|
Llegar a la intercepción vial de Loma y 39, en el
capitalino municipio de Plaza de la Revolución, es
romper paradigmas arquitectónicos sobre edificaciones
teatrales. Difícil sería la asociación mental de un
inmueble concebido para los oficios de una iglesia
ortodoxa con la sede que ocupa Teatro Buendía, desde
hace 20 años, bajo la dirección general de Flora Lauten.
Una agrupación, además, que en línea coincidente con la
ruptura de los supuestos de la imaginación y los
convencionalismos, ha evadido los trillados senderos de
la producción.
|
 |
En ese
enclave, Estudios Buendía, espacio que dentro de ese
colectivo fomenta la investigación y la creatividad,
propone “30 de papel” para el restante mes de agosto.
Con tales propósitos, dos actores despliegan en escena,
durante aproximadamente una hora, un texto suyo que
tiene como base los simbolismos, y que por lo tanto,
pluraliza la comprensión y decodificación de una tesis
—según
declara el programa de mano—
que aboga por la búsqueda y realización a que nos
conduce el arribo a los 30 años de edad. Sin embargo,
más allá de esta declarada intencionalidad, el
planteamiento escénico filosófico existencial siempre
habrá de propiciar otras muchas interpretaciones que de
seguro estarán en correspondencia con la subjetividad
del público y rebasarán cualquier intención preliminar.
La
pieza, con fuerza en el desplazamiento y en la mímica de
la pareja de actores, se destaca por el dinámico empleo
de los elementos escénicos.
El
papel, frágil y principal material decorativo, respalda
al título e identifica la moraleja del mensaje; detalle
que, sin duda, deviene ingeniosa propuesta artística.
No obstante, la banda sonora (Samuel Águila)
—en
primer plano—,
seguida del diseño de luces (Willber Suárez), son los
que decididamente apoyan y sostienen el entramado del
conjunto de recursos.
Miguel
Abreu y Juana García asumen indistintamente los diversos
personajes que enhebran el argumento a partir de sus
vivencias matrimoniales, remembranzas familiares y
aspiraciones
—consumadas
o no alcanzadas—
de cada uno.
La
proyección corporal escénica de ambos y la pantomima
salvan la credibilidad del espectáculo, pues la mayoría
de los diálogos no aportan suficiente fuerza a un
texto, que dadas las características ya comentadas,
debe hacerse sentir a partir de la defensa que de él
hagan los actores. No debe olvidarse nunca que la
representación teatral tiene un factor imprescindible
que decide la consumación del hecho: el espectador. No
bastan los empeños a la hora de expresar ideas
—que
aquí se intuyen—
para intentarlo. Si importante es el contenido del texto
dramático, tal y como ha apuntado la socióloga e
investigadora Esther Suárez Durán,
igualmente importantes serán la estructura teatral que
lo sostenga, la sólida construcción de su argumento, la
multiplicidad de rasgos, la eficaz organización y la
caracterización primera de los personajes.
Miguel
Abreu, con mayor organicidad, logra la imprescindible
veracidad histriónica para el intercambio público-actor,
y ello le permite algunas escenas de especial emotividad
y belleza plástica, como la del recuerdo de la abuela. O
de real convite para la imaginación del público, como la
del esquelético globo. Escena en la que además
desarrolla un elegante rejuego corporal que propicia
riqueza interpretativa para las diversas valoraciones
que de ella pueda hacerse. Pero algo que atenta
decididamente contra su actuación es la caída de la
cadencia fonética en los finales de sus parlamentos que
se tornan ininteligibles para el espectador; así como el
acento de su personaje Vladimir.
Juana
García le aventaja en ese sentido y proyecta la voz con
potencia y claridad; aunque debe evitar las estridencias
y cuidar las transiciones que cada uno de sus cuatro
personajes reclaman; detalles decisivos para establecer
diferencias de matices y enriquecerlos.
Vale
destacar que ambos combinan la actuación con la
dirección escénica y dramatúrgica, y con la concepción
escenográfica y de vestuario.
“30 de papel” no deja de ser una interesante puesta en
busca de un lenguaje expresivo fuera de lo habitual.
Tanto el inicio como el cierre del espectáculo apuestan
por el levantamiento de las emociones en los
concurrentes. Como su texto apunta: “mil anillos forman
una cadena”. Valga entonces este eslabón que Estudios
Buendía coloca en el imaginario del espectador para
invitarlo a que no deje de tocar la puerta del sui
generis recinto de Loma y 39.
|