Año V
La Habana

2 al 8 de SEPTIEMBRE
de 2006

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Estudios Buendía en los 30 de papel
Miguel Gerardo Valdés Pérez La Habana


Llegar a la intercepción vial de Loma y 39, en el capitalino municipio de  Plaza de la Revolución, es romper paradigmas arquitectónicos sobre edificaciones teatrales. Difícil sería la asociación mental de un inmueble concebido para los oficios de una iglesia ortodoxa con la sede que ocupa Teatro Buendía, desde hace 20 años, bajo la dirección general de Flora Lauten. Una agrupación, además, que en línea coincidente con la ruptura de los supuestos de la imaginación y los convencionalismos, ha evadido los trillados senderos de la  producción.

En ese enclave, Estudios Buendía, espacio que dentro de ese colectivo fomenta la investigación y la creatividad, propone “30 de papel” para el restante mes de agosto. Con tales propósitos, dos actores despliegan en escena, durante aproximadamente una hora, un texto suyo que tiene como base los simbolismos, y que por lo tanto, pluraliza la comprensión y decodificación de una tesis según declara  el programa de mano que aboga por la búsqueda y realización a que nos conduce el arribo a los 30 años de edad.  Sin embargo, más allá de esta declarada intencionalidad,  el planteamiento escénico filosófico existencial  siempre habrá de propiciar otras muchas interpretaciones  que de seguro estarán en correspondencia con la subjetividad del  público y rebasarán cualquier intención preliminar.  

La pieza, con fuerza en el desplazamiento y en la mímica de la pareja de actores, se destaca por el dinámico empleo de los elementos escénicos.

El papel, frágil y principal material decorativo, respalda al título e identifica la moraleja del mensaje; detalle que, sin duda, deviene ingeniosa  propuesta artística. No obstante, la banda sonora (Samuel Águila) en primer plano, seguida del diseño de luces (Willber Suárez), son los que decididamente apoyan y sostienen el entramado del conjunto de  recursos.

Miguel Abreu y Juana García asumen indistintamente los diversos personajes que enhebran el argumento a partir de sus vivencias matrimoniales, remembranzas familiares y aspiraciones consumadas o no alcanzadas de cada uno.

La proyección corporal escénica de ambos y la pantomima salvan la credibilidad del espectáculo, pues la mayoría de los diálogos no aportan  suficiente fuerza a un texto,  que dadas las características ya comentadas, debe hacerse sentir a partir de la defensa que de él hagan los actores. No debe olvidarse nunca que la representación teatral tiene un factor imprescindible que decide la consumación del hecho: el espectador. No bastan los empeños a la hora de expresar ideas que aquí se intuyen para intentarlo. Si importante es el contenido del texto dramático, tal y como ha apuntado la socióloga e investigadora Esther Suárez Durán[1], igualmente importantes serán la estructura teatral que lo sostenga, la sólida construcción de su argumento, la multiplicidad de rasgos, la eficaz organización y la caracterización primera de los personajes.

Miguel Abreu, con mayor organicidad, logra la imprescindible veracidad histriónica para el intercambio público-actor, y ello le permite algunas escenas de especial emotividad y belleza plástica, como la del recuerdo de la abuela. O de real convite para la imaginación del público, como la del esquelético globo. Escena en la que además desarrolla un elegante rejuego corporal que propicia riqueza interpretativa para las diversas valoraciones que de ella pueda hacerse. Pero algo que atenta decididamente contra su actuación es la caída de la cadencia fonética en los finales de sus parlamentos  que se tornan ininteligibles para el espectador; así como el acento de su personaje Vladimir.

Juana García le aventaja en ese sentido y proyecta la voz con potencia y claridad; aunque debe evitar las estridencias y cuidar las transiciones que cada uno de sus cuatro personajes reclaman; detalles decisivos para establecer diferencias de matices y enriquecerlos.

Vale destacar que ambos combinan la actuación con la dirección escénica y dramatúrgica, y con la concepción escenográfica y de  vestuario.

“30 de papel” no deja de ser una interesante puesta en busca de un lenguaje expresivo fuera de lo habitual. Tanto el inicio como el cierre del espectáculo apuestan por el levantamiento de las emociones en los concurrentes. Como su texto apunta: “mil anillos forman una cadena”. Valga entonces este eslabón que Estudios Buendía coloca en el imaginario del espectador para invitarlo a que no deje de tocar la puerta del sui generis recinto de Loma y 39.  

[1] Suárez Durán, Esther: De la investigación sociológica al hecho teatral. La Habana: Editorial Ciencias Sociales, 1988.

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