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Soy Judas. Judas traidor.
Escupieron sobre mí, y escupirán, y tendré conmigo
toda la maledicencia del mundo, por los siglos de
los siglos. Seré lo peor. Denme las gracias. Ya
ninguno de ustedes se rebajará a tanto como yo. Les
he liberado para siempre al tomar sobre mí el pecado
del mundo.
Crecí entre las redes tristes de los pescadores, que
había de tejer y retejer otra vez cada noche, en la
esperanza de un pez que salvaría nuestros días.
Tengo mis manos comidas por la sal y de mi piel no
sale otra cosa que el hedor de los pescados muertos.
De
niño yo mismo era un pez, y en cada zambullida huía
del mundo y de la aldea. Bajo las aguas estaba el
silencio, la paz, el paraíso donde quería vivir. En
la tribu tenia el infierno de la boca desdentada de
mi padre, la cara triste de mi madre que nos
abandonó, mis siete hermanos, pedigüeños y
hambrientos siempre.
Yo
era un joven todavía hermoso, que esperaba algo.
Nada pasaba allí. La última guerra ya era solo un
recuerdo entre los más viejos, y fue una guerra que
perdimos. Que perdieron ellos, pero igual sobre
nosotros cayó la carga de los impuestos. Y no
teníamos para pagar sino pescados. Así, ni los
recaudadores se acordaban ya de visitarnos.
Solo aparecía, de tarde en tarde, algún mendigo
desesperado, la tribu de los trashumantes de cada
año, y los profetas. Cada profeta nos traía un nuevo
reclamo por nuestro descarrío, nos prometía un
castigo nuevo, otro más. Los escuchábamos hablar y
después los apedreábamos. Esa era nuestra diversión.
La
muerte era un suceso raro entre nosotros, nadie
vivía en nuestra aldea hasta el final de sus días.
Todos se iban en algún momento, como mi madre, como
mis hermanos, para no volver jamás. Los viejos
parecían inmortales, y medraban tras las chozas a la
caza de un trozo de pescado salado.
Mi
padre era uno de ellos. Nunca me habló, solo me
miraba con sus ojos secos y entretenía los dedos en
su barba que le daba sucia hasta el pecho.
Tampoco le hablaba yo. Le veía en la oscuridad de la
cocina, frente a nuestro fogón apagado, y me volvía
a la puerta de la casa. Me sentaba allí, a rehacer
mis redes y a espantar de mi cabeza la imagen de mi
padre que tanto se parecía al hombre que muy pronto
sería yo.
Una noche, recuerdo que llovía como en mucho tiempo
no había visto nuestra aldea, sentado en la cocina
mordí mi trozo de pescado y escuché, por sobre el
fatigoso respirar de mi padre, el ruido del primer
diente que se me quebró. Lloré, lloré mucho esa
noche, como lloro hoy.
Ahora recuerdo el rostro de mi padre al día
siguiente, al amanecer. Desperté y lo vi a contraluz
ante la puerta. Fui hasta él, y tenía mi diente
entre sus dedos. Cuando me vio, sonrió, me mostró el
diente, y escupió al suelo. Me habló, esa vez me
habló:
―
Somos iguales ―me dijo―, cada vez nos parecemos más.
Aun no lo odiaba. Me fui con mis redes y me estuve
con los pies en el agua hasta mucho después de la
puesta de sol, esperando que se me pasaran las ganas
de matar. De matar a mi padre, a quien ya nunca pude
dejar de odiar.
No
era el diente que acaba de quebrarse, ni todos los
que tras ese habría de perder, irremediablemente. No
era el pescado salado, ni la cocina oscura, ni la
casa toda donde mi madre nunca fue feliz.
Era que él tenía razón. Sería como él. También haría
infeliz a una mujer, también me abandonaría mi
familia, también mi primogénito querría la muerte
para mí. Esa era toda la heredad que de él podía
esperar.
