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Jorge Ángel Pérez fue este año el ganador del Premio
Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar con su relato
“En una estrofa de agua”. Metáfora de cotidianidades y
acuarela de filosofías, “En una estrofa…” parece contar
a un tiempo una historia contemporánea, evidente, y otra
reconcentrada en sí misma, soterrada. Jorge Ángel es un
autor versátil que ha danzado con acierto en varios
géneros literarios y diferentes tonos, picarescos en
ocasiones ―como en El paseante Cándido― o
existencialistas y filosóficos como “En una estrofa de
agua”. A propósito del premio, pero también de esa
versatilidad para moverse en diversas cuerdas literarias
versó esta entrevista.
Usted se ha movido hasta ahora con la misma destreza en
la escritura tanto del cuento como de la novela, ¿le
interesan del mismo modo ambos géneros literarios?, ¿qué
lugar ocupa cada uno de ellos dentro del propio
desarrollo de su escritura?
El cuento me ha dado
algunas satisfacciones, mi primer libro publicado fue
una colección de cuentos: Lapsus calami, que
ganara el Premio David de la Unión Nacional de
Escritores de Cuba (UNEAC). Las opiniones sobre este
libro tropezaban unas con otras, una eran aprobadoras y
otras adversas. De todas formas es un libro que aún
quiero, y últimamente me he sentido más cerca de él, me
ha llevado a pensar en los puntos de contacto que tiene
con lo que escribí después; sin embargo, es en el
ejercicio de la novela donde más reconocimientos he
obtenido, El paseante Cándido recibió el Cirilo
Villaverde de la UNEAC y el Premio italiano Grinzane
Cavour, también tuvo reconocimientos Fumando espero,
que el año pasado fue primer finalista en el Rómulo
Gallegos, en ambos casos hubo más puntos de coincidencia
entre lectores y críticos, pero no es por eso que
transito con más comodidad en la novela. Creo que tiene
que ver con que es un género donde puedo moverme con más
soltura, el cuento requiere de una concentración que no
es lo más importante en la novela o lo que es lo mismo,
la novela te permite disociaciones que no consiente el
cuento. El cuento obliga a la precisión, mientras que en
la novela hay un sedimento inicial que permite la
llegada de otro depósito y luego otro, así se va armando
la enorme acumulación, el edificio que termina siendo
una novela.
¿“En
una estrofa de agua” es un relato concebido
de manera aislada o forma parte de alguna serie de
cuentos terminada o en producción?
“En una estrofa de
agua” no fue
pensado para ningún libro, aunque es posible que lo
incluya en una colección que tendrá por nombre: En La
Habana no son tan elegantes, y que preparo en los
momentos que me deja libre la escritura de mi nueva
novela.
¿Es
el agua una obsesión filosófica o como parece indicar el
exergo de su cuento esta obsesión parte de su propia
experiencia de habitante de la Habana Vieja?
En primer lugar tiene
que ver con mi experiencia, con la terrible ausencia del
agua en esta parte de la ciudad. Vivo en un solar de la
Habana Vieja donde el agua es casi un privilegio, una
fantasía, un sueño, una utopía.
Como Esteban,
el protagonista del cuento, me he visto montones de
veces desesperado por el agua, pero el cuento no es solo
la angustia de este personaje ante la carencia de agua y
sus obsesiones para conseguirla, es también una metáfora
de la vida habanera, y es un coqueteo con algún tipo de
filosofía, lo que se hace evidente al enfrentar cuatro
elementos fundamentales de antiguas filosofías
occidentales. Pero en esto no quiero insistir mucho
porque prefiero que sea el lector quien descubra estos
detalles.
Ha
dicho que La Habana era el rincón de Cuba que más le
atraía y por ende en ella ubicaba la mayoría de sus
novelas y relatos, ¿cómo entronca esto con el hecho de
que en sus narraciones siempre esté presente de algún
modo la realidad de los cubanos, es decir, sus problemas
y cotidianidades?
