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A todos los desaguados de la Habana Vieja,
a sus aguadores.
Jamás su padre escuchó hablar de Anaximandro de
Mileto, sin embargo, entraba al agua asegurando que
el hombre descendía de los peces. El hijo lo miraba
nadar: una braceada y luego otra, agitados levemente
los pies. Rítmicos los movimientos de su padre en el
avance, en la conquista de la otra orilla. El hombre
desciende de los peces, decía, y tomaba entre las
manos un poco de agua para que el niño contemplara
aquella
transparencia, entonces se hundía en las
profundidades para reaparecer en un salto erguido,
en largos silbos que imitaban al delfín.
Y
otra vez se hundía.
Esteban contemplaba embelesado las habilidades
acuáticas de su padre, y también se reía
escuchándolo decir en cada salida, en cada salto,
que era tilapia, que era un jurel, un tiburón, una
sardina. Esteban disfrutaba de cada pez que era su
padre. A veces decidía él mismo:
―Ahora serás cangrejo.
Aunque el padre prefiriera el nadar fluido, era
capaz de complacer al hijo, y abandonaba el agua.
Con sus manos hacía patas y tenazas, separando bien
el pulgar del resto de los dedos juntísimos, y de
lado corría acercándose al hijo que esperaba con
carcajada y una nueva decisión:
―Ahora serás anguila. Y manos y brazos eran aletas
que impulsaban el buceo.
Alguna vez no regresó de la zambullida, ni siquiera
sabiendo que en la
orilla, sentado y con los ojos fijos en el agua,
estaba esperándolo el muchacho. Lentas las horas y
él quietísimo sobre la yerba, sin atreverse a
entrar. A fin de cuentas su padre descendía de los
peces, su padre era un pez que en cualquier momento
le daba la sorpresa, salía a flote y mostraba la más
húmeda sonrisa. Nunca pensó ofrecerle ayuda y mucho
menos pedírsela a otros, solo levantaba los ojos
para mirar al cielo, a las blanquísimas formas de
las nubes. Lejana advertencia las llamaba su papá y
salía corriendo cuando estaban a punto de brotar.
Siempre esperaba al agua en el agua, porque el agua
es la naturaleza que conduce, también decía.
Esa vez Esteban supo el preciso momento en que se
desbordarían las nubes para caer metiéndose en el
río, fijándose para siempre a la corriente en donde
hacía un rato había entrado su viejo. Siguió
creyendo que saldría jadeante y chorreando agua, que
aspiraría un poco de aire para volver a sumergirse,
y así sucesivamente hasta que se cansara, hasta que
le advirtieran los pulmones, el dolor en las piernas
y en los brazos. Esteban miraba al agua y luego al
celaje, a las blancas formas que lo habitaban. Esa
vez no volvió, aunque supiera que el niño lo
esperaba en la orilla, sentado, sin moverse,
preguntándose a qué lugar lo conduciría esa
naturaleza, mirando la transparencia de las gotas
que alimentaban la abundancia.
No
podía contar lo sucedido, de ninguna manera iba a
traicionar la confianza del padre que lo llevó esa
vez para que viera su última zambullida y seguir
luego la corriente. Esteban quería que el pez en que
se había convertido
el padre nadara tranquilo, siguiendo el rumbo de las
aguas. Él no iba a traicionar su voluntad, lo
dejaría allí para siempre, a fin de cuentas los
hombres venían de los peces y en ocasiones volvían a
ellos. Para estar seguro entró Esteban a la
corriente y se dejó llevar por ella. Él, que siempre
había preferido mirar desde la orilla, nadó
buscándolo entre las algas, en las conchas del
fondo, en los ojos de cada pez.
Cuando estuvo seguro volvió a su casa.
Lo
difícil fue soportar los gritos de la madre, las
amenazas. Encerrado en el cuarto escuchó cada
lamento, un llanto quejoso. Y Esteban quieto,
silencioso. No quería flores para su padre, prefería
nubes desbordadas alimentando la abundancia de esas
aguas, uniéndose a la corriente. Suplicante lloraba
su madre y pedía auxilio. Fueron sus dudas quienes
lo traicionaron. ¿Qué debo hacer? Y el miedo lo
llevó a rendirse, y contó que su padre decidió no
volver, que entró al agua y que allí se convirtió en
pez.
