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A Kate y Víctor, en Mount Vernon
Acomodó un
pañuelo sobre el piso, lo estiró hasta borrar el
último de los pliegues y, con la misma paz de cada
domingo, se sentó en el peldaño superior a ver pasar
autos en espaciada fila india. Escogía uno cada vez.
No más. Lo ubicaba al desembocar por la parte alta
de la calle, donde se abre una curva. Memorizaba la
matrícula, identificaba el modelo sin equivocarse,
reparaba en los colores y, ahora con el objetivo más
cercano, se detenía a observar al chofer hasta que
el vehículo desaparecía rumbo al otro extremo,
tragado por el día. Alzó la frente. Delante había
una nave abandonada, otra residencia calcada de la
suya y una cafetería con mucho rojo. Era la mejor
hora. La sombra de su edificio se alargaba casi
transparente y eso facilitaba que no hubiera
reflejos sobre el parabrisas y pudiera advertir cada
detalle del individuo al timón mientras el coche se
desplazaba. El rostro de frente, el cuello de la
camisa y la corbata, el busto completo; luego el
perfil, que cortaban las columnas del vehículo y, al
final, casi algo de la nuca, más bien una idea. Por
ser tan de mañana, tampoco transitaba nadie y él
estaba solo. Descansaba con los pies sobre uno de
los escalones que subían al portal, y podía idear la
historia que quisiera. Viene bien peinado,
probablemente dedicó un tiempo a recortarse las
puntas del bigote hasta sentirse complacido. Se
anudó la corbata una y otra vez y, al subirse al
auto, debió concertar con cuidado la chaqueta con el
respaldar del asiento delantero. Iba a una cita. La
hora temprana hacía presumir que el encuentro
debería ser lejos y, por el curso, pudiera estarse
dirigiendo a la playa. Una playa con faro sobre una
colina, en un pueblo con mar. Sería el primero en
llegar. El restaurante estaría aún vacío, se imponía
que fuera a un sitio así. Habría mucho viento
impertinente y vulgar; de abril, con toda seguridad.
Movería el cartel de la entrada y con su siseo se
tragaría el sonido artrítico de las bisagras. Por
los amplios paneles vería cómo acondicionaban algún
mantel, batiéndolo ante la estampa aburrida de
alguien detrás de la caja registradora. Todo estaría
limpio y sin olores, según debe ser. Le daría la
vuelta al auto. Aunque sabría que no podría ocurrir,
por imposible, aún así repasaría en su mente, a ver
si se saltó algunas de las trabillas del pantalón y
el cinto quedara por fuera en ese parte, signo
inequívoco de vejez. Se cercioraría con ojos en la
punta de los dedos, a la manera braille que tiene el
empleado de banco de recontar billetes. Abriría la
portezuela. Tomaría el saco y se lo colocaría con
esmero y procurando no ser visto. Se abrocharía los
dos botones que tiene delante, enseguida frotaría
las palmas por la pechera, estudiaría de arriba
hacia abajo su figura y, a modo de conclusión, el
ritual implicaría zafarse los botones para sentirse
a sus anchas, igual a alguien que hubiera nacido con
él puesto y así, de paso, adquirir el aire de
espontaneidad que le faltaba. Pretendía que ese aire
se notara falso, eso sí lo hacía sentirse un tipo
genuino. Lo lograba. Sabía que la espontaneidad es
acoplada al descuido y que quien se permite
traslucir algún tono de descuido es tenido como
alguien seguro de sí mismo y es ahí donde quería
llevar al que lo observara. Así de simple, el efecto
dominó. Esa era una de las razones por las que
llegaba anticipado. Prefería que no lo notaran
arreglándose la ropa, ni peinándose, ni nada;
exclusivamente iba a entregar el producto terminado
de su imagen. Abriría la puerta y permanecería unos
breves segundos debajo del dintel. Le agradaba
experimentar la sensación de que su cuerpo cubría
todo el vano. También le gustaba imaginarse así
mismo a contraluz. Escogería un rincón apartado, un
pullman mejor, solo habría dos, rojos y en
rincones opuestos. Se sentaría de espaldas a la
puerta, para hacer como si se sorprendiera al
reconocer la llegada de una falda a su lado. Él
buscaría complicidad y ella, además, cierto grado,
apenas nada, de complacencia. Entre ambos cruzaría
el pasado igual a nubes vistas en cámara rápida,
rayando de blanco el azul del cielo. Cúmulos de
momentos. Alternando, unas veces ella y el resto él,
dejarían olvidada una mano sobre la mesa en espera
de examinar lo que haría quien estuviera de frente.
