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I. Su teatro
Eugen Bertolt Brecht, el gran revolucionario del teatro
del siglo XX, nació en Augsburg el 10 de febrero de 1898
y murió en Berlín, capital de la RDA, el 14 de agosto de
1956. En vida fue perseguido y sus obras prácticamente
prohibidas «por buenas razones», como diría él
irónicamente, no solo en la Alemania nazi sino también
en la RFA de Adenauer. Todavía recuerdo las dificultades
que teníamos los estudiantes universitarios para
conseguir, de contrabando, como si se tratase de una
droga, algunos de sus libros editados en la RDA. Dos
días más tarde, el 16 de ese mismo mes y año, el
gobierno cristianodemócrata prohibió el Partido
Comunista en todo su territorio y encarceló a todos los
dirigentes que pudo atrapar, prohibición que aún se
mantiene. En la «democrática» Alemania unida de hoy
sigue vigente la ley que prohíbe a cualquiera que haya
sido miembro del partido comunista alemán o de su
equivalente en la RDA trabajar en ningún organismo o
institución del Estado, ya sea ferroviario, albañil o
profesor universitario. No obstante, esta Alemania unida
ha celebrado oficialmente el cincuentenario de la muerte
de Brecht, aunque la mitad de la población jamás haya
leído nada de él.
En
España ha pasado casi desapercibido, especialmente para
la izquierda oficial. La derecha intenta desprestigiarlo
publicando anécdotas sobre su desaliño personal o sobre
alguna aventura amorosa, verdadera o supuesta. Hasta
ahora, ni el PCE ni IU han dedicado unas palabras de
homenaje al hombre que más hizo por elevar el nivel de
conciencia de los trabajadores y trabajadoras con su
poesía y su teatro, con su concepción revolucionaria del
arte.
B.
Brecht no solo ha sido el dramaturgo más importante del
siglo XX. También fue portavoz y maestro de la gente
sencilla y trabajadora. Su obra demuestra que, entre
tanto extremo del siglo XX, la obra de arte no solo es
posible, sino que constituye una demanda necesaria que
todos los pueblos plantean a los artistas. Sobre todo en
estos tiempos del dominio casi absoluto de la telebasura,
de eso que se suele denominar «arte de masas», aunque
las masas no hayan intervenido nada en su producción. Es
decir, del arte producido masivamente para las masas por
los pocos que se enriquecen con las carencias de los
muchos, con un «arte» en el que estos solo intervienen
como consumidores.
Por la totalidad de sus aspiraciones y su polifacética
interpretación tiene un gran parecido con Picasso. B.
Brecht tiene en su acervo 500 piezas de teatro, 6 000
poesías, 7 000 escritos en prosa, textos para películas,
etcéteraétera; 3 500 textos sobre teatro, literatura,
cine, música, artes plásticas, arte en general,
filosofía, cultura, sociedad, política... De ellos, 2
800 sobre teatro, que denotan su interés principal. Ha
sido traducido a las principales lenguas, así como a las
de los pueblos pequeños, en todo el mundo. Fue un
artista popular y realista, que pasó de una cuarta parte
de su vida en el exilio, «cambiando de país con más
frecuencia que de zapatos», concretamente desde 1933 a
1948, cuando volvió a Berlín, capital de la RDA. Tras
sus amargas experiencias de Hollywood y la persecución
sufrida por los fascistas del Comité de Actividades
Antiamericanas, fue en Berlín donde realizó el gran
sueño de su vida. El ir a Berlín fue consecuencia lógica
de su pensamiento. Allí recibió un teatro con
subvenciones ilimitadas, en donde podía trabajar y
experimentar a su gusto. Y así lo hizo hasta el día de
su muerte. Son episodios de su vida que ampliamos en el
segundo apartado de este artículo. Aquí, sin embargo,
apuntamos solamente algunos rasgos distintivos de su
teatro.
Para Brecht, el teatro no solo debía reflejar la vida
social, sino también crear vida y convivencia. No solo
debía mostrar como correctos los pensamientos e
historias correctos, sino también presentarlos como
hermosos, incitadores, elegantes, amables y apasionados.