―Tu padre se ahogó, ―gritó la madre de Esteban y lo
llamó imbécil.
Y
fueron todos a hurgar en las profundidades, y como
no lo encontraron, porque el cuerpo tomó por rumbo
la corriente, agarraron un pedazo de madera
livianísima y encima le colocaron una vela grande y
encendida, y siguieron su curso, tanto como duró el
trayecto, y allí donde se detuvo volvieron a husmear
en las profundidades y sacaron el cuerpo inerte y
abultado del padre de Esteban, y lo llevaron a la
casa, y toda la noche lo lloraron reunidos, y lo
dejaron luego en las honduras de la tierra y
volvieron a llorar, y cada vez que pasó un año
retornaron hasta aquel pedazo de tierra donde
dejaran al ahogado, para poner flores y para llorar
otra vez.
Esteban cree que no debió decir una palabra, no era
una vela encendida sobre un pedazo de madera lo que
añoraba su padre, y mucho menos que lo sacaran del
agua para llevarlo a un abismo cavado en la tierra,
ni que le pusieran flores y lo lloraran una vez al
año.
Esteban debió quedar callado. Ahora su padre no iba
a perdonarlo.
Y
escogió Esteban las preguntas o quizá lo fueron
asaltando ¿A qué lugar el agua, la naturaleza que
conduce, habría llevado
a su padre? ¿Acaso estaba su cuerpo de pez
difuminado en las regiones seminales del mundo?
¿Acaso disuelto en los átomos del agua? ¿Era su
padre un hombre? ¿Era un pez? ¿Era un tiburón o era
un delfín? ¿Era vivo? ¿Era cadáver? ¿Era esqueleto
de espinas? ¿Qué era? Si era cierto, como decía su
padre, que el agua era la naturaleza que conduce,
hasta Esteban trajo dudas, muchas dudas, y sobre
todo carencias. Era su culpa, al menos creía eso. Él
abandonó al padre que ahora lo castigaba con
penurias, con lagunas de carencias.
Agua, agua, agua, repite, suponiendo que la
reiteración, la insistencia, le traerá las
respuestas, y también
el agua.
Reiteración, repetición, énfasis, insistencia...,
eso habita en los muros de su casa: Agua, water,
aqua, eau.
Esteban llena de reclamos sus paredes.
Con caracteres fenicios, griegos, cirílicos y
romanos que vierten agua, demanda Esteban. Con
alfabeto latino escribió agua, y hay letras góticas
y unciales de hermoso trazo, en el techo y en el
piso, que hacen leer agua. En la puerta una cascada,
y en las ventanas arroyos. Un fondo marino coincide
con el fondo de su palangana. Él mismo compuso las
figuras del aguamanil que tiene forma de flamenco
con las alas desplegadas. Perfiló el rostro de
Isaac, el cuerpo todo; con el índice muestra el
profeta el Valle Gerar, indica a sus pastores el
lugar donde deben cavar, descubrir el manantial. Y
con tonos más fuertes dibujó a los pastores de Isaac
trabajando, y también a los otros, a los que siempre
habitaron el valle, cuando saturaban de tierra el
hoyo, cuando sofocaban el manantial que encontraron
los pastores del profeta. Y de nuevo extiende Isaac
el índice e indica cavar. Y los unos cavan y los
otros tapan, hasta que se reconcilian después que el
hebreo mostrara por tercera vez el índice, después
que diera la orden de cavar. Esa vez ninguno tapa lo
que otros cavan. Y debajo del pozo que perforaron
todos y que pintara Esteban en su aguamanil,
escribió “Libertad” para celebrar la reconciliación
y el agua que brotaba.
Todo eso dibujó y solo después del último trazo
colorido le dio uso. Parecía una garza hundiendo al
revés su cabeza en el fondo marino de la palangana.