No creo que esto sea
exacto, mi libro Lapsus calami es un libro sobre
la escritura y no tiene que ver, ni indirectamente, con
La Habana, tampoco mi novela Fumando espero que
se desarrolla en Buenos Aires. Creo que eso vendría a
ser correcto en El paseante Cándido, que es un
homenaje a la ciudad, pero también una diatriba, como
se sabe uno reprocha lo que ama con la misma pasión con
la que honra.
¿En
qué medida se identifica este cuento y su propia
escritura con la visión cortazariana del mundo?
La verdad es que no creo que mi
escritura tenga puntos de contacto con la de Cortázar,
de hecho me cuesta pensar o descubrir cuál es la visión
cortazariana del mundo, como dificultoso es también
pensar en la visión jorgeangeliana o pereziana del
mundo. Soy un escritor que se apasiona con la
posibilidad de contar una historia y que se preocupa por
las palabras y el lenguaje acertado, pero descubrir lo
que va más allá de eso me cuesta enorme trabajo, o
mejor, ni siquiera me lo propongo. Eso se lo dejo a
otros.
Hace cuatro años dijo que estaba escribiendo una novela
sobre una costurera de 72 años que intentaba suicidarse,
¿en qué estado se encuentra ese proyecto?
Sí, hace unos años
estaba escribiendo esa novela, pero nunca la terminé, he
dejado descansar a Macarena —así se llama la
protagonista de Almacén de Virtudes— para
dedicarme a la escritura de Cirella Furiosa, una
historia que me entusiasma tremendamente y me tiene muy
ocupado, que trata sobre una muchacha trinitaria que
debe soportar los reclamos de su abuela para que se
convierta en una soprano de coloratura, porque
trescientos años antes, alguien de su familia se
encontró en la corte de Felipe V con el castrato
Farinelli, quien predijo que la familia iba a abandonar
el continente para establecerse en Cuba, en Trinidad, y
que en el seno de esa familia iba a nacer una niña a la
que debían nombrar Angélica, y que esa muchacha
reproduciría en exactitud de tonos la voz olvidada de
Farinelli, solo que Angélica no cree en las
posibilidades de su voz, Angélica sueña con encontrarse
con Orlando y por eso viaja a Italia, donde se
desarrolla casi la totalidad de la novela.
¿Qué significa
recibir el Cortázar para alguien que quedó finalista en
el Rómulo Gallegos y obtuvo el premio Grinzane Cavour?
Que yo recibiera el Premio Julio Cortázar luego de
disfrutar del Grinzane Cavour, el Cirilo Villaverde, el
David o resultar primer finalista en el Rómulo Gallegos,
hace que vea todos esos premios a una misma altura, que
se pongan para mí a un mismo nivel, creo que El
paseante Cándido no fue mejor tras ser destacada por
los jurados del Grinzane Cavour, creo que tenía los
mismos atributos y bondades que cuando Guillermo Vidal
me llamó por teléfono para destacármelos y anunciarme el
premio Cirilo Villaverde. En ambos momentos sus páginas
tuvieron esos mismos atributos y bondades. Lo mismo ha
sucedido con Fumando espero, libro que se agotó
en Cuba en un par de semanas, y que llevó a importantes
críticos a detenerse en él, mucho antes de que fuera
distinguido como primer finalista en el Rómulo Gallegos.
Los premios son, sin duda, un reconocimiento, y no seré
yo, que he aspirado y recibido unos cuantos, quien haga
ahora la detracción de los galardones literarios, porque
me gustan, por el reconocimiento que traen, porque
distinguen la obra premiada, y, muy importante, por la
ayuda que aportan a la economía doméstica. Quizá ahora
aspire a montarme, como premio, en un barco con todos
aquellos personajes que describiera Julio Cortázar en su
novela Los Premios. |