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La sociedad de conferencias
Josefina Ortega
La Habana


En las primeras dos décadas del siglo XX cubano se multiplicaron muchas acciones culturales, diversas y significativas, a todas luces por la productiva sensación de ser por fin una nación “independiente”, o tal vez por la necesidad de conjurar las frustraciones que dejaba un nacimiento a medias. 

Lo cierto es que existía una intelectualidad nacional que desde la colonia venía pugnando por expresar su contenido propio, al igual que existió una pujante clase económica “criolla”, que no podía dar rienda suelta a sus empeños. A finales del siglo XIX era demasiado notorio que España solo podía hacer gala de su poder militar y político en la Isla, y a la partida de la metrópolis la explosión creativa intelectual fue tal que ni la intervención norteamericana pudo acallarla. 

Así se sucedieron periódicos, revistas, aperturas de cursos en la Universidad —sobre temas nacionales—, y la fundación entre otras, de las academias de Historia y la Nacional de Artes y Letras, génesis de la creación, años después, de otra institución análoga: la Academia Cubana de la Lengua.  

A la par nacía una agrupación que rápidamente obtuvo altos créditos en el ámbito nacional: la Sociedad de Conferencias, aunque a cuatro años de cumplirse el centenario no sea recordada como otras similares en la cultura cubana que tuvieron iguales ímpetus. 

Por falta de nombres ilustres no sería, pues el núcleo primigenio estuvo integrado nada más y nada menos que por Enrique José Varona, Juan Gualberto Gómez y Manuel Sanguily, entre otros patriarcas a quienes los jóvenes de la llamada “primera generación republicana” acudieron para sumarlos a un empeño que precisaba de una generación histórica. 

La iniciativa de fundar la Sociedad —que abriría sus puertas el seis de noviembre de 1910— se debió a los empeños de Jesús Castellanos y Max Henríquez Ureña, sus primeros codirectores. Al morir Castellanos, perteneciente a esa primera generación republicana, lo sustituyó en uno de los dos cargos de director Evelio Rodríguez Lendián, un hombre de la anterior progenie. En 1914 Henríquez Ureña se muda a Santiago de Cuba y es sustituido por un entonces joven José María Chacón y Calvo, considerado de la segunda hornada republicana.  

La Sociedad de Conferencias despertó interés rápidamente por temas variados, contemporáneos y profundos que, además de las personalidades intelectuales nacionales, incluían a poetas extranjeros, y sobre todo por los aspectos de la Historia de Cuba, pues en las disertaciones participaban protagonistas de aquellas gestas libertarias, que razonaban con conocimiento de causa, y cuyas conferencias eran editadas y publicadas luego en periódicos, folletos y revistas.  

Entre los temas más notables estuvieron La Expulsión de los diputados cubanos del parlamento español en 1837; Martí y su obra; Martí en Santo Domingo —esta a cargo de Max Henríquez Ureña—; La Mujer cubana en la revolución, y Preliminares de la revolución de 1895, por Juan Gualberto Gómez, entre muchas otras. 

Según se recoge en el Panorama Histórico de la Literatura Cubana, del propio Henríquez Ureña, entre 1910 y 1914, fecha en que se disolvió, a nombre de la Sociedad de Conferencias, iluminaron con su verbo treinta y cinco personalidades de la vida nacional entre los cuales se destacaron —además de los ya mencionados— Miguel de Carrión, Alfonso Hernández Catá, Guillermo de Montagú, y Emilio Roig de Leuchsenring.  

A la fértil actividad de la sociedad, a la relevancia de tantas personalidades y a la posibilidad de hacer circular las disertaciones en impreso se debió en buena medida que en Santiago de Cuba, en Santa Clara y en Matanzas, comenzaran a asentarse, con más o menos suerte, entidades similares, idea que fue teniendo eco en otras ciudades menores del país, pero con igual sinceridad: poner al servicio de la sociedad el caudal cognoscitivo del universo cubano.

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