En el juego dialéctico entre parábola, utopía y
realidad, el teatro debía mostrar la posibilidad de
cambiar el mundo. Se asemeja en esto al «teatro
integral» de nuestro insigne Alfonso Sastre, condenado
también al ostracismo por sus ideas.
Con ayuda de su teatro formuló un modelo del mundo que
intentó realizar en el Berliner Emsemble. Aquí construyó
una especie de isla elegida entre el Este y Oeste, como
se decía entonces, un estado comunista ideal de trabajo
colectivo.
La
particularidad de su teatro consistía en fundir visión
del mundo, poesía, estilo dramático y representación en
una unidad perfecta. Brecht era, a un tiempo, político,
dramaturgo, director, etcétera. Se preocupaba de la
música, de la escenografía, de cada detalle, y supo
crear un colectivo tras el que desaparecía no solo
nominalmente.
Su
dramaturgia se caracteriza por haber elevado a la
perfección el teatro épico. Lo esencial de este estriba
en que no apela al sentimiento sino a la razón del
espectador, que el espectador no solo debe vivir la
representación sino analizarla. El teatro de Brecht
transciende el entretenimiento y las emociones y
persigue la ilustración. Su ideal era que los
espectadores se enzarzasen en acaloradas discusiones
después de presenciar una de sus obras. La «catarsis» de
su teatro yace fuera del local, se da en el espectador
cuando él mismo crea el acto final, que Brecht solía
omitir.
Los principios aplicados en su Berliner Ensemble, nombre
del teatro que el gobierno de la RDA puso a su
disposición, eran los siguientes:
Presentar 1) la sociedad como cambiable, 2) la
naturaleza humana como modificable, 3) la naturaleza
humana como dependiente de la pertenencia a una clase
históricamente determinada, 4) los conflictos como
conflictos sociales, 5) los caracteres con verdaderas
contradicciones, 6) el desarrollo de los caracteres,
situaciones y acontecimientos como algo discontinuo, a
saltos; 7) convertir en placer el modo de observación
dialéctico; 8) superar los logros del teatro clásico en
sentido dialéctico; y 9) establecer la unidad entre
realismo y poesía.
«Mis reglas —decía Brecht— solo son aplicables por
personas con juicio libre, espíritu de contradicción y
fantasía social, y que estén en contacto con los
sectores progresistas del público, o sea, que sean ellas
mismas personas progresistas, racionales, pensantes...
Si el actor no quiere ser papagayo, ni mono, tiene que
apropiarse el saber de la época sobre la convivencia
humana combatiendo en las luchas de clase». Estaba
convencido de que la ciencia de hoy es el marxismo. Sin
el estudio del marxismo el realismo le resultaba miope.
Para Brecht, las dos funciones del teatro consistían en
el entretenimiento y la ilustración. «Hay que divertir a
los hijos del siglo científico, de manera sensual y
graciosa», dice en El Sr. Puntila y su criado Matti.
El desarrollo artístico tendía a la fusión de ambas
funciones. Si los esfuerzos creadores han de tener
sentido social deben colocar al teatro en condiciones de
diseñar con medios artísticos modelos de convivencia
humana que permitan al espectador comprender su medio
social y dominarlo racional y emocionalmente. Brecht
creía que el teatro de la era científica puede convertir
la dialéctica en deleite. Las sorpresas del desarrollo
que avanza o salta lógicamente, desde la inestabilidad
de todas las situaciones, el humor de las
contradicciones, etcétera., son placeres de los seres
humanos, y aumentan la alegría de la vida. «No basta con
exigirle al teatro conocimientos —decía—, reflejos
ilustrativos de la realidad. Nuestro teatro debe
estimular el deleite del conocer, organizar la alegría
por el cambio de la realidad. Nuestros espectadores no
solo tienen que oír cómo se libera Prometeo, sino
también educar en el disfrute de su liberación. Nuestro
teatro tiene que enseñar todos los placeres y alegrías
de los inventores y descubridores, los sentimientos
triunfales de los liberadores».
