Año V
La Habana
2006

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El Carpentier fílmico que pudo ser
Pedro de la Hoz La Habana


Por su poder de penetración, más que por la evidente erudición que rezuman sus páginas, y por la originalidad de planteamientos que desbordan la rutina monográfica, la edición cubana de Carpentier en el reino de la imagen, de Luciano Castillo, notablemente enriquecida y mucho más completa que la inicial publicada en México, ofrece el necesario perfil poliédrico de uno de los intelectuales latinoamericanos más integrales de la vida cultural de nuestra región en  el último siglo.

Inscrita en el catálogo de Ediciones Unión del 2006, el libro de Castillo va más allá del estudio pormenorizado de los filmes que han tenido como unto de partida la narrativa carpenteriana, los más conocidos El siglo de las luces, del cubano Humberto Solás y El recurso del método, del chileno Miguel Littin, en ambos casos, al margen de imperfecciones, carencias y, por qué no también, sobreabundancias, hitos de significación en la filmografía de estos realizadores.

Este repaso, claro está, forma parte sustantiva del volumen escrito por Castillo, quien también desmenuza críticamente la polémica, audaz y no siempre recordada película Barroco, del mexicano Paul Leduc y se adentra en otros proyectos realizados a partir de los textos de Carpentier.

Pero quizá lo más interesante del libro esté en la especulación sobre las películas que nunca fueron. Es sobradamente conocida la historia de cómo la lectura de Los pasos perdidos suscitó en el célebre actor norteamericano Tyrone Power el deseo de hacer un filme definitivamente frustrado por la muerte de este. El sondeo en otros proyectos irrealizados, sin embargo, proporcionan un interés mucho mayor por la naturaleza ensayística —esa que permite entrever potencialidades y aventurar posibilidades— con que Castillo aborda cada caso.

De tal manera dedica un capítulo a los tanteos, nunca llevados a cabo, de Luis Buñuel para filmar El acoso a fines de los años 50. Salen a relucir la fascinación del productor mexicano Manuel Barbachano Ponce por la novela corta de Carpentier, la admiración de este por el arte buñueliano y los impulsos y resquemores del director español, por una parte dispuesto a rodar en una Habana que le recordaba a su padre y por otra para nada convencido de la viabilidad de un personaje protagónico que delata a sus camaradas de lucha. Los testimonios de Barbachano y de Luis Alcoriza, muy cercanos a Buñuel, aclaran en buena medida de qué modo el realizador de Viridiana “veía” fílmicamente El acoso.

Este relato, ambientado en la capital cubana por los días de la lucha contra la dictadura machadista, sedujo igualmente a Walter Salles, quien en 1984 convenció incluso a uno de los patriarcas del cinema nuovo brasileño, Nelson Pereira dos Santos, para que le sirviera un guión.

Salles, hoy día con bien ganada fama debido a Estación Central y Diarios de motocicleta, escribió a Castillo lo siguiente: “He sido admirador de la obra de Carpentier por mucho tiempo. Para mí, Carpentier no es solamente el padre y la fuerza inspiradora de lo que se ha convertido en la literatura del realismo mágico, también fue uno de los fundadores de la literatura moderna del siglo XX. [...] Siempre tuvimos en mente que la película tendría lugar en La Habana, y fue nuestra intención conservar plenamente el espíritu del libro. Hicimos un viaje de investigación juntos [Pereira dos Santos] y al volver intenté concretar el proyecto con una productora francesa”.

“Desafortunadamente —informó— nunca pudimos resolver el financiamiento de la película y tuvimos que abandonar la ideas. Veinte años más tarde nunca se me olvidó el libro, su fuerza expresiva y su extraordinaria resonancia”.

Otros filmes quedaron en el camino, como los proyectados por los cubanos Tomás Gutiérrez Alea y Manuel Octavio Gómez. También de ellos se habla en el libro de Castillo, al igual que de una verdadera curiosidad: el guión que Carpentier envió a un concurso de guiones en EE.UU. —se llamó La simplificada y respondía al esquema dramático de las novelas de Vicki Baum, al estilo de la filmada por Greta Garbo, Grand Hotel— y que reapareció en una valija que la madre del novelista confió a unos parientes de la campiña francesa ante la inminencia de la Segunda Guerra Mundial y de cuyas sorpresas y novedades dio cuenta nuestra colega Marta Rojas en un delicioso reportaje titulado La maleta perdida.

Luciano Castillo (Camagüey, 1955) confirma con Carpentier en el reino de la imagen que es un avezado crítico e investigador cinematográfico no limitado a cocinar sus conocimientos en la propia salsa del cine, sino capaz de tender puentes hacia una cosmovisión mucha más abarcadora y sumamente consistente.

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