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Rip
van Winkle, célebre personaje del escritor
norteamericano Washington Irving (1783-1859), pertenece
a una tradición alimentada, en lo esencial, por una
exclusiva lista de narradores de varios países, desde su
compatriota Herman Melville —el creador de Moby Dick, la
ballena blanca— hasta el irlandés Samuel Beckett, hijo
espiritual de Franz Kafka y James Joyce.
En la tradición a que me refiero nacen personajes
excepcionales —el negador Bartleby, de Melville, y el
indolente Watt, de Beckett— con quienes se emparienta
Rip van Winkle, un sujeto candoroso, proclive a la
ingenuidad, cuyas características principales podrían
resumirse en la desidia y la pereza ante el
desenvolvimiento de la realidad inmediata, así como en
una idea muy precisa sobre el carácter ilusorio de casi
todas las responsabilidades del individuo ante esa
necesidad de modificación que el mundo manifiesta de
manera constante a lo largo de todas las épocas.
En
términos literarios acaso podríamos pensar que el relato
de Irving —ambientado en el territorio de New York
cuando estaba ocupado por los holandeses— se adscribe
sin reservas a la tendencia de la narrativa fantástica.
Sin embargo, nunca dejaría de sobresaltarnos la
naturaleza filosófica del personaje, en cuya conducta
hay, sin duda, una especie de manifiesto acerca de la
inmovilidad relativa de la Historia y la invariabilidad,
también relativa, del ser humano. Sólo que Rip van
Winkle lleva hasta sus límites su credo del no hacer
—o, más bien, el no hacer nada— como si se
hubiera propuesto, en secreto, desafiar al destino y a
los hombres.
Que un
escritor centre su narración en un hombre común a quien
no afectan los regaños e insultos de su mujer, un hombre
que se halla inspirado por una falta general de
responsabilidad y cuya vida se cifra más bien en la
contemplación de lo que le rodea y en algunos diálogos
insulsos; que un escritor se apodere de un personaje así
y nos presente su vida y su identidad no como un caso
moralizador, sino como un hecho en sí mismo —un hecho
rodeado de cierta aquiescencia y hasta de cierta
admiración—, resulta siempre sospechoso. Los lectores
avisados, los lectores atentos, aquellos que no dejan de
hacerse preguntas, notarán en Rip van Winkle algo
extraño. En principio, y como mínimo, alcanzarán a
saborear una extrañeza que tiene su origen en la
pertinacia de una actitud —la terquedad del no hacer—
y en la serenidad de un programa de vida tan sencillo y
falto de vitalidad como enigmáticamente complejo y lleno
de una avidez por determinada existencia. Una
existencia, diríamos, tal vez utópica, pero que no deja
de ser reveladora.
Rip
van Winkle
es, pues, de esas obras que sostienen su legibilidad a
través del tiempo en un personaje que nos interroga y al
que devolvemos nuestras propias interrogaciones. ¿Cómo
entender el no hacer contemplativo? ¿Debemos
imaginar a Rip van Winkle como una anomalía de la
individualidad extremada, o como un fenómeno hijo de sus
circunstancias? ¿Acaso tendríamos que asumir
literalmente lo que le sucede y suponer que Washington
Irving no hizo más que solazarse en la escritura de un
relato de sesgo fantástico, donde un hombre se queda
dormido por espacio de veinte años?
Si nos
atenemos al feliz desenlace del texto, si entramos en su
placentera sustancia, donde no dejan de existir, sin
embargo, conjeturas en torno al desenvolvimiento mágico
del mundo —se supone que un antiguo embrujo de los
indios es el causante del largo dormitar de Rip van
Winkle—, tendríamos que asentir ante la mera exposición
de una rareza. Pero sabemos que en el personaje hay algo
más. Sabemos, o intuimos, que por debajo de su pasividad
corre una especie de magma que lo transforma en ese tipo
de hombres extravagantes que están como de regreso de
todo, y para quienes el mundo de todos los días llega a
ser una cárcel de la cual hay que escapar. Rip van
Winkle se evade del mundo, se marcha de él y regresa a
él luego de probarse a sí mismo que esa fuga es
posible. Gracias a los poderes de la imaginación, hemos
aceptado firmar, en tanto lectores, el pacto de
credulidad donde se asienta y prospera la literatura
fantástica, un pacto que se produce entre la situación
que un escritor nos presenta y la abolición, por nuestra
parte, de toda suspicacia, de toda desconfianza,
mientras dialogamos con el texto y nos sumergimos, con
docilidad, en las convenciones que él suministra.
Rip
van Winkle es, me parece, un buscador. Ahora bien, si
esto es cierto, ¿cuál es el objeto de su búsqueda? ¿O
será que este personaje, pintoresco y tragicómico, es
una contradicción ambulante, pues quien nada quiere
hacer nada desearía ni necesitaría buscar?
A
primera vista, el evadido Rip van Winkle protagoniza a
sus anchas un mito regional que convoca espíritus
autóctonos y dioses menores, responsables del equilibrio
natural en esa región donde los hechos tienen lugar, y
que intervienen en la vida humana esporádicamente. Sin
embargo, a pesar de esa intervención, lo que siempre
debemos tener en cuenta es que el personaje ha mantenido
desde el inicio del relato, como ya insinuamos, una
actitud muy resistente y estable ante la vida y las
cosas de la vida. Una actitud donde, por ejemplo, no
caben preocupaciones políticas ni desvelos sobre el
existir práctico inmediato. Además, Rip van Winkle no se
hace preguntas en torno al origen maravilloso de su
largo sueño. No se extraña de nada, o de casi nada. ¿O
podría ser que su curiosidad no encuentra aún el agente
que la despierte, el espectáculo que la movilice, el
hecho que la suscite?
Todo
parece una gran broma, o un acertijo sin salida
propuesto por Washington Irving, y es entonces cuando
debemos cavar hondo, por así decir, para hallar la
motivación de semejante conducta.
Al
parecer, el objeto de la búsqueda de Rip van Winkle es
ese estado mínimo, de estirpe contemplativa, donde
cierta tendencia al anonimato de la identidad y el
decrecimiento perceptible de la importancia del yo están
directamente relacionados con la incorporación pasiva de
un hombre en el mundo. El personaje despierta, ya
envejecido, de su sueño —con una barba de medio metro,
para que no nos quepa la menor duda—, y casi nos
sentimos impulsados a decir que esos espíritus, o los
dioses menores de la comarca, han completado, a su
manera, la actitud de Rip van Winkle, o han resaltado,
en una relación causa-efecto, la idea que, en última
instancia, el personaje tiene de la vida. ¿O será,
sencillamente, que ellos lo han complacido de modo algo
siniestro al sustraerlo del curso de la existencia? Es
probable. Quizás el personaje ha sido víctima de un
singular castigo, por medio del cual se le despoja de
veinte años de su existencia como si tal cosa. ¡Y ni
siquiera, si así fuese, esgrime Rip van Winkle una
protesta, o se duele de su suerte!2]
Tal es
la indirecta advertencia que Washington Irving hace al
poner en nuestras manos la historia, al cabo
moralizadora, de este durmiente hechizado por los
espíritus y por el no hacer: la vida es un regalo
demasiado precioso como para malgastarlo o rechazarlo a
fuerza de indolencia, inacción o apatía. Más de un siglo
después de la salida al mundo de Rip van Winkle,
su lección continúa ofreciéndose con la invulnerable
energía que despliegan de los clásicos.
Este trabajo ha sido escrito especialmente para la
edición de Rip van Winkle que actualmente
prepara la Editorial Gente Nueva.
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