|
La pasión es
su esencia y el sustento de su creatividad. Apenas
podría andar sin ella, aun cuando algunos contravienen
ese dejarse llevar por un impulso obcecado, sin riendas
ni correaje. Para Jorge Luis Sánchez nada es más
aburrido e irracional que la falta de exaltación. Quizá
porque el fuego de su imaginación no resiste fronteras y
la fibra de sus personajes escapa a cualquier atadura.
|
 |
De esos fantasmas que
lo rondan han surgido sus mejores realizaciones. Algunos
reviven en documentales como Las sombras corrosivas
de Fidelio Ponce (2003) o Dónde está Casal
(1991). Otros forman parte de sus proyectos de futuro
como la vida de la cantante Freddy quien conquistó al
público cubano allá por 1960, con su voz exclusiva y su
talla desmesurada, o el Andoba del dramaturgo
Abraham Rodríguez, un espejo donde “podemos mirarnos
nosotros mismos”.
En su trayectoria profesional se distingue una
preocupación sostenida por asuntos como la identidad
nacional, la marginalidad y el acervo popular, el arte
cubano y la historia patria. Pero siempre guiado por ese
signo cuestionador que nos incita a la inconformidad con
lo preestablecido, con la rigidez y el dogma, con
aquellas visiones esquemáticas que empañan la
interpretación de un suceso y el mejor entendimiento de
un mito o una personalidad histórica.
Su primer
largometraje de ficción: El Benny, prueba el
arrojo de un director que supera muy disímiles
contratiempos y estereotipos, para revivir a una leyenda
de la música cubana, a un genio de la composición y de
la interpretación cuyo carisma es difícil de imitar o
igualar. Sin embargo, la película convence y conquista
al espectador desde el primer momento. Quizá porque
—vuelve a rondarnos la pasión— el espíritu del no por
gusto bautizado Bárbaro del Ritmo se adueñó del
cineasta, con su proverbial poder de seducción. O tal
vez porque el haber rumiado durante años este filme,
desde la temprana adolescencia, desbrozó el camino de
rutas trilladas y condensó en una trama que navega con
suerte entre la ficción y la realidad, lo esencial de
uno de los más caros símbolos de cubanía que exhibe
nuestra música.
Más que un retrato de Bartolo Moré, la obra de Jorge
Luis Sánchez que conquista por estos días a miles de
espectadores en la Isla es un retrato de identidad, una
enunciación simbólica de aquello que nos matiza y nos
distingue, gracias a esa eterna introspección en la
naturaleza humana que se propone y logra una verdadera
obra de arte.
ESTOY EN BUEN LUGAR,
NO ME EQUIVOQUÉ
¿Cuándo descubriste
que había una vocación en ti por el mundo del
audiovisual y el cine?
La vocación por el
cine la sentí por primera vez a los nueve años. Estaba
en quinto grado cuando un primo mío que trabajaba en la
televisión, y que había comprado una cámara soviética de
ocho milímetros, me enseñó sus posibilidades. Entonces
empecé a escribir una historia para filmarla. Por
supuesto, nunca me prestó la cámara porque era muy niño.
Pero es ese el recuerdo más lejano que tengo de un
interés por contar una historia empleando una cámara.
Después hubo algunos
intentos que no cuajaron, hasta que en la Casa de la
Cultura de Plaza abrió un círculo de interés
cinematográfico. Lo auspiciaba el ICAIC y lo impartían
el difunto José Antonio González, crítico y director del
Centro de Información, y Mario Piedra, quien todavía
vive. Allí, a los 18 años, empecé a descubrir cómo se
hacía el cine. A mí nunca me interesó tener en las manos
una camarita para filmar a la familia; la idea era
filmar y contar historias, por supuesto, con las dudas e
inseguridades propias de la inexperiencia pero con una
gran pasión.
La pasión siempre me
ha salvado de retirarme, pero lo que me dio la fuerza y
el valor que uno necesita para continuar y superar las
dudas fue cuando hice el documental Un pedazo de mí,
que reflejaba el mundo de unos jóvenes roqueros con
algunos problemas sociales. Entonces ya tenía 28 años.
El material fue bien recibido y respetado por cineastas
importantes y devino un poco el pasaporte que uno
necesita para decirse: estoy en buen lugar; no me
equivoqué.
¿La familia estimuló
esa pasión por el cine?