Agua, agua, agua, lee Esteban en las paredes y en el
techo, mientras deja escapar un chorro pequeñísimo
desde su vasija coloreada. Extasiado mira el fluir
lento que cubre en transparencia el fondo de la
palangana. Por un rato más se queda mirando y mete
las manos y al sacarlas deja colgando los dedos y
disfruta de las gotas en la caída y la hondura que
provocan en el agua estancada del fondo de su
palangana. Unción divina, se dice, y mira el arroyo
dibujado en la ventana y las nubes del techo a punto
de estallar, y la puerta promete una avalancha. Agua
intuye en cada rincón. Insistir, porque solo la
insistencia llevará a buen fin su obsesión. ¡Qué
perturbado Esteban por el agua! ¡Qué triste el
hombre cuando lleva las manos a la palangana y
descubre otra vez la transparencia que tiene entre
sus manos, y salpica su cara, refresca su nuca y
mira el aguamanil en su interior! ¿Cuánto queda?
Siempre queda poco.
El
infeliz no conoce la abundancia y se culpa. Mientras
quede un lugar vacío, libre de esas cuatro letras,
no terminará el infortunio. Hay espacios sin el
trazo de letras. Toma el pincel y lo hace
deslizarse. Lentísimo resbala, no hay mucha agua
para diluir la acuarela. Lento, pesado, torpe el
pincel en su trayecto. Agua escribió en el blanco de
la pared, y se pregunta si debe contar las veces que
lo ha hecho, solo así sabrá cuánto falta, cuántas
veces más deberá ligar con agua sus pigmentos de
color. Podría cubrir todas las paredes, todo el
espacio, con la clara imagen del agua cayendo
luminosa desde el techo: un salto, una cascada
gigantesca rompiendo en el suelo, en el fondo acuoso
de su habitación. Gotas y gotas que de tan juntas y
exaltadas se tornen blancas y espumosas. Agua, agua,
agua, balbucea, esperando inundación o al menos una
imagen.
Esteban se impacienta.
¿Cómo tapar aquellas letras con una catarata? ¿Con
qué agua va a diluir esos pigmentos? ¿Cómo enjuagar
su cara y refrescar su nuca? ¿Qué hará sin
dibujarla? ¿Qué hará sin atraerla? Le gustaría el
óleo para dibujar en sus paredes, pero con qué va a
comprarlo si el dinero apenas le alcanza para el
agua. ¿Qué hará si se termina?
Deberá suponer su
transparencia en las paredes o marcharse para
siempre. Lo peor es que otra vez tiene que borrar
los rastros de pintura de sus manos. Otra vez la
palangana, el aguamanil. La garza deja escapar un
chorrito, solo un poco, debe ahorrar, conseguir que
no caiga fuera. Esa misma alcanzará para otra vez.
¿Llegará el momento en que no pueda lavar sus manos?
Esteban se desespera.
Debería gritar, exigir, pedir ayuda. Vocear desde el
balcón con todas sus fuerzas. Aunque pierda la voz
debe gritar. Gritar agua, alargar la a
mientras tenga aliento.
Y no importa que la policía venga a averiguar el
motivo de los gritos, debe gritar también cuando
ellos lleguen, cuando se acerquen y pregunten, y si
lo amenazan debe gritar más, y mucho más, y si van
más allá de la amenaza: chillar, hacer escándalo.
Quizá deba pedir perdón a su padre usando toda la
potencia de su voz. Podría decirle que está seguro
de que los hombres descienden de los peces. Podría
ir al mar y zambullirse, podría ir al río para
hablarle:
―Perdóname papá.
Esteban debería gritar, un grito en medio del
silencio sería justo, mas para él es demasiado,
conoce sus limitaciones. Nadie en el barrio escuchó
antes su voz, solo el aguador, la única persona que
subió en años las destartaladas escaleras.
El
Crema se anuncia desde abajo y Esteban abre la
puerta, le da los buenos días y un sorbo de café. El
aguador es amable, lo considera su mejor cliente; al
contrario de Esteban, nunca pronuncia la palabra
agua, prefiere la mímica para indicar lo que
propone: hace sonar un silbato y flexiona la mano
con movimientos rápidos, de arriba a abajo indica
una llovizna. A veces silba, despliega los brazos
como si fueran aletas y empina la cabeza imitando a
un delfín que se yergue en la superficie del agua,
pero a Esteban no le gusta esa manera, y el Crema no
soporta esa palabra, dice que si la nombra le pesan
más los cubos, por eso prefiere la mímica e intenta
no mirar a las paredes de la casa. Muy bien conoce
el aguador la ansiedad de su mejor cliente, su
infinita desgracia. Está enterado de su historia, de
la culpa que lo agobia. Todos en el solar conocen la
desgracia. Esteban cree que está pagando, que es su
padre quien lo juzga y que no basta con dibujar en
las paredes. Esteban cree en la posibilidad del
grito, en el reclamo, pero conoce sus limitaciones y
por eso calla.
