Año V
La Habana
2006

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El sueño de Rip van Winkle1
Alberto Garrandés La Habana


Rip van Winkle, célebre personaje del escritor norteamericano Washington Irving (1783-1859), pertenece a una tradición alimentada, en lo esencial, por una exclusiva lista de narradores de varios países, desde su compatriota Herman Melville —el creador de Moby Dick, la ballena blanca— hasta el irlandés Samuel Beckett, hijo espiritual de Franz Kafka y James Joyce.

En la tradición a que me refiero nacen personajes excepcionales —el negador Bartleby, de Melville, y el indolente Watt, de Beckett— con quienes se emparienta Rip van Winkle, un sujeto candoroso, proclive a la ingenuidad, cuyas características principales podrían resumirse en la desidia y la pereza ante el desenvolvimiento de la realidad inmediata, así como en una idea muy precisa sobre el carácter ilusorio de casi todas las responsabilidades del individuo ante esa necesidad de modificación que el mundo manifiesta de manera constante a lo largo de todas las épocas.

En términos literarios acaso podríamos pensar que el relato de Irving —ambientado en el territorio de New York cuando estaba ocupado por los holandeses— se adscribe sin reservas a la tendencia de la narrativa fantástica. Sin embargo, nunca dejaría de sobresaltarnos la naturaleza filosófica del personaje, en cuya conducta hay, sin duda, una especie de manifiesto acerca de la inmovilidad relativa de la Historia y la invariabilidad, también relativa, del ser humano. Sólo que Rip van Winkle lleva hasta sus límites su credo del no hacer —o, más bien, el no hacer nada— como si se hubiera propuesto, en secreto, desafiar al destino y a los hombres.

Que un escritor centre su narración en un hombre común a quien no afectan los regaños e insultos de su mujer, un hombre que se halla inspirado por una falta general de responsabilidad y cuya vida se cifra más bien en la contemplación de lo que le rodea y en algunos diálogos insulsos; que un escritor se apodere de un personaje así y nos presente su vida y su identidad no como un caso moralizador, sino como un hecho en sí mismo —un hecho rodeado de cierta aquiescencia y hasta de cierta admiración—, resulta siempre sospechoso. Los lectores avisados, los lectores atentos, aquellos que no dejan de hacerse preguntas, notarán en Rip van Winkle algo extraño. En principio, y como mínimo, alcanzarán a saborear una extrañeza que tiene su origen en la pertinacia de una actitud —la terquedad del no hacer— y en la serenidad de un programa de vida tan sencillo y falto de vitalidad como enigmáticamente complejo y lleno de una avidez por determinada existencia. Una existencia, diríamos, tal vez utópica, pero que no deja de ser reveladora.

Rip van Winkle es, pues, de esas obras que sostienen su legibilidad a través del tiempo en un personaje que nos interroga y al que devolvemos nuestras propias interrogaciones. ¿Cómo entender el no hacer contemplativo? ¿Debemos imaginar a Rip van Winkle como una anomalía de la individualidad extremada, o como un fenómeno hijo de sus circunstancias? ¿Acaso tendríamos que asumir literalmente lo que le sucede y suponer que Washington Irving no hizo más que solazarse en la escritura de un relato de sesgo fantástico, donde un hombre se queda dormido por espacio de veinte años?

Si nos atenemos al feliz desenlace del texto, si entramos en su placentera sustancia, donde no dejan de existir, sin embargo, conjeturas en torno al desenvolvimiento mágico del mundo —se supone que un antiguo embrujo de los indios es el causante del largo dormitar de Rip van Winkle—, tendríamos que asentir ante la mera exposición de una rareza. Pero sabemos que en el personaje hay algo más. Sabemos, o intuimos, que por debajo de su pasividad corre una especie de magma que lo transforma en ese tipo de hombres extravagantes que están como de regreso de todo, y para quienes el mundo de todos los días llega a ser una cárcel de la cual hay que escapar. Rip van Winkle se evade del mundo, se marcha de él y regresa a él luego de probarse a sí mismo que esa fuga es posible. Gracias a los poderes de la imaginación, hemos aceptado firmar, en tanto lectores, el pacto de credulidad donde se asienta y prospera la literatura fantástica, un pacto que se produce entre la situación que un escritor nos presenta y la abolición, por nuestra parte, de toda suspicacia, de toda desconfianza, mientras dialogamos con el texto y nos sumergimos, con docilidad, en las convenciones que él suministra.