En cuanto ésta se retirara, resurgiría la otra. Así
por un rato. Él, que ya había pedido algo de beber,
tal vez ginebra —a ella le gustaba el aliento a
ginebra, de ahí que no importara cuán de mañana
fuera—, se acariciaría una de las aletas de la
nariz. Ella tomaría un café. Sí, express, por
favor. La servilleta le tocaría la punta de los
labios con tal suavidad que no dejaría huella
perceptible de carmín y le preguntaría por qué
volvió a llamar. Sabía que vendrías. Me voy a casar.
Aún no lo estás. Viene siendo lo mismo. No lo es y,
si lo fuera, tampoco importaba demasiado: asemeja un
vestido: se pone y quita. No en mi caso. ¿Vas en
cueros? Me gusta desnudarme, es sabido; para
hacerlo, tengo que estar vestida. Te la sabes
arreglar para parecer desnuda aunque no lo estés,
aún más que cuando lo estás. Se desprendió uno de
los aretes y lo examinó como si fuera algo raro que
se hubiera despegado del lóbulo. Maña, dijo antes de
devolverlo a su sitio. ¿Dejaste dicho que ibas a la
peluquería? Pudiera ser; sí, dije eso. ¿Mentiste por
mí, por ti o por él? Por él, no quiero herir a
nadie; por ti, para decirte adiós y que lo
entendieras de una vez. ¿Y? Y un poco por mí. Eso lo
diría antes de mirarlo de la forma siguiente: sé
algo que no voy a confesarte, así me reviente. Él
encendería un cigarro y aproximaría el cenicero.
Dejaría la cajetilla sobre la mesa. ¿Un poco cuánto?
Un poco de un poco, qué más da. Antes pedías un poco
más, un poco más de mí en ti. Bajó las pestañas,
repasó con detenimiento la huella de café en el
fondo de la taza. Fui una mujer con mucho apetito y
te pedía, ya no te pido. Estamos en la playa.
Lo sé, la vi, la escuché; el salitre es un olor que
se palpa. Antes también hemos venido a la playa. Es
algo que voy a olvidar, en cuanto me levante de aquí
lo voy a olvidar. ¿Por qué?: Sustitúyelo por otros
momentos mejores y punto, a no ser que estos hayan
sido los mejores. Contemplaría el cigarro, finísimo
humo, y contendría el impulso de quitárselo para
presenciar —en realidad sentir por lo que el verbo
arrastra de gozo— al labio superior retrasarse,
pegado al papel; luego, en acto reflejo, tocaría con
la punta el cenicero, y seguiría fumando ella. No
iba a caer en la trampa. La delataría la contención
de los gestos. Intentaría una excusa. Fue
inconsciente, diría. En ellos no hubo amor, puede
que ni pizca de amor. Lo rastrearon con fuerza en
sus muchos entresijos y no conocieron nada más que
deseo y de eso se trataba. Incrustados en la piel,
tatuados. Él cedería y dejaría el cigarro apoyado en
una de las honduras del cenicero. Recordaría la
primera vez. No sabía en qué pensaba en aquella
época, ni siquiera si aquel tiempo llegó a
constituir lo que pudiera denominarse época. Los
días estaban muy dispersos, separados unos de otros
y de alguna manera licuados. Demasiado licuados.
Entró a una cafetería llena de neón y rojo y en
medio de la multitud ella volteó la cabeza desde la
más apartada esquina de la barra y lo buscó sin
saber lo que buscaba, que es la mejor forma de
hallar. Ambos hicieron lo mismo. Las imágenes
quedaron atrapadas en las pupilas, rebotando dentro,
al estilo del eco. A la semana siguiente, convocados
por la curiosidad y el misterio, se conocieron.
Pronto, cada unión fue una batalla en la que, al
principio con desespero y después dejándolo al azar,
sin confesarlo, persiguieron el amor que nunca vino,
por lo menos en la forma en que fueran capaces de
distinguirlo. La atracción así no lo permitía, ciega
y terca como es. Aunque el aire sí insinuara algo y
eso era debido a que en una habitación cerrada, los
jadeos lo enrarecen y le facilita enmascarar lo que
enmascarar se proponga. También la respiración
entrecortada juega a lo mismo, a la fe en el sí, por
lo que entraña de supongo; a la devoción por el no,
el más contundente elemento de ese sistema binario,
porque este no disiente de la incertidumbre.