Para nada. En mi
familia nadie había sido cineasta. El único de la
familia que voló alto fue Benny Moré. Pero esa vocación
no sé cómo llegó a mí, de dónde vino… No me gustaban las
matemáticas, ni la química, ni la física; pero siempre
de muchacho me apuntaba en los grupos de aficionados al
arte: coro, teatro, música, artes plásticas, danza…
Mi mamá un día me
dijo: Yo te di la educación, la cultura la buscaste tú.
Y fue así.
¿Entonces creciste
junto al mito del Benny?
La abuela de Benny y
mi abuela, que en paz descansen, eran hermanas. Eran
seis hermanos y la de Benny, que era la mayor, se
llamaba Patricia. La más chiquita era mi abuela. Como
ella me prácticamente crió porque mamá trabajaba, me
llevaba del brazo a las casas de la familia y yo
siempre, como una esponja, escuchaba las historias de
Bartolo.
La madre del Benny,
Virginia, iba mucho a mi casa y hablaba con mi abuela,
que la regañaba porque era muy mandona en el mejor
sentido, porque siempre estaba tratando de ayudar a la
gente y dando consejos. Yo me sentaba cerca para
escuchar y así crecí entre anécdotas de Bartolo, porque
en la familia nadie lo llamaba Benny.
Mi abuela guardaba
hasta una vela de cuando lo velaron en el Palacio de los
Matrimonios de Prado y yo crecí viendo esas cosas.
Cuando cumplí los veinte años me propuse zafarme de la
mirada familiar hacia Bartolo, a quien nombraban como un
hombre que nunca se había muerto y que podía entrar por
la puerta en cualquier momento. Comencé a reconocer a
Benny, la gran figura, El Bárbaro del Ritmo y hasta
pensé en escribir algo sobre él.
Pero la mirada seguía
siendo ingenua, hasta que con los años logré aproximarme
a esa figura mítica de todos los cubanos y del mundo.
El día del estreno
Fernando Pérez recordó que el tema del Bárbaro del Ritmo
fue el que propusiste siempre —desde que se conocieron—
como eje de un posible largometraje de ficción. Han
pasado muchos años desde entonces. ¿Cómo fue moldeándose
esa historia hasta hoy?
Mi primera
aproximación escrita al Benny fue en el año 1994. Pero
ese guión estaba permeado por esa mirada noble y
excesivamente generosa hacia su persona. No mostraba
muchos conflictos y contradicciones. Él era el Bárbaro y
también andaba yo muy preocupado porque el guión fuera
fiel a la historia verdadera. Le pasaba la mano
frecuentemente porque creo que un guión debe madurarse y
dedicársele la mayor cantidad de tiempo. Gastar energías
y emplearse a fondo en esa concepción inicial no es tan
malo como gastar recursos de la filmación.
Ese proceso duró
hasta que conocí a uno de los tantos productores con los
que tuve que hablar sobre la película, pero no la
hicieron. Este en específico, un hombre muy inteligente,
quien produjo algo que nadie haría como Barroco,
de Paul Leduc, me dio dos o tres claves y me hizo varias
sugerencias que me pusieron a pensar. Decidí no
escribirlo solo y fue cuando apareció Abraham Rodríguez,
dramaturgo, amigo, hermano, hombre, quien
lamentablemente murió en medio del rodaje y no pudo
llegar a ver su película. Los dos empezamos a trabajar
en un guión del que le dije: destrózalo, eso es tuyo.
Abraham conocía la
vida, era mayor que yo y un hombre de calle que dominada
mucho la naturaleza humana. Ese diablo que le hacía
falta a la película lo encontró. Él escribía y yo
revisaba secuencia por secuencia y nos fuimos aportando
mutuamente.
Hasta el último
momento seguí cambiando cosas de ese texto de 2001, pero
esencialmente se mantuvo esa versión específica del
guión que evolucionó favorablemente.
Debiste separarte de
la vida real del Benny y emplear la fabulación. ¿Cuánto
de ficción distingues en la película?
Muchas anécdotas
reales no están en la película porque no supe filmarlas,
como cuando el Benny está cantando en el América, le
molesta la dentadura y se la quita en público, pero yo
no sé filmar eso y podía resultar muy grotesco para el
personaje que quería armar.
Tuve que imaginar
situaciones y sus reacciones. No existe un ser humano
que conozca totalmente al Benny. La familia lo conoce
desde un ángulo, los que estuvieron en México con él
desde otro, los músicos de la orquesta, su mujer… Todos
tienen un costado de Benny, pero el Benny total no lo
domina nadie.