“¡Qué hombre tan triste!”
Eso piensa el Crema y le dice que en la casa hace
falta una mujer, que cualquier día lo invita a tomar
cerveza para que olvide. “Te hace falta una mujer.
Las mujeres y la cerveza son buen remedio.” Es que
el Crema conoce muy bien la desgracia de su mejor
cliente. Sabe de su padre, de la desaparición y el
enterramiento. Escuchó los cuentos de Mojarrita. Así
llamaban al padre de Esteban, quien realmente se
nombraba igual que el hijo: Esteban:
Porque Esteban es nombre de pez.
Y
también el abuelo era Esteban, y el bisabuelo. Muy
bien sabía el Crema que todos estuvieron
obsesionados con el agua y que siempre iban a ella,
que si algo los diferenciaba eran sus apodos.
Mojarrita el padre, el abuelo, Tiburón.
El
Crema siempre llega con agua y con monserga.
Prefiere los chistes y no hace caso a las quejas del
cliente. Escoge el parloteo para culpar a la ciudad
de su pobreza. ¡Qué verboso el Crema! Cada vez
sugiere a Esteban que abandone tanta ofuscación, esa
manía de poner las cuatro letras en cada lugar de
sus paredes. Asegura que La Habana es una ciudad
embrujada, castigada, como Sodoma, como Gomorra.
Solo que Dios no determinó aniquilarla con fuego, lo
que habría sido mejor, mucho más rápido. “Dios es
caprichoso”, y dice también que prefirió destruir
con la sed a sus pobladores. Para ilustrar lo que
sostiene, explica, después de echar toda el agua de
las cubetas en el tanque, que los habaneros
conocemos muy bien nuestra desgracia.
—Fíjate si es así, —insiste—, que muy cerquita de la
estatua de Albear, el primero que intentó seriamente
darnos un átomo de oxígeno con dos de hidrógeno,
levantaron la de Supervielle, el alcalde que se
suicidó por no cumplir
con el agua que prometió a los habaneros.
El
Crema se pierde entonces por las escaleras.
Cuando regresa con dos cubetas repletísimas, asegura
que a nadie más se le ocurrió darnos agua ni
levantar estatua. El monumento reverencia la promesa
incumplida y también la ausencia de agua. El Crema
pregunta a Esteban si alguna vez se detuvo a pensar
en eso y no lo deja responder porque se pierde
nuevamente.
Para el Crema, conversar es como llenar de agua un
tanque:
dos cubetas,
silencio,
dos cubetas,
y retoma la conversación en el
mismo punto donde había quedado. El Crema replica,
comenta el suceso, su trascendencia, mientras echa
en el tanque el agua de las cubetas. El Crema supone
que la escultura es una provocación. El disparo que
a punta de pistola se
hiciera el alcalde fue inmortalizado con toda
intención. El aguador ve en el mármol de la estatua
una invitación a los que en la ciudad no tienen
agua: un tiro a punta de pistola, una explosión que
acabe con la angustia.
Esteban piensa en Supervielle y jamás consigue
imaginarle una sonrisa. Esteban piensa en
Supervielle: siempre angustiado y con ganas de pedir
perdón, pero no lo hace, si suelta una lágrima se
arrepiente y aleja el cañón de la sien. Supervielle
está decidido, como debía estarlo Esteban.
Supervielle aprieta el gatillo, sin respirar, y el
proyectil rompe, atraviesa, se instala, mientras el
alcalde grita, se retuerce, se deja caer, boquea,
abandona a sus ciudadanos y los condena a la sed.
Esteban piensa en Supervielle y le pone el rostro de
su padre, le dice al Crema que quiere hacer lo
mismo, pero el Crema le aconseja que espere un poco,
que después de pagarle puede darse un tiro. Esteban
continúa pensando en el suicidio:
—
¿De dónde saco una pistola?
—Entonces morirás de sed, —responde el Crema y se
marcha.