La
dialéctica es, por tanto, fundamental en su teatro. A
ella lo llevó su consideración de que las cosas son
susceptibles de transformación, actitud que lo indujo a
revolucionar la escena. Aquí radica la fuerza de sus
obras. Por eso, los escritores progresistas que carecen
de dialéctica no persuaden, no terminan de convencer. En
el socialismo, el teatro solo podía mantenerse al más
alto nivel si se mantenía también al más alto nivel la
actuación y el pensamiento dialécticos. Para Brecht, la
revolución no era un acto único, sino un comportamiento.
Su mayor preocupación: cómo convertir la dialéctica
revolucionaria en forma de vida permanente, en
comportamiento crítico-revolucionario.
Pero para él, la dialéctica era también cuestión de
sentimientos. Los sentimientos no son correctos hasta
que no proporcionan un verdadero placer. La
cientificidad solo tiene un sentido: conducir a un nuevo
candor, curiosidad, ira, alegría, tristeza, deseo de
saber, disfrute... El nuevo candor o ingenuidad no debe
entenderse como lo contrario del saber, sino como su
consecuencia. Brecht aprovecha la capacidad elemental
del teatro para transformar todo el saber de una época
en pasiones y goces del individuo, y devolverlo luego a
la sociedad.
La
opinión de que el teatro épico de Brecht es muy
apropiado para la transición del capitalismo al
socialismo, pero que carece de sentido tras la
superación de las contradicciones antagónicas la
contestó él mismo así:
«No sé si el teatro épico será el teatro del futuro. Por
lo que sé, no existe ninguna descripción precisa del
futuro. En ningún caso es el teatro épico un fenómeno
transitorio, pues jamás pueden darse relaciones
perfectas entre los seres humanos, ni en el comunismo ni
en las fases siguientes. El principio de la evolución
debe aplicarse en todas las fases». Ante la misma
pregunta efectuada en otra ocasión respondió que duraría
unos cientos de años, «pero le irá como a la Iglesia
católica, que cuando acabó con las herejías estaba ya
lista para retirarse».
En
suma, lo que Brecht perseguía con su método artístico no
era solo el cambio de la realidad social, sino también
cambiar él mismo. O sea, que fue un hombre absolutamente
coherente y consecuente con sus ideas.
De
ahí que su obra tenga sentido, aunque solo sea por estas
razones aducidas en 1971 en la Rasegna de
Florencia y que nos atrevemos a traducir ahora aquí.
«Porque con el arte
organiza el progreso social.
Porque nos provoca a
reflexionar.
Porque nos incita a
dudar de las soluciones.
Porque con sus
soluciones establece baremos.
Porque adelanta
experimentos que ayudan.
Porque nos
proporciona temas que todavía nos afectan.
Porque nos propone un
método.
Porque nos señala el
público al que pertenece el futuro.
Porque nos enseña la
observación dialéctica de las condiciones sociales de la
conducta humana.
Porque, aplicada
correctamente, evita las soluciones contemplativas.
Porque nos anima a
combatir hasta que el ser humano sea una ayuda para el
ser humano.
Porque toma partido
por el proletariado.
Porque nos enseña el
placer el comienzo.
Porque siempre puede
aprovecharse de nuevo.
Porque ocuparse de él
equivale en el fondo a ocuparnos de nosotros mismos.
Porque, con su
comportamiento y el comportamiento que pide, es
productivo».
II. Su exilio
En
contexto de fascismo societal, como señala Boaventura de
Sousa Santos, conviene recordar que, entre los numerosos
crímenes del fascismo, se cuenta también la persecución
de los intelectuales y artistas que no compartían su
ideología, así como la destrucción de sus obras. En el
otro lado del espectro político, Josif V. Stalin tampoco
se quedó manco a la hora de reprimir.
A
Brecht le tocó sufrir los años del nazismo alemán y la
represión anticomunista de los EE. UU. Recordar este
aspecto de su vida puede ayudar a refrescar la memoria
histórica.
El
30 de enero de 1933 Hitler tomó posesión de la
cancillería alemana y las columnas de camisas pardas
desfilaron triunfalmente por la Puerta de Brandenburgo.
El 27 de febrero las llamas del Reichstag (Parlamento)
anunciaron el primero de los grandes incendios nazis que
asolarían Europa. Al día siguiente B. Brecht y su mujer
H. Weigel abandonaron Berlín en dirección a Praga. Poco
después les siguieron sus hijos Stefan y Barbara.
