Año V
La Habana

2 al 8 de SEPTIEMBRE
de 2006

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Soy, simplemente, actor
Bladimir Zamora La Habana


¿Cómo llegó Enrique Molina al mundo de la actuación?

Comencé por allá por Santiago de Cuba. Me fui a vivir a Santiago en el año 60 y en mi juventud estuve un tiempo trabajando en la gastronomía. Ahí pertenecía a un grupo de aficionados del sindicato gastronómico, dirigido por los actores Félix Pérez y Luis Carreres. En ese tiempo apareció una convocatoria en el periódico de Santiago para el Conjunto Dramático de Oriente, lo que ahora es el Cabildo Teatral. Me presenté y me  desaprobaron la primera vez, como a los tres días Félix Pérez me fue a avisar a la cafetería que había hablado con uno de los argentinos directores del Conjunto para que me tiraran un cabo, porque ya yo tenía un hijo de casi dos años y ganaba muy poco dinero en aquella época. En el Conjunto Dramático a los actores se les pagaban 150 pesos, una suma considerable. Cuando volví la segunda vez me aprobaron y ya hasta ahora soy actor, eso es lo que dice la historia.

O sea, que tú no tienes estudios, aunque vienes del movimiento de aficionados...

No, recuerdo que una vez, por el año 68, hicieron una selección de cuatro actores y dos actrices para venir a La Habana a pasar un seminario que impartió Humberto Arenal sobre dramaturgia, improvisación, el método de Stanislavsky, pero eso duró muy poco tiempo y regresamos a Santiago. En ese momento se fundaba TeleRebelde, el canal de televisión de Oriente. La televisora había ido al Conjunto Dramático, al Conjunto Folclórico, al teatro Guiñol Santiago a buscar actores porque necesitaba conformar su plantilla.

Recuerdo que fueron a hacernos las pruebas Jesús Cabrera, Fernando Loredo, Carlos Más, y otros... y me escogieron. Pasé entonces del teatro a la televisión. Desde aquel momento he estado en el medio ininterrumpidamente. En 1970 vine para La Habana. Aquí empecé en unos programas que se hacían a las siete de la mañana, unas teleclases dramatizadas de Historia, Literatura Universal... Eduardo Moya, que dirigía una de esas teleclases, me vio y me propuso trabajar en una aventura que la dirigía Ana Lasalle: El gran almirante. Era un personaje muy pequeño, que tenía como tres o cuatro capítulos. Luego de dos o tres series apareció Los comandos del silencio, que escribió y dirigió Eduardo Moya.

Ese fue, considero, mi primer trabajo de gran peso, de mucha responsabilidad y sobre todo por el elenco que trabajaba ahí: Miguel Navarro, Salvador Wood, en fin, un grupo de actores de experiencia, formados, con escuela. De ahí me fui para la microbrigada, de la cual soy fundador y a los dos años y medio me hicieron una prueba para hacer Lenin en la televisión. Fue una experiencia increíble, porque después de dos años lo que tenía era cemento, ladrillo y arena. Entonces me puse en las manos de Lilian Llerena, de quien aprendí muchísimo, porque ella fue una estrella del teatro en nuestro país y todo lo que ella le sacó a la escena en su época me lo volcó a mí, sin esconder nada, me enseñó lo que yo creía que no iba a aprender nunca en el campo de la actuación. Más adelante ella quiso hacer cinco relatos sobre Lenin, y volví a interpretarlo pero ya con un poco más de edad, de más madurez, y creo que fue un trabajo muy digno, lo recuerdo con una satisfacción desde el punto de vista actoral bien grande.

A mí me gustaría que hablaras porque hay cosas que no llegan a la pantalla pero que no dejan de ser experiencias realmente grandes desde el punto de vista artístico y humano, por ejemplo, sobre la serie sobre José Martí que quería hacerse...

Sí, esto fue una experiencia bonita y difícil para mí, muy compleja y, al final, bien dolorosa. Lilian Llerena me habló después de los cinco cuentos de Lenin, si estaba en la disposición de prepararme física y psicológicamente para hacer quince películas para la televisión sobre la vida de José Martí. Y bueno, eso me tocó la sensibilidad y me fui a ver al doctor William Gil, un cirujano estético, a ver si él podía hacer algo en mí que me hiciera parecerme a José Martí. Él me dijo que sí estaba en la disposición, pero que quien tenía que tener el convencimiento era yo. De entrada tenía que ingresarme unos cuantos meses, porque él necesitaba que bajara de 35 a 40 libras. Me ingresaron en el Clínico-Quirúrgico y en el primer mes bajé 42 libras, con una dieta rigurosa que no llegaba a 200 calorías al día, un día me dio un desmayo y “me fui del aire completo”. De ahí el doctor Gil empezó a hacerme las cirugías que llegaron a ser siete: en la nariz dos veces, los ojos, abrir los párpados, separarme las orejas, estirarme el nacimiento del pelo, quitarme todos los pellejos que quedaron del brusco descenso de mi peso. Y todo esto era con Lilian Llerena día por día al lado de mi cama de hospital leyéndome todo lo que ella pudo conseguir sobre Martí, no sus obras, sino lo que la gente había escrito de él.

