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La Habana

2 al 8 de SEPTIEMBRE
de 2006

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Premio Iberoamericano de Cuento 2006
Cortázar: quinto combate

Pedro de la Hoz La Habana


En día de confesiones sobre el oficio, Julio Cortázar comparó el efecto que todo narrador debía tener sobre los lectores con una pelea de boxeo. Si la novela podía ganar por puntos, el cuento debía hacerlo por nocaut.

Golpe a golpe, es decir, ficción por ficción, el Premio Iberoamericano de Cuento que lleva el nombre del irrepetible escritor argentino acaba de concluir su quinto combate.

Gladiadores de la palabra, veteranos y recién llegados a las lides literarias, procedentes de los más diversos ámbitos de una región donde a Cortázar se le considera, para seguir con su terminología, uno de los más consistentes noqueadores por la aplastante supremacía de sus cuentos, han reconocido con su participación el prestigio que supone concurrir a un certamen que privilegia un género exigente, de notable tradición en la lengua española.

Convocado desde Cuba el premio en esta quinta convocatoria quedó en Cuba. Jorge Ángel Pérez, con “En una estrofa de agua”, conquistó al jurado integrado por Francisco López Sacha, Margarita Mateo y Alejandro Álvarez Bernal, quienes concedieron una primera mención a “Un asiento en Camões”, del español Fernando Ruiz Paños y otras menciones fueron a “Rapunzel”, de Alberto Garrandés; “Aves grises”, de Gustavo Sabas del Pino; “Siempre en domingo”, de Hugo Luis Sánchez, y “Memorial de Judas”, de Ernesto Pérez Castillo, todos cubanos.

Puede anticiparse que el cuento de Jorge Ángel va a ser bien recibido por los lectores imaginativos y sensibles. Cuando lo lean, estos podrán decir, rindiéndole honor al título y la trama, que fue como beber un vaso de agua. Lo que el jurado, con el lenguaje característico de los dictámenes, elogia —“su sentido preciso y al mismo tiempo audaz del género, su dominio expresivo y la alta calidad lograda en la construcción de la atmósfera, el ambiente, y los personajes”—, se traduce en un compromiso del autor con la historia de Esteban, sus alucinaciones acuíferas, sus vaivenes entre la culpa y la redención, la locura y la lucidez, en una Habana Vieja con el mar a la vuelta de la esquina y al agua en falta, trasegada en bidones por aguateros parloteadores; una historia en la que interviene la Historia como mito y la intrahistoria como realidad.
 

Jorge Ángel (Encrucijada, Villa Clara, 1963) accedió al Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar luego de haber obtenido méritos como novelista: El paseante Cándido, premio UNEAC 2000 y el italiano Grinzane Cavour 2002: y Fumando espero, finalista en el Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos 2005.
 

Hay que recordar, sin embargo, que la salida al ruedo —o mejor dicho, al cuadrilátero— de Jorge Ángel aconteció en 1995 con un libro de cuentos titulado Lapsus calami, que obtuvo el Premio David. De aquella colección escribió su colega Alberto Garrandés: “La experiencia de Lapsus calami […] hace que convivan la búsqueda de formas precisas de expresión y el regreso a ciertas ideas, a ciertos mitos prestigiosos de la cultura”.
 

Coordinadora del Premio Julio Cortázar desde su gestación e infatigable promotora literaria, la poetisa, editora y crítica argentino-cubana Basilia Papastamatíu recuerda que fue concebido un año antes de su primera convocatoria en el 2002, por iniciativa de Ugnes Karvelis, traductora, editora y diplomática lituana, quien fue compañera del escritor.
 

Ella pensó en la Isla como centro del certamen, seguramente porque la capital cubana le recordaba a Cortázar. “Fue en La Habana —contó Ugnes— donde encontré al otro Julio, ese al que yo acompañé durante tantos años. Era en enero de 1967: yo había sido invitada por la Casa de las Américas y descubría con pasión la Revolución Cubana. Acorazada tras mi ejemplar de “Rayuela”, terminé por lanzarme al asalto del gran hombre, interponiéndome entre él y el mostrador de la recepción en donde iba a depositar su llave. ¡Oh sorpresa!: me invitó a un mojito”.
 

En su primera versión, el Premio recayó en el cuento del cubano Ernesto Pérez Chang, “Los fantasmas de Sade”, calificado por el jurado “como una historia delirante, un thriller absurdo y una burla a los mecanismos, tal vez, mecanicismos, de la literatura testimonial”. Era —fue— una pica en el terreno de la especulación postmoderna.
 

Con el 2003, otro cubano, Raúl Aguiar, con la pieza “Figuras” convencía a jurados y lectores por la rigurosa composición de un relato donde el tiempo y la contraposición generacional se erigen como motivos protagónicos.
 

“Reliquia familiar”, del uruguayo Horacio Verzi, ganador del Premio en el 2004, resaltó entre las obras concurrentes por narrar “con un atractivo y convincente lenguaje, y a partir de la persecución inquisitorial contra un hereje [...] las tensiones de una época, la cara oculta de un hombre excepcional y al ambigüedad de un narrador que vive la historia sin llegar a entenderla”.
 

Se alzó con el lauro en el 2005 un personaje célebre en la república de las letras insular: el inefable Antón Arrufat con “El envés de la trama”, una curiosa incursión en un tema recurrente, la reflexión de la literatura sobre la propia literatura.
 

De año en año el Premio ha obtenido una participación creciente, hasta llegar este 2006  a la mayor, con el impresionante número de casi 420 participantes de 19 países.

¿Quiérese mayor prueba de que a la altura del quinto combate los contendientes exhiben una buena pegada?

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