Esteban quisiera darse un tiro y acabar con su
desgracia pero conoce bien sus limitaciones. Nunca
acercará a su sien un arma, ganas tiene pero le
faltan bríos.
Está harto del cubito y del jarro que hunde en el
agua para luego dejarla caer sobre el cuerpo, rápida
y grosera, sin sutilezas. Lo que más desea es una
ducha. Él mismo hará la suya alguna vez, cuando
tenga agua, mucha agua. Desde hace años guarda una
lata de sardinas, que, según dice, está revestida de
estaño y por eso brilla cuando la pule. Milimétrica
es la distancia entre las líneas que trazó Esteban
en la base de la lata de sardinas. En cada cruce de
las líneas horizontales con sus contrarias, abre un
hueco bien pequeño y lima sus bordes, redondea el
agujero que espera por el agua. Una ducha es su
mayor deseo, y no tener que inclinarse hacia el cubo
y con el jarro. Una ducha, para mirar hacia ella y
que el agua le salpique la cara, y untarse jabón con
las dos manos, y hasta cantar. A Esteban le gustaría
cantar debajo de la ducha y dejar que le corra sobre
el cuerpo el agua. Está harto del cubo y de la
miseria, sueña con ponerles fin, aunque tenga que
acabar con su vida, como Supervielle. Para no
hacerlo escribe en sus paredes, las pinta, y sale de
su casa después que el Crema aparece con el agua,
después que le paga treinta pesos.
Desde su casa, muy cerca de la loma del Ángel,
camina por la Avenida de las Misiones y mira al yate
Granma que ya no flota sobre el mar, ahora
descansa en un
pedestal y ha quedado resguardado del agua por
gruesísimos cristales.
Luego bordea el palacio de Bellas Artes y las
tantísimas instalaciones que lo rodean. Solo una le
interesa, una carretilla parecida a la del Crema
pero más grande, como suelen ser las carretillas en
las instalaciones de arte, y sobre ella dos tanques
gigantescos: uno negro, el otro rojo. Una carretilla
y dos tanques acromegálicos burlándose del mal que
agobia a la ciudad.
Por fin, y después de dejar atrás el edificio
Bacardí, llega al parquecito donde está el busto de
Supervielle que levantaron los habaneros. Al
principio sentía vergüenza y
dudaba si regalarle
el girasol. Después de mucho tiempo ha dejado de
turbarse frente al busto. Ahora llega decidido y le
dedica la flor enorme, y unas gotas que algunas
veces son sándalo y otras vetiver, entonces le
habla, bajito, casi al oído. Nadie consigue saber lo
que le cuenta ni de dónde viene tanto afecto. Los
asiduos al parque no saben quién es Supervielle y
creen que Esteban es su descendiente, lo miran
conmovidos. Cierta vez escuchó a una señora
asegurando que era el nieto del difunto. Esa
confusión le divierte. Por eso vuelve cada día con
una flor, y le habla al busto. Lo que nadie sabe es
que ya Esteban le contó de su desgracia al alcalde
muerto. Ya le susurró a ese oído durísimo y marmóreo
de los buenos oficios de los aguadores de La Habana,
siempre le menciona al Crema, al Bemba, a Eloy.
Cuando cae una llovizna, Esteban se acerca al busto
y revisa las comisuras de los labios del alcalde.
Imagina traqueado al mármol de las comisuras, supone
al alcalde intentando sonreír. Una vez le preguntó
si recordaba la fuente de La India, y aunque no
recibió respuesta habló de los cuatro delfines de la
fuente y de sus bocas abiertas.
—Muy abiertas pero secas, muy secas.
Esteban se queja con Supervielle de las fuentes
desaguadas de La Habana. Dedica muchísimo tiempo a
la conversación con Supervielle, es que tiene mucho
que contarle. Está seguro de que el hombre no lo
creerá un loco después de escuchar que escribió agua
más de treinta mil veces en las paredes de su casa,
y que no le basta con escribir las cuatro letras, y
que por eso dibuja un río, una cascada. ¿Por qué va
a creerlo un loco si ya le habló de Esteban, El
Caimán?
Echando atrás el tiempo, la familia descubrió al
Caimán. Cuando se montó en el barco que trajo a la
expedición de Pánfilo de Narváez a La Florida, aún
se llamaba Esteban. Lo del apodo vino después.