Ella habría descubierto a alguien más, con o sin
urgencias del cuerpo, que por el camino se pueden
inventar. Quería fundar algo propio. En su momento
supo que ese alguien no sería jamás él. Se parecían
demasiado, no tenían secretos que crear; siempre
iniciaban la intimidad mirándose fijo a los ojos,
viéndose ellos mismos en esos espejitos redondos en
el rostro del otro, y ahora estaban cara a cara. Él
colocaría una mano sobre
la mesa y
ella pondría la suya encima. Sería un adiós. El
mejor de cuantos existieran. Se levantaría. Tenía la
piel fresca. Era de ese tipo de mujer que incluso al
uno verla en la distancia sabe que tiene la piel
fresca y que huele a agua muy limpia, aunque se diga
que el agua no huele a nada. Eso tiene su
importancia. Mucha. Y, luego, su silueta. Cada
detalle de su silueta haría pensar que vivía una
vida interesante. Sus movimientos, el conjunto de
sus rasgos, llevarían hacia ese sentido: una vida
interesante. Ese era su sello distintivo. Dejaría de
trasfondo un estampido de estrellas, eso que sabía
hacer tan endemoniada y perfectamente bien, y
saldría. Pediría un trago más. Bebería sin perder de
vista un nuevo cigarro consumiéndose. Una frase se
le quedaría encasquillada, sin decir. Estaré aquí
para cuando me necesites. Le daría vueltas a la
cajetilla, en círculos. A un lado u otro. El sol se
le aproximaba a la punta del calzado. Dedicado,
trasladaba sombras de un lado a otro. Aparentaban
ser las mismas. A estas alturas del día no engañaban
a nadie. La gente ya era una realidad en la calle.
Hormigas ajetreadas, eso es lo que más les gusta:
ser hormigas ajetreadas. Los coches se amontonaban.
Parecían un único ciempiés sin fin. Se levantó del
peldaño. Recogió el pañuelo. Dio media vuelta. Contó
los cincuenta y siete pasos que lo llevaban hasta su
puerta. No era compulsivo, no ordenaba las toallas
en el baño y le daba lo mismo pisar las rayas del
piso, en cambio era incapaz de dejar de enumerar
esos cincuenta y siete pasos para llegar y salir de
su casa. Entró. No había cuadros ni adorno alguno.
Pensó almorzar algo ligero, fiambre y pan. La pereza
lo desalentó. Tomó de la nevera una cerveza corta,
la sirvió entera y se sentó delante del televisor,
sin un motivo especial. Vació la copa. Palpó el
bigote en busca de una espuma inexistente y tanteó
sobre la mesa que tenía delante hasta dar con el
control remoto. Escogió cualquier película que
estuviera doblada a alguna lengua de la que no
entendiera nada en absoluto. Había una en finés. Era
su día de suerte. Empezó a imaginarse los diálogos,
a fantasear lo que los actores decían, su pasatiempo
favorito. Otros hacen crucigramas o Sudoku, él,
diálogos. La protagonista observaba a alguien fuera
del encuadre. Hablaba levantando una ceja. Ladeaba
la cabeza. Semejaba a Nipper, el foxterrier de la
Víctor. Había un tono de amargura en sus palabras.
Debió decir: Puede ser que lo nuestro no se
entienda o que no haya por qué entenderlo. Le
respondieron: Ni se entiende ni hay por qué
entenderlo y así está bien. Analizó el vaso de
cerveza. Se hallaba despierto desde antes de que
aclarara. Permanecería allí hasta el anochecer,
luego se dispondría a cruzar la calle. La cafetería
tendría tanta luz, que de noche parecería como si el
mundo exterior no existiera y lo único que valiera
la pena fuera lo que allí dentro brillaba, mientras
individuos y cosas reflejaban sus dobles en los
cristales. Tal resplandor hacía oleaginosas las
grandes divisiones de vidrio. El aceite chorreaba
hasta la acera, aplastaba su abdomen de goma blanda
por el contén tragándose todas las fronteras que
desplegaban a su paso; embadurnaba la calle y se
perdía por la alcantarilla. Paredes amarillas,
banquetas circulares forradas de vinil. La barra
estaría con tres personas. Serían un hombre solo con
sombrero, cubriendo con su mano derecha la pared de
un vaso y una mujer pelirroja acompañada de alguien
que pudiera ser cualquiera. Al final del mostrador
se alzarían dos boilers gemelos niquelados,
similares a enormes silos vistos en la distancia,
con grifos relucientes. Se decidiría por un
emparedado. Eso, un emparedado. Quizá de huevos y
algo más. El camarero calvo, de quepis blanco y
filipina, anotaría la orden en un bloc. Antes, para
apoyar, cambiaría de lugar un servilletero. Todo
sería suave y él, un halcón de la noche. Se quedó
dormido. Sonreía. Seguro habría alguna estrella en
un punto del cielo.
Hugo Luis Sánchez:
Narrador,
periodista y editor. La Habana, 1948. Ha publicado
el libro de cuentos El valle de los archipiélagos
(1993) y fue finalista en dos oportunidades en el
Concurso Internacional de Cuentos Juan Rulfo, el
cual ganó en 1998 por “Dulce Hogar”. |