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¿Cómo
llegó Enrique Molina al mundo de la actuación?
Comencé por allá por Santiago de Cuba. Me fui a vivir a
Santiago en el año 60 y en mi juventud estuve un tiempo
trabajando en la gastronomía. Ahí pertenecía a un grupo
de aficionados del sindicato gastronómico, dirigido por
los actores Félix Pérez y Luis
Carreres. En ese tiempo apareció una convocatoria en el
periódico de Santiago para el Conjunto Dramático de
Oriente, lo que ahora es el Cabildo Teatral. Me presenté
y me desaprobaron la primera vez, como a los tres días
Félix Pérez me fue a avisar a la cafetería que había
hablado con uno de los argentinos directores del
Conjunto para que me tiraran un cabo, porque ya yo tenía
un hijo de casi dos años y ganaba muy poco dinero en
aquella época. En el Conjunto Dramático a los actores se
les pagaban 150 pesos, una suma considerable. Cuando
volví la segunda vez me aprobaron y ya hasta ahora soy
actor, eso es lo que dice la historia.
O sea, que tú no
tienes estudios, aunque vienes del movimiento de
aficionados...
No, recuerdo que una vez, por el año 68, hicieron una
selección de cuatro actores y dos actrices para venir a
La Habana a pasar un seminario que impartió Humberto
Arenal sobre dramaturgia, improvisación, el método de
Stanislavsky, pero eso duró muy poco tiempo y regresamos
a Santiago. En ese momento se fundaba TeleRebelde, el
canal de televisión de Oriente. La televisora había ido
al Conjunto Dramático, al Conjunto Folclórico, al teatro
Guiñol Santiago a buscar actores porque necesitaba
conformar su plantilla.
Recuerdo que fueron a hacernos las pruebas Jesús
Cabrera, Fernando Loredo, Carlos Más, y otros... y me
escogieron. Pasé entonces del teatro a la televisión.
Desde aquel momento he estado en el medio
ininterrumpidamente. En 1970 vine para La Habana. Aquí
empecé en unos programas que se hacían a las siete de la
mañana, unas teleclases dramatizadas de Historia,
Literatura Universal... Eduardo Moya, que dirigía una de
esas teleclases, me vio y me propuso trabajar en una
aventura que la dirigía Ana Lasalle: El gran
almirante. Era un personaje muy pequeño, que tenía
como tres o cuatro capítulos. Luego de dos o tres series
apareció Los comandos del silencio, que escribió
y dirigió Eduardo Moya.
Ese fue, considero, mi primer trabajo de gran peso, de
mucha responsabilidad y sobre todo por el elenco que
trabajaba ahí: Miguel Navarro, Salvador Wood, en fin, un
grupo de actores de experiencia, formados, con escuela.
De ahí me fui para la microbrigada, de la cual soy
fundador y a los dos años y medio me hicieron una prueba
para hacer Lenin en la televisión. Fue una experiencia
increíble, porque después de dos años lo que tenía era
cemento, ladrillo y arena. Entonces me puse en las manos
de Lilian Llerena, de quien aprendí muchísimo, porque
ella fue una estrella del teatro en nuestro país y todo
lo que ella le sacó a la escena en su época me lo volcó
a mí, sin esconder nada, me enseñó lo que yo creía que
no iba a aprender nunca en el campo de la actuación. Más
adelante ella quiso hacer cinco relatos sobre Lenin, y
volví a interpretarlo pero ya con un poco más de edad,
de más madurez, y creo que fue un trabajo muy digno, lo
recuerdo con una satisfacción desde el punto de vista
actoral bien grande.
A mí me gustaría que
hablaras
—porque
hay cosas que no llegan a la pantalla pero que no dejan
de ser experiencias realmente grandes desde el punto de
vista artístico y humano—,
por ejemplo, sobre la serie sobre José Martí que quería
hacerse...
