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Desde mis primeras visitas al cine, empecé a ver el
noticiero ICAIC. Eso fue en la puerta de la década del
60 y allá en el cine Elpidio Estrada, de Bayamo, que
después rebautizaron con el nombre de Céspedes. Viniendo
de un pueblito de rotunda ruralidad enclavado a la vera
del río Cauto, entrar en contacto con la pantalla
grande fue unos de los grandes acontecimientos que me
deparó la estancia como estudiante en esa ciudad
oriental.
Me interesaban todos
los materiales que se exhibían, pero por razones que en
principio no me podía explicar, más que las películas y
sus posibles conmovedoras historias de ficción, me
interesaba ver cada semana el Noticiero. En unos cuantos
minutos me enteraba de los acontecimientos importantes
que sucedían en el país, incluyendo las visitas de
relevancia que nos hacían, así como la proyección de
Cuba en escenarios internacionales. Y todo ello
expresado en un lenguaje transparente y sencillo, en el
que cabían los asuntos más profundos.
Mucho tiempo después,
al ver noticieros cubanos hechos antes del triunfo
revolucionario de 1959, me percaté de mi inmediata
empatía con el Noticiero ICAIC. En aquellos materiales
la voz impostada de los locutores, las imágenes de una
realidad muy distante a mí —criatura cubana común—, y el
mismo plano sonoro, estaban destinados a condicionar un
predicado sensacionalista, al servicio de intereses
comerciales y políticos que favorecían a un puñado de
personas.
En el Noticiero
ICAIC, obra monumental del cine cubano dirigida por
Santiago Álvarez, uno se podía reconocer. Era como poder
entrar y salir de la pantalla, porque al tratarse de un
inmenso mural de la multiplicidad de acciones que la
inmensa mayoría de los cubanos desarrollábamos como
protagonistas de la Revolución, a cada instante en la
imagen de cualquier semejante, se podía advertir las
señas propias.
Como consecuencia de
sus intenciones de contenido, en el Noticiero ICAIC los
locutores hablan con voz franca y natural de pariente o
vecino cercano, la fotografía hecha casi siempre por el
maestro Iván Nápoles, proporcionaba en síntesis el
ambiente posible de nuestra realidad. Y la música es en
este noticiario todo lo contrario de aquella suerte de
manto edulcorante tan natural en materiales informativos
de otros tiempos. Para Santiago la música era un
importante personaje de la realidad. Por ello estaba al
tanto de cuanta vertiente cubana o foránea se estaba
produciendo y no vacilaba en colocar en sus materiales
canciones o fragmentos instrumentales, que a muchos
otros les hubiera parecido una franca locura, aunque
cuando él les mostraba el material tenían que admitir
que funcionaban como si originalmente hubieran sido
creadas para sus documentales o su noticiero.
Quienes sí trabajaron
muchas veces para la obra cinematográfica de Santiago
Álvarez, fueron los entonces jóvenes trovadores que
integraban el Grupo de Experimentación Sonora del ICAIC.
Con ese requerimiento hicieron temas que ahora podemos
reconocer como clásicas. Pienso tan solo en la “Canción
de la Columna Juvenil del Centenario”, compuesta y
cantada por Silvio y Pablo.
Ya
no soy el adolescente campesino que vio por primera vez
el Noticiero ICAIC en el cine Elpidio Estrada, pero
todavía me sigue gustando más cualquier entrega del
Noticiero ICAIC, que cualquier aparatosa superproducción
de ficción. Las apretadas condiciones económicas que
provocaron el Período Especial motivaron el cese de la
realización del Noticiero ICAIC, sin embargo, el número
de ellos que se atesora en los archivos, es un valioso
testimonio que lo que fuimos y lo que hicimos durantes
varias décadas. |