Esteban se llamó hasta el momento en que el barco
navegó las aguas del Mar de los Sargazos. Fue allí
donde se despidió de todos. Dijo que se quedaba y
nadie le creyó, ni siquiera cuando subió a la proa y
saltó por encima del mascarón.
“Había estado mirando el mar durante días, hasta que
se decidió. Y créame, Supervielle, no hubo manera de
persuadirlo, ni siquiera la autoridad de Pánfilo de
Narváez consiguió que Esteban volviera al barco.
Nadó y nadó alejándose cada vez más, y dicen que en
su nadar era acompañado por miles de peces. Eso
vieron los marineros, y Pánfilo de Narváez. Hasta
Álvar Núñez Cabeza de Vaca lo miró perderse en la
lejanía, y escribió luego lo que había visto. Y
también alguien contó, quizá ese mismo Cabeza de
Vaca, que llegada esa expedición a La Florida, y
caminando entre pantanos para llegar a tierra firme,
fue perseguida por un cocodrilo, y que no había
disparo de arcabuz que traspasara del gigante la
piel, y que más tarde todos quedaron asombrados y en
silencio. ¿Y usted sabe, Supervielle, cómo fue roto
ese silencio? Pues un marinero aterrado pronunció un
nombre, y ese nombre fue Esteban, y cada uno de los
marineros que miraban sin que pudieran creer lo que
veían, voceó el nombre de Esteban. Si Narváez no lo
veía, jamás iba a darlo por seguro, por eso lo
llevaron al pantano, para que viera él mismo y no
pensara que era fábula de marinero. Y quedó
boquiabierto Narváez sin poder creer lo que veía, y
hasta Núñez Cabeza de Vaca, aunque este al parecer
quedó más convencido, y por eso dejó escrito, al
menos eso decían en mi familia los que leyeron, que
Esteban apareció tendido boca abajo en el pantano,
con la cabeza levantada, y que parecía hocico su
cara y que sus manos aferradas a los mangles eran de
una piel muy gruesa y hosca, y que él mismo vio cómo
esa piel iba cambiando el color, se volvía más
suave, más rosada, más humana. Eso decían en mi
familia que había escrito Cabeza de Vaca. ¿Usted lo
leyó alguna vez? Yo no, pero tampoco me atrevo a
negarlo. Y también decían en mi familia, que esos
comentarios de Cabeza de Vaca tenían relación con
los que dejara escrito mucho antes otro español. Era
un tal Isidoro de Sevilla. Resulta que Isidoro
comentó a una familia de Gibraltar donde los hombres
tenían preferencias acuáticas, todos se llamaban
Esteban, y a cierta edad desaparecían en los mares o
los ríos. La verdad es que yo no doy nada por
seguro, pero tampoco voy a negarlo. ¿Usted es de los
que piensa que vista hace fe? Pues yo vi perderse a
mi padre, y él al suyo. Eso es bastante, y quizá por
dudar de que el agua era el lugar de esa familia es
que ahora estoy penando. Quizá por eso es que
escasea en mi casa el agua. ¿Acaso será que me
quieren con ellos, convertido en pez? ¿Acaso usted
se llama Esteban, Esteban Supervielle?”
Así le habla
Esteban al alcalde muerto, aunque los asiduos al
parque piensen que está loco o que es pariente.
Siempre se despide con la promesa de volver, y
camina contando los cien pasos que lo llevan hasta
un Albear levantado sobre corola de mármol. Al
ingeniero no le ofrenda girasol ni le derrama
aceites olorosos. A él parece increparlo, al menos
eso sugieren los gestos con que acompaña su
cháchara.
Ya
en su casa y de vuelta del paseo, abre todos los
balcones y queda tendido en la cama escuchando cada
ruido. El que mejor conoce es el de las carretillas;
pequeñas ruedas de hierro rodando en el estropeado
asfalto, encima van los tanques repletos. Tendido en
su cama, no le cuesta imaginar al Crema, al Bemba, a
Eloy o a cualquier otro empujando sus carretillas.
