Año V
La Habana

2 al 8 de SEPTIEMBRE
de 2006

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Tres argumentos por Richard Egües
Pedro de la Hoz La Habana


El primer argumento que sustenta la categoría de Richard Egües como paradigma en la interpretación de su instrumento en la música popular de la Isla a largo del siglo XX, con conexiones evidentes y fructíferas con el jazz latino, radica en su peculiar concepción de la flauta charanguera.

A la flauta llegó, como se sabe a mitad de los años 40, luego de recorrer con avidez otras posibilidades instrumentales. Nacido el 26 de octubre de 1923 en Cruces, localidad del centro de la Isla, muy cerca de centros musicales efervescentes como Sancti Spíritus, Santa Clara y Cienfuegos, se formó con un oído puesto en la academia ¿qué músico de la época, para asegurarse un trabajo en bandas de concierto subvencionadas por los gobiernos municipales de la República, no se sometía al rigor de la teoría y el solfeo? y otro en la calle, donde acontecía una permanente ebullición en el proceso de desarrollo de los géneros y las especies musicales.

La flauta comenzó a ser, como le gusta decir a Richard, prima donna de la charanga justo en la época en que él comienza a familiarizarse con el instrumento.

Si bien en las orquestas danzoneras de las primeras décadas de la pasada centuria el instrumento se hizo imprescindible en la definición del formato charanguero, no fue hasta finales de los años 30 en que se dieron las condiciones para un salto cualitativo en su protagonismo.

Ello se debió a la concurrencia de dos flautistas excepcionales al frente de agrupaciones de renombre: Antonio Arcaño, escoltado por los hermanos Orestes e Israel López, se instaló como líder de las Maravillas del Siglo (luego sería conocida como Arcaño y sus Maravillas), mientras Joseíto Valdés creaba la Orquesta Ideal.

A partir de ese momento, la flauta rebasó su función de «reproductora» de melodías para convertirse en «recreadora» de estas. Con tan calificados y talentosos intérpretes, el virtuosismo formó parte del carácter charanguero. Y ello se tradujo en una lógica emulación entre todos los flautistas integrados a las charangas, las cuales, por cierto, tomaron un segundo aire, en franca competencia con las jazz bands y los conjuntos.

Richard entró a la Aragón de manera definitiva en 1954, al sustituir a otro grande de la flauta, el cienfueguero Rolando Lozano, fichado ese año por la Orquesta América de Ninón Mondéjar contratada para una larga temporada en México. Lozano había ocupado en 1950, a su vez, el puesto de otro notable músico cienfueguero, Efraín Loyola, fundador de la Aragón.

La comunicación espiritual y creativa entre Richard y el director de la orquesta, el maestro Rafael Lay Apesteguía, fructificó en el logro de lo que con razón se ha dado en llamar la Charanga Eterna.

Fue durante sus largos años con la Aragón —solo la abandonó en 1984, dos años después de la muerte de su compadre Lay— cuando el estilo de Richard fraguó a plenitud.

Motivos cortos, sólidamente estructurados, que juegan con la sección rítmica de la orquesta, y una inteligente y sensible articulación de notas picadas y ligadas, constituyeron la clave del misterio de su flauta encantada. 

Un segundo argumento para su grandeza reside en su labor como orquestador. Como responsable de una buena parte de los arreglos de la Aragón —nada más cierto para los bailadores o para los simples oyentes que presentir el «cuño» de la agrupación—, Richard consiguió un equilibrio entre timbre, melodía y ritmo único e irrepetible, que sirvió para proyectar las voces de Olmos, Bacallao y el propio Lay.

Es recurrente en los talleres que estudian la música popular cubana en diversas partes del mundo el análisis de la orquestación —y la ejecución de la flauta— en el danzón «La reina Isabel» y en «Sabrosona», a más de que se reconoce a su obra más difundida en el mundo, «El bodeguero» (1956) como una especie de canon del estilo charanguero.

Al preguntársele cuál es la esencia de su forma de orquestar, Richard suele responder: «Lo primero que hay que tener en cuenta es el sentido de conjunto. Una charanga no es la suma de individualidades, sino un organismo colectivo, al que todos aportan su parte. Yo siempre me inspiro en el saber sinfónico para arreglar las partes de los violines y procuro que el ritmo sea claro y constituya tanto una base para los demás instrumentos y una guía para el bailador».

Por si fuera poco —y he aquí un tercer y muy convincente argumento a favor de Richard— están sus aportes al jazz latino. No solo se trata de que las nuevas generaciones de flautistas cubanos, con Orlando Valle (Maraca) a la cabeza, y otras luminarias internacionales (Dave Valentin y Jane Bunnett) reconozcan su magisterio, sino del registro de descargas memorables que resultan paradigmáticas en la historia de la fusión entre el jazz y la música popular cubana.

En esa categoría clasifican su participación en el disco Cachao y su ritmo caliente, que data de 1957 (Panart), el diálogo con el violín de Alfredo de la Fe y la trompeta de Félix Chapottin en el disco que grabó la Fania en Cuba durante la visita en 1978 de la Típica 73 y el solo que protagonizó junto a Chucho Valdés y varios de los Irakere en el concierto que clausuró el festival Afrocubanismo 1994, en la ciudad canadiense de Banff.

De hecho pudieran ser muchos más los argumentos que hacen de Richard Egües un imprescindible de la música cubana. La riqueza de su talento es ya inagotable.

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