Volví a la casa, dejé las redes afuera y sin mirarle
fui a la cocina a buscar el cuchillo romo de
descamar. Entonces escuché aquella voz:
―
Deja ese cuchillo y sígueme. Ya tendrás tiempo de
matar a tu padre.
Así entro a mi vida el Maestro.
Me
volví hacia él. Era la primera persona limpia que en
toda mi vida vi. Limpia, reluciente, como acabada de
nacer. Casi me ofendía la luz que brotaba de sus
ojos.
―
¿Quién eres? ―le pregunté.
―
No hables de más ―me reprendió―, es una fea
costumbre preguntar lo que se sabe. Solo sígueme.
Y
lo seguí. Contra mi voluntad fui tras él. No me
permitió tomar un trozo de pescado, ni otro vestido,
ni nada, antes de abandonar la casa. ¿Por qué lo
seguí? No sé, solo sé que no podía hacer otra cosa.
Dos semanas caminamos sobre la arena caliente.
Catorce noches mal dormí estremeciéndome bajo el
cielo frío. Él no durmió. Mil veces me despertó cada
madrugada la misma pesadilla en que rebanaba la
garganta de mi padre y un río de peces podridos
saltaba de su boca hacia mí y, al abrir los ojos,
allí estaba el Maestro, sentado, los ojos abiertos y
la mirada en ningún lugar.
Nunca le vi cansado. Nunca le vi deseos de comer. Yo
me quedaba atrás, fatigado entre las dunas, pero él
jamás se detuvo a esperar por mí.
Finalmente encontramos a aquellos que le adoraban
como a Dios en la Tierra, que bebían las palabras de
su boca como si fuera el sabroso vino que jamás les
vi beber. A veces se apartaba con alguno de ellos, a
hablar, pero antes me advertía que los siguiera, que
me quedara cerca.
Les escuchaba hablar y hablar, le reclamaban,
esperaban algo, no supe nunca qué, de él. Él les
hablaba despacio, muy bajo, no como a mí, y siempre
al despedirles se quedaba triste el Maestro. Triste
y solo, aunque yo me llegara hasta él.
A
mí me hablaba siempre a los gritos, siempre con
órdenes. Nunca me dijo nada de para qué había ido
por mí, y yo nunca le quise preguntar. Mucho temía
de su mirada dura y de sus palabras cargadas de
desesperación.
Solo una vez le vi feliz. Vino a nosotros una mujer
alegre, y el Maestro y yo escuchamos sus protestas,
su risa, frente a los otros que no la dejaban pasar.
El Maestro vio la escena de lejos, se levantó y fue
él mismo hasta allí. Yo le seguí.
―
¿Qué quieres, mujer? ―le preguntó.
―
Darte lo que nunca nadie te dio ―le contestó ella.
El
Maestro le sonrió. Antes nunca le había visto yo su
dentadura perfecta y tan blanca. Una seña suya bastó
para que los otros la dejaran pasar, y permitió que
la mujer llegara hasta él y le besara el rostro.
Entonces el Maestro sonrió y le ofreció la otra
mejilla.
―
Déjennos solos ―dijo el Maestro―, y también tú ―me
advirtió a mí.
Fue ese el único secreto que tuvo para mí. Me fui
con los demás, que se alejaron de mala gana del
lugar, murmurando entre sí. Nos hicimos junto a unas
vides, e intenté dormir, pero fue una noche
intranquila. Ellos no cesaban de murmurar, y de
mirarme. Al final me dormí: ellos no tendrían el
valor para desobedecer la orden del Maestro, ni se
atreverían a nada grave contra mí.
Al
amanecer me despertó uno de ellos, sacudiéndome por
los hombros. Estaban muy tensos todos después de una
noche sin sabe qué hacer.
―
¿Qué has hecho? ―me preguntó el que me sacudía―
¿Cómo has podido dormir mientras el Maestro estaba
solo con esa mujer?
Iba a golpearle cuando apareció el Maestro.
―
Es la primera noche que no me sentí solo ―dijo el
Maestro― y ahora hay mucho que hacer.
