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Entre los
elementos que ahora nutren la memoria de ese hombre
leyenda, reconocido como Arsenio Rodríguez, están las
contrapuestas versiones sobre no pocos hechos de su
trayectoria: desde su aparición , hasta su muerte misma.
Quizás lo único irrefutable de su biografía sea la
brillantez en el desempeño musical, palpable en los
archivos fonográficos. Por eso para encontrarle en medio
de la bruma del tiempo no se puede uno quedar releyendo
viejos papeles, sino que debe atenderse con fruición al
relato de añosos parientes y amigos.
Cae un rayo y nace
Arsenio –dice una parienta—y la quemante piedra de esa
descarga eléctrica es como una alegoría para su vida.
Esto sucede en Güira de Macurijes, un pueblecito de la
provincia de Matanzas. Hay quien asegura que fue el 30
de agosto de 1911, pero en la única inscripción de
nacimiento suya localizada hasta ahora, se consigna el
31 de ese mismo mes y el año de 1913. Hasta en los
diccionarios aparece como Ignacio Loyola Rodríguez como
su nombre, sin embargo en la referida inscripción resa
como Ignacio Arsenio Travieso Scull.
Con solo trece años y
a causa de una enfermedad hereditaria, perdió la vista
testifican muchos; pero investigaciones más recientes,
que no desestiman las razones de enfermedad, han podido
comprobar que más o menos a los cinco años quedó
invidente, después de sufrir en su cabeza el golpe de
una pértiga de carreta y una pavorosa patada de caballo.
Más o menos a esa edad se trasladó con su familia a
Güines, pequeña ciudad habanera.
Cuántas cosas le
rondarían dentro de la cabeza a este muchachito humilde,
vecino de un lugar donde la mayoría se buscaba los
frijoles en los trajines de la agricultura. Menos mal
que cuando todavía no había cruzado el umbral de la
pubertad, un carpintero del barrio llamado Feliciano, le
construyó un tres. Oyendo a los mayores aprendió a
buscar claridad entre sus cuerdas. Empezó así, como sin
darse cuenta, a caminar haciendo equilibrio entre la
necesidad del sustento material y el hambre espiritual
de darse a conocer a los demás, buscándoles su rostro
interior; tocándoles sones y boleros cada vez que en su
comarca se ofrecía la ocasión.
Como otros muchos
cultores de la música popular, trató de abrirse paso más
allá de su entorno natal. Allá por 1926 ya se lo veía en
los bailes de la playa de Marianao. En la segura
compañía de su tres, se pegó a tocar donde primero pudo.
Se comenzó a tejer entonces la fama de El Cieguito
Maravilloso, por la elocuente habilidad que mostraba
al pulsar el instrumento. El ritmo venido del oriente
del país se enseñoreaba ya de los salones de la capital,
que estaba llena de agrupaciones soneras. Arsenio formó
parte de algunas de ellas. Durante los años treintas
estuvo primero en el Sexteto Bostón y luego pasó al
Bellamar, del cual llegó a ser director. Estando en él
comienza a introducir innovaciones que años más tarde
fructificarían.
En 1940, después de
haber zapateado el ambiente sonero de La Habana, se
decide a fundar una agrupación, empeñado, como es
natural en el hombre de mucho talento, en que no fuera
una más. Se fija en las amplias posibilidades de
asimilación de las bandas norteamericanas de jazz,
sirviéndose de sus elementos para crear un conjunto que
acrecentó las ya enormes dimensiones del son cubano. A
su genio de compositor y tresero corresponde el mérito
de llevar la interpretación del son desde el formato de
septeto, que se impuso a finales de los años veintes,
hasta una estructura orquestal más amplia, que incluyó
el piano, más metales y tumbadoras; la cual es sin
dudas, raíz del desenvolvimiento posterior de la música
latina.
Ahora, mientras uno
disfruta de la profunda serenidad del Conjunto de
Arsenio Rodríguez, y hasta lamenta que no se trate de
una banda de hoy, la imaginación reconstruye su figura
de negro rey fornido en acción, dominando toda esa
urdimbre poderosa y sensual. El y su agrupación
alcanzaron tal popularidad en los bailes y en los
programas radiales como para llegar a considerárseles
imprescindibles. Parecía que nunca iba a faltar el
embrujo de sus boleros o la caliente incitación de sus
sones; sin embargo en 1949 se va a Nueva Cork para
hacerse una operación en los ojos, que no tuvo buenos
resultados. En 1954 está nuevamente en La Habana, donde
se mantiene hasta 1957, volviéndose a presentar bajo el
rubro de Arsenio Rodríguez y su Conjunto, aunque con
otros integrantes – entre ellos su hermana estela--,
porque los fundadores andaban ya bajo la batuta de Félix
Chapotín.
Pero definitivamente
no encuentra en su patria muy buena ventura y vuelve a
Nueva Cork en busca de mejores horizontes. No viajó con
todos los magníficos soneros de su conjunto, pero a esas
alturas tenía muy claro su concepto orquestal, y a poco
de llegar, corriendo todavía el 1957, su nombre
sobresalía entre quienes llenaban las salas de esa
ciudad infinitamente ansiosa del espectáculo, procurando
el exorcismo que solamente puede desencadenar el abrazo
del son.
En 1972 murió Arsenio
Rodríguez, afirma la mayoría, otros atestiguan que fue
en 1971 y hasta en el 70. Unos dicen que fue un tres de
enero y otros un dos de febrero. Y aunque es cosa común
oír hablar de su muerte en Los Angeles, es casi seguro
que se produjera en Nueva Cork, a causa de una crisis de
hipertensión provocada por la diabetes y que luego un
hermano lo traslada a esa ciudad californiana, para
enterrarlo en un panteón de la familia. De lo que sí no
hay la menor duda es de que, a partir de la explosión
del fenómeno salsa, los músicos cubanos residentes en
los Estados Unidos, y los de otros países de nuestra
América, así como los paisanos suyos que siguen haciendo
son en la Isla, han recurrido insistentemente a su
legado. |