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Después de varios meses lejos de esos trajines, esta
mañana volví a estar en una Conferencia de Prensa. Me
sentí, en parte, como cuando regreso a mi Tamarindo
natal y saludo primos, compañeros de escuela, paisajes.
Los colegas del sector cultural —el “familión”, como
alguna vez le llamé— estaban ahí dispuestos a cederme un
puesto en la sala y compartir apuntes, informaciones y
sonrisas. Había caras nuevas y muchas otras que durante
décadas han acercado la grabadora o esgrimido la pluma
para promover, orientar, deslindar.
Al
periodista le pasa como al médico. Todos piensan que “su
caso” es el más importante, que nada más puede compartir
la atención en ese momento. Me conozco esta dinámica
desde los dos ángulos. Cuando se trata del estreno de
una de mis obras, me comporto igual o peor que el más
apasionado de los creadores. Me fijo si la muchacha
recién llegada a la emisora guardó de verdad en su
cartera la Nota o me angustio si —a las doce del día,
cuando el sol y el hambre piden a gritos una tregua— los
periodistas se quedan callados y no anotan ni preguntan.
Me olvido entonces de que yo también he bostezado en
alguna que otra conferencia y de que mi mano se cansó
muchas veces de los apuntes, o de que la intuición me
dijo que los protagonistas estaban dando vueltas sobre
lo mismo sin informar nada nuevo. Cuando un colega dobla
la curva de las dos peguntas y se pierde en detalles
prescindibles se le mira de medio lado : si es de
confianza, se le pasa un papelito, pero casi siempre con
respeto y tacto. Mañana el apurado de hoy puede ser el
preguntón en otro intercambio parecido.
Me sigue
gustando ese momento en que el hecho más bien privado de
un rodaje, la edición de un libro o un evento se abre a
todos a través de estas personas laboriosas y sensibles
que deben estar por la mañana atentos al concertista que
debutará el fin de semana y al mediodía son reclamados
por la feria del libro o la temporada teatral de ballet
que también se aproximan.
Cuando
se trata de una jornada en provincias los lazos de
amistad se fortalecen. Hay que respetarse el turno en la
computadora (antes en aquellos ruidosos y para mi
difíciles telex) o pedirles de favor a las compañeras
del restaurante que le guarden una ración al amigo que
no ha llegado porque está “tirando” para su periódico o
emisora. El festival fuera de La habana ayuda también a
conocer mejor a los artistas. He visto como reporteros
que disfrutan de la cultura en general, pero no se han
especializado en ninguna manifestación, se acercan más
al teatro a partir de su estancia en los encuentros
nacionales que cada dos años se celebran en la central
provincial de Camagüey. A partir de esa experiencia
fulano o mengana dejan de ser el actor lejano o el
director de pocas palabras para convertirse en el
compañero de viaje, conversaciones de elevador y muchas
anécdotas compartidas.
Cuando
alguien recién graduado se incorpora al sector le suelo
recomendar que se especialice. Es un banquete espiritual
estar informado e informar sobre todas las variantes
artísticas, pero para la entrevista ambiciosa o el
reportaje hondo, viene muy bien conocer un poco de la
técnica, bastante de la historia de la manifestación y
esa otra cultura que late en los hábitos, los humores,
los desvelos básicos del creador que está detrás del
lienzo o el monólogo de la sinfonía o la obra en dos
tomos. |