Inicióse así un exilio que, según la grandilocuencia
nazi, debía durar lo que el III Imperio: mil años.
Su
exilio no fue un viaje por Alemania, como él creía en un
principio, sino un viaje de 15 años por el mundo. En su
poema «A los hombres futuros» dice de sí mismo, y de
otros muchos como él, no sin cierta amargura:
Cambiábamos de país
como de zapatos
a través de las
guerras de clase, y nos desesperábamos
donde solo había
injusticia y nadie se alzaba contra ella.
Y
, sin embargo,
sabíamos
que también el odio
contra la bajeza
desfigura la cara.
También la ira contra
la injusticia
pone ronca la voz.
Desgraciadamente, nosotros,
que queríamos
preparar el camino para la amabilidad
no pudimos ser
amables.
Pero vosotros, cuando
lleguen los tiempos
en que el hombre sea
amigo del hombre.
Pensad en nosotros
con indulgencia.
Estas fueron sus principales etapas: a través de
Checoslovaquia, Austria y Suiza, a Dinamarca; medio año
antes de la II GM, a Suecia; un año después a Finlandia;
unas semanas antes del ataque nazi a la URSS, a los
EE.UU.; en 1947 salió de allí, perseguido, para Suiza;
tras un año aquí, en octubre de 1948, al sector
socialista de Berlín. A los maledicientes que le
reprochaban haberse afincado en la zona comunista de
Alemania les respondió:
«No tengo mis opiniones porque estoy aquí, sino que
estoy aquí porque tengo mis opiniones».
En
aquellos años de apogeo fascista, Brecht sabía que «las
fuerzas eran escasas. La meta yacía muy lejos. Era
evidente que, incluso para mí, apenas alcanzable». A
pesar de todo, siempre permaneció fiel a sus principios
socialistas y a sus ideales comunistas.
El
10 de mayo de l933 sus libros también se arrojaron a la
hoguera, junto con los de Marx, Kausky, Heinrich Mann,
E. M. Remarque, Tucholsky, Ossietsky, etcétera.
La
nueva era de barbarie no era para él más que el
resultado inevitable de la crisis del capitalismo.
En
el otoño de 1933 participó en París en la fundación de
un Instituto para el Estudio del fascismo e hizo campaña
en favor de una «Sociedad para la dialéctica marxista»,
la cual debía aplicar los nuevos métodos del pensamiento
colectivo. Entre sus tareas estaba la elaboración de un
catálogo de las verdades aparentes, mentiras, infamias,
etcétera, de que se servía el fascismo. Tampoco estaría
de sobra una sociedad semejante en estos días.
Brecht estaba convencido de que era «imposible combatir
el fascismo y conservar el capitalismo».
La
vehemencia de sus palabras y argumentos perseguía atraer
a otros a la lucha contra la barbarie. Así, su amigo
Walter Benjamin la describió con estas palabras:
«Mientras hablaba en esos términos sentía actuar en mí
una fuerza equiparable a la del fascismo, una fuerza que
salía de las profundidades de la historia».
Con su obra «Los fusiles de la madre Carrar», estrenada
en París el 16 de octubre de l937, intentó movilizar a
los combatientes por la república española. Quería dejar
bien claro que en la lucha contra el fascismo no cabía
ninguna postura neutral, y menos aún para «el hombre
pequeño», los obreros, el pueblo...
El
Comité sueco de ayuda a España le facilitó los papeles
para viajar a Suecia. Desde allí pasó a Finlandia y
luego a la URSS. Tras una corta estancia en Moscú la
familia Brecht tomó el transiberiano hasta Vladivostok,
desde donde un carguero sueco los llevó a California.
Brecht esperaba encontrar trabajo en Hollywood.
Su
actitud ante el exilio la expresaba así:
«Personalmente tenemos que salvarnos como sea posible, a
fin de vivir lo nuevo que vendrá y de ayudar a crear un
estado de paz para la humanidad»... «Hay que participar
en la producción, ser uno mismo productivo hasta cierto
punto, hacer cierto gasto de fantasía, unir la
experiencia propia a la del artista o contraponerla,
etcétera...»
