contratar una gran actriz, llamar a no sé
qué camarógrafo; nos dimos cuenta de que el cine estaba
en todos lados, de que la verdad se encontraba en cada
esquina. Al filmar cada semana los noticiarios nos
encontrábamos con la realidad como estaba pasando”.
Con relación al Noticiero ICAIC, no pueden pasarse por
alto los antecedentes en la Isla. La investigadora María
Elena Douglass nos recuerda que “el
concepto de noticiario cinematográfico apareció en 1920
con Suprem Film, de Juan Valdés, que contenía noticias y
anuncios comerciales. Por primera vez se estableció el
vínculo entre cronistas sociales y técnicos
cinematográficos. En 1933, Luis Ricardo Molina, pionero
de la cinematografía cubana y conocido como El Caballero
del Cine, fundó la Compañía Royal Advertising News que,
al comienzo, filmaba reportajes silentes y poco después
incorporó el sonido en su Noticiario Royal News”.
En
el plano histórico ocupan un lugar insoslayable, en los
años de la República mediatizada, las experiencias del
inquieto Manolo Alonso, con La Noticia del Día, y del
periodista Juan Guerra Alemán, con Cine Periódico.
Mas si se trata de situar un antecedente del Noticiero
ICAIC, la brújula apunta al Noticiario Gráfico Sono
Films, de la empresa anónima vinculada al Partido
Socialista Popular en los años 40. Intelectuales de gran
renombre como Alejo Carpentier y Mirta Aguirre
colaboraron con el proyecto y un cineasta que estaría
luego entre los fundadores del ICAIC, José Tabío,
perfiló allí sus herramientas expresivas con la cámara.
Ahora bien, el Noticiero ICAIC, con su bien pensado
apellido Latinoamericano, cambió radicalmente las reglas
de juego del género: el sueño del ruso Dziga Vertov,
desentrañar la realidad mediante la audacia del lenguaje
fílmico en función de la transformación revolucionaria
de la conciencia, se hizo realidad gracias al talento
fuera de serie y el profundo compromiso cívico de
Santiago Álvarez y sus colaboradores.
Ese salto de calidad política y estética del género fue
advertido por aquel público que esperó cada semana una
nueva edición del Noticiero ICAIC, como un plato fuerte
de la programación cinematográfica. |