Sí, esto fue una experiencia bonita y difícil para mí,
muy compleja y, al final, bien dolorosa. Lilian Llerena
me habló después de los cinco cuentos de Lenin, si
estaba en la disposición de prepararme física y
psicológicamente para hacer quince películas para la
televisión sobre la vida de José Martí. Y bueno, eso me
tocó la sensibilidad y me fui a ver al doctor William
Gil, un cirujano estético, a ver si él podía hacer algo
en mí que me hiciera parecerme a José Martí. Él me dijo
que sí estaba en la disposición, pero que quien tenía
que tener el convencimiento era yo. De entrada tenía que
ingresarme unos cuantos meses, porque él necesitaba que
bajara de 35 a 40 libras. Me ingresaron en el
Clínico-Quirúrgico y en el primer mes bajé 42 libras,
con una dieta rigurosa que no llegaba a 200 calorías al
día, un día me dio un desmayo y “me fui del aire
completo”. De ahí el doctor Gil empezó a hacerme las
cirugías que llegaron a ser siete: en la nariz dos
veces, los ojos, abrir los párpados, separarme las
orejas, estirarme el nacimiento del pelo, quitarme todos
los pellejos que quedaron del brusco descenso de mi
peso. Y todo esto era con Lilian Llerena día por día al
lado de mi cama de hospital leyéndome todo lo que ella
pudo conseguir sobre Martí, no sus obras, sino lo que la
gente había escrito de él.
Esa era la preparación para el personaje. Cuando salí
del hospital, tuve que cambiar mi carné de identidad
porque ya era otra persona, con cuarentipico de libras
menos y el rostro cambiado. Entonces vino la otra etapa
en que los guionistas trabajaron todos aquellos
capítulos y yo construyendo el carácter de ese hombre
que pudiera convencer a todos los televidentes del país,
porque cada cubano tiene un Martí en la cabeza. Que
fuera creíble, no una caricatura, que saliera de
adentro. Y cuando más embullados estábamos, viendo el
reparto de todos los actores y las actrices que iban a
contar esta historia, empezamos con el período especial
y no había dinero ni para comprar un galón de pintura.
Se suspendió después de tres años de preparación, y fue
muy traumatizante. Es verdad que aquello costaba mucho
dinero, que no era simplemente el Instituto Cubano de
Radio y Televisión (ICRT) el que estaba vinculado, para
aquello había que reconstruir lugares de La Habana como
el teatro Villanueva, era muy costoso.
Para mí es una
muestra de consagración tuya, y me imagino que además
del trauma te quedaron, en lo humano y en lo artístico,
cosas...
Sí, me quedaron. Tengo que reconocer que a partir de que
entré en ese mundo de tratar de encontrar al Martí que
queríamos Lilian, ustedes los guionistas y yo, empecé a
notar que iba cambiando como persona, incluso hasta en
mis relaciones con mi familia, con mi esposa, y ella me
decía: estás convirtiéndote en una persona que me
encanta. Por lo menos en el caso mío, que me entrego
tanto al personaje que voy a interpretar y que no
estudié ninguna técnica teatral, no estudié nada que me
impida dañarme a mí mismo, yo sé que es terrible pero me
daña a mí. Martí me alimentó muchísimo mis valores
humanos. Yo lo reconozco. No es egocentrismo. Pero
siento que soy mejor persona, a partir del momento en
que intenté penetrar en el mundo de ese genial hombre
que la vida nos arrebató muy pronto, muy rápido. Y tú te
pones a pensar cómo pudo con esa corta edad hacer
tanto... es increíble.
Pasemos a tu faceta
en el cine...
Mi
primera película fue El hombre de Maisinicú, de
Manuel Pérez, un clásico. He tenido también la suerte de
poder trabajar con varios directores que debutan y me ha
encantado mucho eso. Después vinieron Una novia para
David, Caravana, Alicia en el pueblo de las maravillas,
Hello Hemingway, Derecho de asilo, Kleines Tropicana, Un
paraíso bajo las estrellas, Hacerse el sueco, Video de
Familia, Barrio Cuba, 90 millas, El Benny, que ha
sido tremendo éxito, un arrebato, Páginas del diario
de Mauricio que también tuvo éxito, está por
estrenar La tarde, de Alejandro Moya...