Uní entonces lo real
con lo ficticio, siempre respetando su psicología, cómo
Benny hubiera reaccionado ante una situación
determinada. Si el público lo acepta es porque siente
con autenticidad esa mezcla entre realidad y ficción.
Ese Benny tuyo, que
tal vez es una suerte de resumen del Benny de todos los
cubanos ¿cómo lo describirías sin emplear los recursos
cinematográficos?
Un hombre de
temperamento sanguíneo, colérico, intranquilo,
hiperquinético, inteligente, con vanidad, justiciero,
progresista, campesino pobre, violento, excesivamente
enamorado de la vida y las mujeres, vital, triste,
trágico, complejo, con defectos y virtudes,
frustraciones y sueños, que a veces subestima a alguien
por su ego muy bien colocado…
Quería que Benny
fuera un pedazo vivo de nuestra identidad. Y nuestra
identidad es fabulosa, pero también tiene zonas ante las
cuales debemos esforzarnos por ser mejores. He visto
varias veces la película en las salas de cine. Hay una
escena específica de su conducta, cuando se comporta muy
mal con su primera esposa, que debía producir otra
reacción en el público. Sin embargo, hay muchas personas
que no condenan al Benny, condenan a su esposa,
interpretada por Laura de la Uz. Eso no está bien.
Así Benny se
convierte en un espejo de lo que somos, de las cosas
buenas de nuestra identidad y de aquellos costados
oscuros contra los cuales debemos luchar para ser
mejores.
En tu opinión, luego
de este largo recorrido por la música del Benny ¿qué nos
aportó musicalmente?
A todas las personas
que entrevisté, les escuché decir que era un bárbaro, un
genio musicalmente hablando, pero nadie podía
argumentarme por qué. Es un mito que heredamos todos.
Poco a poco, con algunos estudios y libros, algunas
opiniones especializadas, me acerqué a una respuesta.
Pero todavía nos falta un estudio musicológico que
profundice realmente en la naturaleza de su genialidad.
También pude notar
que se escamotea mucho esa genialidad porque es muy duro
que una persona que no haya estudiado música te
demuestre que algo no está bien. Muchos coetáneos tienen
que reconocer su genio pero hasta ahí, porque a veces es
muy duro aceptarlo.
Se dice que Benny
intentó cambiarle los arreglos a Miguel Matamoros, que
lo había sacado del restaurante El Templete, en la
Avenida del Puerto, con su guitarrita a cuestas y
pasando hambre, y lo llevó a triunfar en México.
En la película traté
de darle cuerpo a esa genialidad y ofrecer la imagen de
ese hombre mujeriego, fiestero, a veces irresponsable en
su vida personal, pero para quien la música era sagrada.
Benny era capaz de corregirle a un músico de academia
porque así era como le sonaba a él, aunque para algunos
representara un disparate.
Sin dudas,
actuaciones como la de Renny Arozarena garantizan la
credibilidad del filme. ¿Qué tipo de relación le
propones a los actores?
El primero que hizo
de Benny fui yo. Vivía en Venezuela (1995) y cuando me
encerraba en el apartamento me ponía a cantar porque
tenía que sentir a Benny y convencerme a mí mismo. De
manera que cuando años después me senté frente al actor
sabía lo que podía pedirle en cuanto a sentimientos que
para mí son esencias.
Me gusta controlarlo
todo en el set de filmación y los actores son mi
prioridad y mi responsabilidad. A ellos les dediqué todo
el tiempo del mundo y eso lo aprendí con Fernando Pérez,
mi maestro. Ensayé mucho, me apoyé en el trabajo de
mesa, y aunque se tratara de un papel secundario en una
secuencia obligaba al actor a inventarse una historia
(había como veinte tramas para películas en cada uno) y
estaban muy estimulados.
Hasta esos personajes
que aparecen un ratico en pantalla deben ser muy
convincentes porque son parte de la autenticidad de la
puesta en escena. Así los actores llegan al set de
filmación seguros y se sienten muy cómodos.
Recuerdo que a Renny
le puse una noche unos movimientos exactos con una
canción. Y después Isidro Navarro, el excelente
coreógrafo de la película, me convenció de que debíamos
darle todas las herramientas, pero una vez que se las
aprendiera no debíamos exigírselas más, porque cuando se
parara frente a la cámara todo le saldría muy orgánico y
aparecerían otras muchas cosas. Y efectivamente, Renny
tuvo libertad para una vez aprendidas todas las
coreografías, desplegar su espontaneidad.
