Año V
La Habana
2006

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Siempre en domingo
Hugo Luis Sánchez


A Kate y Víctor, en Mount Vernon

Acomodó un pañuelo sobre el piso, lo estiró hasta borrar el último de los pliegues y, con la misma paz de cada domingo, se sentó en el peldaño superior a ver pasar autos en espaciada fila india. Escogía uno cada vez. No más. Lo ubicaba al desembocar por la parte alta de la calle, donde se abre una curva. Memorizaba la matrícula, identificaba el modelo sin equivocarse, reparaba en los colores y, ahora con el objetivo más cercano, se detenía a observar al chofer hasta que el vehículo desaparecía rumbo al otro extremo, tragado por el día. Alzó la frente. Delante había una nave abandonada, otra residencia calcada de la suya y una cafetería con mucho rojo. Era la mejor hora. La sombra de su edificio se alargaba casi transparente y eso facilitaba que no hubiera reflejos sobre el parabrisas y pudiera advertir cada detalle del individuo al timón mientras el coche se desplazaba. El rostro de frente, el cuello de la camisa y la corbata, el busto completo; luego el perfil, que cortaban las columnas del vehículo y, al final, casi algo de la nuca, más bien una idea. Por ser tan de mañana, tampoco transitaba nadie y él estaba solo. Descansaba con los pies sobre uno de los escalones que subían al portal, y podía idear la historia que quisiera. Viene bien peinado, probablemente dedicó un tiempo a recortarse las puntas del bigote hasta sentirse complacido. Se anudó la corbata una y otra vez y, al subirse al auto, debió concertar con cuidado la chaqueta con el respaldar del asiento delantero. Iba a una cita. La hora temprana hacía presumir que el encuentro debería ser lejos y, por el curso, pudiera estarse dirigiendo a la playa. Una playa con faro sobre una colina, en un pueblo con mar. Sería el primero en llegar. El restaurante estaría aún vacío, se imponía que fuera a un sitio así. Habría mucho viento impertinente y vulgar; de abril, con toda seguridad. Movería el cartel de la entrada y con su siseo se tragaría el sonido artrítico de las bisagras. Por los amplios paneles vería cómo acondicionaban algún mantel, batiéndolo ante la estampa aburrida de alguien detrás de la caja registradora. Todo estaría limpio y sin olores, según debe ser. Le daría la vuelta al auto. Aunque sabría que no podría ocurrir, por imposible, aún así repasaría en su mente, a ver si se saltó algunas de las trabillas del pantalón y el cinto quedara por fuera en ese parte, signo inequívoco de vejez. Se cercioraría con ojos en la punta de los dedos, a la manera braille que tiene el empleado de banco de recontar billetes. Abriría la portezuela. Tomaría el saco y se lo colocaría con esmero y procurando no ser visto. Se abrocharía los dos botones que tiene delante, enseguida frotaría las palmas por la pechera, estudiaría de arriba hacia abajo su figura y, a modo de conclusión, el ritual implicaría zafarse los botones para sentirse a sus anchas, igual a alguien que hubiera nacido con él puesto y así, de paso, adquirir el aire de espontaneidad que le faltaba. Pretendía que ese aire se notara falso, eso sí lo hacía sentirse un tipo genuino. Lo lograba. Sabía que la espontaneidad es acoplada al descuido y que quien se permite traslucir algún tono de descuido es tenido como alguien seguro de sí mismo y es ahí donde quería llevar al que lo observara. Así de simple, el efecto dominó. Esa era una de las razones por las que llegaba anticipado. Prefería que no lo notaran arreglándose la ropa, ni peinándose, ni nada; exclusivamente iba a entregar el producto terminado de su imagen. Abriría la puerta y permanecería unos breves segundos debajo del dintel. Le agradaba experimentar la sensación de que su cuerpo cubría todo el vano. También le gustaba imaginarse así mismo a contraluz. Escogería un rincón apartado, un pullman mejor, solo habría dos, rojos y en rincones opuestos. Se sentaría de espaldas a la puerta, para hacer como si se sorprendiera al reconocer la llegada de una falda a su lado. Él buscaría complicidad y ella, además, cierto grado, apenas nada, de complacencia. Entre ambos cruzaría el pasado igual a nubes vistas en cámara rápida, rayando de blanco el azul del cielo. Cúmulos de momentos. Alternando, unas veces ella y el resto él, dejarían olvidada una mano sobre la