La cuarta historia de
la telenovela La cara oculta de la luna, donde
tienes un personaje protagónico, ha sido en mi opinión
una de las de mayor impacto en los televidentes. ¿Cuál
es tu visión de esta telenovela y de tu personaje en
particular?
Creo que esta telenovela el público la ha recibido muy
bien porque la gente estaba deseando desde hace tiempo
que le contaran las cosas de ahora, que le reflejaran
las problemáticas actuales. La televisión ha tratado con
mucho rigor y respeto las distintas historias que se han
ido contando porque es un tema bien difícil, bien amargo
para las familias que tienen casos como estos del sida,
que es el centro de la telenovela. Esta cuarta historia
que fue la que me tocó a mí hacer con un personaje bien
desagradable y bien repulsivo, pero que desgraciadamente
todavía nos quedan varios Sixto y no creo que solo en
Cuba, sino en el mundo entero, el exceso de machismo en
toda América Latina y en España hay mucha violencia, en
todo el mundo hacia la mujer sobre todo.
Y
este personaje da la medida de cómo se ha ido educando y
preparando el televidente a lo largo de todos estos años
que yo le decía a mi esposa, cuando esta novela empiece
a transmitirse va a ser terrible salir a la calle, por
la gente. Y tú puedes creer que la gente me llama para
felicitarme por el trabajo actoral, y ahí está mi esposa
de testigo. El otro día me fui al Acuario, porque me
gusta ver los pececitos, aquello estaba lleno de niños y
de jóvenes y de viejos, y fue la locura cuando entré. La
gente retratándose conmigo, los niños dándome besos. Me
preguntaba cómo es posible que se identifiquen con un
personaje negativo, y no es eso, es que saben
diferenciar al actor del personaje. Y eso te da la
medida de cómo nuestro público ha madurado porque yo me
acuerdo hace muchos años cuando Manolo Melián hizo un
personaje por este estilo, la gente le caía a piedras.
La
gente no se daba cuenta en aquel momento, pero ahora sí.
Y no solo a mí, le mandan felicitaciones a Blanca Rosa
Blanco, que ha hecho un personaje más sensible todavía y
la gente la aplaude, la respeta y la admira más como
actriz. En estos momentos en Cuba son once millones de
habitantes y te imaginas el hecho de saber que los
martes, los jueves y los sábados, que haya como mínimo
tres millones viendo un programa cubano, te imaginas lo
que significa eso para el mensaje que uno quiere que
llegue. Y de verdad te lo digo, es una suerte que se nos
reconozca el trabajo que hacemos porque nos cuesta
bastante trabajo lograr esos resultados.
Hablando ya del éxito
de El Benny, a ti como cubano cómo te llegó el
músico, la figura...
Cuando tenía alrededor de catorce años y vivía en Bauta
que fue el pueblo donde nací, él fue a tocar al cabaré
del pueblo, era el año 57 ó 58. El caso es que con otros
muchachos como yo me metí por detrás del cabaré, en un
hueco que abrimos, y nos colamos. Esa noche él llegó
tardísimo, la orquesta estaba tocando sola y recuerdo
que él desde la puerta, sin micrófono y sin nada, empezó
a cantar lo que la orquesta estaba tocando. Fue
atravesando todo el público cantando y aquello fue muy
impresionante. Después pasaron los años, me mudé a
Santiago de Cuba con mis abuelos y en el 62, en un
carnaval de Santiago, a la entrada del reparto Vista
Alegre, había dos tarimas, una a cada lado del parque,
en una Chapotín y en otra El Benny. Allí había cientos
de miles de personas, y era el momento más importante
de la carrera de Chapotín con su orquesta y del Benny
con su banda Gigante.
