Año V
La Habana

17 al 23 de JUNIO
de 2006

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Borges en mi laberinto
Rafael Grillo La Habana


Leí poco, y mal, a Borges, por primera vez a los dieciocho años. No podía ser de otra manera. A esa edad supongo difícil para cualquiera ir más allá de unos cuantos poemas y cuentos, y ni atreverse siquiera a entrar en sus ensayos. Mucho menos creer haberlo entendido a plenitud. Entonces, irremediablemente, odié a Borges. Para un adolescente que se estime por sus lecturas, enfrentarse al célebre argentino es como contemplar de pronto la cuesta empinada de la enorme montaña de su ignorancia, descubrir de un puñetazo en la frente todo lo que le faltaría para convertirse en verdadero hombre de letras.

Además se interponían los prejuicios arraigados por diferencias ideológicas. El haber escuchado que el autor de Historia Universal de la Infamia merecía un lugar entre esas mismas páginas. Que estrechó la mano de Pinochet, que justificó el golpe militar en Argentina. Que menospreció a Neruda, a Lorca, a Oliverio Girondo.

De entonces acá ha pasado mucho tiempo. Casi tanto como lo que lleva ahora de muerto Borges. Que falleció un 14 de junio. Hace exactamente veinte años. Y ya he vuelto a leer y releer a Borges, retomando a menudo una parte considerable de todo lo que escribió, incluyendo sus eruditos ensayos. Y lo he ido asimilando, con fruición creciente, a medida que cedían mis petulancias juveniles, y se ampliaban y hacían complejos mis estudios de la Historia, de la Filosofía y de la mejor Literatura; al paso que llegaba a aceptar que el cofre del saber siempre estaría escondido por delante, tentándome a ir tras él por enrevesados senderos. 

Poco a poco, para mí, y para la gente de todas partes, el hombre Borges, la figura pública, se va borrando, y va quedando la huella del gran escritor. O la imagen del anciano ciego, tal vez algo huraño y con poses de lord, pero conversador ameno y siempre brillante. La memoria es así de afable, que termina conservando para el mañana—intuyo que tal sea su más saludable estratagema—, los mejores recuerdos de cada hombre. También obran en auxilio de Borges sus arrepentimientos a la larga por necias posturas anteriores. Pues en el ocaso de sus días, Borges alcanzó para los asuntos de los hombres casi tanta lucidez como esa que nunca le faltó para los laberintos de las palabras y los razonamientos más abstractos.

Es cierto que no tuvo Jorge Luis Borges una vida de héroe de novela. Y que a pesar de todas esas declaraciones y actos nefandos que levantaron roñas de infarto, y de los chismes para sillón de psicoanalista que salían de sus amores platónicos y la fijación edípica con la madre, no alcanzó tampoco a ganarse las aversiones del villano. Sin embargo, su muerte sí no pudo estar más llena de resonancias literarias: a medio mundo de distancia de la ciudad a la que dedicó su juvenil libro de versos Fervor de Buenos Aires, en una Ginebra tan apacible como sus épocas de bibliotecario. Y precisamente un 14 de junio, como uno de los escritores que más admiró: Gilbert K. Chesterton, el creador del Padre Brown, único detective con sotana.

Pese a Borges y gracias a Borges, lo que queda hoy de Borges, en medio de atenuados rencores y aumentados entusiasmos, es el escritor imprescindible. Sus mismos compatriotas reconocen que, todavía hoy, en Argentina solo puede hacerse literatura influida por Borges o en contra de Borges. Sin él, no tendría sentido la rebeldía de Manuel Puig, Juan José Saer o Ricardo Piglia que abrieron nuevos caminos en las letras del país austral. Por culpa de él una novela colosal como Rayuela y su autor Julio Cortázar quizás vayan a ser olvidados más pronto que Borges y sus breves cuentos, como Funes, el memorioso o La biblioteca de Babel.

Se pueden entender las letras del siglo XX, de los anteriores y hasta de este XXI y los que vendrán, con Borges dentro; nunca sin él. Redescubrió a Schopenhauer, Berkeley, Kafka, Herbert G. Wells, De Quincey, Cervantes, Coleridge, Wilde y las kenningar de Islandia. Iluminó al filósofo francés Michel Foucault para Las palabras y las cosas, su obra monumental, y engendró a Umberto Eco y la literatura posmoderna. O tal vez no, y su obra completa es solo la broma mayúscula del último y más solemne de los modernos. No son pocos los que encuentran en Borges al Aleph de su propio relato: un círculo mágico donde mirar el universo entero, todos los lugares, todos los tiempos, a una misma vez, sucesivos y superpuestos, como en una paradoja irresoluble.

Cuando hace unos meses estaba en imprenta mi primer libro, donde incluí a Borges en la dedicatoria y coloqué como exergo Everness, un soneto suyo, no dejaba de desear que llegara a manos de los lectores precisamente para una fecha como esta, en que imaginaba a los amantes de la literatura en el mundo postrados en adoración ante el maestro argentino.

Titulé el libro Ecos en el laberinto aceptando inevitables resonancias borgeanas. Está compuesto por ensayos en que sus visiones fueron inspiración y encima solo logré animarme a completarlo luego de leer una entrevista en que el gran Jorge Luis Borges declaraba haber sido “mejor lector que escritor”. Y yo sentía justamente lo mismo que él.

Confieso también que me remordía cierta mala conciencia, una especie de sentimiento de ingratitud, porque paralelo a los ensayos que incluiría en el libro estaba haciendo otro en que adjudicaría a Borges un padecimiento semejante al de los personajes del Ensayo contra la ceguera de José Saramago.

Finalmente ha sido mi suerte que el libro se concretara en el año vigésimo desde su fallecimiento. Y siento ya haber saldado mis pecados y mis deudas recientes para con él. Y también las más antiguas, de aquellas torpes y primerizas valoraciones mías de su obra.

Ahora solo espero que en estos días, donde abundarán homenajes y celebraciones a nombre de Borges, se haga juicio prudente del hombre y del escritor, y la eternidad acabe por salvarlo para bien de la literatura y sus defensores a lo ancho del planeta, incluso para los más jóvenes, quienes tendrán de seguro una vivencia similar a la mía hasta que el tiempo acabe, como siempre, colocándolo en el lugar merecido.

Por lo pronto, yo he vuelto a leer esta mañana la Nueva refutación del tiempo de Borges; y he sonreído para mis adentros pensando en el “viejo zorro” argentino, que ya sea por lo “diablo”, esa chispa enorme de genio que le tocó en herencia, o por las certezas de la edad que fueron cercándole con la premonición del momento postrero, bien sabía que sus rejuegos literarios de nada servirían a la hora de enfrentar al implacable destino y tendría que reconocer que “el tiempo es la sustancia de la que estoy hecho. (...) El mundo, desgraciadamente es real; yo desgraciadamente, soy Borges”.

Y llegado este punto, habiendo alcanzado tanta sabiduría, yo, como él, y como el resto de los hombres, afortunadamente, soy Borges.

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