Siempre el mismo rumor de hierro
contra el asfalto,
y en la tarde otra algazara: los aguadores se
emborrachan para no pensar en el chirriar de ruedas
que ensordece, para olvidar el peso de cubetas y las
escaleras infinitas. Esteban escucha esa armonía de
chirridos y mira al techo. Tendido en su cama
observa su celaje, indaga el instante en que pueden
estallar. Espera el desbordamiento. Aunque fijó esas
nubes en el techo de su casa, nunca se están
quietas. De tanto mirarlas descubre nuevas figuras
cada vez, las ve andar por el techo. En alguna vio a
su padre asomado y haciendo señas pero no consigue
averiguar lo que dice y fija más sus ojos en los
ojos de su padre, quiere saber si frunce el
entrecejo o esboza una sonrisa. Espera que el padre
una vez trocado en pez
venga transformado en agua, a fin de cuentas
el agua desciende de los peces. ¿Eso decía su padre?
Él, desesperado lo imagina aguacero, diciendo que se
convirtió en pez para mudarse en agua, y Esteban
espera una salpicadura, una inundación. Tremendo es
que la cara del padre se le pierda siempre entre los
blancos cúmulos, por mucho que lo busca el hombre
termina desapareciendo. Es que los viejos se parecen
a las nubes, se dice intentando algún consuelo,
y como no lo consigue se torna inquisitorio.
Indaga en las nubes que dibujó en el techo, a ellas
les pregunta, les reprocha, y también al abuelo. Hay
días en que ve temblar cierta luz entre las
formaciones blancas, y escucha truenos, entonces se
mete debajo de las sábanas y llora, llora por su
padre, por sí mismo, y siente miedo.
Pudo haber sido el miedo lo que llevó a Esteban a
creerse el profeta Isaac y a pretender que sus
vecinos cavaran un pozo donde antes estuvo el
zaguán, cuando la casona no era ni vieja ni solar.
Con el índice extendido señala un punto y los
conmina. Si no lo atienden hace batir el dedo y les
grita llamándolos pastores y les pide que abandonen
las ovejas, que agarren palas, picos, que penetren
la tierra, que excaven.
—Nadie puede tener agua si no excava
—chilla el infeliz y los otros no lo
atienden, pero insiste y se hace notar en lo alto de
la escalera mientras mueve el dedo índice.
Los vecinos están hartos del palabreo. Los vecinos
lo prefieren como antes. Prudencia es lo que piden,
nada más. Lo que no están dispuestos a soportar son
los lamentos. Silencio, reclaman silencio, y acuden
al policía.
Una vecina se encargó de la denuncia, y todos de que
lo llevaran preso.
—Quizá el encierro le traiga resignación —dijo una
negra gorda, y también que si Ochún no quería, nunca
tendrían agua.
Y
es posible que llegara la resignación: Esteban no
quiere abandonar la cama ni salir de bajo las
sábanas. No quiere mirar el celaje que él mismo
dibujara, le angustia ver las cascadas, las miles de
veces que aparece repetida la palabra agua. Está
cansado de invocar y de esconder su violencia
digestiva con el agua de fregar. A Esteban lo
desespera la peste que hay en su casa pero no puede
pasar toda la vida apretando su nariz. A Esteban lo
desespera la peste en sus axilas, en todo el cuerpo,
pero no puede pasar toda la vida apretando su nariz.
Lo hace llorar la hediondez de su ropa tirada en un
rincón de la casa, debajo de la cascada que trazó
cayendo del techo. No quiere atender a los olores,
no quiere que le importe el polvo. Menos ahora que
supo lo del Crema.
Quizá haya sido su culpa, otra más. Fue él quien
contó al laborioso de los tantos aguadores de París.
Él tuvo la culpa. El Crema sacó del bolsillo una
pintura pequeñita que había recortado de algún
álbum. Era un cuadro de Velásquez donde aparecía un
hombre con tinajas, decían que era en Sevilla un
aguador. El Crema preguntó si se le parecía y dijo
que quería ir a Sevilla. Esteban habló de los
aguadores de París. Al mencionar París notó el
brillo en los ojos del aguador y no se detuvo. Su
error fue la insistencia, el énfasis en las
descripciones, y el aguador callado, atentísimo,
escuchando los detalles de aquello que los parisinos
llamaron voie d’eau. Y era lo mismo pero al Crema lo
deslumbró París, el empeño que puso Esteban en las
delineaciones de la ciudad,
y el vigor con que sostenía que allí
no era necesario esperar
a que viniera un tanque grande para llenar
los pequeños y luego subir los cubos. Parecía fluir
el Sena en su discurso. Veinte mil aguadores y el
Sena plenísimo atravesando la ciudad que veía el
Crema. Bellísima la vio, mucho más bella que la que
tenía delante, y los edificios no estaban en peligro
de caer, con sus escaleras empinadas, segurísimas.
