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La Habana

22 al 28 de JULIO
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Tras las huellas de Napoleón en Santiago de Cuba
Sabine Faivere D’ Arcier Francia


Es la narración de la vida de un ilustre desconocido, Francisco Antonmarchi, cuyo papel quedó grabado en la Historia por el hecho de haber visto expirar a Napoleón Bonaparte en la isla de Santa Elena y el de haber elegido la tierra de Cuba para descansar por la eternidad. Pues es aquí, en Santiago de Cuba, que los cubanos lo acogieron y cuidaron de sus mortales restos. Este hecho fue confirmado en el año 1994 por el doctor Antonio Cobo Abreu, especialista en Medicina legal de esa ciudad oriental, cuando, después de abrir el osario del panteón de la familia Portuondo, procedió a la identificación de los restos del difunto a partir de una caja rectangular de plomo de 70 por 40 centímetros.

¿Quién era el doctor Francisco Antonmarchi? 

Nació en el pueblo de Morsiglia en Córcega, no muy lejos de Bastia (Cabo corso) el 5 de julio de 1789, año de la Revolución Francesa.

Después de haber cerrado los ojos de Napoleón en la isla de Santa Elena, se embarcó un buen día desde Nueva Orleans hacia La Habana y Santiago de Cuba donde su primo hermano, Antonio Benjamín, tenía un cafetal en El Cobre, y donde la muerte lo sorprendió el 3 de abril de 1838 a la edad de cuarenta y nueve años.

Falleció en la ciudad santiaguera, víctima de ese terrible vómito negro, enfermedad que había estudiado y siempre combatido, tanto como el cólera en Varsovia, París y Nueva Orleans, hasta Santiago de Cuba donde fue enterrado en el cementerio de Santa Ana, en la bóveda familiar del marqués de las Delicias del Tempú.

Este personaje, ciudadano del mundo y revolucionario de excepción, nos interpela inmediatamente no solo por su destino, sino por su audacia, su humanidad, su inmensa generosidad y desinterés para cuidar a ricos y pobres durante toda su vida, sin discriminación alguna, ya fuera en Florencia, Santa Elena, París, Varsovia, Nueva Orleans y, particularmente en Santiago de Cuba, donde curó y realizó la primera operación de catarata, pasando en esa ciudad oriental los momentos más felices de su vida, como solía decirlo a sus familiares.

Su destino fue fabuloso

Después de haber recibido su título de Doctor en Filosofía y Medicina, a la edad de 19 años empezó una tesis sobre la catarata y fue nombrado, con veintitrés años, Doctor en Cirugía en la misma Universidad Imperial.

Es así como, a la edad de treinta años, ese joven doctor que se había convertido en uno de los más grandes cirujanos y anatomistas de su época, fue elegido por el Cardinal Fesh, tío de Napoleón, para asistir y curar al Emperador, ya enfermo y exiliado en Santa Elena, ese horrible peñasco azotado por los vientos.

Antonmarchi llegó en septiembre de 1819 a Longwood, residencia donde vivía el Emperador y su pequeñita corte, y se quedó allí para cuidarlo y compartir los últimos momentos de este personaje histórico, conversando con él, hablando con emotividad de su infancia y de su isla natal, Córcega, hasta su último suspiro el 5 de mayo de 1821, cuando tuvo el honor de cerrar sus ojos y de hacer su autopsia.

Pero fue precisamente después de la muerte del Emperador que empezaron por parte de sus contemporáneos las envidias y las cábalas dirigidas contra él. Inmediatamente su nombre fue ligado a ese angustioso enigma y a esas palabras que Napoleón le decía muy a menudo: “Muero prematuramente asesinado por la oligarquía inglesa y sus sicarios”.

Algunos de sus detractores sospecharon de él, otros llegaron a reprocharle su incompetencia médica, acusándole de no haber podido devolverle la salud a su paciente. Más tarde, lo atacaron a propósito de la mascarilla mortuaria de Napoleón que había moldeado sobre su rostro, dos días después de su muerte, y cuya autenticidad se ha puesto muchas veces en tela de juicio.

Entonces, si la muerte del Emperador está rodeada de numerosos misterios, el más inquietante de todos tiene que ver con su supuesto envenenamiento.

¿Quién asesinó el Emperador?

Antonmarchi, testigo principal de los últimos momentos de Napoleón y que ha publicado, de vuelta a París, un libro con ese nombre, tiene una idea bien precisa a propósito de la tesis sobre un asesinato premeditado, que hasta el día de hoy privilegian varios científicos e historiadores.

Pero la Historia nos plantea cada año nuevas interrogantes o certezas sobre la causa exacta de la muerte del Emperador, polémica que perdura en el mundo de los científicos hace más de cuarenta años.

Otro secreto, otro misterio, todavía más atractivo que rodea la personalidad de Antonmarchi tiene que ver con el fabuloso tesoro que poseía a la hora de su muerte: joyas, cuadros y recuerdos ofrecidos por el emperador y la familia imperial a su médico particular como agradecimiento por sus cuidados y su atención cotidiana durante el destierro. Por otro lado ¿qué fue lo que occurió con el mausoleo que encargó construir Napoleon III en memoria de Antonmarchi en el antiguo cementerio de Santa Ana de la ciudad de Santiago de Cuba? Un viajero francés, Hyppolite Piron, de paso por este cementerio en 1869, lo vio y leyó un largo epitafio con el nombre de Antonmarchi. El monumento, por lo que parece, era espléndido, pero no sabemos lo que pasó después y si fue devastado por los insurgentes cubanos durante las guerras de independencia. El misterio permanece así...

La única verdad que nadie jamás ha podido poner en duda es que Francisco Antonmarchi fue el testigo principal de ese drama: la muerte del Emperador, ese Ogro y Salvador de quien el gran escritor francés Chateaubriand escribía en sus Memorias de ultratumba: “En vida perdió el mundo, pero muerto lo posee”.

Por fin, después de tantos elogios, tantas mentiras o calumnias, viene la hora de rehabilitar hoy a este personaje extraño y secreto cuyo destino, aunque demasiado corto, fue muy excepcional. ¿Cómo este doctor, que interrumpió bruscamente su brillante carrera para seguir al Emperador exiliado sobre el pobre y feo peñasco de la Isla de Santa Elena, ha podido convertirse en el personaje más odiado o más querido de sus contemporáneos?

Sin embargo, nos alegramos de que, por una feliz casualidad, al pueblo cubano y a la tierra de esta Isla que lo acogió con tanto orgullo y cariño, les incumba resucitar hoy, a este último doctor de Napoleón, Francisco Antonmarchi, para sacarlo definitivamente del manto del olvido donde lamentablamente cayó.

Palabras de la autora francesa Sabine Faivere D’ Arcier durante la presentación de Tras las huellas del médico de Napoleón en Santiago de Cuba, publicado por la Editorial Letras Cubanas y presentado en la Casa Víctor Hugo el pasado 22 de junio.

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