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En día de confesiones sobre el oficio, Julio Cortázar
comparó el efecto que todo narrador debía tener sobre
los lectores con una pelea de boxeo. Si la novela podía
ganar por puntos, el cuento debía hacerlo por nocaut.
Golpe a golpe, es decir, ficción por ficción, el Premio
Iberoamericano de Cuento que lleva el nombre del
irrepetible escritor argentino acaba de concluir su
quinto combate.
Gladiadores de la palabra, veteranos y recién llegados a
las lides literarias, procedentes de los más diversos
ámbitos de una región donde a Cortázar se le considera,
para seguir con su terminología, uno de los más
consistentes noqueadores por la aplastante supremacía de
sus cuentos, han reconocido con su participación el
prestigio que supone concurrir a un certamen que
privilegia un género exigente, de notable tradición en
la lengua española.
Convocado desde Cuba
el premio en esta quinta convocatoria quedó en Cuba.
Jorge Ángel Pérez, con “En una estrofa de agua”,
conquistó al jurado integrado por Francisco López Sacha,
Margarita Mateo y Alejandro Álvarez Bernal, quienes
concedieron una primera mención a “Un asiento en Camões”,
del español Fernando Ruiz Paños y otras menciones fueron
a “Rapunzel”, de Alberto Garrandés; “Aves grises”, de
Gustavo Sabas del Pino; “Siempre en domingo”, de Hugo
Luis Sánchez, y “Memorial de Judas”, de Ernesto Pérez
Castillo, todos cubanos.
Puede anticiparse que el cuento de Jorge Ángel va a ser
bien recibido por los lectores imaginativos y sensibles.
Cuando lo lean, estos podrán decir, rindiéndole honor al
título y la trama, que fue como beber un vaso de agua.
Lo que el jurado, con el lenguaje característico de los
dictámenes, elogia —“su sentido preciso y al mismo
tiempo audaz del género, su dominio expresivo y la alta
calidad lograda en la construcción de la atmósfera, el
ambiente, y los personajes”—, se traduce en un
compromiso del autor con la historia de Esteban, sus
alucinaciones acuíferas, sus vaivenes entre la culpa y
la redención, la locura y la lucidez, en una Habana
Vieja con el mar a la vuelta de la esquina y al agua en
falta, trasegada en bidones por aguateros parloteadores;
una historia en la que interviene la Historia como mito
y la intrahistoria como realidad.
Jorge Ángel
(Encrucijada, Villa Clara, 1963) accedió al Premio
Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar luego de haber
obtenido méritos como novelista: El paseante Cándido,
premio UNEAC 2000 y el italiano Grinzane Cavour 2002: y
Fumando espero, finalista en el Premio
Internacional de Novela Rómulo Gallegos 2005.
Hay que recordar, sin
embargo, que la salida al ruedo —o mejor dicho, al
cuadrilátero— de Jorge Ángel aconteció en 1995 con un
libro de cuentos titulado Lapsus calami, que
obtuvo el Premio David. De aquella colección escribió su
colega Alberto Garrandés: “La experiencia de Lapsus
calami […] hace que convivan la búsqueda de formas
precisas de expresión y el regreso a ciertas ideas, a
ciertos mitos prestigiosos de la cultura”.
Coordinadora del
Premio Julio Cortázar desde su gestación e infatigable
promotora literaria, la poetisa, editora y crítica
argentino-cubana Basilia Papastamatíu recuerda que fue
concebido un año antes de su primera convocatoria en el
2002, por iniciativa de Ugnes Karvelis, traductora,
editora y diplomática lituana, quien fue compañera del
escritor.
Ella pensó en la Isla
como centro del certamen, seguramente porque la capital
cubana le recordaba a Cortázar. “Fue en La Habana —contó
Ugnes— donde encontré al otro Julio, ese al que yo
acompañé durante tantos años. Era en enero de 1967: yo
había sido invitada por la Casa de las Américas y
descubría con pasión la Revolución Cubana. Acorazada
tras mi ejemplar de “Rayuela”, terminé por
lanzarme al asalto del gran hombre, interponiéndome
entre él y el mostrador de la recepción en donde iba a
depositar su llave. ¡Oh sorpresa!: me invitó a un
mojito”.
En su primera
versión, el Premio recayó en el cuento del cubano
Ernesto Pérez Chang, “Los fantasmas de Sade”, calificado
por el jurado “como una historia delirante, un
thriller absurdo y una burla a los mecanismos, tal
vez, mecanicismos, de la literatura testimonial”. Era
—fue— una pica en el terreno de la especulación
postmoderna.
Con el 2003, otro
cubano, Raúl Aguiar, con la pieza “Figuras” convencía a
jurados y lectores por la rigurosa composición de un
relato donde el tiempo y la contraposición generacional
se erigen como motivos protagónicos.
“Reliquia familiar”,
del uruguayo Horacio Verzi, ganador del Premio en el
2004, resaltó entre las obras concurrentes por narrar
“con un atractivo y convincente lenguaje, y a partir de
la persecución inquisitorial contra un hereje [...] las
tensiones de una época, la cara oculta de un hombre
excepcional y al ambigüedad de un narrador que vive la
historia sin llegar a entenderla”.
Se alzó con el lauro
en el 2005 un personaje célebre en la república de las
letras insular: el inefable Antón Arrufat con “El envés
de la trama”, una curiosa incursión en un tema
recurrente, la reflexión de la literatura sobre la
propia literatura.
De año en año el
Premio ha obtenido una participación creciente, hasta
llegar este 2006 a la mayor, con el impresionante
número de casi 420 participantes de 19 países.
¿Quiérese
mayor prueba de que a la altura del quinto combate los
contendientes exhiben una buena pegada? |