La
familia se asentó en Santa Mónica, una pequeña ciudad a
5 millas de Hollywood, donde también residían Thomas y
Heinrich Mann. Brecht siempre se disculpó de vivir en
Hollywood: «Carecía de dinero y no me quedó otra opción.
Vivimos en una ciudad sin dignidad».
Brecht necesitó mucho tiempo para superar el shock
que le produjeron las nuevas condiciones de vida. «Casi
en ningún lugar me fue la vida más difícil que aquí, en
este escaparate de la vida fácil. La casa es demasiado
bonita, mi oficio aquí es como el de los buscadores de
oro». Su pequeño poema «Hollywood» lo refleja muy bien:
Cada mañana para
ganarme el pan,
voy al mercado donde
se compran mentiras.
Lleno de esperanza
me pongo en la cola
de los vendedores.
Pero también tuvo el placer de entablar allí amistad con
uno de sus modelos: Charles Chaplin.
Para la colonia del cine los Brecht eran extraños, un
matrimonio europeo curioso que no hablaba inglés. El lo
entendía todo y hasta podía seguir discusiones
difíciles, pero rechazaba expresarse en una lengua
extranjera con faltas, al contrario que Hans Eisler, su
gran amigo y compañero de tantas composiciones teatrales
y musicales.
En
Hollywood colaboró en 50 películas. Los verdugos
también mueren es una de las pocas películas
antifascistas producidas en Hollywood durante la guerra.
Le reportó a Brecht 10 000 dólares para seguir
trabajando en sus piezas de teatro y visitar Nueva York
en 1943.
Entre las numerosas anécdotas de Hollywood están estas
dos:
El
compositor H. Eisler lo visitó en Hollywood y le contó
que un conocido director de cine le había dicho lleno de
indignación que nunca volvería a trabajar con el Sr.
Brecht. Este le respondió sorprendido: «No lo entiendo.
Nos vimos y solo le dije la verdad». «Ya, ¿pero con
cuánta fuerza?»
Otra vez se discutía si había suficientes directores
para las demandas crecientes del cine y del teatro.
Brecht dijo rápidamente: «Solo hay dos directores en el
mundo. El otro es Chaplin».
Después de la guerra, un senador venal de los EE.UU., J.
McCarthy, afirmaba que el país estaba dominado por una
conspiración comunista. Su quinta columna la formaban,
sobre todo, los intelectuales y artistas. Incluso el
presidente, algunos ministros y militares estaban bajo
sospecha. Miles de personas se vieron obligadas a sufrir
los interrogatorios de un comité parlamentario. Brecht
también fue acusado de actividades antinorteamericanas.
Como prueba le presentaron sus poesías y piezas de
teatro publicadas en inglés. Brecht adujo que él había
escrito otra cosa y pidió que se volvieran a traducir
sus trabajos. Así se hizo, y el interrogatorio se
convirtió durante un tiempo en un seminario filológico.
Al terminar dijo satisfecho: «Ni siquiera Heine
consiguió que la policía le tradujese todo».
Preguntado sobre si era un revolucionario y había leído
a Marx respondió: «Sí, revolucionario contra los nazis,
contra Hitler. Claro que tuve que estudiar las ideas de
Marx acerca de la historia. No creo que se puedan
escribir obras de teatro inteligentes sin ese estudio».
Un
año después del interrogatorio dijo a Eric Bentley:
«No fueron tan malos como los nazis. Los nazis no me
habrían dejado fumar. En Washington me permitieron fumar
un puro, y yo lo aproveché para crear pausas entre sus
preguntas y mis respuestas».
Dos días después del interrogatorio abandonó para
siempre los EE.UU. A un amigo que se sorprendió de verlo
en París le respondió: «Cuando vi que me acusaban de
querer robar el Empire State Building pensé que había
llegado la hora de marcharme».
Y
he aquí, en pocas palabras, su opinión de EE.UU.:
«Las máquinas políticas dominan las elecciones, y están
controladas por los grandes intereses establecidos».
«Por todas partes este olor de brutalidad sin esperanza,
de violencia sin satisfacción». |