Año V
La Habana
2006

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Sopa poderosa para el ánimo caído
El Guajiro de El Crucero


Esta receta es ideal para aquellos pobres mortales que andan con el moco caído producto de algún petate amoroso. Me la enseñó un célebre domador de caballos de mi pueblo, famoso sobre todo por sus buñuelos de yuca, con los que iba amansando a los animales, dándoselos a comer de su propia mano y los que también regalaba a las guajiras bonitas que asistían los domingos al rodeo de Buena Vista. Generoso La Era se llamaba, hombre recio, muy amigo de la familia y que era como un hermano mayor para mí.

Andaba yo en diecisiete años, y a la sazón había sido contratado por Esoterio Magallanes, dueño de un pequeño circo ambulante que daba funciones por toda la provincia de Las Villas, y cuya carpa solamente contaba con cinco atracciones que se resumían en: Siroco  “El Rajá de Oriente”, un viejo mago y prestidigitador bastante malo. Alicia “La Bolle”, que hacía la danza del ombligo (donde más churre no podría encontrarse). Sansón “La Furia”, cuyo espectáculo consistía en ripiarse a mordidas con cuatro cerdos muertos de hambre, a los que se le amarraban unos enormes colmillos de goma en el hocico para hacerlos parecer más fieros. Pompeo el payaso, que fue despedido muy pronto, dado que cualquiera de los anteriores números provocaban más risas que el suyo, y por último, mi amigo Generoso La Era, al que Esoterio había bautizado con el artístico nombre de: “Pigmaleón”. El número de Generoso consistía en domar un potro jíbaro a la vista de todos en aquel reducido espacio que la carpa permitía. Para esto, Esoterio buscaba algún guajiro que tuviera un potro sin domar y en sazón para ser ensillado, y le proponía traerlo al circo con la promesa de dos entradas gratis, de esta manera le aseguraba al respetable una doma seria y sin trucos, ya que ellos reconocerían al animal en su estado salvaje.

Pues bien, yo era lo que se dice un multioficios en aquella baraúnda, lo mismo remendaba la carpa, que les amarraba los colmillos de goma a los puercos, que salía con matraca y pitos anunciando la llegada del circo. Fue así como conocí a Segislaida, una guajirita que se hizo mi novia por medio día, y que luego de un par de besos y algunos íntimos manoseos, rompió conmigo, alegando que ella lo que realmente necesitaba era un hombre que se la llevara de aquel lugar y no un vejigo culicagao. Esa tarde llegué al circo con la matraca muda y el silbato lleno de moco y lágrimas. Fui directamente a ver a Generoso, que al escuchar mis cuitas de amor, me llevó a la siempre improvisada cocina de la carpa y me preparó la más reconfortante de las sopas. Ahí les va la receta.
 

Se pone a hervir una libra de ternera en una olla con agua, un punto de sal, dos hojas de laurel y unas hebras de azafrán. A las dos horas, se baja la olla del fuego y se cuela el asunto. Luego en un plato hondo se colocan varias rebanadas de pan tostado y por encima se le echan yemas de huevo hervido, perejil, y la carne de ternera bien ripiada. Se agrega a esto, queso amarillo rayado con un polvito de anís y canela, unas hojitas de yerba buena maceradas y luego se vierte el caldo caliente y se perfuma con un chorrito breve de vino seco.

Mire compay, a la media hora arranqué pal pueblo y pegué a meterme con cuanta guajirita linda me salió al paso; entre matraca, pito, bocina y aquella sopa poderosa, me sentía como pez en el agua dándole caritate a la cruel Segislaida, que de cuando en cuando me echaba un ojo mientras paseaba del brazo de algún pelele, que más tarde sería víctima de sus colosales ambiciones.

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