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He venido con
sombrero para rendir, desde la cabeza, homenaje a
Julio, y me emociona pensar que hoy hubiera cumplido 88
años. No voy a hablar de la obra de Cortázar, porque
todos la conocemos y por eso estamos aquí —es una obra
excepcional que realmente removió nuestra literatura—,
sino que voy a hacer algunas alusiones a lo que los
franceses llaman la pequeña historia.
Debo la amistad, que
llegó a ser muy grande, de Julio a la Casa de las
Américas. Yo no estaba todavía allí: estaba en la Unión
de Escritores y Artistas de Cuba cuando en 1963 vino
como jurado de la Casa. Julio fue a la Unión y allí nos
encontramos. El año que viene hará cuarenta años de ese
encuentro, que tan importante y decisivo sería en mi
vida como, en general, la presencia de Julio fue tan
decisiva para tantas y tantos de los que estamos aquí, y
para muchísimas y muchísimos más que han sido
alimentados por su obra.
Después vi a Cortázar
en su casa en París, de nuevo en Cuba, en Nicaragua, lo
vi muchas otras veces. Como se sabe, cruzamos una
larguísima correspondencia, la mayor parte de la cual,
en lo que toca a Julio, fue publicada en el número que
la revista Casa le dedicó a raíz de su muerte.
Pero yo quisiera, dado lo que explicó Basilia en sus
palabras tan justas, que también se dedicara este acto a
la memoria de Ugné Karvelis (quien me decía muy graciosa
que cada vez que se encontraba con un cubano y él
averiguaba que era lituana, el cubano le hablaba del
poeta Lubicz Milosz, porque es el único poeta lituano
que los cubanos hemos leído mucho, naturalmente en
francés o en las excelentes traducciones de su obra que
hizo al español Galtier); quisiera, repito, añadir que
también la Casa de las Américas fue decisiva para el
encuentro entre Ugné y Julio. Y una persona en
particular desempeñó un papel hasta ahora desconocido.
Voy a hacerlo público en este momento. Julio estaba en
Cuba, en Varadero, donde conmemorábamos el centenario de
Rubén Darío. Fue realmente una reunión muy linda, que se
llamó Encuentro con Rubén Darío. Pasamos allí
días muy felices, y Julio, que había venido para una
reunión de la revista, o como jurado, o lo que fuera, se
incorporó a este Encuentro con Rubén Darío. Y se
determinó que algunas otras personas fueran más tarde a
Varadero. Adelaida se había quedado en La Habana, y le
pidieron de la Casa de las Américas que acompañara en
automóvil a Varadero a una editora que había venido a
Cuba. Era Ugné Karvelis. Fueron haciéndose amigas de La
Habana a Varadero, y al llegar, Adelaida le presentó a
Julio Cortázar. De manera que la pequeña historia es
muy singular. El papel de la Casa de las Américas, tanto
en uno como en otro caso, fue efectivamente muy grande.
Por eso nos dio tanta
alegría el proyecto de este premio, que nos comunicó
Miguel Barnet, y nos da alegría que sea convocado
conjuntamente por el Instituto Cubano del Libro y por la
Casa de las Américas. Como se verá cuando se dé a
conocer el resultado de este primer concurso, hay una
razón más para que la Casa se sienta contenta. Un
concurso que de seguro hubiera hecho feliz a Julio, a
quien le interesaban tantísimo los jóvenes, y que cada
vez que venía a Cuba estaba rodeado de ellos, quienes se
sentían muy identificados con él. Incluso he contado la
anécdota de la muchacha que se iba a suicidar, pero leyó
a Cortázar y decidió no suicidarse y seguir en esta nave
de los locos.
Nada más tengo que
decir, sino reiterar la gratitud porque se haya pensado
en la Casa de las Américas para coauspiciar este premio;
agradecerles a ustedes su presencia, y agradecer a
quienes corresponda que la extraordinaria obra de Julio
siga viva.
Muchas gracias.
Palabras
pronunciadas en la entrega del Premio
Iberoamericano
de Cuento
Julio Cortázar 2002,
el día 26 de agosto en el 88
aniversario de su natalicio. |