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Conocía la suerte del antiguo Enkidu, y porque su amigo
tenía igual nombre le supuso muerte idéntica. Tan grande
el temor a perderlo que ideó un plan sin contar con el
amado. Aunque no tuvo por nombre Gilgamesch sino Hafis,
se estremeció pensando en la partida del amigo. Y sin
que Enkidu quisiera aislarse, lo invitó a entrar al baúl
de nogal negro que él mismo construyó después de secar
las raíces de aquel árbol. Garras de león tuvo por patas
el arca, a la que no llamó arca sino cofre nupcial. Y
vigiló desde entonces la caja sin conmoverse con los
gritos del amado. Desde afuera escuchaba las señales de
Enkidu y contemplaba los trazos en su cofre. En la tapa,
con maderadas formas, Escila mostraba dientes y cabezas,
daba miedo; una Rémora saltaba impidiendo cercanía de
mortal, deteniendo el más leve movimiento. Y la
salamandra, Ay la salamandra fría que desmiente
retiradas. Hafis estuvo segurísimo, nada podría
arrebatarle al amante, le habló bajito, creyendo que
allá adentro lo escuchaba. En el susurro prometió
amparo. “Debes esperar, pronto llegará el momento de
salir, el momento de estar juntos”. Guardó silencio el
cautivo, tanto, que Hafis lo soñó muerto y levantó del
arca la tapa. Y no fue al Enkidu de nacarada piel y
músculos forjados a quien encontró el raptor. De su
amado desapareció el pelo rizo, y la piel era de tonos
fuertes y brillantes. Enkidu, más que mirar al asustado
guardián, parecía hacer señas a su maderada madre
salamandra. Enkidu era Enkidu metamorfoseado en ajolote
y en espera de ser salamandra. Ágil el salto de la
bestia, prendiéndose a los ojos del captor con sus patas
delanteras, y destrozó certero el cuello con los
dientes, con la cola larga. En el éxtasis de la muerte
escuchó Hafis las palabras del amante: “Si fueras
Gilgamesch no estarías muerto”.
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