mesa en espera de examinar lo que haría quien estuviera de frente. En cuanto ésta se retirara, resurgiría la otra. Así por un rato. Él, que ya había pedido algo de beber, tal vez ginebra —a ella le gustaba el aliento a ginebra, de ahí que no importara cuán de mañana fuera—, se acariciaría una de las aletas de la nariz. Ella tomaría un café. Sí, express, por favor. La servilleta le tocaría la punta de los labios con tal suavidad que no dejaría huella perceptible de carmín y le preguntaría por qué volvió a llamar. Sabía que vendrías. Me voy a casar. Aún no lo estás. Viene siendo lo mismo. No lo es y, si lo fuera, tampoco importaba demasiado: asemeja un vestido: se pone y quita. No en mi caso. ¿Vas en cueros? Me gusta desnudarme, es sabido; para hacerlo, tengo que estar vestida. Te la sabes arreglar para parecer desnuda aunque no lo estés, aún más que cuando lo estás. Se desprendió uno de los aretes y lo examinó como si fuera algo raro que se hubiera despegado del lóbulo. Maña, dijo antes de devolverlo a su sitio. ¿Dejaste dicho que ibas a la peluquería? Pudiera ser; sí, dije eso. ¿Mentiste por mí, por ti o por él? Por él, no quiero herir a nadie; por ti, para decirte adiós y que lo entendieras de una vez. ¿Y? Y un poco por mí. Eso lo diría antes de mirarlo de la forma siguiente: sé algo que no voy a confesarte, así me reviente. Él encendería un cigarro y aproximaría el cenicero. Dejaría la cajetilla sobre la mesa. ¿Un poco cuánto? Un poco de un poco, qué más da. Antes pedías un poco más, un poco más de mí en ti. Bajó las pestañas, repasó con detenimiento la huella de café en el fondo de la taza. Fui una mujer con mucho apetito y te pedía, ya no te pido. Estamos en la playa. Lo sé, la vi, la escuché; el salitre es un olor que se palpa. Antes también hemos venido a la playa. Es algo que voy a olvidar, en cuanto me levante de aquí lo voy a olvidar. ¿Por qué?: Sustitúyelo por otros momentos mejores y punto, a no ser que estos hayan sido los mejores. Contemplaría el cigarro, finísimo humo, y contendría el impulso de quitárselo para presenciar —en realidad sentir por lo que el verbo arrastra de gozo— al labio superior retrasarse, pegado al papel; luego, en acto reflejo, tocaría con la punta el cenicero, y seguiría fumando ella. No iba a caer en la trampa. La delataría la contención de los gestos. Intentaría una excusa. Fue inconsciente, diría. En ellos no hubo amor, puede que ni pizca de amor. Lo rastrearon con fuerza en sus muchos entresijos y no conocieron nada más que deseo y de eso se trataba. Incrustados en la piel, tatuados. Él cedería y dejaría el cigarro apoyado en una de las honduras del cenicero. Recordaría la primera vez. No sabía en qué pensaba en aquella época, ni siquiera si aquel tiempo llegó a constituir lo que pudiera denominarse época. Los días estaban muy dispersos, separados unos de otros y de alguna manera licuados. Demasiado licuados. Entró a una cafetería llena de neón y rojo y en medio de la multitud ella volteó la cabeza desde la más apartada esquina de la barra y lo buscó sin saber lo que buscaba, que es la mejor forma de hallar. Ambos hicieron lo mismo. Las imágenes quedaron atrapadas en las pupilas, rebotando dentro, al estilo del eco. A la semana siguiente, convocados por la curiosidad y el misterio, se conocieron. Pronto, cada unión fue una batalla en la que, al principio con desespero y después dejándolo al azar, sin confesarlo, persiguieron el amor que nunca vino, por lo menos en la forma en que fueran capaces de distinguirlo. La atracción así no lo permitía, ciega y terca como es. Aunque el aire sí insinuara algo y eso era debido a que en una habitación cerrada, los jadeos lo enrarecen y le facilita enmascarar lo que enmascarar se proponga. También la respiración entrecortada juega a lo mismo, a la fe en el sí, por lo que entraña de supongo; a la devoción por el no, el más contundente elemento de ese sistema binario, porque este no disiente de la incertidumbre. Ella habría descubierto a alguien más, con o sin urgencias del cuerpo, que por el camino se pueden inventar. Quería fundar algo propio. En su momento supo que ese alguien no sería jamás él. Se parecían demasiado, no tenían secretos que crear; siempre iniciaban la intimidad mirándose fijo a los ojos, viéndose ellos mismos en esos espejitos redondos en el rostro del otro, y ahora