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Leí poco, y mal, a Borges, por primera vez a los
dieciocho años. No podía ser de otra manera. A esa edad
supongo difícil para cualquiera ir más allá de unos
cuantos poemas y cuentos, y ni atreverse siquiera a
entrar en sus ensayos. Mucho menos creer haberlo
entendido a plenitud. Entonces, irremediablemente, odié
a Borges. Para un adolescente que se estime por sus
lecturas, enfrentarse al célebre argentino es como
contemplar de pronto la cuesta empinada de la enorme
montaña de su ignorancia, descubrir de un puñetazo en la
frente todo lo que le faltaría para convertirse en
verdadero hombre de letras.
Además se interponían
los prejuicios arraigados por diferencias ideológicas.
El haber escuchado que el autor de Historia Universal
de la Infamia merecía un lugar entre esas mismas
páginas. Que estrechó la mano de Pinochet, que justificó
el golpe militar en Argentina. Que menospreció a Neruda,
a Lorca, a Oliverio Girondo.
De entonces acá ha
pasado mucho tiempo. Casi tanto como lo que lleva ahora
de muerto Borges. Que falleció un 14 de junio. Hace
exactamente veinte años. Y ya he vuelto a leer y releer
a Borges, retomando a menudo una parte considerable de
todo lo que escribió, incluyendo sus eruditos ensayos. Y
lo he ido asimilando, con fruición creciente, a medida
que cedían mis petulancias juveniles, y se ampliaban y
hacían complejos mis estudios de la Historia, de la
Filosofía y de la mejor Literatura; al paso que llegaba
a aceptar que el cofre del saber siempre estaría
escondido por delante, tentándome a ir tras él por
enrevesados senderos.
Poco a poco, para mí,
y para la gente de todas partes, el hombre Borges, la
figura pública, se va borrando, y va quedando la huella
del gran escritor. O la imagen del anciano ciego, tal
vez algo huraño y con poses de lord, pero conversador
ameno y siempre brillante. La memoria es así de afable,
que termina conservando para el mañana—intuyo que tal
sea su más saludable estratagema—, los mejores recuerdos
de cada hombre. También obran en auxilio de Borges sus
arrepentimientos a la larga por necias posturas
anteriores. Pues en el ocaso de sus días, Borges alcanzó
para los asuntos de los hombres casi tanta lucidez como
esa que nunca le faltó para los laberintos de las
palabras y los razonamientos más abstractos.
Es cierto que no tuvo
Jorge Luis Borges una vida de héroe de novela. Y que a
pesar de todas esas declaraciones y actos nefandos que
levantaron roñas de infarto, y de los chismes para
sillón de psicoanalista que salían de sus amores
platónicos y la fijación edípica con la madre, no
alcanzó tampoco a ganarse las aversiones del villano.
Sin embargo, su muerte sí no pudo estar más llena de
resonancias literarias: a medio mundo de distancia de la
ciudad a la que dedicó su juvenil libro de versos
Fervor de Buenos Aires, en una Ginebra tan apacible
como sus épocas de bibliotecario. Y precisamente un 14
de junio, como uno de los escritores que más admiró:
Gilbert K. Chesterton, el creador del Padre Brown, único
detective con sotana.
Pese a Borges y
gracias a Borges, lo que queda hoy de Borges, en medio
de atenuados rencores y aumentados entusiasmos, es el
escritor imprescindible. Sus mismos compatriotas
reconocen que, todavía hoy, en Argentina solo puede
hacerse literatura influida por Borges o en contra de
Borges. Sin él, no tendría sentido la rebeldía de Manuel
Puig, Juan José Saer o Ricardo Piglia que abrieron
nuevos caminos en las letras del país austral. Por culpa
de él una novela colosal como Rayuela y su autor
Julio Cortázar quizás vayan a ser olvidados más pronto
que Borges y sus breves cuentos, como Funes, el
memorioso o La biblioteca de Babel.
Se pueden entender
las letras del siglo XX, de los anteriores y hasta de
este XXI y los que vendrán, con Borges dentro; nunca sin
él. Redescubrió a Schopenhauer, Berkeley, Kafka, Herbert
G. Wells, De Quincey, Cervantes, Coleridge, Wilde y las
kenningar de Islandia. Iluminó al filósofo
francés Michel Foucault para Las palabras y las cosas,
su obra monumental, y engendró a Umberto Eco y la
literatura posmoderna. O tal vez no, y su obra completa
es solo la broma mayúscula del último y más solemne de
los modernos. No son pocos los que encuentran en Borges
al Aleph de su propio relato: un círculo mágico donde
mirar el universo entero, todos los lugares, todos los
tiempos, a una misma vez, sucesivos y superpuestos, como
en una paradoja irresoluble.
Cuando hace unos
meses estaba en imprenta mi primer libro, donde incluí a
Borges en la dedicatoria y coloqué como exergo
Everness, un soneto suyo, no dejaba de desear que
llegara a manos de los lectores precisamente para una
fecha como esta, en que imaginaba a los amantes de la
literatura en el mundo postrados en adoración ante el
maestro argentino.
Titulé el libro
Ecos en el laberinto aceptando inevitables
resonancias borgeanas. Está compuesto por ensayos en que
sus visiones fueron inspiración y encima solo logré
animarme a completarlo luego de leer una entrevista en
que el gran Jorge Luis Borges declaraba haber sido
“mejor lector que escritor”. Y yo sentía justamente lo
mismo que él.
Confieso también que
me remordía cierta mala conciencia, una especie de
sentimiento de ingratitud, porque paralelo a los ensayos
que incluiría en el libro estaba haciendo otro en que
adjudicaría a Borges un padecimiento semejante al de los
personajes del Ensayo contra la ceguera de José
Saramago.
Finalmente ha sido mi
suerte que el libro se concretara en el año vigésimo
desde su fallecimiento. Y siento ya haber saldado mis
pecados y mis deudas recientes para con él. Y también
las más antiguas, de aquellas torpes y primerizas
valoraciones mías de su obra.
Ahora solo espero que
en estos días, donde abundarán homenajes y celebraciones
a nombre de Borges, se haga juicio prudente del hombre y
del escritor, y la eternidad acabe por salvarlo para
bien de la literatura y sus defensores a lo ancho del
planeta, incluso para los más jóvenes, quienes tendrán
de seguro una vivencia similar a la mía hasta que el
tiempo acabe, como siempre, colocándolo en el lugar
merecido.
Por lo pronto, yo he
vuelto a leer esta mañana la Nueva refutación del
tiempo de Borges; y he sonreído para mis adentros
pensando en el “viejo zorro” argentino, que ya sea por
lo “diablo”, esa chispa enorme de genio que le tocó en
herencia, o por las certezas de la edad que fueron
cercándole con la premonición del momento postrero, bien
sabía que sus rejuegos literarios de nada servirían a la
hora de enfrentar al implacable destino y tendría que
reconocer que “el tiempo es la sustancia de la que estoy
hecho. (...) El mundo, desgraciadamente es real; yo
desgraciadamente, soy Borges”.
Y llegado este punto,
habiendo alcanzado tanta sabiduría, yo, como él, y como
el resto de los hombres, afortunadamente, soy Borges. |