Año V
La Habana

2 al 8 de SEPTIEMBRE
de 2006

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Una obra viva
Roberto Fernández Retamar La Habana


He venido con sombrero para rendir, desde la cabeza, homenaje a Julio, y me emociona pensar que hoy hubiera cumplido 88 años. No voy a hablar de la obra de Cortázar, porque todos la conocemos y por eso estamos aquí —es una obra excepcional que realmente removió nuestra literatura—, sino que voy a hacer algunas alusiones a lo que los franceses llaman la pequeña historia.

Debo la amistad, que llegó a ser muy grande, de Julio a la Casa de las Américas. Yo no estaba todavía allí: estaba en la Unión de Escritores y Artistas de Cuba cuando en 1963 vino como jurado de la Casa. Julio fue a la Unión y allí nos encontramos. El año que viene hará cuarenta años de ese encuentro, que tan importante y decisivo sería en mi vida como, en general, la presencia de Julio fue tan decisiva para tantas y tantos de los que estamos aquí, y para muchísimas y muchísi­mos más que han sido alimentados por su obra.

Después vi a Cortázar en su casa en París, de nuevo en Cuba, en Nicaragua, lo vi muchas otras veces. Como se sabe, cruzamos una larguísima correspondencia, la mayor parte de la cual, en lo que toca a Julio, fue publicada en el número que la revista Casa le dedicó a raíz de su muerte. Pero yo quisiera, dado lo que explicó Basilia en sus palabras tan justas, que también se dedicara este acto a la memoria de Ugné Karvelis (quien me decía muy graciosa que cada vez que se encontraba con un cubano y él averiguaba que era lituana, el cubano le hablaba del poeta Lubicz Milosz, porque es el único poeta lituano que los cubanos hemos leído mucho, naturalmente en francés o en las excelentes traducciones de su obra que hizo al español Galtier); quisiera, repito, añadir que también la Casa de las Américas fue decisiva para el encuentro entre Ugné y Julio. Y una persona en particular desempeñó un papel hasta ahora desconocido. Voy a hacerlo público en este momento. Julio estaba en Cuba, en Varadero, donde conmemorábamos el centenario de Rubén Darío. Fue realmente una reunión muy linda, que se llamó Encuentro con Rubén Darío. Pasamos allí días muy felices, y Julio, que había venido para una reunión de la revista, o como jurado, o lo que fuera, se incorporó a este Encuentro con Rubén Darío. Y se determinó que algunas otras personas fueran más tarde a Varadero. Adelaida se había quedado en La Habana, y le pidieron de la Casa de las Américas que acompañara en automóvil a Varadero a una editora que había venido a Cuba. Era Ugné Karvelis. Fueron haciéndose amigas de La Habana a Varadero, y al llegar, Adelaida le presentó a Julio Cortázar. De manera que la pequeña historia es muy singular. El papel de la Casa de las Américas, tanto en uno como en otro caso, fue efectivamente muy grande.

Por eso nos dio tanta alegría el proyecto de este premio, que nos comunicó Miguel Barnet, y nos da alegría que sea convocado conjuntamente por el Instituto Cubano del Libro y por la Casa de las Américas. Como se verá cuando se dé a conocer el resultado de este primer concurso, hay una razón más para que la Casa se sienta contenta. Un concurso que de seguro hubiera hecho feliz a Julio, a quien le interesaban tantísimo los jóvenes, y que cada vez que venía a Cuba estaba rodeado de ellos, quienes se sentían muy identificados con él. Incluso he contado la anécdota de la muchacha que se iba a suicidar, pero leyó a Cortázar y decidió no suicidarse y seguir en esta nave de los locos.

Nada más tengo que decir, sino reiterar la gratitud porque se haya pensado en la Casa de las Américas para coauspiciar este premio; agra­decerles a ustedes su presencia, y agradecer a quienes corresponda que la extraordinaria obra de Julio siga viva.

Muchas gracias.

Palabras pronunciadas  en la entrega del Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar 2002, el día 26 de agosto en el 88 aniversario de su natalicio.

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