Esa era la preparación para el personaje. Cuando salí del hospital, tuve que cambiar mi carné de identidad porque ya era otra persona, con cuarentipico de libras menos y el rostro cambiado. Entonces vino la otra etapa en que los guionistas trabajaron todos aquellos capítulos y yo construyendo el carácter de ese hombre que pudiera convencer a todos los televidentes del país, porque cada cubano tiene un Martí en la cabeza. Que fuera creíble, no una caricatura, que saliera de adentro. Y cuando más embullados estábamos, viendo el reparto de todos los actores y las actrices que iban a contar esta historia, empezamos con el período especial y no había dinero ni para comprar un galón de pintura. Se suspendió después de tres años de preparación, y fue muy traumatizante. Es verdad que aquello costaba mucho dinero, que no era simplemente el Instituto Cubano de Radio y Televisión (ICRT) el que estaba vinculado, para aquello había que reconstruir lugares de La Habana como el teatro Villanueva, era muy costoso.

Para mí es una muestra de consagración tuya, y me imagino que además del trauma te quedaron, en lo humano y en lo artístico, cosas...

Sí, me quedaron. Tengo que reconocer que a partir de que entré en ese mundo de tratar de encontrar al Martí que queríamos Lilian, ustedes los guionistas y yo, empecé a notar que iba cambiando como persona, incluso hasta en mis relaciones con mi familia, con mi esposa, y ella me decía: estás convirtiéndote en una persona que me encanta. Por lo menos en el caso mío, que me entrego tanto al personaje que voy a interpretar y que no estudié ninguna técnica teatral, no estudié nada que me impida dañarme a mí mismo, yo sé que es terrible pero me daña a mí. Martí me alimentó muchísimo mis valores humanos. Yo lo reconozco. No es egocentrismo. Pero siento que soy mejor persona, a partir del momento en que intenté penetrar en el mundo de ese genial hombre que la vida nos arrebató muy pronto, muy rápido. Y tú te pones a pensar cómo pudo con esa corta edad hacer tanto... es increíble.

Pasemos a tu faceta en el cine...

Mi primera película fue El hombre de Maisinicú, de Manuel Pérez, un clásico. He tenido también la suerte de poder trabajar con varios directores que debutan y me ha encantado mucho eso. Después vinieron Una novia para David, Caravana, Alicia en el pueblo de las maravillas, Hello Hemingway, Derecho de asilo, Kleines Tropicana, Un paraíso bajo las estrellas, Hacerse el sueco, Video de Familia, Barrio Cuba, 90 millas, El Benny, que ha sido tremendo éxito, un arrebato, Páginas del diario de Mauricio que también tuvo éxito, está por estrenar La tarde, de Alejandro Moya...

La cuarta historia de la telenovela La cara oculta de la luna, donde tienes un personaje protagónico, ha sido en mi opinión una de las de mayor impacto en los televidentes. ¿Cuál es tu visión de esta telenovela y de tu personaje en particular?

Creo que esta telenovela el público la ha recibido muy bien porque la gente estaba deseando desde hace tiempo que le contaran las cosas de ahora, que le reflejaran las problemáticas actuales. La televisión ha tratado con mucho rigor y respeto las distintas historias que se han ido contando porque es un tema bien difícil, bien amargo para las familias que tienen casos como estos del sida, que es el centro de la telenovela. Esta cuarta historia que fue la que me tocó a mí hacer con un personaje bien desagradable y bien repulsivo, pero que desgraciadamente todavía nos quedan varios Sixto y no creo que solo en Cuba, sino en el mundo entero, el exceso de machismo en toda América Latina y en España hay mucha violencia, en todo el mundo hacia la mujer sobre todo.

Y este personaje da la medida de cómo se ha ido educando y preparando el televidente a lo largo de todos estos años que yo le decía a mi esposa, cuando esta novela empiece a transmitirse va a ser terrible salir a la calle, por la gente. Y tú puedes creer que la gente me llama para felicitarme por el trabajo actoral, y ahí está mi esposa de testigo. El otro día me fui al Acuario, porque me gusta ver los pececitos, aquello estaba lleno de niños y de jóvenes y de viejos, y fue la locura cuando entré. La gente retratándose conmigo, los niños dándome besos. Me preguntaba cómo es posible que se identifiquen con un personaje negativo, y no es eso, es que saben diferenciar al actor del personaje. Y eso te da la medida de cómo nuestro público ha madurado porque yo me acuerdo hace muchos años cuando Manolo Melián hizo un personaje por este estilo, la gente le caía a piedras.

La gente no se daba cuenta en aquel momento, pero ahora sí. Y no solo a mí, le mandan felicitaciones a Blanca Rosa Blanco, que ha hecho un personaje más sensible todavía y la gente la aplaude, la respeta y la admira más como actriz. En estos momentos en Cuba son once millones de habitantes y te imaginas el hecho de saber que los martes, los jueves y los sábados, que haya como mínimo tres millones viendo un programa cubano, te imaginas lo que significa eso para el mensaje que uno quiere que llegue. Y de verdad te lo digo, es una suerte que se nos reconozca el trabajo que hacemos porque nos cuesta bastante trabajo lograr esos resultados.