Y
yo parado ahí junto con los demás que no bailábamos
porque la gente con Benny Moré no sé que tenían que se
quedaban mirándolo a él y no atinaban a bailar. Al cabo
de los años vengo para La Habana y me caso con esta
señora que es de Santa Isabel de Las Lajas y que toda su
familia es de allí. Cuando llegué a la casa y dije, me
han llamado para hacer un personaje en la película de
El Benny, mi mujer me dijo: “aunque no haya dinero
para pagarte tú haces la película, sea el personaje que
sea, porque El Benny es Lajas. Y entonces yo estaba
comprometido con la familia completa aunque tuviera que
llevar a la filmación un pan con tortilla de merienda.
Comenzamos a rodar la película con mucha alegría de todo
el colectivo, con mucha felicidad desde el primer plano,
no se suspendió ni un día de filmación, ni por lluvia ni
por nada. Filmamos en tiempo de ciclón. Era como una
euforia colectiva, yo me erizo.
En
esa primera película se estrenó mucha gente, era el
primer largometraje del director y también como
guionista, de la productora ejecutiva, del productor
cubano, del director de fotografía, del arreglista, del
coreógrafo y, por supuesto, la primera película de Renny,
el protagonista. Pero yo no sé qué pasaba pero había una
atmósfera increíble. Se nos apareció allí un día en el
cine Payret el coguionista, Abraham Rodríguez ya muy
enfermo, y cuando este hombre entró todo el mundo
sintió que la presencia de Abraham que le quedaba muy
poco tiempo de vida, le dio una nueva inyección a la
película. A los pocos días se murió. Yo me erizo. No soy
creyente ni nada, pero soy un ser humano de carne y
hueso, y es que la figura de El Benny es muy fuerte. Fue
un cubano tan cubano que… tengo las obras completas de
él aquí. He ido varias veces a Santa Isabel y siempre he
tenido que ir al cementerio.
Yo le dije a Jorge
Luis que el rodaje no podía empezar sin ir allí…
Y
fuimos y le echamos un poco de ron y le cantamos Santa
Isabel de las Lajas. Fue como si le pidiéramos permiso
que nos dejara hacer la película, con dinero o sin
dinero. Y ya te dije que no se suspendió ni un minuto. Y
ahí está el público, ahí están los cines repletos y las
colas enormes, y las caras de la gente felices cuando
salen como diciendo, al fin se hizo una película de El
Benny. Otros salen con lágrimas en los ojos.
Habla un poco de tu
personaje, Olimpio, que contrasta mucho con el de Sixto.
Desde un inicio que me leí el guión, dice Jorge Luis que
no, que no representaba al pueblo, que él lo sacó del
hermano del Benny, Papo y del representante, pero yo lo
hice simbólicamente y lloré al Benny de la misma manera
que lo lloró todo el pueblo de Cuba. Creo que no quedó
una sola persona en Cuba que no le corriera una lágrima
o que el corazón no se le estrujara cuando dijeron la
muerte de Benny Moré, porque lo que él simboliza todavía
para los cubanos es mucho. Es aquel músico que lo
entregó todo, le cantó a casi todos los rincones de este
país, no le cantó a la burguesía, y la gente no borra
eso. Además de la clase de cubano tan cubano que era,
jodedor, tomador de ron, fiestero, bronquero, mujeriego…
que no podía negar su cubanía. El final fue una escena
muy fuerte para mí, y yo quería lograr eso que está ahí,
ese hombre que no grita ni patalea nada.
¿Y tu experiencia con
Jorge Luis como director?
Muy buena. Él demostró en esta película que sabía muy
bien lo que quería de cada personaje, no fue en ningún
momento a improvisar. Sabía exactamente dónde debía
estar la cámara, cómo debía estar iluminado el set,
no fue allí a dejar que algo lo sorprendiera, y un
señalamiento a cualquier actor era bien tomado porque él
sabía lo que quería y lo que estaba pidiendo. Todos nos
sentimos muy bien y yo aprendí mucho. Sabes que el actor
siempre está aprendiendo porque un personaje nunca se
parece al otro, como somos nosotros, los seres humanos. |