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Esta receta es ideal para aquellos pobres mortales que
andan con el moco caído producto de algún petate
amoroso. Me la enseñó un célebre domador de caballos de
mi pueblo, famoso sobre todo por sus buñuelos de yuca,
con los que iba amansando a los animales, dándoselos a
comer de su propia mano y los que también regalaba a las
guajiras bonitas que asistían los domingos al rodeo de
Buena Vista. Generoso La Era se llamaba, hombre recio,
muy amigo de la familia y que era como un hermano mayor
para mí.
Andaba yo en diecisiete años, y a la sazón había sido
contratado por Esoterio Magallanes, dueño de un pequeño
circo ambulante que daba funciones por toda la provincia
de Las Villas, y cuya carpa solamente contaba con cinco
atracciones que se resumían en: Siroco “El Rajá de
Oriente”, un viejo mago y prestidigitador bastante malo.
Alicia “La Bolle”, que hacía la danza del ombligo (donde
más churre no podría encontrarse). Sansón “La Furia”,
cuyo espectáculo consistía en ripiarse a mordidas con
cuatro cerdos muertos de hambre, a los que se le
amarraban unos enormes colmillos de goma en el hocico
para hacerlos parecer más fieros. Pompeo el payaso, que
fue despedido muy pronto, dado que cualquiera de los
anteriores números provocaban más risas que el suyo, y
por último, mi amigo Generoso La Era, al que Esoterio
había bautizado con el artístico nombre de: “Pigmaleón”.
El número de Generoso consistía en domar un potro jíbaro
a la vista de todos en aquel reducido espacio que la
carpa permitía. Para esto, Esoterio buscaba algún
guajiro que tuviera un potro sin domar y en sazón para
ser ensillado, y le proponía traerlo al circo con la
promesa de dos entradas gratis, de esta manera le
aseguraba al respetable una doma seria y sin trucos, ya
que ellos reconocerían al animal en su estado salvaje.
Pues bien, yo era lo que se dice un multioficios en
aquella baraúnda, lo mismo remendaba la carpa, que les
amarraba los colmillos de goma a los puercos, que salía
con matraca y pitos anunciando la llegada del circo. Fue
así como conocí a Segislaida, una guajirita que se hizo
mi novia por medio día, y que luego de un par de besos y
algunos íntimos manoseos, rompió conmigo, alegando que
ella lo que realmente necesitaba era un hombre que se la
llevara de aquel lugar y no un vejigo culicagao. Esa
tarde llegué al circo con la matraca muda y el silbato
lleno de moco y lágrimas. Fui directamente a ver a
Generoso, que al escuchar mis cuitas de amor, me llevó a
la siempre improvisada cocina de la carpa y me preparó
la más reconfortante de las sopas. Ahí les va la receta.
Se pone a hervir una libra de ternera en una olla con
agua, un punto de sal, dos hojas de laurel y unas hebras
de azafrán. A las dos horas, se baja la olla del fuego y
se cuela el asunto. Luego en un plato hondo se colocan
varias rebanadas de pan tostado y por encima se le echan
yemas de huevo hervido, perejil, y la carne de ternera
bien ripiada. Se agrega a esto, queso amarillo rayado
con un polvito de anís y canela, unas hojitas de yerba
buena maceradas y luego se vierte el caldo caliente y se
perfuma con un chorrito breve de vino seco.
Mire compay, a la media hora arranqué pal pueblo y pegué
a meterme con cuanta guajirita linda me salió al paso;
entre matraca, pito, bocina y aquella sopa poderosa, me
sentía como pez en el agua dándole caritate a la cruel
Segislaida, que de cuando en cuando me echaba un ojo
mientras paseaba del brazo de algún pelele, que más
tarde sería víctima de sus colosales ambiciones. |