¿Qué supuso mayor
entrega y estrés para ti en la realización de El
Benny?
La etapa oscura y
solitaria del financiamiento de la película. A veces
soñaba con Chaplin porque por momentos parecía un
imposible, un obstáculo improbable de vencer. No hice
concesiones con ciertos productores que me exigían
cambios o que colocara a cierto actor en un papel. Me
preguntaba cómo reaccionaría el día en que apareciera
alguien diciéndome que podía hacer ya la película. Debo
confesarte que tendré que sentarme en un momento solo y
llorar con esta película. No pasé más trabajo que nadie,
pero pasé un trabajo que es normal en la profesión
nuestra.
El cine es difícil
por su carácter industrial y costoso. Hacer cine en Cuba
es un lujo prácticamente y debemos darle las gracias al
país, al gobierno, al ICAIC, a la vida… a todo el mundo,
de que podamos filmar. Hay países donde los realizadores
ni siquiera pueden soñar con hacerlo.
Disfruto muchísimo la
prefilmación y la filmación me fascina. La edición me
encanta. Lo que menos disfruto en la realización de una
película es la mezcla de sonidos.
EL BENNY,
UN PUNTO DE PARTIDA
Antes de acceder al
cine de ficción experimentaste con gran acierto en un
género que algunos consideran menor: el documental.
¿Influyó en tu primer largometraje esa experiencia
precedente?
Cuando realicé Un
pedazo de mí, y me adentré en el mundo adolescente o
El fanguito, documental dedicado a la gente de
ese barrio, me estaba entrenando sin querer en algo muy
importante para un director de cine: su capacidad de
observación y de entendimiento de la naturaleza del ser
humano.
Con el documental de
Elena Burke también aprendí, pues toda esta gente hizo
su arte sin haber cursado estudios ni pasar por una
academia. Cantaban porque de no hacerlo se reventaban.
Un día ella me dijo: “Cantar para mí es trabajo”. Sin
embargo, escuchas una interpretación suya y no parece
que haya pasado trabajo alguno.
Así mismo, entender a
Fidelio Ponce con su vida de casi antisocial o a Julián
del Casal, con su poética tan especial, me sirvió para
llegar al Benny más cómodo y con una mayor preparación
para entender a un hombre que de alguna manera fue
esclavo de su público. De lo contrario cómo entender que
no rechazara un trago que le brindaba alguien de pueblo
aun cuando su médico le había advertido que eso lo
mataría.
El documental me
ofreció herramientas insospechadas y en este momento
nada conscientes, que afloran solas cuando me enfrento a
la realización de un largometraje.
¿Dejarás a un lado el
documental para consagrarte por entero al largometraje
de ficción?
Una buena parte de
mis documentales contemplaron la puesta en escena. Me
molestaba la ortodoxia documentalística y en muchos puse
a actuar a los personajes. Me había cansado del
documental porque no encontraba un modo diferente de
realizarlos. Después del dedicado a Fidelio Ponce de
León —la idea la tuve en 1991 y lo realicé en 1998,
porque no encontraba el cómo—, se me cerró el dominó. En
ese momento me sentí capaz de dirigir un largometraje de
ficción.
Pero no abandonaré el
documental. De hecho, cuando esta película se aparte un
poco de mi mente, voy a preparar una serie sobre el
Bárbaro del Ritmo. La película habla del Benny que pudo
haber sido, pero conservo una gran cantidad de
entrevistas que son el testimonio de quienes lo
conocieron.
¿Para qué sirve el
cine?
El cine tiene que
entretener y a la vez hacer pensar.
Ayer fui al Yara y me
coloqué de incógnito. Un muchacho me reconoció a la
salida, me felicitó y acto seguido me preguntó: ¿Dónde
puedo buscar los discos de Benny? Por poco me desmayo
porque para mí las películas sobre personajes reales son
un medio para llegar a ellos, pero no un fin. El fin
está en el acercamiento a la obra o a los aportes de
esas personalidades, que posteriormente pueda incentivar
en el público. Ponerle la cabeza mala al espectador, que
piense, que se vaya con la película para la casa. Por
eso que un joven me haga una pregunta así es lo máximo.
Lo importante es que él salga del cine a buscar a su
Benny.