Hablando ya del éxito de El Benny, a ti como cubano cómo te llegó el músico, la figura...

Cuando tenía alrededor de catorce años y vivía en Bauta que fue el pueblo donde nací, él fue a tocar al cabaré del pueblo, era el año 57 ó 58. El caso es que con otros muchachos como yo me metí por detrás del cabaré, en un hueco que abrimos, y nos colamos. Esa noche él llegó tardísimo, la orquesta estaba tocando sola y recuerdo que él desde la puerta, sin micrófono y sin nada, empezó a cantar lo que la orquesta estaba tocando. Fue atravesando todo el público cantando y aquello fue muy impresionante. Después pasaron los años, me mudé a Santiago de Cuba con mis abuelos y en el 62, en un carnaval de Santiago, a la entrada del reparto Vista Alegre, había dos tarimas, una a cada lado del parque, en una Chapotín y en otra El Benny. Allí había cientos de miles de personas,  y era el momento más importante de la carrera de Chapotín con su orquesta y del Benny con su banda Gigante.

Y yo parado ahí junto con los demás que no bailábamos porque la gente con Benny Moré no sé que tenían que se quedaban mirándolo a él y no atinaban a bailar. Al cabo de los años vengo para La Habana  y me caso con esta señora que es de Santa Isabel de Las Lajas y que toda su familia es de allí. Cuando llegué a la casa y dije, me han llamado para hacer un personaje en la película de El Benny, mi mujer me dijo: “aunque no haya dinero para pagarte tú haces la película, sea el personaje que sea, porque El Benny es Lajas. Y entonces yo estaba comprometido con la familia completa aunque tuviera que llevar a la filmación un pan con tortilla de merienda. Comenzamos a rodar la película con mucha alegría de todo el colectivo, con mucha felicidad desde el primer plano, no se suspendió ni un día de filmación, ni por lluvia ni por nada. Filmamos en tiempo de ciclón. Era como una euforia colectiva, yo me erizo.

En esa primera película se estrenó mucha gente, era el primer largometraje del director y también como guionista, de la productora ejecutiva, del productor cubano, del director de fotografía, del arreglista, del coreógrafo y, por supuesto, la primera película de Renny, el protagonista. Pero yo no sé qué pasaba pero había una atmósfera increíble. Se nos apareció allí un día en el cine Payret el coguionista, Abraham Rodríguez ya muy enfermo,  y cuando este hombre entró todo el mundo sintió que la presencia de Abraham que le quedaba muy poco tiempo de vida, le dio una nueva inyección a la película. A los pocos días se murió. Yo me erizo. No soy creyente ni nada, pero soy un ser humano de carne y hueso, y es que la figura de El Benny es muy fuerte. Fue un cubano tan cubano que… tengo las obras completas de él aquí. He ido varias veces a Santa Isabel y siempre he tenido que ir al cementerio.

Yo le dije a Jorge Luis que el rodaje no podía empezar sin ir allí…

Y fuimos y le echamos un poco de ron y le cantamos Santa Isabel de las Lajas. Fue como si le pidiéramos permiso que nos dejara hacer la película, con dinero o sin dinero. Y ya te dije que no se suspendió ni un minuto. Y ahí está el público, ahí están los cines repletos y las colas enormes, y las caras de la gente felices cuando salen como diciendo, al fin se hizo una película de El Benny. Otros salen con lágrimas en los ojos.

Habla un poco de tu personaje, Olimpio, que contrasta mucho con el de Sixto.

Desde un inicio que me leí el guión, dice Jorge Luis que no, que no representaba al pueblo, que él lo sacó del hermano del Benny, Papo y del representante, pero yo lo hice simbólicamente y lloré al Benny de la misma manera que lo lloró todo el pueblo de Cuba. Creo que no quedó una sola persona en Cuba que no le corriera una lágrima o que el corazón no se le estrujara cuando dijeron la muerte de Benny Moré, porque lo que él simboliza todavía para los cubanos es mucho. Es aquel músico que lo entregó todo, le cantó a casi todos los rincones de este país, no le cantó a la burguesía, y la gente no borra eso. Además de la clase de cubano tan cubano que era, jodedor, tomador de ron, fiestero, bronquero, mujeriego… que no podía negar su cubanía. El final fue una escena muy fuerte para mí, y yo quería lograr eso que está ahí, ese hombre que no grita ni patalea nada.

¿Y tu experiencia con Jorge Luis como director?

Muy buena. Él demostró en esta película que sabía muy bien lo que quería de cada personaje, no fue en ningún momento a improvisar. Sabía exactamente dónde debía estar la cámara, cómo debía estar iluminado el set, no fue allí a dejar que algo lo sorprendiera, y un señalamiento a cualquier actor era bien tomado porque él sabía lo que quería y lo que estaba pidiendo. Todos nos sentimos muy bien y yo aprendí mucho. Sabes que el actor siempre está aprendiendo porque un personaje nunca se parece al otro, como somos nosotros, los seres humanos.

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