Año V
La Habana
2006

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Epopeya
Jorge Ángel Pérez


Conocía la suerte del antiguo Enkidu, y porque su amigo tenía igual nombre le supuso muerte idéntica. Tan grande el temor a perderlo que ideó un plan sin contar con el amado. Aunque no tuvo por nombre Gilgamesch sino Hafis, se estremeció pensando en la partida del amigo. Y sin que Enkidu quisiera aislarse, lo invitó a entrar al baúl de nogal negro que él mismo construyó después de secar las raíces de aquel árbol. Garras de león tuvo por patas el arca, a la que no llamó arca sino cofre nupcial. Y vigiló desde entonces la caja sin conmoverse con los gritos del amado. Desde afuera escuchaba las señales de Enkidu y contemplaba los trazos en su cofre. En la tapa, con maderadas formas, Escila mostraba dientes y cabezas, daba miedo; una Rémora saltaba impidiendo cercanía de mortal, deteniendo el más leve movimiento. Y la salamandra, Ay la salamandra fría que desmiente retiradas.  Hafis estuvo segurísimo, nada podría arrebatarle al amante, le habló bajito, creyendo que allá adentro lo escuchaba. En el susurro prometió amparo. “Debes esperar, pronto llegará el momento de salir, el momento de estar juntos”. Guardó silencio el cautivo, tanto, que Hafis lo soñó muerto y levantó del arca la tapa. Y no fue al Enkidu de nacarada piel y músculos forjados a quien encontró el raptor. De su amado desapareció el pelo rizo, y la piel era de tonos fuertes y brillantes. Enkidu, más que mirar al asustado guardián, parecía hacer señas a su maderada madre salamandra. Enkidu era Enkidu metamorfoseado en ajolote y en espera de ser salamandra. Ágil el salto de la bestia, prendiéndose a los ojos del captor con sus patas delanteras, y destrozó certero el cuello con los dientes, con la cola larga. En el éxtasis de la muerte escuchó Hafis las palabras del amante: “Si fueras Gilgamesch no estarías muerto”.   

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