Un artista no es más
que un manipulador para bien, para mejorar al hombre,
para el progreso de la vida.
¿Continuarás esta
línea de realización de largometrajes donde lo histórico
y testimonial se complementen en la ficción?
Yo estoy muy mal
últimamente porque a mí lo que se me ocurren son
películas de época muy caras y muchas veces los socios
extranjeros productores prefieren películas sobre la
contemporaneidad y de bajo presupuesto. No sé lo que voy
a hacer, pero a mí me fascina la historia de este país.
Tengo un guión que
recrea la salida de la España colonialista de Cuba y la
posterior intervención norteamericana, mediante las
historias de tres niños. No se trata de una pieza
arqueológica porque está mirando al presente y analiza
aspectos de nuestra identidad y peligros que siguen
latentes para nuestra nación, aun cuando nos hemos
sacrificado tanto y nos sacrificamos a diario para ser
un país verdaderamente libre.
El otro fantasma,
desde 1991, es el de Julián del Casal y ese período
entre guerras, cuando finaliza la denominada Guerra de
los Diez Años y comienza la de 1895. Ese período que
algunos llaman La Tregua Fecunda, reflejado en la vida
de ese artista que vive en La Habana Vieja.
¿Has intentado
rehacer tus obras una vez concluidas?
Cuando armé la
película con Manolito Iglesias, el editor, en el primer
corte, si me hubieran dado un chance habría filmado
nuevamente unas cuantas escenas, agregaba determinados
planos, hubiera puesto la cámara en otro lugar… Me llevo
muy recio pero es la única manera de crecer. No he
llegado a ninguna parte. El Benny es un punto de
partida para la próxima vez no cometer los mismos
errores.
Por mucho tiempo
fuiste director asistente y asistente de dirección.
¿Cuál es el legado de tres realizadores para los cuales
trabajaste: Fernando Pérez, Orlando Rojas y Humberto
Hermosillo?
Es raro que a
Fernando le guste algo que no me guste a mí y viceversa.
Fue mi maestro cuando me inicié en el ICAIC y es muy
buena persona. Fíjate que le digo San Fernando y también
me aconseja en problemas de la vida personal. Fui su
asistente en Clandestinos y su Director asistente
en Hello Hemingway y en Madagascar.
Después no seguí. Él quería que siguiera en La vida
es silbar pero ya estaba consagrado a El Benny.
Pero seguimos sometiendo todo lo que hacemos a consulta
del otro. Es una relación intelectual y personal
impresionante. Con él experimenté la pasión por el cine
y eso de bordar a mano un filme, pero sobre todo,
Fernando tiene un mérito en el cine cubano: es de los
directores que nos cuentan una historia desde la
emoción. Eso es algo que me conecta fuertemente con él,
porque no podría pensar primero y sentir después una
película. Cuando hay pasión no existen obstáculos. Esa
es la experiencia vital que me transmite siempre.
Con Orlando aprendí
sobre una pasión más calculada y rigurosa. En su
película Papeles secundarios era extremadamente
minucioso. Llevaba al detalle cada escena, cada ensayo,
ejercía un control exhaustivo. Y con Humberto Hermosillo
comprendí que puedes ser muy talentoso pero si no posees
la disciplina en el set, esa organización inglesa con
cada acto de la filmación, no logras nada.
Como fui asistente y
pude estar en el centro de las películas, pero no tomaba
las decisiones, aprendí mucho. Era como un juego exento
de la responsabilidad total. Podía presenciar un trabajo
de mesa, un ejercicio de diseño, la preparación de los
actores. Eso fue muy importante, porque ahora los
muchachos salen de la escuela y a lo mejor nunca han
visitado un set de filmación ni han trabajado con ese
rigor. Si quieres ser director, ese es un camino
seguro.
La Habana es
escenario vital y de creación de muchos de los
personajes que has recreado en tus documentales y del
propio Benny de tu primer largometraje de ficción. ¿Cómo
es la ciudad de Jorge Luis?
La Habana es lo más
grande que hay, una maravilla y la zona histórica que se
está restaurando nos revela todos los días sus encantos.
La he filmado mucho y seguiré haciéndolo. Nací en ella
porque mi abuela vino para acá en la década del treinta
y constituye mi espacio natural. Es un sentimiento, un
dolor, la alegría… muchas cosas a la vez. Si tuviera que
filmar una película donde no apareciera me esforzaría
por incluirla de algún modo. |