estaban cara a cara. Él colocaría una mano sobre la mesa y ella pondría la suya encima. Sería un adiós. El mejor de cuantos existieran. Se levantaría. Tenía la piel fresca. Era de ese tipo de mujer que incluso al uno verla en la distancia sabe que tiene la piel fresca y que huele a agua muy limpia, aunque se diga que el agua no huele a nada. Eso tiene su importancia. Mucha. Y, luego, su silueta. Cada detalle de su silueta haría pensar que vivía una vida interesante. Sus movimientos, el conjunto de sus rasgos, llevarían hacia ese sentido: una vida interesante. Ese era su sello distintivo. Dejaría de trasfondo un estampido de estrellas, eso que sabía hacer tan endemoniada y perfectamente bien, y saldría. Pediría un trago más. Bebería sin perder de vista un nuevo cigarro consumiéndose. Una frase se le quedaría encasquillada, sin decir. Estaré aquí para cuando me necesites. Le daría vueltas a la cajetilla, en círculos. A un lado u otro. El sol se le aproximaba a la punta del calzado. Dedicado, trasladaba sombras de un lado a otro. Aparentaban ser las mismas. A estas alturas del día no engañaban a nadie. La gente ya era una realidad en la calle. Hormigas ajetreadas, eso es lo que más les gusta: ser hormigas ajetreadas. Los coches se amontonaban. Parecían un único ciempiés sin fin. Se levantó del peldaño. Recogió el pañuelo. Dio media vuelta. Contó los cincuenta y siete pasos que lo llevaban hasta su puerta. No era compulsivo, no ordenaba las toallas en el baño y le daba lo mismo pisar las rayas del piso, en cambio era incapaz de dejar de enumerar esos cincuenta y siete pasos para llegar y salir de su casa. Entró. No había cuadros ni adorno alguno. Pensó almorzar algo ligero, fiambre y pan. La pereza lo desalentó. Tomó de la nevera una cerveza corta, la sirvió entera y se sentó delante del televisor, sin un motivo especial. Vació la copa. Palpó el bigote en busca de una espuma inexistente y tanteó sobre la mesa que tenía delante hasta dar con el control remoto. Escogió cualquier película que estuviera doblada a alguna lengua de la que no entendiera nada en absoluto. Había una en finés. Era su día de suerte. Empezó a imaginarse los diálogos, a fantasear lo que los actores decían, su pasatiempo favorito. Otros hacen crucigramas o Sudoku, él, diálogos. La protagonista observaba a alguien fuera del encuadre. Hablaba levantando una ceja. Ladeaba la cabeza. Semejaba a Nipper, el foxterrier de la Víctor. Había un tono de amargura en sus palabras. Debió decir: Puede ser que lo nuestro no se entienda o que no haya por qué entenderlo. Le respondieron: Ni se entiende ni hay por qué entenderlo y así está bien. Analizó el vaso de cerveza. Se hallaba despierto desde antes de que aclarara. Permanecería allí hasta el anochecer, luego se dispondría a cruzar la calle. La cafetería tendría tanta luz, que de noche parecería como si el mundo exterior no existiera y lo único que valiera la pena fuera lo que allí dentro brillaba, mientras individuos y cosas reflejaban sus dobles en los cristales. Tal resplandor hacía oleaginosas las grandes divisiones de vidrio. El aceite chorreaba hasta la acera, aplastaba su abdomen de goma blanda por el contén tragándose todas las fronteras que desplegaban a su paso; embadurnaba la calle y se perdía por la alcantarilla. Paredes amarillas, banquetas circulares forradas de vinil. La barra estaría con tres personas. Serían un hombre solo con sombrero, cubriendo con su mano derecha la pared de un vaso y una mujer pelirroja acompañada de alguien que pudiera ser cualquiera. Al final del mostrador se alzarían dos boilers gemelos niquelados, similares a enormes silos vistos en la distancia, con grifos relucientes. Se decidiría por un emparedado. Eso, un emparedado. Quizá de huevos y algo más. El camarero calvo, de quepis blanco y filipina, anotaría la orden en un bloc. Antes, para apoyar, cambiaría de lugar un servilletero. Todo sería suave y él, un halcón de la noche. Se quedó dormido. Sonreía. Seguro habría alguna estrella en un punto del cielo.


Hugo Luis Sánchez: Narrador, periodista y editor. La Habana, 1948. Ha publicado el libro de cuentos El valle de los archipiélagos (1993) y fue finalista en dos oportunidades en el Concurso Internacional de Cuentos Juan Rulfo, el cual ganó en 1998 por “Dulce Hogar”.

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