El Crema veía a París y a su sus aguadores, se veía.
—Así cualquiera carga agua —dijo, y nunca más
volvió.
Si
era cierto lo que decían, si el aguador estaba en
París, era su culpa. Nunca le contó que ya París no
precisaba de aguadores. Eso era historia vieja, del
siglo dieciocho.
Por eso ha decidido no levantarse. No abandonará su
lecho. ¿Para qué hacerlo si están vacíos los
tanques? Ahora no puede dibujar nubes ni escribir
agua en las paredes. ¿Con qué agua hidratará sus
acuarelas? “¡Ay, si pudiera pagar el óleo, si
pudiera pagar el agua!”, dice metido debajo de las
sábanas. Ni siquiera los mismos vecinos que lo
denunciaron cuando se creyó el profeta Isaac han
conseguido que se levante, aunque le cuenten de las
ofrendas para Ochún él sigue en la cama. No podrá
ver los cientos de girasoles cubriendo la escalera
destartalada. Ya no le importa el mal olor ni el
polvo disfrazando la casa, incluso las nubes
dibujadas, y los arroyos, y el agua fijada con
letras góticas y unciales de hermoso trazo. Mucho
polvo y mal olor pero Esteban no lo distingue,
no lo siente. No
se va a enterar, no se entera, del fuego en el piso
de arriba. Un cigarro sobre un colchón han dicho, y
que pudo ser intencional. El alcohol siempre
arrebata a Pedro. Cuando descubrió la pequeña llama
avivó el fuego con las manos, con un silbido de
viento salido de su boca. Entonces las llamas
crecieron lentas, vertiginosas luego. Un poco de
agua habría bastado pero Pedro no atendió a su
crecimiento, únicamente se detuvo a mirar los
colores de las llamas. ¡El alcohol siempre lo
exalta!
Esteban advierte el calor y se esconde debajo de las
sábanas. Escucha las
quejas, los lamentos. Se oculta más. No quiere
mirar. ¿Para qué escuchar a los vecinos
clamando por el agua? Sabía que en algún momento
iban a darle la razón, pero ahora no mostrará su
dedo índice, ni indicará un punto del zaguán,
primero se arranca el dedo. Esteban ya no es Isaac,
y no le importa que todos se mueran de sed.
No va a escuchar los gritos de terror ni las
sirenas, ni va a mirar las luces girando incesantes
en lo alto del camión. Nunca sabrá del vertiginoso
despliegue de tantos hombres con capas negras que
suben empinadas escaleras. La inteligencia de tantas
llamas gobernando el solar, y él sin percatarse.
Altivas las llamas que acribillan la madera
haciéndola chirriar, quebrándola en su fuerza, y él
debajo de las sábanas.
No
percibe nada. ¿Por qué
hacerlo? ¿Acaso trazó el fuego con letras
góticas y unciales? ¿Acaso
escribió fire, feu, fuoco?
A
pesar del calor tiembla debajo de las sábanas, y las
chispas que caen cerca de su cama son como
relámpagos. No va a salir. Por nada del mundo
abandonará la cama, ni siquiera porque intuye que
esas gotas que lo rozan caen de las nubes fijadas en
el techo. En cualquier momento llegará la tormenta,
y con ella un susurro de su padre. No va a
responder a los gritos de los vecinos que preguntan
por Esteban. Bien sabe que es el día diecisiete del
segundo mes, y que va a llover tanto que se inundará
su cuarto, el edificio, la ciudad. Esteban espera
por una lluvia de cuarenta días con cuarenta noches.
Y no habrá crujir de madera,
sino truenos. ¿Por qué iba a notar
desprendimientos en medio de tanta felicidad? El
fuego son relámpagos, truenos el desplome, la caída
es un sueño, la prosperidad. El viento, un susurro
de su padre que trae olor a tierra mojada.
Luego, el barro silencioso. |