Ya
la mujer se había marchado, pero al Maestro se le
veía feliz. También recuerdo que fue la única vez
que le noté una mancha de barro en su túnica.
Caminamos ese día hasta una aldea a la que entramos
mientras la gente nos miraba con temor. El Maestro
saludaba a todos y sonreía y la gente cerraba
puertas y ventanas a nuestro paso.
Solo una puerta permaneció abierta para nosotros, y
el Maestro nos hizo entrar. El dueño de casa no
estaba, pero había una mesa amplia, redonda,
dispuesta para nosotros, como si de antemano
supieran de nuestra llegada.
Nos sentamos, y el Maestro me ordenó partir el pan y
escanciar el vino. Bebimos y comimos desde la tarde
hasta el anochecer. El Maestro comía y hablaba, y
mientras más vino le servía más parecía tener cosas
que decir. Nos contó de su infancia feliz, del amor
por su padre que ―aseguraba― muy pronto volvería a
tener frente a sí, del dulce aroma que despedía el
pan que su madre sabía hornear.
Muy tarde ya todos fueron quedando dormidos, allí,
sobre la mesa. Solo quedamos despiertos el Maestro y
yo. Salimos afuera, a la noche, y permanecimos en
silencio un buen rato, hasta que finalmente el
Maestro me hablo.
―
Perdóname.
Solo eso me dijo, sin mirarme a los ojos. Le tomé el
rostro en mis manos y lo volteé hacia mí.
―
¿Por qué? ―le pregunté― ¿Por qué?
No
me respondió, pero una lágrima escapó de sus ojos.
Acercó su rostro al mío, y me besó los labios. Ahí
recordé a mi padre, con mi diente entre sus dedos, y
a mi padre mesándose los cabellos la mañana que
descubrió que mi madre nos había abandonado, y a mi
padre con la red vacía viniendo muy despacio hacia
la casa donde le esperaba yo y mi madre y todos mis
hermanos hambrientos.
Entonces escuché el ruido de las armas de los
soldados que se acercaban. Los demás despertaron por
las voces de los soldados que rodeaban la casa sin
parar de gritar. Todos salieron, y se agruparon
junto al Maestro.
Dos soldados vinieron hasta nosotros y nos acercaron
una luz.
―
¿Quién es? ―preguntó uno de los soldados.
Ellos, todos ellos, contestaron a una:
―
Yo, yo soy el que buscan.
Solo el Maestro no habló. Guardó silencio mientras
los demás se ofrecían. Los soldados no sabían a cuál
tomar. Cuando todos callaron, el Maestro me ordenó:
―
¡Tú, diles tú!
Sin que me temblara un músculo me abrí paso hasta
él, le devolví el beso, y muy bajo le dije, para que
no me escucharan los otros:
―
Jamás te perdonaré.
No
hizo falta más. Los soldados nos apartaron a
empellones, y se llevaron al Maestro. Los demás les
fueron detrás, llorando. Nadie del pueblo se asomó a
las ventanas a mirar.
Al
día siguiente los soldados vinieron a por mí. Me
sacaron de la casa y de la aldea, escoltado. La
gente me escupía y me lanzaba piedras sin hacer caso
de las amenazas de los soldados.
Una patrulla me acompañó hasta la casa de mi padre
cuando dije que allí quería volver. Me entregaron
también una bolsa de monedas de plata que nunca
conté.
Al
llegar, vi a mi padre sonriente a la puerta de la
casa, que me abrazó y no paraba de besarme el
rostro. Adentro encontré a mi madre, que vino hacia
mí con los brazos abiertos. También estaban mis
hermanos, que me saludaron gozosos desde la mesa sin
dejar de comer.
Además, me esperaba aquella mujer.
Ya todos murieron. Ni uno solo de mis hijos me
sobrevivió. Quedan monedas en la bolsa aún. Muchas.
Solo esas monedas tengo conmigo, y el temor enorme
por el día en que él haya de volver. |