Rip van Winkle es, me parece, un buscador. Ahora bien, si esto es cierto, ¿cuál es el objeto de su búsqueda? ¿O será que este personaje, pintoresco y tragicómico, es una contradicción ambulante, pues quien nada quiere hacer nada desearía ni necesitaría buscar?

A primera vista, el evadido Rip van Winkle protagoniza a sus anchas un mito regional que convoca espíritus autóctonos y dioses menores, responsables del equilibrio natural en esa región donde los hechos tienen lugar, y que intervienen en la vida humana esporádicamente. Sin embargo, a pesar de esa intervención, lo que siempre debemos tener en cuenta es que el personaje ha mantenido desde el inicio del relato, como ya insinuamos, una actitud muy resistente y estable ante la vida y las cosas de la vida. Una actitud donde, por ejemplo, no caben preocupaciones políticas ni desvelos sobre el existir práctico inmediato. Además, Rip van Winkle no se hace preguntas en torno al origen maravilloso de su largo sueño. No se extraña de nada, o de casi nada. ¿O podría ser que su curiosidad no encuentra aún el agente que la despierte, el espectáculo que la movilice, el hecho que la suscite?  

Todo parece una gran broma, o un acertijo sin salida propuesto por Washington Irving, y es entonces cuando debemos cavar hondo, por así decir, para hallar la motivación de semejante conducta.

Al parecer, el objeto de la búsqueda de Rip van Winkle es ese estado mínimo, de estirpe contemplativa, donde cierta tendencia al anonimato de la identidad y el decrecimiento perceptible de la importancia del yo están directamente relacionados con la incorporación pasiva de un hombre en el mundo. El personaje despierta, ya envejecido, de su sueño —con una barba de medio metro, para que no nos quepa la menor duda—, y casi nos sentimos impulsados a decir que esos espíritus, o los dioses menores de la comarca, han completado, a su manera, la actitud de Rip van Winkle, o han resaltado, en una relación causa-efecto, la idea que, en última instancia, el personaje tiene de la vida. ¿O será, sencillamente, que ellos lo han complacido de modo algo siniestro al sustraerlo del curso de la existencia? Es probable. Quizás el personaje ha sido víctima de un singular castigo, por medio del cual se le despoja de veinte años de su existencia como si tal cosa. ¡Y ni siquiera, si así fuese, esgrime Rip van Winkle una protesta, o se duele de su suerte![2]

Tal es la indirecta advertencia que Washington Irving hace al poner en nuestras manos la historia, al cabo moralizadora, de este durmiente hechizado por los espíritus y por el no hacer: la vida es un regalo demasiado precioso como para malgastarlo o rechazarlo a fuerza de indolencia, inacción o apatía. Más de un siglo después de la salida al mundo de Rip van Winkle, su lección continúa ofreciéndose con la invulnerable energía que despliegan de los clásicos.

[1] Este trabajo ha sido escrito especialmente para la edición de Rip van Winkle que actualmente prepara la Editorial Gente Nueva.

[2] Examinados en clave de ciencia ficción, los misteriosos hechos que relata Irving llegan a poseer todo el aspecto de una paleo-abducción. Invito a los jóvenes lectores interesados en el fenómeno de la abducción —raptos humanos de origen extraterrestre— a que observen cómo, dónde y en compañía de quiénes se produce la “desaparición” de Rip van Winkle, y también los invito a reparar en el extraño fenómeno de la contracción “subjetiva” de veinte años en una sola noche… 

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